Hace muchos años, recordamos aún cómo Soledad y Antonio celebraron su boda. Ambos eran únicos hijos de sus padres, y las familias decidieron organizar una fiesta nupcial de gran lujo en Madrid. Los padres, emocionados por la ocasión, soñaban con ver a su hija en un vestido blanco y a su yerno llegar en carruaje, tal y como se hacía en las grandes bodas de la capital. La idea de los recién casados de reunir solo a sus amigos para una parrillada sencilla después de la ceremonia fue rápidamente descartada por sus madres, quienes tenían otras expectativas para ese día tan especial.
Soledad y Antonio entendieron que no podrían evitar el gran baile, y se volcaron en los preparativos con toda la dedicación posible. Había mucho por hacer: manicura, maquillaje, compra del vestido y del traje, y muchos detalles sumamente importantes. Los padres acordaron cubrir todos los gastos, excepto el vestido y el traje del novio. Reservaron el restaurante más prestigioso de Madrid, eligieron cuidadosamente el ramo para la novia, y la tarta sería elaborada por una amiga de la madre del novio, conocida por su impresionante saber en pastelería.
Cada familia elaboró con esmero la lista de invitados. Deseaban invitar a todos los parientes, incluso a aquellos con quienes apenas hablaban, convencidos de que eran gente acomodada y, por tanto, traerían buenos regalos. Los padres confiaban en que el dinero recibido en la boda permitiría a Soledad y Antonio comprar un coche o ahorrar para el piso. Tras ciertas discusiones, decidieron no invitar a familiares excesivamente lejanos. Algunos parientes se excusaron con motivos razonables y no asistieron, pero finalmente, la mayoría de los invitados eran amigos cercanos de la pareja.
La mañana del día de la boda, las nubes amenazaban lluvia, pero el tiempo acabó siendo perfecto. Soledad deslumbraba con un vestido de seda adornado con encaje finísimo; Antonio no podía apartar la mirada de su novia en todo el día. La alegría llenaba cada rincón. El fotógrafo trabajaba con notable entusiasmo, captando cada escena, y los invitados esperaban ansiosos el banquete en el restaurante.
Tras la sesión fotográfica, la pareja se subió a un reluciente carruaje blanco camino al restaurante. El cava y las felicitaciones fluían como agua de manantial. Los regalos se sucedieron sobre todo sobres con euros. Habían advertido previamente a los invitados que preferían dinero, aunque algunos mayores no resistieron y regalaron mantas, sábanas, vajillas.
La tarta de tres pisos impresionó incluso a los invitados más sofisticados, decorada con encajes exquisitos, flores beige y perlas relucientes. Aquella fiesta de boda fue memorable; sólo de madrugada los invitados comenzaron a marcharse, y los recién casados se retiraron a la habitación del hotel que habían reservado.
Al día siguiente, al llegar a casa de los padres de Soledad, su madre le informó que uno de los sobres de regalo estaba vacío. Era fácil identificar quién lo había dado, pues no estaba firmado y sabían que lo entregó una amiga muy cercana, Clara. La noticia entristeció mucho a Soledad.
La situación se agravaba porque, antes de la boda, Clara insistía en que el mínimo regalo era mil euros y prometió apoyar a su amiga con una cantidad generosa. Menos de un año después, Clara se convirtió en novia ella misma e invitó a Soledad y Antonio a su boda. Clara fue clara: quería dinero, pues esperaba que los regalos solventaran más que los gastos de su boda. Soledad y Antonio se preguntaban qué debían hacer. Soledad propuso devolverle la jugada y entregar un sobre vacío. Antonio sugirió poner una suma elevada para que la vergüenza alcanzara a Clara. La madre de Soledad aconsejó incluir la cantidad mínima, ya que así no confrontaban ni se vengaban, dando a entender lo que pensaban pero sin expresarlo abiertamente.
Se acercaba la boda de la amiga y Soledad, reflexionando en aquel Madrid de antaño, aún dudaba sobre la mejor decisión que tomar.







