Un placer que cuesta caro

Un placer caro

¡Lucía, otra vez? ¿Hasta cuándo? ¡Trabajo solo para tu gato!

El gato que Lucía intentaba meter a la fuerza en el transportín se zafó finalmente, se dejó caer al suelo con un golpe seco y corrió a refugiarse en una esquina del recibidor, aullando con un lamento gutural y tristísimo. Por su aspecto, parecía decidido a vender cara su miserable vida, al menos así lo pensaba Javier.

Hace mucho, porque Balzac nombre romántico que Lucía le puso hacía ya años llevaba con ella alrededor de una década. Lo cierto es que Lucía no tenía ni idea de la edad exacta de Balzac. Lo rescató de la calle y no era ningún cachorro. Ya entonces era un gato adulto, aunque joven, según le dijeron en la clínica veterinaria a su madre.

Allí la madre de Lucía, Carmen, apareció de la mano con su hija, apretando contra su pecho al gato envuelto en una vieja mantita de bebé.

¡Salvadlo por favor!

¿De dónde habéis sacado este monstruo? la veterinaria arrugó la nariz. ¡Si es un gato callejero!

¿Y qué importa? ¡Es mío! ¡Ayudadle! ¿No veis que está muy mal? ¿Por qué dudáis? ¿O es que mi dinero vale menos que el de quienes traen gatos de raza?

Carmen estaba tan furiosa que la veterinaria prefirió no buscarse complicaciones. Y acertó.

Carmen García era una mujer terca como pocas. Pero, claro, la vida tampoco le había dado tregua; criar una hija sola, cuidar a dos padres ancianos y todo con el sueldo de una educadora de infantil merecía ese temple. No en vano, Carmen podía plantar cara a quien hiciera falta, pero era de corazón tierno y generoso. Adoraba a su hija, a los gatos y hasta, de vez en cuando, a algún perro, aunque de estos sentía desde niña un irracional temor.

No permitía que nadie la pisoteara: ni a las vecinas, ni a los padres de los niños del cole, ni a los desconocidos que, viendo una mujer solitaria y menuda, pensaban que sería fácil aprovecharse.

Pero lo curioso era que Carmen jamás gritaba. Usaba el argumento exacto en el momento justo y conseguía girar los conflictos a su favor sin desestabilizarse. Cuando menos te lo esperabas, el que venía a reclamarle algo salía contándole su vida y Carmen solo tenía que escuchar y esperar. Al final, acababan agradeciéndole su tiempo y disculpándose.

¿De dónde venía aquel don para tocar justo el punto sensible de cada uno? Quizá de un oído excepcional. Carmen realmente escuchaba. No intentaba imponer su voz, sino entenderte.

Ahora bien, ese don era unilateral. Con extraños, sí; pero con los suyos no funcionaba igual.

Su marido la abandonó apenas una semana después de la boda. Su madre solía bromear diciendo que había aguantado demasiado.

Dolía, pero Carmen reconoció que algo de razón tenía. Y cuando él se marchó, le soltó riendo:

¡De mujer tienes lo que yo de torero!

A Carmen eso le destrozó. Pero a los meses supo que esperaba un hijo. Y encontró consuelo: ¡iba a ser madre! Y eso era solo de mujeres.

Esperó el nacimiento de Lucía como quien espera la lotería de Navidad o su propio cumpleaños, porque en su vida los días de fiesta se podían contar con los dedos. ¡Pero aquello era diferente!

Cuando comunicó a su madre que tendría un hijo, no obtuvo apoyo.

¿Para qué, Carmen? ¡Es una carga! Eres joven, todavía guapa, tienes algo de futuro Pero si lo tienes, ¿qué? ¡Solo te quedarán macarrones y arroz! ¡La maternidad es un lujo carísimo! Ahora no lo entiendes, pero ya lo verás.

Mamá, ¿y no vivimos así nosotras misma?

¡Justo! ¿¡Y qué tiene de bueno!?

Claro que Carmen lo pensó. Siempre había escuchado a su madre, pero por primera vez en su vida, se rebeló contra aquella lógica tan evidente.

