Como siempre
Esperanza se despierta a las cinco y media, aunque el despertador no sonará hasta las seis. Siempre le pasa lo mismo antes de los grandes días, cuando se acumulan las tareas por hacer. Permanece un instante tendida, observando la oscuridad tras la ventana, y luego, procurando no despertar a Ramón, se desliza fuera de las mantas. Su marido gruñe entre sueños y se da la vuelta.
En la cocina, Esperanza enciende la luz y cierra la puerta. Tetera, vitrocerámica, gestos conocidos de sus manos. Afuera reina la noche, apenas unas manchas de luz amarilla de las farolas sobre los coches aparcados y cubiertos por el hielo. Es veintiocho de diciembre. Faltan tres días para el Año Nuevo, y solo está listo lo que preparó ayer: la masa de las pastas en la nevera, la lista de la compra sobre la mesa.
Ramón aparece por la cocina a las siete, ya vestido, oliendo a colonia. Se sienta a la mesa y señala la taza.
¿Qué vas a hacer hoy? pregunta Esperanza, sirviéndole el té.
Iré a la fábrica Ramón toma la taza, sin mirarla. Hay que entregar unos documentos. Vuelvo por la tarde.
Me refiero a la cena. ¿Qué preparo?
Lo de siempre se encoge de hombros mientras hojea el periódico. Todo bien.
Esperanza tiene en la punta de la lengua decirle que “lo de siempre” no es respuesta; que ayer hizo albóndigas, anteayer pescado, y tres días atrás cocido. Pero calla. Saca huevos de la nevera, lista para la tortilla.
Hoy llama Nico dice, batiendo los huevos con un tenedor. Dijo que vendría el fin de semana.
Ya murmura Ramón, sin despegar la vista de las noticias.
El teléfono suena cuando la tortilla chisporrotea en la sartén. Esperanza se limpia las manos en el paño y mira la pantalla. Nico.
Hola, hijo.
¡Hola, mamá! Escucha, llego el sábado, ¿vale? Estaré sobre las dos.
Muy bien, hijo sonríe Esperanza, aunque él no pueda verla. ¿Qué te preparo?
Lo de siempre, ¿vale? Con pollo y setas, ya sabes.
Claro que sé.
¡Genial! Mamá, me tengo que ir a una reunión. ¡Un beso!
Cuelga antes de que ella pueda preguntarle si se queda a dormir. Esperanza mira el teléfono, luego la sartén. Pollo con setas. Tendrá que ir al mercado, buscar setas frescas, buen pollo. Y no olvidar la nata.
Ramón termina la tortilla, se acaba el té y se levanta. Esperanza recoge su plato, pero él ya sale hacia la puerta.
Esta noche vuelvo dice, abrochándose la cazadora.
Ramón, ¿y tú…?
¿Qué?
Nada, vete.
Se cierra la puerta. Esperanza se queda sola en la cocina, rodeada de platos sucios y el sinfín de tareas en la cabeza. Mercado, cocina, limpieza, lavar camisas de Ramón, comprar más adornos para el árbol el gato rompió la mitad el año pasado. Acabar las pastas. Llamar a su madre, que se resiente si no la llama.
Siente una espina dentro, pequeña pero punzante. Siempre la ha llevado ahí, aunque normalmente no la nota. Solo a veces, como ahora, empieza a doler.
***
Esperanza va al mercado después de comer. El autobús serpentea por Madrid, entre las calles heladas. Sienta junto a la ventana, repasando el barrio que conoce al dedillo tras veinte años. Baja en la parada frente al mercado, se ajusta la bolsa al hombro, entra por la puerta de hierro.
El mercado zumba como una colmena. La gente se empuja entre puestos, los vendedores gritan ofertas, huele a carne a la brasa y a pino. Esperanza pasa de largo de la ropa, de las flores, se detiene en el puesto de carne. Elige un pollo, grande, de piel rosada, y aunque sabe que el precio es justo, regatea por costumbre.
¿Algo más? dice la carnicera, envolviendo el pollo.
¿Dónde tienes setas frescas?
