Masa silenciosa
Carmen, ¿eres consciente de quién viene el sábado? Jaime estaba en la puerta de la cocina y la miraba con esa expresión como quien piensa que, una vez más, ella había hecho algo mal. Simplemente se quedaba ahí, observando.
Carmen acababa de pasar la masa a la encimera. Tenía las manos llenas de harina hasta casi los codos.
Sí, lo sé. Tus compañeros del despacho y sus mujeres. Ya me lo has dicho tres veces.
Pero es que no son simplemente compañeros. Vienen De la Hoz y su mujer. De la Hoz, Carmen. Es socio en el bufete. Y también va a venir Lafuente. ¿Sabes quién es Lafuente?
Jaime, estoy con la comida. ¿Lo hablamos luego?
A pesar de que la cocina no era ningún santuario para él y siempre evitaba quedarse mucho, Jaime entró. Ese ambiente vital, con sus olores, cacerolas y paños de cocina húmedos, parecía molestarle.
No, ahora. Quiero que lo entiendas ya. Esta gente se va de vacaciones a Europa cada festivo. Sus esposas compran ropa a medida en tiendas de Salamanca. Van a restaurantes donde ya ni hay carta en papel, todo es por QR.
¿Y qué hago yo con eso? Carmen levantó la mirada.
Que no hagas tus empanadas. Por favor. Pide algo decente. Hay sitios de catering, te lo traen en cajas monísimas, como en los restaurantes de moda. Yo te lo pago.
Carmen se quedó callada. Miró la masa, luego de nuevo a él.
La masa ya está hecha.
Carmen
Jaime, me he levantado a las seis y ya la tengo preparada. Ahora iré al mercado por la carne. Va a estar todo perfecto, confía.
Jaime negó con la cabeza como si ella hubiera dicho una tontería infantil.
Es que no entiendes a esta gente dijo finalmente, saliendo de la cocina.
Carmen se quedó un ratito mirando por la ventana. Era marzo, plomizo y húmedo. En la rama de en frente, una paloma, indiferente, miraba a un lado. Carmen volvió los ojos a la masa y siguió amasando.
***
A sus cincuenta y dos años, Carmen llevaba veintiocho con Jaime. Se conocieron en Valladolid: ella entonces era contable en una empresa constructora, él acababa de ser ascendido a jefe de departamento y lucía aún esas americanas anchas, muy ochenteras. Recuerda lo tímido que era con las mujeres, y esa manía de tocarse el botón del puño cuando se ponía nervioso. Fue justo eso, esa torpeza humana, la que hizo que lo quisiera.
Luego vinieron traslados. Primero a Zaragoza, luego a Madrid. Carmen hacía cajas, metía al gato en su cesta, buscaba nuevo centro de salud, nuevos supermercados, saludaba a vecinos desconocidos. Jaime iba ascendiendo, y con cada peldaño cambiaba un poco, despacio, pero a la larga se notaba, como el mar erosionando una roca.
No tuvieron hijos. No pudo ser. Primero médicos, luego resignación y finalmente, el silencio. A Carmen al principio le dolió, pero aprendió a calmar ese hueco y volcar todo su instinto materno en la casa: en la comida, el pequeño huerto de la casa del pueblo, las flores en la ventana, los hijos de vecinas a los que regalaba rosquillas.
La comida era su idioma. No lo pensó así nunca, pero lo sabía. Cuando las palabras no bastaban, o sobraban, iba directa a la cocina. Cuando algo le hacía feliz, lo mismo. Sentía la masa entre los dedos mejor que cualquier termómetro: sabía cuándo estaba lista por cómo respondía al apoyo de las palmas.
Durante veintiocho años, Jaime comió su cocina. Comía y callaba. Ahora Carmen lo entendía: tomó su silencio por aprobación.
***
El viernes se le hicieron las doce de la noche sin sentarse. Preparó hornazo de ternera y cebolla, la receta de su abuela, esa con la costra crujiente que deja olor a panadería por todo el edificio. Hizo empanadillas de patata y requesón. Cocinó un aspic de carne que reposaría hasta por la mañana. Preparó una ensalada de lombarda con zanahoria y arándanos. Dejó un codillo de cerdo en el horno con ajo y romero silvestre.
Jaime apareció a las once, vio el festín y ni palabra. Atravesó el salón y se encerró.
