Imagínate, te lo cuento como si me hubiera pasado a mí: Javier vuelve a casa después de un día largo en Madrid y, nada más entrar, se encuentra con algo raro no hay ni rastro de su mujer, Almudena. Además, tampoco está su pequeño de un año, Dani. Le pilla totalmente desprevenido y empieza a ponerse nervioso. Así que decide ir a donde su vecino, a ver si sabe algo; pero justo cuando llega, el vecino, don Manuel, sale a la puerta cargando al bebé.
Resulta que Almudena le había dejado a Dani, diciéndole que tenía que salir por una urgencia, y Manuel, que ya ha criado a sus propios hijos, no dudó en echarle una mano. Javier, aunque agradecido porque Almudena había dejado la comida lista en el microondas, no podía dejar de preguntarse qué habría sido tan urgente como para marcharse y ni avisarle.
El tiempo empieza a pasar media hora, una hora, luego dos, hasta cinco y la preocupación de Javier sólo iba a más. Llama y llama a Almudena, pero no obtiene respuesta; los minutos se le hacen eternos y, conforme pasan las horas, la angustia se le pega al cuerpo. Por fin consigue que Dani se duerma y se queda esperando, pegado al móvil, a ver si aparece alguna señal de vida.
Hasta que, al cabo de muchas horas, recibe por fin la llamada que tanto esperaba. Contesta de inmediato y le dispara mil preguntas a Almudena: dónde está, qué ha pasado, qué ha hecho todo el día… Pero, para su sorpresa, ella esquiva todas las respuestas. Le suelta, casi como si nada, que no tiene intención de volver a casa y que ha decidido dejar a Dani a su cargo para siempre.
El pobre Javier se queda de piedra, como si le hubieran tirado un jarro de agua fría. Tiene esperanza de que sea una broma pesada, pero por desgracia, la realidad era más dura de lo que nunca habría imaginado. Ahora le toca enfrentarse a la vida siendo padre y madre al mismo tiempo, cuidando del pequeño Dani, con toda la responsabilidad sobre sus hombros. Te juro que no sé cómo lo haría yo, pero ahí está, intentando salir adelante, tirando de coraje y cariño.