Pensar en no tenerlo la sumía en la negrura absoluta. ¿Cómo quitarse algo que ya sentía dentro, aunque aún ni tuviera forma? No pensaba tanto en esa bolita que apenas reconocía, sino en la verdad que descubría: ¡ella podía ser madre aunque otros quisieran impedirlo!

La que puso fin a sus dudas fue la abuela. Un día apareció en la ciudad, como si nada, ciñéndose el mantón de los grandes días, y proclamó:

Tienes que tenerlo, Carmencita, ¡yo te ayudaré!

¡Abuela, pero el abuelo en el pueblo solo no puede con todo!

Tu abuelo es fuerte, hija, ¡que se apañe! Y si no puede, nos lo traemos. ¡He dicho!

Dejó sobre la mesa un hatillo y Carmen reconoció el paño de lino bordado que había regalado a la abuela en su santo.

¿Te acuerdas, verdad? ¡Ábrelo!

Nunca había visto tanto dinero junto. Ni antes ni después.

El abuelo vendió la casa de la familia. Por allí pasará pronto una carretera. Esas parcelas se cotizan carísimas. Aquí están todos nuestros ahorros. Te da para comprar un piso pequeño. El resto, ya verás tú.

¡Abuela, yo no puedo!

¡Claro que puedes, Carmencita! Hazlo por tu niña. Nadie más velará por ella como tú.

Ese hatillo fue la chispa que provocó la gran disputa entre Carmen y su madre.

¡Mira tú! Cuando yo pedía dinero, ¿qué me dijisteis? ¡Que nada, que no molestase! Y ahora apareces con la charanga y el dinerito. Muy bien, ¿qué más puedo decir?

La abuela sacó a Carmen del cuarto y habló largo con su hija. No la convenció, de ningún modo. No entendía por qué Carmen, con su vida de líos, recibía todo lo que una madre puede soñar: ayuda, apoyo, incluso una casa. ¡Eso no lo da ni un boleto premiado!

Nunca supo Carmen qué ofensa había cometido. Solo que siguió adelante. Al fin y al cabo dijo la abuela, si el carro no avanza, culpa de los dos caballos, no solo de uno.

¡Y mira que él es macho, debería tirar el doble! No te aflijas, Carmencita. ¡Tienes la vida por delante!

Carmen calló sobre su edad, pero agradecía a la abuela a cada paso. Compraron un piso: cuatro habitaciones, antiguo y destartalado, sí, pero con potencial. La cuadrilla de albañiles, guiados por la abuela y su mano firme, lo pusieron todo a punto. Cuando Carmen entró a su cuarto y vio la cuna, rompió a llorar.

Pero, ¿por qué lloras, niña? ¡Tienes que disfrutar! La abuela le secó las lágrimas. ¡Vamos a estrenar la cocina nueva!

Lucía nació antes de tiempo. Carmen estaba inquieta, pero todo salió bien. La niña crecía fuerte y tierna. Y Carmen, que aprendió lo que era el dolor y la aridez materna, decidió nunca tratar así a su hija.

¡La abuela es la favorita porque te compra el piso y cuida de la niña! ¿Y yo? ¡No me dejáis ni acercarme!

Mamá, ven cuando quieras, pero por favor, sin armar escándalos Lucía se asusta.

¡Bah, una niña! ¿Qué va a asustarla si ni entiende el mundo aún? ¿Será por hablar fuerte?

Mamá, no es por volumen es que gritas…

¡Ya veremos cuando tu hija te hable así a ti!

Eso no pasará replicó Carmen, sorprendida de oír su propia firmeza.

¡Veremos! Todo es educación. Yo te mimé y ahora me lo pagas con creces. Carmen, Carmencita, todo te daba. Y tú así me pagas. Te subiste a mis hombros y ahora no me quieres al lado.

Gracias, mamá la serenidad de Carmen desconcertó a su madre. Gracias por enseñarme justo lo que no debo hacer. Así no me equivoco.

La abuela dejó caer el tema por si solo, pero Carmen no olvidaba: ¡No seré esa clase de madre!

Decirlo era fácil; hacerlo, no tanto.

Carmen dudaba muchas veces de si criaba bien a Lucía. No era caprichosa ni respondona, pero tenía carácter, ¡bien lo sabía su madre! Sabía pedir lo que quería y conseguírselo, si no por las buenas, por las menos buenas.

