Hija, ¿cómo estás? ¿Y el niño? Por cierto, ¿ya tienes pensado el nombre?
No tiene nombre. Que lo llamen como quieran sus nuevos padres. Lo voy a dejar, mamá… Lo dejo… No le importamos a nadie en este mundo, estamos solas.
Sofía, ¿te traemos al niño para que lo amamantes?
No, ya lo he dicho. Voy a firmar la renuncia.
La enfermera mueve la cabeza y sale. Sofía se gira hacia la pared y rompe a llorar. Las demás madres de la habitación se lanzan miradas y continúan alimentando a sus recién nacidos.
Sofía llegó de noche, todo fue demasiado rápido. El niño, de tres kilos con quinientos gramos, está sano y bonito. Al mirarlo, la madre primeriza se echa a llorar, pero no de alegría.
Vamos, todo está bien, ¿por qué lloras? Has tenido un niño hermoso y fuerte. ¿Querías niña, quizás? No pasa nada, ya vendrás otro día a por la niña.
Lo voy a dejar… No me lo llevo.
Mujer, ¿pero qué dices? ¿Por qué? No digas tonterías, piénsalo bien, que es tu hijo ¿no te da pena?
Carmen, la compañera de Sofía en la habitación, charla en el pasillo de visitas junto a su marido. Cuenta entre risas cómo su hija mueve la nariz de forma divertida. Entra una mujer con una bolsa y pide por Sofía.
Carmen va a buscar a Sofía y la trae.
Hija, ¿cómo estás? ¿Y el niño? ¿Ya tienes nombre?
No, no tiene nombre. Que lo decidan luego los nuevos padres. Yo lo dejo, mamá… Nadie nos quiere, estamos solas en este mundo.
Sofía se cubre la cara y rompe a llorar. Carmen, incómoda ante la escena, se despide rápidamente de su marido y se va.
No estás sola, hija, me tienes a mí. Y lo de Pablo qué te voy a decir, es un desalmado. La amante le ha llenado la cabeza de historias, que el niño no es suyo, que tú te buscaste a otro y él se lo ha creído. Ya vendrá cuando se le pase la tontería. Mira, te he traído algo de comer, toma leche, que tengas fuerzas. Ponle de nombre a tu hijo Javier.
Sofía entra en la habitación y mete la bolsa en la mesilla. Se escuchan voces de niños en el pasillo. Sofía sale.
¿No es el mío?
Sí, es tuyo.
Traedlo, quiero darle de comer.
La enfermera se levanta y le acerca al pequeño, que llora con la carita roja y apretada.
Anda, no llores Ahora mamá te va a dar el pecho.
Sofía torpemente trata de acomodarse al niño. Carmen se acerca y la ayuda. El niño se calma y todo fluye. El rostro de Sofía se abre en una sonrisa, qué gracioso es este pequeñín, resopla y se esfuerza.
A partir de ahora, traen a Javier a cada toma. Sofía disfruta mirando su naricita y su ceño fruncido.
Sofía, ¿esa era tu madre que vino hoy? Es una mujer muy agradable.
No. Es mi suegra. Mi madre murió cuando yo era pequeña, mi padre siempre estaba de barra en barra, me crió mi tía. Luego me casé y fui a vivir a casa de mi marido. Vivíamos bien, hasta que apareció la amante.
Se fue con ella, y a mí ni me quiere ver. Me vino tal shock que justo me puse de parto.
¿Adónde vas a ir ahora con el niño?
Mi suegra me ofrece irme a su casa, está sola, su marido murió, el único hijo la ha dejado… Es una buena mujer, siempre me ha tratado bien.
Pues vete con ella, te ayudará, será una abuela feliz. Y tu marido, ya volverá.
Así lo hace Sofía. Rosario, la suegra, le ayuda en todo y adora a su nieto.
Cuando Javier cumple un mes, aparece Pablo, el padre. Sofía no está, ha ido a la compra.