Carmen fregó, se quitó el delantal y se quedó unos minutos sentada junto a la ventana, con una taza de té. Al día siguiente la casa se llenaría de gente; ella serviría lo suyo, lo que mejor sabía hacer. Le parecía tan sencillo.
Se fue a la cama pasadas las doce y cayó rendida.
***
Los invitados llegaron a las siete. Eran seis: De la Hoz y su esposa Regina, Lafuente y su mujer Begoña, y otro hombre al que Jaime presentó como don Miguel Ángel, sin apellidos ni cargo, pero con un aire de reverencia tal que Carmen intuyó que era el pez más gordo de todos.
Regina De la Hoz resultó tener cerca de cuarenta y cinco, pelo recogido, vestido negro de esos que valen como una paga entera. Entró, escudriñó el entorno, y en un segundo clasificó todo: la casa, los muebles, las cortinas, a Carmen.
Begoña Lafuente era más joven, rubia teñida, cejas finísimas, perfume intenso que llegó hasta la cocina. Sonreía demasiado, desde el minuto uno. Como si apretaran un botón.
Don Miguel Ángel era un hombre de unos sesenta, corpulento, manos grandes y mirada curiosa. Fue el único en estrecharle la mano:
¿La anfitriona? Es un placer.
Carmen los llevó al salón, mesa puesta. Había sacado el mantel de lino, el bordado bueno, colocado velas y cuchillos como recordaba que debía ser. El aspic en bandeja con perejil, las empanadillas como montañita en una fuente grande, el hornazo ya cortado, dorado, presidiendo la madera.
Se sentaron. Jaime descorchó un vino italiano que trajo De la Hoz, con una etiqueta larguísima. Sirvió.
Regina miró la mesa, y, no muy alto pero para que todos la oyeran, soltó:
Uy, aspic de carne. Hacía mil años que no veía uno.
Había en esa frase algo punzante que Carmen captó aunque no supo por qué. Como ese olor a gas que no terminas de identificar hasta que abres la ventana.
Probad, dijo Carmen hornazo de carne, empanadillas, el codillo está aquí.
¡Codillo! Begoña cruzó una mirada con Regina Yo eso no como desde hace quince años. Uf, qué grasa.
Cunde, corrigió Regina, y se rió. Una risa de esas que te hacen mirar al suelo para comprobar si has pisado algo.
Los hombres atacaron las bandejas. De la Hoz se sirvió aspic, asintió tras probar, pero ni palabra. Lafuente cogió hornazo. Don Miguel Ángel miraba la mesa pensativo, bebiendo agua.
Jaime, tú no cocinas, ¿verdad? preguntó Begoña con sonrisa de anuncio.
No, Carmen es la chef aquí. Su tono era como quien explica algo curioso pero soportable.
Carmen, ¿eres de familia pequeña? ¿De pueblo? preguntó Regina mientras jugaba con una hoja del plato.
De Valladolid respondió Carmen.
¡Eso! exclamó Regina. Todo eso de la comida casera, los hornazos, el aspic. Eso ha quedado allí. Es muy campestre, sin ánimo de ofender. Los de ciudad ya hace tiempo que no comemos así. Los nutricionistas dicen que la gelatina… es fatal para las arterias.
Carmen la miró tranquila.
Si se hace bien, es colágeno dijo Es bueno para las articulaciones.
Bueno, eso es de antes zanjó Regina Nosotros no comemos carne, tres años. Solo pescado y semillas y superfoods. Jaime, deberías probar. Mi amiga tiene una nutricionista fabulosa.
Jaime rió, sin muchas ganas. Ríe así quien no sabe qué decir pero quiere encajar.
Carmen es muy tradicional, dijo él.
Esa palabra, tradicional, se le clavó. Cayó sobre la mesa como una moneda que nadie recoge.
Después Begoña comentó que la masa era muy densa y que a su edad cuidaba la línea. Regina habló de un restaurante en el centro donde tienen cocina molecular y el chef se formó en Barcelona. Siguieron un rato más con las inversiones y el precio de los pisos; Carmen notó que ella era solo un fondo decorativo. Era la anfitriona, la que sirve, sonríe y calla.
Así lo hizo.
Sirvió vino, trajo platos, retiró vacíos, preguntó si faltaba algo. Nadie dio las gracias.
A las nueve, Regina señaló el hornazo casi intacto y dijo:
Os lo digo porque estamos en familia, ¿eh? Esta comida es muy provinciana. De verdad, no es crítica, Carmen. Es que para cierto tipo de reuniones, queda raro. Otro nivel, ¿sabes?
