La masa silenciosa

Masa en silencio

Isabel, ¿te das cuenta de quién viene el sábado? Javier se apoyaba en el marco de la puerta de la cocina y me miraba como si volviera a cometer uno de mis clásicos errores. Solo miraba.

Yo justo pasaba la masa a la encimera. Tenía harina hasta los codos.

Sí, lo sé. Tus compañeros y sus esposas. Ya me lo has recordado tres veces.

Te he dicho que no son simples compañeros. Vienen don Ramiro San Martín y su mujer. Es socio en el despacho. Y don Gregorio Lozano. ¿Sabes quién es Lozano?

Javier, estoy cocinando ahora mismo. ¿Hablamos luego?

Entró en la cocina, aunque casi nunca le gustaba estar ahí le irritaban la vitalidad, los olores, las cazuelas, los trapos húmedos colgados en las argollas.

No luego. Quiero que lo entiendas ahora. Esta gente veranea en Ibiza y va de tiendas por la milla de oro. Sus esposas van a modistas, comen en sitios donde ni tienen carta de papel.

¿Y qué hago yo con eso? levanté la vista de la masa.

Nada de tus empanadas. Encarga algo decente, para eso está la comida a domicilio. Viene en cajas bonitas, como en los restaurantes. Yo lo pago.

Guardé silencio. Miré la masa y luego a él.

Ya la he preparado.

Isabel

He preparado la masa. Me he levantado a las seis. Iré al mercado a por carne. Todo saldrá bien, no te preocupes.

Movió la cabeza como si yo hubiera dicho algo ingenuo, casi infantil.

No entiendes a esta gente dijo saliendo de la cocina.

Me quedé un rato mirando por la ventana. Marzo fuera, gris y húmedo. Un gorrión se posaba en la verja del parque, distraído. Bajé la vista y seguí amasando.

***

Tengo cincuenta y dos años y llevo veintiocho casada con Javier. Nos conocimos en Valladolid, donde yo era contable en una constructora y él acababa de ascender a jefe de sección aún llevaba aquellas americanas de solapas anchas que le daban un aire de otro tiempo. Recuerdo su torpeza con las mujeres y la manía de trastear con el botón del puño al ponerse nervioso; justo eso fue lo que me conquistó, su humanidad palpable.

Luego vinieron mudanzas: primero a Zaragoza, más tarde Madrid. Siempre embalando cosas, cargando con nuestro gato, buscando nuevas tiendas y centros de salud, conociendo vecinos de cero. Javier crecía profesionalmente y en cada escalón veía perderse algo en él lento pero seguro. Como la ribera del río que a largo plazo la erosión transforma.

Nos quedamos sin hijos. No pudo ser. Unos médicos decían unas cosas, otros otras. Luego dejamos de hablarlo. Lo pasé sola, en silencio, y encontré cierta calma; tejí el nido de mis cuidados en la casa, la cocina, las plantas, los niños del vecindario a quienes a veces invitaba a rosquillas.

La comida era mi lenguaje. Lo comprendí, aunque nunca lo dijera así. Si faltaban palabras, o las palabras no alcanzaban, yo volvía a la cocina. También en la alegría. Sentir la masa bajo mis manos era la forma de saber que todo estaba en su sitio: por su elasticidad, su tibieza, el modo en que cedía a la presión.

Javier comió mi comida veintiocho años. Siempre en silencio. Solo ahora entiendo que yo leía ese silencio como asentimiento.

***

El viernes estuve en pie hasta medianoche. Horneé empanada de ternera y cebolla con la receta de mi abuela, la de la corteza dorada y crujiente cuyo olor invade el portal. Hice croquetas de bacalao y pimientos. Dejé un caldo gallego reposando, que cuajaría para la comida. Preparé ensalada de lombarda y zanahoria con aceitunas negras. Asé lacón con ajos y laurel en el horno.

Javier volvió a casa a las once, vio lo hecho y no dijo nada. Se metió directo en el dormitorio.

Recogí la cocina, me quité el delantal y me senté un rato junto a la ventana, con una infusión. Mañana vendrían, se sentarían a la mesa y yo pondría ante ellos lo mejor que sé hacer en el mundo. Me parecía sencillo, natural.

Me dormí nada más acostarme.

***

A las siete llegaron los invitados. Eran seis: Ramiro San Martín con su esposa doña Mercedes, Gregorio Lozano con su esposa Carmen y otro hombre a quien Javier presentó como don Hugo, sin apellidos su tono dejaba claro que debía de ser el más importante.

Mercedes era esbelta, de unos cuarenta y muchos, con un vestido negro que podría costar más que mi pensión de un mes. Miró la casa y a todos con una mirada que parecía poner cada cosa exactamente en su sitio: la vivienda, las cortinas, yo.

Carmen era más joven, rubia, perfume intenso que noté desde el recibidor y una sonrisa tan grande como mecánica, como si le apretaran un botón al entrar.

