Una hermosa reflexión… que deja sin palabras

Una reflexión conmovedora faltan palabras

En una casa de Madrid, una mujer llamada Carmen, cuya relación con su esposo Ramón había llegado a un punto de quiebre, sufrió un paro cardíaco. Mientras rozaba los límites de la vida, se le apareció un ángel de rostro sereno. Le habló con ternura y rigor, diciéndole que, tras pesar sus buenas y malas acciones, aún no era digna del cielo. Sin embargo, le ofreció regresar unos días al mundo para completar aquellas buenas obras que le faltaban. Carmen aceptó y volvió al hogar, enfrentándose a la fría indiferencia de Ramón. No se dirigían la palabra; hacía meses que vivían en guerra silenciosa.

Pensó Carmen, con un nudo en la garganta:
Debo hacer las paces con él. Ramón duerme en el sofá, hace mucho que no le cocino. Ahora mismo está planchando él solo su camisa para ir al trabajo voy a darle una sorpresa.

Apenas Ramón salió, Carmen se puso manos a la obra: lavó y planchó toda su ropa, preparó la mejor comida que pudo recordar de la cocina de su abuela, colocó flores frescas y velas en la mesa. En el sofá, dejó una nota:

Creo que estarías más cómodo durmiendo en la cama que alguna vez fue nuestra. En esa cama nacieron, por amor, nuestros hijos. En esa cama nos abrazamos tantas noches, ahuyentando los miedos y sintiendo la cercanía del otro. Ese amor aún está allí y nos espera. Si eres capaz de perdonar todos mis errores, te espero allí.

Tu esposa, Carmen

Cuando terminó de escribir: Si eres capaz de perdonar todos mis errores, un torbellino de emociones la asaltó:
Pero ¿estoy loca? ¿Debo pedirle perdón yo? Fue él quien regresaba de malas tras perder el empleo en la fábrica y no poder encontrar otro. Yo me las apañaba con nuestros ahorros y además soportaba su ira. Empezó a beber, se pasaba horas encerrado en el sillón, regañaba a los niños sólo por querer jugar. Gritaba cuando intentaba hablarle de la situación. Arrasó con todo ¿y ahora debo ser yo quien pida perdón?

Llena de rabia, desgarró la carta. Entonces, escuchó la voz suave del ángel:
Recuérdalo: sólo te faltan unos cuantos actos de bondad para alcanzar el cielo. Sin ellos, seguirás fuera.

Carmen se detuvo a pensar. ¿Realmente valía la pena?
Después, casi temblando, reescribió la carta, ahora con palabras más cálidas:

No supe entender nada en aquel momento. No vi el miedo que sentiste al perder el trabajo tras tantos años de estabilidad. Debiste estar aterrorizado. Recuerdo tus sueños acerca de lo que haríamos cuando nos jubiláramos juntos. Pudimos luchar por ellos, no hacerte trabajar en ese taxi que tanto detestabas.

Recuerdo la noche en que rompí tus cartas de amor y quemé tus lienzos. Me enfadaba verte encerrado pintando o escribiendo poemas para mí, gastando el poco dinero en pinturas. Debí ayudarte a vender esos cuadros; eran realmente hermosos. Yo también tenía miedo. También sentía seguridad solo cuando tenías ese trabajo de siempre. No supe ver tu dolor.

Perdóname, mi querido. Te prometo que, desde hoy, todo será distinto. Te quiero.

Tu esposa, Carmen

Cuando Ramón regresó esa tarde, percibió inmediatamente el cambio. El aroma del cocido en el aire, las velas encendidas, su música preferida y la nota en el sofá. Carmen salió de la cocina con una fuente en las manos y lo vio llorando, sin reservas, como un niño. Dejó la comida y lo abrazó. Ninguno tuvo que decir palabra alguna: ambos lloraron juntos, con lágrimas limpias. Él la alzó en sus brazos y la llevó directamente a la cama, donde hicieron el amor con la misma pasión de aquel primer día.

Después cenaron entre risas, evocando anécdotas divertidas de la infancia de sus hijos. Más tarde, mientras Carmen recogía la cocina, mirando por la ventana vio al ángel pasear entre los parterres del jardín. Salió corriendo:
Por favor, ángel, déjame quedarme un poco más. Quiero ayudarle a recuperar la pintura, a reconstruir lo que destruí. Prometo hacerle feliz. Cuando lo logre, me iré contigo.

El ángel sonrió, y contestó:
No tengo que llevarte a ninguna parte. Ya estás en el cielo. Te lo has ganado. Sólo recuerda el infierno donde vivías y que, a veces, el cielo está mucho más cerca de lo que pensamos.

Entonces, oyó la voz de Ramón desde dentro de la casa:
Cariño, ven, hace frío. Vamos a dormir. Mañana será un día nuevo.

Carmen pensó, con un suspiro de gratitud:
Sí gracias a Dios, mañana será un nuevo día.

Reflexión:
Tú, que te lamentas por lo que no recibes, ¿has pensado cuánto das?
Tú, que sufres, ¿te has fijado en el dolor que causas?
Tú, que criticas la ignorancia ajena, ¿has evaluado la tuya?
Tú, que condenas los errores, ¿ves los tuyos?
Tú, que te llamas amigo sincero, ¿lo eres contigo mismo?
Tú, que te quejas de lo que falta, ¿reconoces lo que tienes?
Tú, que censuras el mundo, ¿haces algo para mejorarlo?
Tú, que sueñas con el cielo, ¿qué has hecho para aliviar el infierno a tu alrededor?
Tú, que te declaras humilde, ¿realmente lo eres?
Tú, que condenas el mal, ¿difundes el bien?
Tú, que clamas contra la indiferencia, ¿muestras amor?
Tú, que temes a la pobreza, ¿aprovechas bien lo que tienes?
Tú, que te quejas de las espinas, ¿plantas alguna rosa?
Tú, que temes la oscuridad, ¿prendes la luz?
Tú, que sólo te ocupas de ti, ¿te preocupas por los demás?
Tú, que te sientes pequeño, ¿intentas crecer?
Tú, que temes a la soledad, ¿regalas tu compañía?
Tú, que temes la enfermedad, ¿cuidas tu salud?
Tú, que ansías la concordia, ¿luchas contra el conflicto?

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