Se hizo silencio. Carmen miró a su marido.
Jaime se fijó en su copa.
Bueno, cada uno tiene sus costumbres, dijo por fin don Miguel Ángel, y el tono bastó para que Regina no siguiera.
Pero Jaime no calló:
Carmen, te dije que encargaras comida normal. Otra vez has ido a tu aire.
Carmen recogió platos y se fue a la cocina. Caminaba despacio, en parte porque la bandeja pesaba. Puso todo en el fregadero, apoyó las manos, miró la noche tras el cristal. Llovizna menuda, farolas titilando.
Oyó cómo la sala se llenaba otra vez de risas. Después tintineó un vaso.
Carmen colgó el delantal. Luego lo dobló y lo dejó sobre la silla.
Volvió al salón.
Perdonad, me duele bastante la cabeza. Tomad todo lo que hay.
Nadie prestó mucha atención.
***
Carmen recogió después de la una, cuando Jaime ya dormía. Ni palabra le dedicó. Se encerró en el cuarto.
Envolvió el hornazo, tapó las empanadillas, el aspic, el codillo, todo en recipientes o papel de horno.
Salió a la calle a la una y media, dirección a los bloques nuevos en obras, junto al portal. A esas horas, la caseta de obra tenía luz.
Allí, tres obreros con monos, tomando té del termo. Uno fumaba, los otros se calentaban las manos.
Buenas noches, perdonad la hora. He traído comida, no quiero tirarla. ¿Os apetece?
La miraron como si la hubiera traído una nave alienígena.
¿Y eso? preguntó el del cigarro.
Hornazo de carne. Empanadillas. Codillo, y aspic, aunque eso pide nevera.
Se miraron.
No me lo creo Dejad que os ayudemos a llevarlo.
Colocaron todo sobre una mesa. Uno destapó el hornazo y, al probarlo, Carmen notó una emoción cálida trepando por dentro.
Esto es auténtico, masculló como lo de casa.
Mi madre hacía esto igual dijo el segundo, cogiendo una empanadilla igualito.
¿Eres de ahí? el otro señaló el bloque ¿Hoy había alguna fiesta?
Vinieron invitados, explicó pero no comieron.
Ellos se lo pierden. Buena comida, de verdad.
Lo sé contestó.
Se quedó unos minutos viendo cómo comían, sin protocolo, de verdad. Uno ya pedía más.
Gracias, señora dijeron.
A vosotros, y se volvió.
***
No pegó ojo esa noche. En el sofá, mirando al techo. En el dormitorio, Jaime dormía a pierna suelta.
Pensó en veintiocho años. Una vida casi entera. En aquel «otra vez a tu aire». No no tienes razón ni estás equivocada, sino a tu manera, como si tenerla fuera casi un desprecio.
Pensó en los obreros, agradecidos en su silencio. Que dijeron buena comida sin florituras.
Pensó que en esa casa no la recibían. A ella, la persona, sí. Pero no a la Carmen de verdad, con sus hornazos y madrugones, sus recetas de la abuela, su cocina como idioma propio.
Ese sitio lo ocupaban ya otras cosas.
A las cuatro de la mañana, Carmen tomó una decisión. Sin dramas, de esas que se sienten inevitables.
***
Escribió una nota en una hoja del bloc. Su letra era clara y grande, por costumbre.
Jaime. Me voy. No porque esté dolida, sino porque lo entiendo. Gracias por estos años. Las llaves las dejo en el mueble. Carmen.
Dejó las llaves: casa y buzón.
Cogió una bolsa con lo mínimo: papeles, algo de ropa, móvil, cargador, dinero en euros. No cogió comida, y le pareció importante: se iba sin nada de su mesa. Como si dejara definitivamente esa parte atrás y viera qué pasa si camina ligera.
Fuera eran las cinco de la mañana y clareaba. Ya no llovía, el asfalto relucía bajo las farolas. Pidió un taxi y le pidió al conductor que la llevara a casa de su amiga Nines.
Nines abrió medio dormida, en bata, el pelo alborotado. No preguntó nada. Solo se hizo a un lado:
¿Pongo el té?
Ponlo.
Se sentaron en la cocina de Nines, casi en silencio. Ella a veces la miraba, pero no apresuraba nada. Nines era de esas amigas de toda la vida, que saben estar sin hablar.
