Recuerdo aún aquel día en que Alfonso llegó a casa mientras caía una lluvia fina sobre el tejado de nuestra vieja casa en un pueblo castellano, no lejos de Valladolid. Entró en la cocina y sobre la mesa de roble le esperaba la cena, como siempre. Qué raro, ¿dónde estará Inés?, pensó extrañado al no encontrar a su mujer. Caminó despacio hacia el dormitorio y allí la vio, sentada en el suelo, guardando ropa en una maleta de tela gruesa, aquella azul que tanto tiempo llevaba sin usar.
¿Te marchas a algún sitio? le preguntó Alfonso, la voz teñida de intranquilidad.
Me han dado un volante para Madrid, para hacerme unas pruebas. Tienen sospechas feas dijo de repente Inés, sin mirarle.
¿Feas de qué? Alfonso no podía ocultar el temor en la voz. ¿No será lo que le pasó a tu madre?
Le miré y, a pesar de la angustia, intenté sonreír para tranquilizarlo. Alfonso se quedó de pie, mudo, incapaz de aceptar lo que podía estar ocurriendo.
Durante días, Alfonso apenas pudo encontrar reposo. Su Inés, la mujer con quien llevaba más de treinta años, estaba en la capital haciéndose pruebas, y el eco de la incertidumbre apenas le dejaba respirar en aquella casa grande, silenciosa sin ella. Se sentía abatido, con la cabeza llena de recuerdos y dudas, de remordimientos por todas aquellas palabras que nunca llegó a decir.
Inés nunca se quejaba de nada y Alfonso se había acostumbrado a pensar que a ella nada le pesaba. Treinta años juntos, dos hijos criados entre ambos, una casa que era el reflejo del empeño y el cariño de su mujer. Cualquier cosa en sus vidas, desde la comida más simple hasta la limpieza más exigente, pasaba por las manos de Inés. Alfonso pensaba que aquello era lo natural; los hombres no deben lavar platos ni andar entre fogones, se decía, convencido de que así era como funcionaba el mundo.
Pero Inés nunca había dejado su trabajo: desde la oficina llevaba las cuentas de la fábrica del pueblo, la misma donde trabajaba Alfonso. Él volvía cansado, se tumbaba en el sofá y se quejaba de lo dura que había sido la jornada, mientras Inés iba directa a la cocina, preparaba la cena y el almuerzo para el día siguiente, recogía la casa, planchaba la ropa Y nunca una palabra de reproche, jamás una queja, por mucho trabajo que hubiera.
La casa siempre olía a comida recién hecha y estaba impoluta. Alfonso era de los que detestaba repetir un mismo plato dos días seguidos; por eso a Inés le tocaba inventar siempre algo nuevo. Sin un mal gesto, sin pedir ayuda, ni siquiera un solo día de tantos años. Y Alfonso, cómo no, ni siquiera se planteaba ofrecerse; ¿para qué?, pensaba.
Aquel día en que Inés pidió salir antes del trabajo para ir al médico, a Alfonso aquello le sorprendió mucho:
¿Qué ocurre? le preguntó, aún en la cocina, rodeados por el aroma a ajo y pimientos asados.
Nada grave, espero contestó ella encogiéndose de hombros. Solo que últimamente no me encuentro bien.
Será el tiempo Deberías tomar algún complemento, unas vitaminas, que ya estamos en primavera dijo él, como si con eso pudiera curarlo todo.
Inés asintió con una leve sonrisa. Aquella noche, al regresar Alfonso de la fábrica, ella le comunicó que tendría que ir a la capital para que la revisasen a fondo.
¿Pero cómo, por qué tan lejos?
El médico tiene malas sospechas y me envía a Madrid.
Malas ¿no será? su voz bajó, temblorosa.
De momento no es más que una sospecha intenté tranquilizarlo, aunque ya me había desahogado en soledad cuando él no estaba. Ya tengo el billete, salgo mañana a las ocho. Hay croquetas y arroz en la cocina; en la mesa tienes ensalada. Me gustaría acostarme pronto tras preparar la maleta.
¿Has cenado tú? preguntó Alfonso, mirando la maleta a medio llenar.
No me apetece nada respondí mientras doblaba una blusa junto al neceser.
Alfonso se quedó allí, inmóvil, sin saber qué decir, repasando con la mirada aquella maleta azul que unos años atrás se quedó sin estrenar. Recordaba perfectamente cómo la compramos para nuestro primer viaje al mar. Aquella ilusión, los bañadores nuevos, la pamela de paja. Pero al final ese verano no fuimos: a Alfonso le ofrecieron cubrir a un compañero enfermo durante las vacaciones, el jefe prometió una buena prima y él aceptó pensando, como tantos hombres de su tiempo, que renovar la habitación era más importante que ver el mar.
Creyó, entonces, que Inés lo aceptaba con alegría, y así parecía hasta que una noche la escuchó llorar bajito, creyendo que él dormía. Fue solo entonces cuando Alfonso entendió que ella lloraba por no ir al mar, el sueño de toda la vida. Los años siguientes tampoco lo lograron y, al tiempo, Inés dejó de hablar de viajes. A Alfonso, francamente, no le apetecía: le bastaba con la huerta, la barbacoa y los baños junto al río. ¿Para qué irse lejos y gastar dinero si aquí se está tan bien?, pensaba.