Al fondo, con la Pili. Ella las recoge del monte, buenas son.
Esperanza asiente, toma el paquete y se dirige al fondo. Las setas huelen a bosque y están firmes. Compra medio kilo. Añade nata, mantequilla, perejil. La bolsa pesa cada vez más; el hombro le duele. Faltan las mandarinas, que a Nico le encantan.
Junto a la frutería hay un hombre mayor, delgado, con chaquetón gastado y gorro de lana. Mira las mandarinas, luego cuenta el dinero, vuelve a mirar la fruta. Esperanza se da cuenta; es el gesto de quien se pregunta si le alcanza.
Un kilo le pide al frutero, sacando monedero.
¿Las valencianas o las marroquíes?
Valencianas contesta mirando al anciano, que se aparta y guarda las monedas.
El frutero pesa, embolsa.
Dos euros cincuenta.
Busca el dinero, pero ve al hombre junto a las manzanas, indeciso, y algo se le remueve dentro: ni lástima, otra cosa. Se reconoce en él.
Espere, le dice al frutero. Pese medio kilo más. De las valencianas.
¿También para usted?
No señala con la cabeza al hombre. Para él.
El frutero la mira, sorprendido, pero pesa sin preguntar. Esperanza paga, toma ambos paquetes y se acerca al hombre.
Tome le da la bolsa. Felices fiestas.
Él la mira entre incrédulo y emocionado. Sus ojos son un torbellino de sentimientos.
Muchas gracias, de verdad recoge el paquete con cuidado, como si se fuera a romper. Que pase buen Año Nuevo.
Igualmente.
Ella asiente, se marcha deprisa, sujetando la bolsa. ¿Por qué lo hace? No hay tanto dinero como para repartir. Pero no es el dinero. Cuando el hombre la mira con ese agradecimiento se le aprieta y se le afloja el corazón a la vez. Una extraña ternura, como si se viera a sí misma desde fuera.
Vuelve callada en autobús, viendo pasar la ciudad ante los cristales. Le ronda la cabeza una idea absurda: un desconocido le da las gracias por unas mandarinas, y luego en casa, por mucho que cocine, limpie, lave, nadie le dedica palabra amable. Como siempre. Todo bien.
***
El sábado empieza a las seis y media. Esperanza se levanta, la primera, como de costumbre. Ramón ronca en la cama, brazos abiertos. Ella cierra la puerta y va a la cocina. El pollo yace en la nevera, ya descongelado. Hay que limpiar las setas, rellenar el pollo, meterlo al horno; debe estar listo a las dos.
Limpia las setas sobre papel de periódico, las manos obrando por instinto, la mente aún en el mercado y en aquel anciano. Sus ojos.
¿Por qué te levantas tan temprano? Ramón asoma, restregándose la cara. Es sábado.
Hay que preparar la comida. Nico viene hoy.
Ah, claro.
Él se prepara un té, se sienta, enciende el televisor. Noticias, el euro, el tiempo, un accidente en la carretera. Ramón ve la televisión, ignora a Esperanza.
Ramón, ella se gira. ¿Puedes bajar la basura? Está ya a tope.
Sí, luego responde sin apartar la vista.
¿Cuándo es luego?
Después del té.
Ella suspira, se da la vuelta. “Después del té”, sabe, serán dos horas. Al final bajará la basura ella misma como siempre.
El pollo queda dorado, la piel crujiente y olor a setas y ajo. Lo saca justo a las dos menos cinco. Nico llega diez minutos después, risueño y perfumado.
¡Mamá! la abraza y le besa la mejilla. ¿Qué tal?
Bien, hijo lo mira de arriba abajo. Abrigo caro, botas nuevas, está bien: parece feliz.
Papá, hola va al salón, le da una palmada a Ramón. ¿Fútbol?
Eso, siéntate dice el padre, sin dejar la televisión.
Mamá, ¿y la comida?
Ahora mismo.