Mamá, me voy con Lucía a buscar trabajo. Venía a despedirme y y a ver si me das algo de dinero, lo que puedas.
Encima Y abandonaste a tu mujer embarazada, hay que ver, casi deja al niño en el hospital Si tu padre viviera, ya tendrías tu merecido. Dinero, ninguno. Tengo un nieto al que criar, y tú ya te buscarás la vida.
Entonces llora Javier, y Rosario corre hacia la cuna.
¿Ni siquiera miras a tu hijo? Si es igualito que tú.
Ese niño no es mío Lo habrá tenido Sofía con otro, ¿para qué quiero yo un niño ajeno?
Anda que eres tonto, Pablo. Vete y aprende.
Rosario se jubila y la sustituyen por Sofía en el trabajo. Javier entra en la guardería y viven felices los tres.
Rosario, ¿y tu nuera no piensa irse? Mira que es raro: la suegra y la nuera y el hijo fuera
Prefiero a Sofía mil veces antes que a mi hijo, y adoro a mi nieto. Son mi vida, Inés. Vigila tus palabras.
La vecina Inés niega con la cabeza y sigue su camino. No comprende lo de Rosario; para ella, el hijo siempre en primer lugar, aunque sea un bala perdida. Así es la vida.
Rosario empieza a notar que Sofía se arregla más y que por las tardes suele salir.
Sofía, ¿cómo se llama?
¿Quién, mamá?
Al que visitas por ahí Cuéntame, hija, quiero saber.
Ay, sólo paseamos. Ha venido a visitar a unos parientes, nos conocimos por casualidad.
¿Sabe él de Javier?
Claro, lo sabe todo.
Pues tráelo, no tienes por qué esconderlo. Si es buena persona, bienvenida.
Jaime, que así se llama el amigo de Sofía, trae una cesta de fruta y una empanada que hizo su tía. Le regala a Javier un coche de juguete y un balón.
La tarde pasa entre risas con las historias graciosas de Jaime. Sofía ríe a carcajadas, lo mismo Rosario. Al despedirlo, Sofía pregunta:
¿Y bien, mamá? ¿Te ha gustado?
Es buen muchacho, hija. Respetuoso, simpático, educado. Y lo más importante: te quiere. No dejes pasar tu felicidad.
Un mes después, Jaime viene a pedir la mano de Sofía.
Queremos vivir tranquilos. Nos vamos a Salamanca, allí tengo una casa grande. Nos queremos, y Javier será como mi propio hijo. ¿Nos das tu bendición?
Rosario despide a Sofía, Jaime y Javier. Se marchan a la ciudad, prometiendo escribir y venir a visitarla Ahora Rosario se queda sola.
Al cabo de un año aparece Pablo con un hijo, descuidado.
¡Madre mía, Pablo! ¿Pero cómo vienes así? ¿No le lavas la ropa al niño o qué?
Ya no está Lucía Se fue con otro, este sí tenía dinero Nos hemos quedado sin nada. Y he recordado que me queda madre y casa.
Bien que te acuerdas ahora, después de tantos años sin preguntarte si estaba viva.
También me confesó que me mintió sobre el niño, para alejarme de vosotros. Así que quiero conocer a mi hijo. ¿Dónde está?
Has perdido tu oportunidad. Sofía se casó con un buen hombre y es feliz. Javier lleva el apellido de Jaime, no tienes hijo aquí. Y yo me voy con ellos, que Sofía ha tenido una niña y quiero ayudar y disfrutar de mi nieta. Tú quédate aquí y cuida la casa, ¿entendido?
Rosario va en el tren, pensando en lo curiosa que es la vida. Y qué dicha tan grande es sentirse útil, tener con quién compartir, ayudar y sostener, como ella ayudó a Sofía. Si no lo hubiera hecho entonces, ¿cómo serían sus vidas hoy?