¿Te has ido? preguntó al final.
Me he ido.
¿Para siempre?
Para siempre.
Nines asintió. Sirvió más té.
***
Las primeras semanas fueron extrañas. Jaime llamaba. Al principio seco: ¿Dónde estás? Vuelve. Luego: Podemos hablar. Luego: ¿Sabes lo que haces?. Y después, silencio.
Carmen vivía con Nines. Dormían separadas, desayunaban juntas, veían algo en la tele. Nines jamás le dio consejos, y eso Carmen lo agradecía.
A la tercera semana se puso con los trámites. Sabía de papeleo; gestionó el divorcio sola, sin líos. El piso era ganancial, Jaime se ofreció a pagarle su parte. Carmen aceptó, no quería juicios.
El dinero llegó a la cuenta. Vio los números e intentó sentir algo: ¿veintiocho años valen eso? Era suficiente para un tiempo, y eso era lo importante.
Buscó trabajo al cabo de un mes. Antes necesitaba respirar. Caminaba por Madrid, entraba en pequeñas cafeterías, pedía un café, miraba a la gente. Con cincuenta y dos, por primera vez en años, se sentía ella misma, sea lo que sea eso.
Un día entró en una cafetería de barrio. Se llamaba El Rincón. Madera, pizarra con el menú escrita en tiza, la tele sin volumen. El olor a pan recién hecho y café era perfecto.
Pidió té y una pasta de cereza. Era de las industriales; se notaba.
Detrás del mostrador, una señora de sesenta, mofletes rosados y bata azul.
¿Te ha gustado la pasta? preguntó.
Algo seca, la verdad respondió Carmen, sin rodeos.
La mujer suspiró.
Lo sé. El panadero se fue este mes y compramos en el obrador de al lado. No es lo mismo.
Carmen dudó un momento.
¿Buscáis panadera?
La otra la miró bien.
¿Sabes?
Sé respondió Carmen.
***
La dueña se llamaba Eulalia, y abrió la cafetería hace ocho años, tras jubilarse y no querer quedarse en casa. Era su mundo; no ganaba apenas cuando el mes era malo, pero allí estaba. Eulalia era de las que deciden rápido, por corazonada.
Ven mañana a las siete, prueba.
Al día siguiente, Carmen llegó puntual. Se puso el delantal, echó un vistazo. La cocina, minúscula pero práctica, todo en su sitio.
Hizo empanadillas de patata y cebolla. Rollos de canela. Puso a fermentar masa de pan de manzana.
Eulalia entró a las ocho y se quedó en la puerta mirando.
¿De dónde sales tú? preguntó.
De la vida dijo Carmen.
A las ocho y media probaron las primeras empanadillas. Una clienta compró dos y volvió a por otra. Un albañil pidió bolsa de bollos y dijo: Esto sí que es bueno. Un chaval dudó entre manzana y patata, y se llevó las dos.
Eulalia detrás del mostrador, tasando en la cabeza.
A mediodía concretaron detalles. Carmen aceptó jornada de siete a tres, salvo domingos. El sueldo era justo, pero Eulalia añadió: Si mejoramos, lo hablamos.
Y fueron bien.
***
A los tres meses, El Rincón era famoso en tres barrios. No por publicidad, sino de boca en boca. Así, sencillo: Las empanadas como las de mi abuela, ve a probar.
Carmen ideó un menú por días. Lunes: empanada de bonito. Martes, hornazo de carne. Miércoles, pan casero, y la cola esperaba fuera desde las ocho. Jueves, crepes con miel, que encantaban a las mujeres que venían a charlar. Viernes, torta de carne que nunca llegaba entera a mediodía.
El sábado iba al mercado, por gusto, no por obligación. Elegía manzanas oliéndolas, charlaba con las señoras del requesón, la del queso ya sabía su nombre.
Se mudó a un piso pequeño junto al café. Sencillo, una habitación, vistas al patio arboleado, muebles viejos pero firmes. Colgó cortinas de lino en la cocina, puso geranios. Se sentía acogida.
A veces Nines iba a verla, tomaban té.
Tienes otra cara, te lo juro.
Ahora duermo, respondía Carmen.
Se nota.
Por las tardes leía, veía pelis o simplemente se quedaba ante la ventana escuchando el ruido del chopo. Ese tiempo de no hacer nada para nadie le parecía un auténtico regalo.