Ella pone la mesa, saca el pollo, las patatas, la ensalada, el pan. Nico come con ganas, alaba, repite. Ramón come callado, pendiente del partido. Esperanza los mira, sobre todo al hijo; cuenta historias de trabajo, de Madrid, de un viaje a Barcelona. Ella le escucha solo a medias, satisfecha de verlo bien, aunque él apenas repare en su presencia.
Mamá, ¿por qué callas? pregunta Nico. ¿Estás cansada?
No, hijo. Todo bien.
Vale. Mamá, ¿me lavas una camisa? La olvidé, la necesito mañana.
¿Qué camisa?
Una blanca, la de mi cumpleaños. Está en el coche, la traigo.
Nico baja, vuelve con la camisa, hecha un lío en una bolsa. El cuello marca una mancha amarilla. Habrá que frotarla con jabón lagarto.
Gracias, mamá. Eres la mejor la abraza y besa. Me marcho, que he quedado con amigos.
¿Ya te vas? Acabas de llegar.
Sí, mamá, tengo planes, entiéndelo.
Ella asiente. Lo entiende. Siempre es así: viene, come, pide algo y se marcha. Como si casa fuera hotel.
¿Ní, vas a venir en Nochevieja?
Claro, mamá. Siempre vengo. Pero no prepares tanta comida, que el año pasado casi no pudimos con todo.
Como digas le acomoda la cremallera como cuando era niño. Cuídate.
Adiós, mamá.
Se cierra la puerta, Esperanza recoge la mesa. Ramón ya está tumbado en el sofá. Ella friega platos, pone la camisa de Nico en remojo, piensa que todo es como siempre. El nudo en la garganta no se va. Aquel anciano del mercado le expresó tres agradecimientos por unas mandarinas; el hijo, apenas le pide un favor y sale. Ramón ni ha preguntado si le ha gustado la comida. Nadie se fija en todo lo que hace.
Esperanza, llama Ramón desde el salón. Tráeme un té.
Ella cierra los ojos, aprieta los puños, respira hondo. Luego los abre, se seca las manos, y va a poner el hervidor.
***
El treinta y uno de diciembre debería ser como cada año. Esperanza lleva una semana elaborando la lista: ensaladilla rusa, arenques, consomé, pollo asado, ensalada, embutidos, canapés. Ramón prefiere el consomé, Nico la ensaladilla, ella el arenque. Así que toca hacer todo.
El veintinueve fue al mercado: carne para el caldo, remolacha, zanahorias, arenques, fiambre. El día entero cociendo, sacando gelatina, metiendo en la nevera. El treinta se dedicó a las ensaladas, pelar, picar, mezclar. Las manos oliendo a cebolla, la espalda dolorida.
Esperanza, ¿te queda mucho? Ramón asoma la cabeza. El tele no va bien, mira la antena.
Estoy liada…
Sólo un minuto. Tócala.
Ella se limpia las manos y arregla la antena. Ramón asiente, vuelve al sofá. Esperanza regresa a la cocina y piensa en la palabra de su marido: “solo un minuto”, como si estuviera ahí por ocio.
Antes de cenar, todo está a punto. Solo falta hornear el pollo cuando venga Nico. Esperanza se sirve un té, observa el frigorífico lleno: ensaladas, caldo, embutidos. Imagina la noche: mantel blanco, cubiertos, copas, las uvas, la tele. Nico hablará de su trabajo, Ramón asentirá, ella irá y vendrá, sirviendo, rellenando. Y al final, mientras ellos duerman, ella fregará los platos hasta las dos.
Llama su madre.
Esperanza, ¿cómo vas? ¿Lista para el festejo?
Lista, mamá.
Bien, hija. Yo ya no tengo fuerzas, la verdad. Antes hacía para todos, pero ahora, sinceramente, ¿para qué? Nadie lo valora.
No digas eso, mamá…
Es la realidad. Te matas como una mula y ni gracias te dan. Lo ven normal.
A Esperanza le reconforta oír a su madre. Ella habla de sí misma, pero también de su hija, de todas las mujeres que cocinan, limpian, lavan y muchas veces ni una palabra reciben.
Mamá, ¿vienes a casa el día dos? Así no te quedas sola.