¿Mamá, puedo un caramelo?

Después de comer, Lucía.

¿Pero ni uno?

Ni uno.

Bueno, pero si como bien, ¿puedo dos después de comer?

Carmen reía con las picardías de su hija y sí, le daba dos caramelos si dejaba el plato limpio.

Pequeñeces, pero así se forja un carácter. Lucía aprendió enseguida que los gritos no llevan a nada y hasta conseguía callar a la abuela con una inocencia calculada.

Abuelita, no te enfades, que eres muy guapa y las arrugas no te sientan. Ven, siéntate.

¿Para qué? La voz de la abuela se apagaba mientras Lucía, en su regazo, le acariciaba el rostro con el dedo.

Así, mira, ¡qué bien! ¡Te vas a poner aún más guapa!

Carmen reía en silencio viendo cómo su madre se derretía con su nieta. Y hacía bien callando.

Los años trajeron calma. Carmen trabajaba y la abuela y el abuelo quien, tras vender la huerta, vino a la ciudad cuidaban de Lucía. Juntos salían adelante.

Las cosas se torcieron al enfermar la abuela. Carmen no necesitaba a los médicos para entender lo irreversible de la situación.

Abuela, ¿y si te llevamos a Madrid?

¿Y para qué, hija? ¡Ya viví mi vida! Lo que me entristece es veros solos. Y tu abuelo, que no levanta cabeza. No le dejes solo.

¿Pero qué dices?

¡Bah, tonterías! No me hagas caso, hija.

Justo entonces, Lucía llevó a casa un gato.

Ese día, cuando Balzac apareció en la casa, Carmen casi pierde a su hija. Lucía volvió del colegio como siempre, pero se desvió un momento y desapareció.

El abuelo, que solía buscarla, no la vio al pasar.

¿Dónde puede esconderse una niña en un camino tan corto y directo? ¡Un misterio!

Todo el mundo buscó a Lucía: compañeros, padres, mayores, Carmen que salió del trabajo corriendo, el abuelo, incluso la abuela.

Pero Lucía volvió por sí sola.

Apareció en casa cuando Carmen ya pensaba ir a la policía, con la cara roja de tanto llorar y expresión de tal dolor y pena que la madre solo pudo abrazarla, coger una mantita, envolver a un gato asustadísimo y solo preguntó:

¿Estás bien, hija? ¿Te duele algo?

¡No, mamá! ¡A él le duele! ¡No a mí!

Y Carmen echó a correr.

La clínica veterinaria estaba cerca, pero bastó para que Carmen asumiera: había gato para rato. Lucía no estaba dispuesta a soltarlo y ella tendría que ocuparse del nuevo miembro de la casa.

No fue tan grave, al menos. El gato, rescatado de una pelea en los sótanos del colegio, apenas tenía magulladuras y mordiscos, pero salió adelante. Los veterinarios lo curaron y lo devolvieron a Carmen.

Toma, y ponle vacunas cuando se recupere. Dices que es de casa, pero tiene pinta de vagabundo y ni pasaporte tiene.

Carmen asintió, y casi se ahoga al recibir la factura.

Con eso compro dos gatos de raza… murmuró entre dientes, pero pagó.

En casa, vació la cartera y revisó su presupuesto. No llegaba a fin de mes: medicamentos para el gato, para la abuela, y además el cumpleaños de Lucía a la vuelta de la esquina. Para ella, regalar nunca fue común y pretendía que su hija no sintiera jamás el vacío de una infancia sin fiestas.

¿Mamá, puedo pedirte un favor? Lucía, que debía estar dormida hacía rato, se coló en la cocina y abrazó a Carmen.

¿Qué pasa, cielo?

No quiero ningún regalo, ¿vale? ¿Puedo quedarme con el gato? Ese puede ser mi regalo…

Carmen abrazó también a Lucía, mirando a la bola gris que dormía a sus pies. Había intentado que Balzac se quedara en una caja, pero él insistía en dormir a su lado, arrimado a su zapatilla, ronroneando en la nevera.

Ahora ya no había duda: Balzac se quedaba.

