Una reflexión tan hermosa… que hasta deja sin palabras

Diario personal, miércoles por la noche

No sé ni cómo empezar a escribir esto. Hoy, cuando parecía que mi vida se apagaba, sucedió algo que todavía me deja sin palabras. Me encontraba perdida, anclada en el rencor y la distancia con Rodrigo, mi marido. Vivíamos juntos, pero hacía tiempo que éramos extraños en nuestra propia casa de Toledo.

Hoy todo cambió. Durante un momento, cuando sentí que el corazón se me detenía, vi al ángel del que siempre hablaba mi abuela Rosario. Tal vez producto del miedo, pero lo vi tan claro como una madrugada de enero. Me dijo que mis obras buenas y malas estaban en equilibrio, y que aún no podía entrar en el cielo. Que me concedía unos días más, para llenar ese vacío de bondad. ¿Quién podría rechazar la oportunidad de redimirse? Así regresé, llevada por la urgencia de arreglar lo más profundo.

Al volver a casa, Rodrigo seguía como siempre: serio, distante, enfadado con el mundo y conmigo. Ni una palabra cruzamos. Pensé: Debería intentarlo, aunque me cueste el orgullo. Rodrigo dormía desde hace semanas en el sofá, ni me acordaba de la última vez que le preparé la comida. Hoy estaba planchando su única camisa buena, la de la oficina… Me entró un sentimiento de ternura, y decidí darle una sorpresa.

Cuando Rodrigo salió, lavé y planché toda su ropa. Cociné su plato favorito pollo al horno con patatas y cebolla, como su madre solía hacerle. Puse la mesa con el mantel bordado, flores frescas del parque y unas velas. En el sofá dejé una nota:

Tal vez te resulte más cómodo dormir en nuestra cama. Esa en la que llegaron al mundo nuestros hijos, y donde durante tantas noches nos abrazamos cuando el miedo acechaba. Ese amor sigue ahí, esperando. Si puedes perdonar mis errores, encuéntrame allí.

Tu esposa, Carmen

Justo al escribir la frase: Si eres capaz de perdonar mis errores, algo dentro de mí se rebeló. Pensé: ¿Tengo yo que pedirle perdón a él? Fue Rodrigo quien dejó de hablarme, quien se trajo la amargura a casa tras perder el trabajo en la empresa de Azulejos La Sagra. Yo tuve que ingeniármelas con los pocos euros que quedaban, aguantar su enfado diario Empezó a beber, se refugiaba en el sillón, callaba a los niños cuando pedían un rato para jugar. Me gritaba cuando le decía que así no podíamos seguir. Rompió todo y ahora soy yo la que debería pedir disculpas, ¿de verdad?

Rompí la carta de pura rabia, y entonces escuché de nuevo la voz serena del ángel:

Recuerda: solo te queda hacer unos cuantos actos sinceramente bondadosos y llegarás al cielo. Si no, no podrás entrar.

Me senté y dudé mucho. ¿Vale la pena?

Pero volví a escribir. Esta vez, más cálida, más honesta:

No comprendía tu miedo, Rodrigo; aquel terror de perder el trabajo estable que tanto deseabas. Recuerdo cómo hablabas de tu jubilación y lo que haríamos juntos. Debí apoyarte, no obligarte a conducir el taxi que tanto odiabas.
Jamás olvidaré aquel día en que destruí tus cartas de amor y quemé tus cuadros. Me enfurecía verte encerrado y gastando dinero en lienzos y pinturas o escribiendo poemas para mí. Tenía que haberte ayudado, a vender esos cuadros, a soñar contigo. Yo también tenía miedo. Mi única tranquilidad era tu sueldo en la fábrica, y por eso no vi tu dolor.
Perdóname, mi querido. Prometo que, desde hoy, todo será distinto. Te amo.

Carmen

Cuando Rodrigo volvió por la noche, notó al instante que algo había cambiado. Había aroma a guiso, la luz de las velas, sonaba Pablo Alborán de fondo y mi nota le esperaba en el sofá.

Entré desde la cocina con la fuente todavía humeante y le vi llorar como un niño. Dejé la comida y le abracé fuerte. No hizo falta decir nada más. Lloramos los dos, y en ese abrazo volvimos a encontrarnos. Me alzó, llevándome en brazos hasta la cama donde todo empezó. Nos amamos como si todo volviera a nacer.

Después, cenamos juntos y reímos recordando aquellos días de los pequeños, cuando aún vivíamos de sueños y cuentos de hadas. Al rato, mientras recogía la cocina, vi al ángel a través de la ventana, paseando entre los olivos del jardín. Corrí hacia él con el alma en un puño:

Por favor, ángel, déjame quedarme un poco más. Quiero ayudarle a volver a pintar, quiero reconstruir lo que yo destruí. Te prometo que pronto será feliz. Entonces, me iré contigo.

El ángel sonrió:

No hace falta que te lleve a ninguna parte. Ya estás en el cielo. Lo has ganado con tu corazón. Pero no olvides el infierno en el que vivías, ni que el cielo a veces está mucho más cerca de lo que pensamos.

En ese momento escuché la voz de Rodrigo, llamándome desde dentro:

Carmen, hace frío, ven a dormir. Mañana será un nuevo día.

Pensé mientras sonreía, dejando caer el último temor:

Sí gracias a Dios, mañana será un nuevo día.

Reflexionando antes de dormir:

Tú, que te quejas de lo que no recibes ¿has pensado alguna vez en todo lo que das?
Tú, que sufres ¿has pensado en el sufrimiento que causas?
Tú, que criticas la ignorancia ajena ¿has evaluado la tuya?
Tú, que condenas los errores ¿puedes ver los propios?
Tú, que te crees amigo sincero ¿lo eres también contigo?
Tú, que lamentas la escasez ¿ves lo mucho que ya posees?
Tú, que criticas el mundo ¿has intentado mejorarlo?
Tú, que sueñas con el cielo ¿qué has hecho por eliminar el infierno que hay aquí?
Tú, que presumes de humildad ¿eres realmente humilde?
Tú, que maldices el mal ¿difundes el bien?
Tú, que te quejas de la indiferencia ¿das amor?
Tú, que temes la pobreza ¿sabes aprovechar lo que tienes?
Tú, que te pinchas con espinas ¿cultivas alguna rosa?
Tú, que temes la oscuridad ¿enciendes la luz?
Tú, que solo te miras a ti mismo ¿te ocupas de los demás?
Tú, que te sientes pequeño ¿te esfuerzas por crecer?
Tú, que temes la soledad ¿regalas tu compañía?
Tú, que temes la enfermedad ¿cuidas de tu salud?
Tú, que anhelas la paz ¿trabajas por apagar el conflicto?

Esta noche, al cerrar los ojos, lo único que quiero es aprender a querer y a perdonar, y descubrir cuán cerca está mi propio cielo.

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