Ya veremos, hija. Bueno, te dejo, que tendrás mucho aún. No te mates.
Vale, un beso.
Cuelga, se queda tiempo observando girones de nieve caer en silencio, iluminados por un solo farol sobre un banco cubierto. Es bello y triste a la vez, y siente que la espinita se convierte en una piedra.
Piensa de nuevo en el anciano del mercado. Fue un extraño, y sin embargo la vio, agradeció. En casa, ella es invisible, como parte del mobiliario, un horno más: útil, pero desapercibida.
***
El treinta y uno empieza distinto. Esperanza no se levanta de inmediato. Se queda viendo el techo, oyendo los ronquidos de Ramón. Tiene la mente en blanco y la tranquilidad extraña de una decisión tomada silenciosa, sin drama. No lo hará.
No habrá pollo asado, ni banquete, ni la mujer frente a la cocina mientras todos comen hasta caer rendidos.
Ramón despierta a las ocho, se estira.
¿Por qué tan tarde hoy? bosteza. ¿No te has levantado?
Ya estoy en la cocina le responde desde allí, bebiendo su té.
Ramón entra, mira la vitro vacía.
¿Y el desayuno?
Hazlo tú. Hay huevos en la nevera, pan en la panera.
Él parpadea.
¿Pero qué te pasa?
Nada.
¿Estás rara?
Estoy cansada, Ramón. Mucho.
Él se queda, luego resopla y fríe torpemente unos huevos. Ella lo mira: los huevos se pegan, quedan secos. Pero se sienta a comer, desafiante.
¿Y esa cara? dice él, molesto.
Nada.
Comen en silencio, luego Ramón regresa al salón y pone la tele. Esperanza observa su té, el frigorífico lleno. Solo queda el pollo. Pero no lo hará.
A la una llama Nico.
Mamá, salgo ya, ¿vale? Llego en una hora.
Nico respira hondo, hoy no voy a cocinar.
¿Cómo?
Lo que oyes. Hoy no hago comida especial.
Venga, mamá, seguro bromeas.
Hablo en serio.
¿Qué comemos entonces?
No sé. Pedid. O cocina tú.
Pero si tú siempre preparas la cena de Nochevieja.
Siempre, sí. Pero hoy no.
¿Pero por qué?
Porque estoy cansada, hijo. Muy cansada.
¡Mamá, es nochevieja! ¡Vas a fastidiar la fiesta!
Aprieta el teléfono.
A lo mejor yo también quiero celebrar, no partirme el lomo en la cocina. Quiero sentarme, disfrutar, como los demás.
No te entiendo.
Ni falta que hace. Ven si quieres, pero yo no cocino.
Cuelga, ahora las manos le tiemblan. Da miedo, decirlo en voz alta, con esa firmeza. El hijo se enfadará, Ramón también. Pero ya no puede más. No quiere ser invisible en su propia casa.
¿Qué le has dicho? aparece Ramón.
La verdad.
¿Cuál verdad?
Que no voy a cocinar.
La mira como si hubiera perdido la cabeza.
¡Pero qué dices! ¡Es Nochevieja!
Pues cocina tú, o Nico. Sois adultos.
Esperanza, no digas tonterías. Anda, ponte ya.
No lo mira a los ojos. No pienso hacerlo.
Él se marcha al salón. Esperanza se queda sentada. Le late fuerte el corazón, pero no llora. Observa caer la nieve tras el cristal.
***
Nico llega a las tres, prudente.
Mamá. ¿Qué pasa?
Nada.
¿Nada? Dijiste que hoy no cocinabas.
Y así es.
Pero, ¿por qué?
Lo mira: es buen chico, no ha pensado nunca en esto. Ni él ni Ramón, porque siempre lo tuvo todo: comida caliente, ropa limpia, amor silencioso. Pero invisible.
Mira, Nico le apoya una mano. Vienes aquí a comer, a pedir cosas y te vas. ¿Me has preguntado alguna vez si estoy cansada, si me siento bien?
¡Mamá, claro!