Aquel gato callejero se adaptó pronto a una vida de hogar. Fue discreto, sin causar problemas, y adoraba a los mayores. A la abuela, en especial, no la dejaba sola ni un minuto.

Pero más allá de eso, empezó a transformar la vida de sus rescatadores.

Tras pagar la factura de la clínica, Carmen decidió que era suficiente. Lo de pasar apuros cada mes con el sueldo de educadora y dos pensiones ya agotaba. Y tuvo el valor de dejar el trabajo. Asustaba, sí, pero salió adelante. Acabó de niñera en una buena familia recomendada por una amiga y se lamentó de no haber dado el paso antes.

A partir de ahí, nunca le faltó trabajo. La recomendaban como un tesoro en cuanto los niños crecían, y con cada familia subía la nómina. Todos sabían cuánto valía una buena niñera.

Y por la noche, ya en casa, le rascaba la oreja a Balzac.

Gracias, Balzac. Si no fuera por ti

Balzac, de respuesta, ronroneaba y daba un toque suave con la pata a la mano de Carmen; pero siempre tenía un ojo puesto en Lucía. Quería más a la señora mayor, pero su corazón pertenecía a la pequeña. Con ella prefería estar salvo cuando lo llamaba la abuela; el resto de las horas, siempre al lado de Lucía.

Estuvo con ella en los estudios, sentado sobre los cuadernos mientras ella hacía los deberes.

Estuvo con ella aquellos días en que Lucía, muda ante la puerta de la abuela, se secaba las lágrimas al despedirse de quien tanto le dio.

Estuvo allí cuando, tras la abuela, el abuelo partió tras pocos meses, dormido.

Estuvo cuando Carmen, de manera inesperada, conoció a un hombre bueno y, tras mucho pensarlo, se casó otra vez. Este marido veneraba a Carmen, vio en ella lo que nadie más veía y no permitió que nadie la menospreciase jamás. Ni siquiera la suegra, aunque pronto terminaron congeniando, y como muestra de su afecto le cedió el coche familiar, con chófer incluido.

Desde entonces, la madre de Carmen salía del portal como una reina, con su caja de plantas, y alardeaba ante las vecinas:

Me recoge mi yerno, ¡nos vamos al campo!

Lucía, ya estudiante universitaria, se hizo independiente, aunque tenía buena relación con el padrastro, prefirió quedarse en el piso familiar.

Allí llevó a su pareja.

¡Vaya! ¡Lucía, menuda casa tienes!

¡Ya será menos!

¡Cuánto espacio! Uy, ¿eso qué?

Un bulto bufando y chillando salió disparado de su dormitorio y se lanzó contra Javier. Este gritó, saltó, esquivando como pudo a Balzac, que intentaba morderle.

¡Quítalo de aquí! ¡Quítalo!

Lucía llamó al orden al gato, pero entre su novio y Balzac nunca hubo una tregua. Javier intentaba apartarlo siempre que podía, tratando de que Lucía no lo notara.

Pasó el tiempo y Lucía y Javier se casaron, pero algo se rompió entre ellos. Javier le solía soltar cosas que a Carmen le habrían causado indignación si las hubiera oído.

¿Tú eres una esposa? ¿Esto es cocido? ¡Si parece agua colorá! No sabes ni cocinar, Lucía. ¿De qué te sirve ser esposa así?

Y eso que a guisar la enseñó la abuela, ¡e hizo su primer cocido con diez años!

No encontró Javier motivo de queja, salvo por Balzac.

¿Qué le pasa ahora? espetó al ver la factura del veterinario. ¡Lucía, te has vuelto loca! ¡Yo no gasto eso en mí! ¡Solo es una bola de pelo!

Javier, Balzac no es una bola de pelo. ¡Es familia!

¿De cuál? ¡De la mía no! No lo quiero ni regalado.

¿Pero qué dices?

¡Lo que oyes! Como repitas lo de antes, lo echo de casa.

Lucía, que justo esa mañana se había enterado de que iba a ser madre, prefirió callar.

Pero Balzac, ya viejo, volvió a fallar con el arenero y a Lucía le tocó otra vez ir al veterinario. En ese momento llegó Javier de correr.

