La Deuda Vespertina

De verdad, te tengo que contar lo que pasó anoche en casa, porque fue el colmo y al mismo tiempo, igual te reconoces, porque esto parece de manual cuando tienes suegra cercana.

Era un viernes de esos que ya pesan: lluvia fina y constante cayendo sobre Madrid, y yo, Lucía, sentada al fin en nuestro piso de Atocha con ese olor mezclado a cebolla frita y té recién infusionado que es la gloria después de toda la semana currando. Trabajo de redactora freelance, y últimamente las entregas se me han acumulado, los clientes con las revisiones, el portátil me miraba con desprecio y yo, directamente, me negaba a mirarlo a él. Pero en ese momento, justo cuando mi marido, Javier, ya se acomodaba a mi lado con el mando a distancia, dispuestos a empezar, por fin, la serie policíaca que llevábamos posponiendo dos semanas, pensé: ahora respiro.

Venga, ¿le damos al play? preguntó Javier, con esa sonrisilla que pone.

Vamos, pero ni una notificación, ¿eh? Ni móviles ni…

No me dio tiempo ni a acabar, porque la tele, como recién poseída, empezó a pitar: Llamada entrante de Carmen Gutiérrez, la voz del altavoz en modo Robots de Renfe, y el mensajito tapando los créditos de la serie.

Se me hizo un nudo en la tripa. Javier se quedó petrificado con el mando en la mano, como si en vez de mando fuera una granada.

Javi, por favor, quítalo ya le susurré, agarrándole como si el pulso se le fuera a escapar.

No puedo, respondió bajito, que sabe que estamos conectados al Movistar TV. Como no contestemos, va a estar llamando al móvil todo el santo rato para preguntarnos si pasa algo.

Y ahí, pulsando con la resignación del que tira una moneda al pozo, aceptó la videollamada. La pantalla, dividida en dos: a la izquierda la escena de siempre de la serie, a la derecha el rostro radiante de Carmen.

¡Hola, mamá! empezó Javier, pero su madre desbordó:

¡Vaya, ya estáis delante de la tele! exclamó ella, como si pidiéramos permiso para vivir nuestro propio viernes. Justo os iba a proponer el nuevo ciclo que empieza hoy, Joyas del cine mudo. Digo yo, que si es viernes y os viene bien, ampliamos nuestro calendario. ¡Va a ser enriquecedor, que lo sepáis!

De verdad, en ese punto, sólo quería fundirme en el sofá. Me levanté y, antes de que me saliera la voz de ultratumba, busqué la salida elegante:

Carmen, perdone, pero me duele muchísimo la cabeza, creo que voy a acostarme un ratito

Y me fui al dormitorio. Oía desde allí a mi suegra hablando con entusiasmo de Eisenstein y El Acorazado Potemkin, Javier dando respuestas de esclavo sumiso. De verdad, ¿en qué momento nos metimos en esto?

Todo empezó tres meses antes, en pleno julio. Volvimos de pasar una semana en Jávea, felicísimos y con la piel quemadita de tanto sol, para encontrar un paquete enorme en la puerta. Sobre el papel, la dedicatoria: ¡Queridos! Os regalo un año de suscripción Premium al Paquete Enciclopedia Cultural. Que vuestras tardes sean un festival de belleza y sabiduría. Con cariño, mamá (Carmen Gutiérrez).

A ver, mi primer impulso fue de sorpresa. Nosotros con el paquete básico nos apañábamos de sobra para los telediarios, El Hormiguero las noches de bajón y ya está. Pero Javier, feliz:

¡Qué detalle de mi madre! Esto cuesta una pasta, además. Dicen que hay películas buenísimas y documentales. Seguro que aprendemos un montón.

Yo, pues vale, agradecida aunque no ilusionada. Instalamos la caja, exploramos el catálogo la primera semana: películas antiguas españolas, los clásicos, muchos documentales de la 2 reconvertidos, y, bueno, lo de siempre, que después de currar lo que quieres es ver cualquier bobada, no un ciclo de Bergman.

El problema estalló el martes siguiente. Nada más sentarnos a cenar, a las ocho, suena el móvil. Era Carmen.

Javier, ¿ya lo habéis puesto? empezó ella.

¿El qué, mamá?