No, solo dices “¿qué tal?” y ni escuchas la respuesta.
Mamá, eso no es justo.
¿No? ¿Y estar siempre cocinando, limpiando, sin que digáis gracias, lo es?
Nico baja la cabeza. Ella suspira.
Estoy harta de ser un mueble, hijo. De verdad. El otro día le di unas mandarinas a un abuelo en el mercado y me lo agradeció tres veces. Vosotros, en cambio, ni cuenta os dais.
Silencio. Luego, Nico:
Perdona, mamá. No lo pensé…
Eso es. Nadie piensa porque estoy siempre. Y creéis que así debe ser.
Entra Ramón.
¿Vamos a discutir toda la noche quién tiene razón o qué?
No responde Esperanza. Quien quiera comer, que cocine. Hay sobras en la nevera, ensaladas, caldo. Sentaos.
¿Y el pollo?
No hay pollo.
Ramón eleva la voz.
¡Estás destrozando la fiesta!
Tu fiesta, Ramón. Yo he trabajado suficiente.
Los hombres quedan callados, descolocados.
Vale dice finalmente Nico. Puedes descansar. Tranquila, improvisamos.
¿Y yo qué hago, pedir pavo asado o qué? rezonga Ramón.
Vamos, papá, compraremos cosas hechas. O traigo una pizza.
Los dos se van. Esperanza se queda sola en la cocina, se sienta y apoya la cabeza en los brazos. Siente miedo, pero también alivio.
***
El menú de la noche: ensaladas, caldo de la nevera, embutido, la pizza y pollo preparado que trae Nico del supermercado. Ramón, callado y serio. Nico trata de animar el ambiente, sin mucho éxito.
Esperanza se sienta con ellos, no se levanta a servir, ni repone, ni trae postres. Simplemente come despacio, como una invitada. Es raro y reconfortante.
Mamá dice Nico, sirviéndole zumo. Prueba.
Gracias, hijo.
Ramón mastica pollo, y de pronto admite:
Mejor lo haces tú.
Esperanza le mira. No levanta la cabeza, pero hay en su voz una disculpa.
Lo sé responde.
La tele muestra “La gran familia”. Ven las campanadas, brindan con cava. Ramón dice a su manera “feliz año”. Nico la abraza fuerte.
Mamá, lo siento. Lo haré mejor, te lo prometo.
Vale, hijo.
No es que vaya a cambiar todo de inmediato. Pero algo se ha movido.
Acabada la cena, Nico recoge platos.
¿Qué haces? pregunta Esperanza.
Recoger. Mamá, descansa.
Ramón lo imita. Al rato, los tres friegan platos. Ella les enseña dónde va cada cosa. Hay torpeza, pero también calor. No es felicidad, pero sí un principio.
***
Nico se queda esa noche. El primero de enero desayunan juntos. Esperanza hace crêpes, Ramón prepara café. Nico pone la mesa.
Mamá, ¿puedo venir el miércoles? Pero cocinamos juntos, ¿vale? Enséñame, ¿sí?
Le sorprende el brillo en los ojos de su hijo; ahora tiene interés, busca aprender, no solo recibir.
Claro. Te enseño.
Y a mí también añade Ramón. Ya es hora de saber hacer una tortilla decente.
Ella sonríe por primera vez en muchos días.
Pues a los dos.
Nico se marcha tras la comida, prometiendo llamar. Ramón no pone la tele esa tarde. Esperanza limpia y él la llama.
Esperanza, ven.
Ella se acerca. Ramón mira al exterior.
Siéntate.
Lo hace, mirando la nieve. Tras un rato de silencio, él dice:
He pensado en lo que dijiste.
¿Y?
Tienes razón. Me acostumbré a que lo hicieras todo y no pensé que quizá era injusto. Pero ya me he dado cuenta.
Él le toma la mano, cálida, áspera de tanto trabajo. Hacía años que no lo hacía.
Intentaré cambiar. No todo saldrá bien al principio… pero quiero ayudar.
Solo quiero eso: que lo veáis.
Permanecen juntos un momento. Luego Ramón se levanta y le sirve un té caliente.