Él cuidaba mucho de sí mismo. Comía sano, corría cada día y no entendía como Lucía no captaba lo obvio: la salud es lo primero.

Al oír que el gato necesitaba otra vez tratamiento, Javier tiró unas zapatillas recién quitadas contra la pared con furia y gritó:

¡Se acabó! ¡Hay que deshacerse de ese animal! No pienso gastar un euro más en esa estola inútil. ¡Fuera de mi casa!

¡Pues solo si me voy yo también! Lucía, normalmente calmada, saltó. O son los nervios, o son las hormonas, pero ya está bien.

¡Pues te vas! ¡Estoy harto! ¡No tengo por qué aguantar esto!

Algo invisible cruzó el aire. Algo cambió ya para siempre entre Lucía y Javier. La que un día soñaba con una familia unida se dio cuenta de que ya no quería aquello.

No le recordó que el piso era suyo. Echarla a la calle, y encima con el guardián de la casa, sería absurdo.

No dijo nada. Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta de Javier, sacó las llaves, las apretó en la mano, abrió la puerta con las suyas y le dijo, tranquila:

Estoy esperando un hijo. No quiero más discusiones, ni nervios. El gato lo entiende, tú no. Márchate. Cuando te calmes, hablaremos. Pero yo ya no puedo vivir contigo. Si dejas fuera de tu vida al que ha estado siempre conmigo, y eres capaz de deshacerte de un animal solo porque te molesta, ¿qué harás cuando me aburras? No te importan ni mis sentimientos ni mis deseos. ¿Me equivoco? Pues eso. Hemos tenido momentos hermosos, Javier, y te estoy agradecida. Pero ahora, lo malo supera lo bueno. Conmigo ya no, ni contigo. Así que vete. Tus cosas puedes venir a por ellas otro día. Tengo prisa: Balzac necesita un veterinario. Está mal, le duele. Yo soy responsable de él, es lo que toca, lo que es justo

Javier no discutió. Echó en la mochila sus papeles y la chaqueta y, dando un portazo, se fue.

Lucía supo que su noticia del embarazo le había pasado desapercibida. Todas las fuerzas de Javier estaban puestas en deshacerse del gato.

Lucía dejó el transportín en el suelo, esperó a que Balzac se metiera, esta vez voluntario. Y le preguntó:

¿Listo? Vámonos. Hay que cambiar cosas. Empezaremos por tu salud.

El gato se recuperó. La edad pesa, y Lucía sacaría muchas veces el transportín, aguardando a que Balzac lo aceptara y, como siempre, dejaría que una pequeña manita acariciara su cola. Lo que no permitía a nadie, lo aceptó siempre de la hija de Lucía.

Y nunca habría mejor niñera para esa niña que Balzac. Siempre lograba hacerla dormir con una pata amorosa, abrazando la almohada donde la pequeña, igualita a Carmen, reía. Lucía pensó en llamarla igual, pero su madre la disuadió:

Consúltalo con Javier. Es hija de los dos. No viviréis juntos, pero la niña sí os tendrá a ambos. Hicisteis lo posible por mantener las formas, pero ahora podéis hacer más. Costará, pero por ella vale la pena intentarlo.

Lucía escuchó, y Javier, su ahora ex-marido, se sorprendió:

No sabía que tuvieras esa sabiduría…

Cosa de crecer, supongo. ¿Qué dices tú?

Solo que gracias.

¿Por qué?

Por no dar prioridad a tu orgullo sobre la niña. Ayudaré, Lucía.

Y lo cumplió.

La pequeña Alba crecería a caballo entre dos casas, sin entender por qué los adultos organizan el mundo así. Tendría dos camas, dos conejitos preferidos, una abuela Carmen y una abuela Teresa, y un amor para todos, convencida de que quienes tanto la quieren no pueden ser enemigos.

Esa lección, Alba la transmitiría como su madre hacía con una caricia y una sonrisa. Y solo el viejo Balzac guardaría el secreto, no porque no pudiera contar, sino porque no era necesario.

Porque todos saben: si la mamá-gata es cariñosa, los gatitos también. Con Alba, de eso sobraba. Y un día, cuando le llegue su turno, también rozará la carita de su hijo, dirá:

Hola, mi pequeño. Te he esperado tanto…

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