***
A Genaro lo vio en octubre. Entró el miércoles, que era día de pan, un poco tarde; ya no quedaba nada.
¿Me he quedado sin pan? preguntó Eulalia desde el fondo.
Me he quedado asumió él, resignado ¿Mañana hay?
Solo los miércoles. Pero pasteles mañana, sí.
Pidió un café y una de repollo. Se sentó a leer un libro gastado.
La semana siguiente, entró antes de las ocho, y Carmen sacaba la bandeja del horno.
Hoy sí llega le dijo.
Se rió. Tenía arrugas, la mirada tranquila de quien ha vivido mucho fuera o dentro de sí.
Me planto aquí desde el martes si hace falta.
Eulalia le echa seguro si le encuentra por aquí de noche.
Me quedo en el portal entonces.
Así empezó todo: pan, bromas, algo auténtico.
Genaro tenía cincuenta y ocho, ingeniero, vivía cerca, divorciado con hijos mayores. Sereno, sin prisas, la antítesis de Jaime.
Poco a poco, charla en el mostrador, cafés compartidos, luego paseos por la calle.
Mostraba interés de verdad, no por compromiso, y ella le contaba de harinas, manos, recetas de fermentación. Escuchaba como si nunca hubiera oído algo más importante.
Un día ella le dijo:
Me han dicho que esto, la comida casera, es antiguo. Poco moderno.
Genaro meditó.
¿Lo antiguo es cocinar para otros? Para mí, lo antiguo es fingir. Eso sí está pasado.
Muy bonito sonrió Carmen.
Lo intento.
***
La vida de una mujer nunca es en línea recta, y Carmen lo sabía. La felicidad no irrumpe de golpe: va llenando el hueco poco a poco, como agua de pozo que sube tras la lluvia.
Con Genaro empezaron en marzo, con calma. Un día, tras el cierre, la invitó al cine. Ella dijo que sí. Cenaron unas tapas en un bar sencillo y él pidió sopa y pan.
¿El pan es bueno? preguntó Carmen.
Él probó, masticó.
No. Como el tuyo, ninguno.
Sin halagos, sólo claro.
Carmen dibujó una sonrisa discreta. Guardó ese momento.
En la cafetería las cosas iban a mejor. Eulalia extendió el menú a platos de cuchara y caseros al mediodía. Contrató a otra chica. Hablaban ya de poner más mesas fuera en verano.
Carmen se veía en un local propio, pequeño, en una calle tranquila, con olor a pan desde la mañana. El sueño estaba ahí, difuso pero real.
No tenía prisa. Había aprendido a no tenerla.
***
Jaime apareció a finales de abril.
Carmen lo vio desde el ventanal del café. Miraba el nombre del local, perplejo. Tardó en reconocerlo, y el corazón le dio un brinco.
Entró.
Eulalia estaba dentro. Algunos clientes justo tomaban café. Carmen estaba en el mostrador.
Hola, dijo Jaime.
Parecía mayor o, quizá, simplemente despojado de toda pose segura. Más líneas en la cara, la mirada apagada.
Hola, contestó ella.
Supe de ti por Nines, dijo que estabas aquí.
Aquí estoy.
Recorrió la sala con la vista, de arriba abajo, como si algo no cuadrase. Reparó en las mesas de madera, la pizarra, el expositor con masa. Algo cruzó su rostro, emoción indefinida.
¿Quieres un café?
Sí.
Se lo sirvió. Lo tomó en silencio.
He oído que va bien.
Va bien.
Dicen que tienes la mejor repostería de todo el barrio.
Me alegro.
Jaime dejó el vaso.
No estoy en mi mejor momento. Con De la Hoz ya no trabajo, la empresa está en plena reestructuración. No es fácil.
Carmen lo observó, sin rencor ni pena, sólo con atención.
Lo siento, fue todo lo que dijo.
Quiero que vuelvas.
El café pareció quedarse mudo un instante.
Podemos empezar de cero. Tengo ideas, podemos cambiar de ciudad, de vida…
Jaime.
Espera, lo digo en serio. Sé que no estuve a la altura. Lo he pensado mucho.
Me alegro de que lo hayas pensado.
¿Entonces me escuchas?
Carmen apoyó las manos sobre el mostrador.
Te escucho, sí. ¿Te acuerdas de lo que dijiste ese sábado, delante de todos? Que otra vez a tu manera.
Él asintió.
Sí.