***
El dos de enero Esperanza llama a su madre.
¿Cómo fue la fiesta?
Rara, pero bien.
¿Qué ha pasado?
Se lo cuenta todo. Su madre se ríe.
¡Bien hecho! Yo no me habría atrevido nunca.
Da miedo.
Hay que plantarse. Si no lo haces sigues siendo una alfombra.
¿Vienes hoy a tomar café?
Llegaré a las tres.
La madre aparece con una tarta y claveles. Charla animadamente, prueba la comida.
Ramón se acerca, agradece el pastel.
Muy rico, gracias.
La madre mira extrañada a Esperanza. Ella se encoje de hombros. Cuando la madre se va, Ramón llama a la cocina.
Esperanza, mira.
Abre el horno. Dentro, un pollo asado; no perfecto, pero huele bien.
¿Lo has hecho tú?
Yo. Nico al teléfono dándome instrucciones. ¿Lo pruebo?
Se sientan, cenan juntos y conversan; Ramón relata sus peripecias cocineras. Esperanza lo escucha y piensa: esto es solo el principio. Poco, pero importante.
El tres de enero Nico llega con bolsas de la compra.
Mamá, ¡hoy olesada! Enséñame.
Cocinan los tres juntos, se ayudan, se ríen. Nico sala en exceso, Ramón corta mal las patatas, pero colaboran. Nico promete venir más, ayudar más.
Ya no estaré sola.
Ahora, los tres responde Ramón.
El resultado no es perfecto, pero lo comparten. Todo sabe mejor cuando se hace en familia.
Por la noche, Esperanza ya no siente la losa de antes. Ramón le da las gracias.
Si hubieras callado, seguiríamos igual. Yo en el sofá, tú en la cocina. Pero no seríamos felices.
Tampoco yo quiero eso.
Probemos a hacerlo distinto, ¿te parece?
Me parece.
Se dan la mano. Sabe que no todo cambiará, pero una grieta de luz se ha abierto.
***
Al día siguiente, Esperanza encuentra a Ramón en la cocina preparando café.
Uno para ti. Está recién hecho.
Gracias.
El silencio es cómodo, afuera vuelve a nevar. Ramón sugiere ir a pasear juntos por el Retiro. Hace décadas que no pasean solos. De la mano, caminan por el parque, entre niños que corren con trineos.
A la vuelta, réplicas de gestos sencillos: calienta el té, saca galletas, cambia su actitud. Hablan despacio.
Siempre creí que bastaba con traer el sueldo y ya, lo demás era cosa de mujeres admite Ramón. Pero no es justo. Ahora lo sé.
Hay que decirlo: gracias, eres importante. Solo eso.
Día a día, Ramón ayuda con la casa, a veces falla, pero aprende. Nico llama cada tarde, pregunta de verdad. Esperanza aprende a pedir, a dejarse ver.
En la merienda, Nico propone que la próxima Nochevieja cocinen todos juntos.
Buena idea admite Ramón. Yo me apunto al caldo.
Claro, te enseño ríe Esperanza.
No todo es perfecto. Discutirán, olvidarán, recaerán en sus rutinas. Pero ahora, al menos, se ven. Esperanza ya no es invisible ni un mueble. Es la madre, la esposa y, por fin, una persona.
Una tarde, viendo la ciudad desde el ventanal, Ramón la abraza por la espalda.
¿Piensas en algo?
Que todo va cambiando, poco a poco. Para mejor.
Será porque te lo mereces.
Suena el teléfono. Es Nico, que viene a pasar la tarde y ayudar con la limpieza.
Vendrás, hijo, siempre eres bienvenido.
Ramón pone el té, saca las pastas.
Toma, tu taza, bien caliente.
Gracias, por todo.
No: gracias a ti, por enseñarnos. Por no rendirte.
Esperanza sonríe. Fuera, la nieve se funde y parece llegar la primavera. La vida sigue, igual que siempre, pero ya no del mismo modo. Ahora, Esperanza no es invisible. Y con eso le basta.