¡La tele, hijo! ¡Es martes, a las ocho ponen en el canal Imperial la serie La Dama de la Corte! Lo he mirado yo en el programa. Si la vemos juntos, luego la comentamos.

Javier me miró en plan soy rehén. Carmen insistió, ofendida porque, claro, el regalo tenía que acercarnos, que si vivimos lejos y la tele ahora unía mucho, etc.

Carmen, viuda ya desde hace años, vivía sola en Argüelles, y Javier arrastraba una culpabilidad tremenda por no verla más a menudo. Y yo, siendo sincera, no tenía ganas de ir todos los domingos a comer con ella.

Ese día, la convenció para posponerlo, pero enseguida se impuso su sistema: dos días a la semana, mínimo, cine en familia a distancia. Los eventos culturales en el calendario y, si fallabas, llamada automática, que Javier no sabe mentir ni a una planta.

Eso sí, los comentarios en directo, lo peor. Carmen, en modo docente:

¡Esos trajes! Fijaos bien, eso sí es confección. ¡Hecho a mano, bordado!

Diez minutos después, sobre la actriz y su profundo conflicto interior. Yo ya, con el móvil debajo de la manta disimulando el bostezo, sólo queriendo que acabe la tortura.

Y así, semana tras semana: martes y jueves, toco madera, a la televisión, y Carmen con sus análisis. Si algún día no conectábamos, era drama: llamada insistente al móvil, WhatsApps, hasta que no dábamos señales de vida.

¿Pico de la situación? Cuando en mi cumpleaños, que Javier ya me había hecho reserva en un italiano genial, fue y nos plantó su madre otra vez el planazo: ¡He grabado una película sobre mujeres fuertes para Lucía! Este domingo la vemos juntas y así lo celebramos.

Te lo juro, casi me da un ataque. Le enseñé el mensaje a Javier y él, el pobre, encogió los hombros, mamá no sabía tus planes.

Por fin, ese día me planté: Javi, hoy no conecto. Si quieres, lo miras tú. Yo me voy a leer a la bañera con una copa de vino. Fue casi una rebelión familiar.

Esa noche, de hecho, fue el punto de inflexión. Cuando Carmen llamó a la mañana siguiente, fingimos problemas de conexión, pero estaba afectadísima: Si no os viene bien, chicos, decidlo. Una aquí, pensando cuándo os conviene No quiero ser una molestia. Sentí el puñalito de la culpa, Javier igual, pero no podíamos más.

Pasaron días tensos. Luego, sin escenitas, Carmen propuso ponerlo más fácil: sólo un domingo cada dos semanas, y películas decididas entre los tres. Descubrimos que la habían invitado a un cineclub del barrio, donde por fin encontró a otros con quien debatir sobre cine, otros a quienes contar lo mismo de los bordados de los vestidos pero sin clavarlo como rutina en nuestro salón. Y nos sentimos, por fin, algo libres.

Ni te imaginas el alivio. De repente, los martes y jueves eran nuestros de nuevo. Javier me preparaba café, nos sentábamos a ver lo que fuera, o simplemente a charlar o estar en silencio, y sentí que nos habíamos recuperado a nosotros mismos.

Y sí, el domingo toca cine con Carmen: comentarios, análisis, sus críticas generacionales. Pero ahora es un rito soportable, algo pactado. Y lo fundamental, cuando no queremos, lo decimos. El vínculo sigue ahí, pero sano, porque hay espacio. Carmen encontró gente nueva y nosotros recuperamos nuestra rutina de pareja.

Así que sí: a veces hace falta pasar por el drama, plantarte y decir no. No desde el enfado, sino desde el cariño, porque si no eres sincera, acabas destruida por dentro, y ni el mejor regalo cultural del mundo lo compensa.

Ahora, mientras te lo cuento, estoy en el salón, con lluvia fuera y Javier dormido a mi lado. No sé si es felicidad absoluta, pero sí tranquilidad. Nuestro viernes, nuestro té, nuestra vida. Y eso, tía, no te lo puede quitar ni la mejor suegra del mundo.

La moraleja: defiende tu tiempo, celebra tus pequeñas victorias por diminutas y domésticas que parezcan. Y, si toca, brinda por la tía Carmen y sus aventuras en el cineclub del barrio.

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