No dijiste que la comida era buena, ni que tenía razón. Dijiste a tu manera. Esa expresión, llena de años.
Jaime bajó la mirada.
Estaba nervioso. Eran gente importante, yo quería…
¿Gente importante? repitió ella Recuerdo. Pero los obreros que esa noche comían mi hornazo allí mismo, para mí también eran importantes. Solo que tú no los conocías.
Él la miró.
A veces no te entiendo.
Lo sé dijo Carmen, tranquila Eso es tu respuesta.
La cafetera pitó detrás. Entraron clientes nuevos. Carmen se giró por costumbre.
Un segundo les dijo, y volvió a Jaime Tengo que atender.
Carmen…
Jaime, no te guardo rencor. De verdad. Pero no voy a volver. No es cuestión de ofensa. Es que aquí, por fin, estoy donde quiero estar.
Él la observó unos segundos más y asintió. De ese modo resignado, cuando uno acepta lo inevitable.
Está bien, dijo por fin.
Se puso la cazadora. Ya en la puerta, la miró.
De verdad, te veo mucho mejor.
Gracias respondió Carmen.
La puerta se cerró.
***
Atendió a los nuevos clientes: pan, empanada, sopa con horario. Luego pasó a la cocina, se sirvió un vaso de agua apoyada en la encimera. Miró la hora: once menos cuarto, momento de poner la masa del día siguiente.
Cogió la harina. Pesó. Añadió su masa madre, esa viva en un bote, burbujeante, que cuidaba a diario.
Las manos sabían el trabajo solas.
***
Esa tarde, Genaro entró sobre las tres, casi al final del turno. A veces lo hacía, sin avisar.
¿Qué tal el día?
Fuera de lo normal.
¿Me lo cuentas?
Ambos salieron a la calle, una luz limpia, árboles proyectando sombras largas. Caminaron tranquilos.
Ha venido mi ex.
Genaro siguió andando.
¿Y?
Quería que volviese.
¿Y le dijiste que no?
Se lo dije.
Él calló un poco, luego preguntó:
¿Te costó decírselo?
Carmen reflexionó.
Menos de lo que pensaba. Me dio un poco de pena, la verdad. Parecía alguien que ha llegado al final de un camino y todo estaba vacío.
Él eligió el camino.
Sí. Pero igualmente, da lástima.
Genaro asintió de esa manera tranquila que dice: Te entiendo.
Mira dijo Genaro hace tiempo que quería decirte algo, pero nunca veía el momento.
Dímelo.
No conozco a nadie más con manos como las tuyas. No hablo solo del pan. Es otra cosa. ¿Lo entiendes?
Carmen lo miró de lado, ligera sonrisa.
Creo que sí.
Pues eso. Que lo tuvieras presente.
Siguieron paseando, bancos, jubilados, niños. Cielo claro, alguna nube.
Genaro.
Sí.
Este año he aprendido algo. He esperado mucho que me valoraran. Que dijeran está bien, lo haces bien. Y cuando dejé de esperar, fue más fácil.
Si tú no te valoras, mal asunto.
Justo. Me ha costado.
Nunca es tarde. Hay quien ni lo intenta.
Carmen rió, para ella misma.
***
Para el verano, El Rincón tenía ya terraza y siempre estaba llena cuando hacía bueno. Eulalia negociaba con el local contiguo para ampliar. Le propuso a Carmen ser socia. Carmen lo pensó poco y dijo que sí.
No era una consigna de libro, sino sabiduría sencilla: no escondas lo que sabes hacer bien. No te excuses. Busca tu sitio. Quédate.
Eso hizo.
***
Un día de junio, ya con el calor encima y las ventanas abiertas, Carmen apuntaba cosas en un cuaderno sentada en su pequeña cocina. No era diario, mezclaba recetas con pensamientos.
Fuera, el chopo. En la ventana, los geranios. En la nevera, el tarro de masa madre aguardaba.
Escribió: Lo raro de la vida es que lo mejor llega cuando parece que todo ha acabado.
Lo borró.
Puso: El hornazo sale rico cuando no hay prisa.
Sonrió. Cerró el cuaderno.
***
Nines la llamó el domingo temprano.
¿Cómo vas?
Bien. Hoy he dormido hasta las ocho.
¡Madre! Hasta las ocho… me alegro tanto.
Ven. He puesto un hornazo.
¿De qué?
De manzana y canela.
Ya voy, contestó Nines y colgó.