Y ahora, al ver a Inés meter la ropa en la maleta para internarse en un hospital, y no rumbo al mar soñado, le invadió una tristeza infinita. No cenó esa noche y no pudo dormir; Inés se metió en la cama y, en la oscuridad, sólo rompía el silencio el sollozo suave de su mujer. Alfonso sintió deseos de abrazarla, de pedirle perdón, pero el orgullo o la cobardía se lo impidieron.
A la mañana siguiente, la acompañó a la estación de autobuses entre murmullos de ánimo y manos apretadas. Cuando el autobús partió, un torbellino de emociones le nublaba la vista. Inés que vuelva todo bien, susurró apenas.
Los días siguientes transcurrieron lentos y grises. Alfonso se obligó a continuar con la rutina. Calentó las sobras, intentó distraerse con la televisión, pero pronto renunció y buscó el álbum de fotos. Allí estaban esos primeros años juntos, los veranos por la sierra, Inés con ese brillo en los ojos, tan delgada, tan joven. Se conocieron en la boda de un amigo común. Ella acudió con un chico, él estaba con otra muchacha. Pero sólo necesitó una mirada para enamorarse perdidamente, algo que jamás creyó posible.
Aquella noche rompió con Catalina, su novia de siempre, y ella, entre lágrimas, poco tardó en rehacer su vida. Alfonso, en cambio, tuvo que insistir mucho para conquistar a Inés; hasta que, poco a poco, ella le correspondió.
Alfonso hojeaba el álbum y se le encogía el corazón al repasar todo lo compartido. Pensó: ¿cuándo fue la última vez que le confesó a Inés que la quería? ¿O le agradeció la cena con una sonrisa? Apenas recordaba algún gesto en todos esos años; lo había dado todo por hecho, como si el amor no necesitase palabras ni cuidados.
Sólo entonces comprendió el peso que Inés había cargado sobre sus hombros mientras él dejaba pasar los días, acomodado y confiado. Recordó cómo ella le cuidaba cuando caía enfermo: infusión de tomillo, sopa de gallina, palabras amables. Pero si era ella quien estaba mal, apenas descansaba antes de volver a la tarea.
Le atemorizaba la idea de perderla; mientras Inés estaba en Madrid, él se movía por la casa como un alma en pena. Hablaban cada noche por teléfono, pero ella no le daba ningún diagnóstico aún. La inquietud crecía cada día.
Una tarde, por fin, recibió la llamada:
¡Alfonso, tengo buenas noticias! Nada grave: tendré que cuidarme, pero han descartado lo peor.
¿De verdad, Inés? gritó Alfonso, inundado de alivio. Qué felicidad, mi vida
Pocos días después, fue a recibirla a la estación con un ramo de sus flores favoritas, lirios blancos.
¿Y para qué tantos gastos en flores? dijo Inés, sonrojada. Aunque me hace ilusión, gracias
He pasado tanto miedo Te amo, Inés. Perdóname.
¿Perdonarte? ¿Por qué, Alfonso? ¿Es que has hecho algo malo?
Nunca te he engañado, pero sí he sido un mal compañero. No te ayudé lo suficiente en casa, ni estuve pendiente de tus necesidades. Pero quiero que cambie todo eso. Además, tengo una sorpresa.
¿Qué has hecho ahora?
He comprado billetes para irnos juntos al mar dentro de un mes, cuando tengamos las vacaciones.
¿Al mar? ¿Y la huerta?
¡Que le den a la huerta! Hasta la podíamos vender, si te apetece. Las verduras las compro en el mercado.
No te reconozco, Alfonso
Ni yo a mí mismo, Inés. He pasado tanto miedo de no volver a verte Prometo cuidarte como a mi mayor tesoro. Te quiero, Inés, siempre te he querido.
Inés esbozó una sonrisa y dijo, entre bromas y ternura:
Quizá era necesario pasar por todo esto para escuchar por fin esas palabras. Vamos a casa, Alfonso. Te quiero yo tambiénAlfonso le ofreció el brazo y, mientras caminaban despacio bajo la luz dorada de la tarde, Inés apoyó la cabeza en su hombro con la confianza tranquila de quien por fin es vista. Al abrir la puerta, el aroma dulce de las flores llenó el recibidor. Alfonso, con gesto torpe pero decidido, fue directo a la cocina; sacó una sartén y buscó huevos en la nevera.
Hoy cocino yo dijo, entre risas y nervios.
Pero si nunca has roto ni uno
Hoy será la primera vez. Y de aquí en adelante, muchas más.
Inés lo miró, sorprendida y divertida, mientras él, con manos inseguras, preparaba la cena. El ruido del aceite y el olor del pan tostado llenaron la casa, ahora luminosa y cálida.
Esa noche, comieron juntos en la mesa de roble, entre conversaciones olvidadas y risas espontáneas. Bajo la luz tenue, Alfonso le tomó la mano, y ella, por primera vez en mucho tiempo, sintió que el amor era también un abrazo compartido en las tareas y los sueños, no solo en la costumbre de los días.
Fuera, la lluvia había cesado. En el aire quedaba la promesa de un verano distinto, un mar aguardando su llegada, y la certeza silenciosa de que, a veces, incluso en un pueblo donde todo parece siempre igual, el amor puede aprender a empezar de nuevo.