Don Hugo, pesado y de manos grandes, fue el único en darme la mano.

¿La anfitriona? Encantado.

Les conduje al comedor, donde la mesa estaba lista: mantel de lino con bordados, velas, la cubertería bien puesta. El caldo gallego en bandeja con perejil, croquetas apiladas, empanada ya cortada en la tabla, dorada.

Se sentaron. Javier descorchó una botella que traía Ramiro un tinto de Rioja de los caros y repartió.

Mercedes miró la mesa y dijo en voz baja, pero al alcance de todos:

Vaya, caldo gallego. Hace siglos que no lo veo.

Había algo en esa frase, una nota que capté de inmediato pero que tardé en comprender. Como el olor a gas que te obliga a abrir las ventanas.

Servíos dije. Empanada, croquetas, lacón

¿Lacón! Carmen se miró con Mercedes. Madre mía, hace años que no lo como. Es muy, muy graso.

Muy sustancioso apuntó Mercedes, riendo. Era esa risa que logra que uno mire al suelo y compruebe que no ha pisado nada.

Los hombres tomaron aperitivos. Ramiro probó caldo y asintió sin palabras. Gregorio cogió empanada. Don Hugo se sirvió agua y estudió la mesa con gesto pensativo.

Javier, ¿tú cocinas alguna vez? preguntó Carmen sonriéndole.

No, Isabel es la chef en casa dijo él, como dando a entender que era algo gracioso pero aceptable.

Isabel, ¿sois de familia pequeña? preguntó Mercedes cogiendo ensalada. ¿De pueblo?

De Valladolid contesté.

¡Claro! asintió ella, como quien resuelve un enigma fácil. Ahí todavía se conserva todo esto: empanadas, caldos, comida casera. Es puro campo, sin ofender. En la ciudad ya no se lleva esto. De hecho, los nutricionistas dicen que la gelatina es fatal para las arterias.

Le miré de frente.

Si se prepara bien, aporta colágeno, bueno para las articulaciones.

Eso ya es información anticuada dijo ella quitándole importancia. Hace tres años que no comemos carne, solo pescado y superalimentos. ¿Tú no lo has probado, Javier? Tenemos una amiga nutricionista sensacional.

Javier rió con ligereza, esa risa que se usa cuando no tienes respuesta pero quieres quedar bien.

Isabel es muy tradicional dijo él.

La palabra “tradicional” se me clavó. Cayó sobre la mesa como una moneda que nadie recoge.

Después Carmen añadió que la masa de la empanada estaba algo compacta y que a su edad cuidaba la figura. Mercedes habló de un restaurante de cocina molecular en el centro, y dijeron que el chef estudió en San Sebastián. Pronto pasaron a hablar de dinero y propiedades, y entendí que yo era parte del decorado, anfitriona que sirve y sonríe.

Y sonreí.

Iba sirviendo vino, sacando platos, recogiendo cubiertos, preguntando si hacía falta algo. Nadie agradecía.

A las nueve, Mercedes miró de nuevo la empanada casi intacta:

Voy a ser sincera, ya que estamos entre amigos. Toda esta comida es muy… de provincias. Sin ánimo de ofender, Isabel. Pero en ciertos ambientes no cuadra. Es otro nivel.

La habitación enmudeció. Miré a mi marido.

Javier miraba su copa.

Bueno, cada uno con sus tradiciones dijo finalmente don Hugo, y calló a Mercedes con un matiz en la voz.

Pero Javier ya hablaba:

Isabel, te dije que encargaras comida decente. Así estamos. Siempre a tu manera.

Me levanté, recogí algunos platos y fui a la cocina, despacio, por el peso de lo que llevaba. Dejé la loza en el fregadero y me planté ante la ventana: la noche, los faroles encendidos, lloviznando.

A lo lejos se reían otra vez. Luego el tintineo de un vaso.

Me quité el delantal, lo doblé con esmero y lo dejé sobre la silla.

Volví al comedor.

Disculpad, me duele la cabeza. Servíos, tenéis todo en la mesa.

Nadie hizo mucho caso.

***

Recogí la casa sobre la una de la madrugada, ya sin invitados. Javier se echó a dormir sin dirigir palabra, cerrando la puerta.

Guardé la empanada en una bandeja grande tapada con film, las croquetas en una cazuela, el caldo en papel de horno, el lacón envuelto aparte.

A la una y media me asomé a la calle con todo. Cerca de casa estaban reformando un bloque, y junto a los obreros, los barracones tenían luces encendidas.

Había tres hombres cenando de pie con termo de café. Uno fumaba.

Buenas noches saludé. Perdón por la hora. He traído comida, si queréis.

Me miraron como si hubiera caído del cielo.

¿Qué es? preguntó el del cigarro.

Empanada de carne, croquetas, lacón. El caldo, mejor frío.

Se miraron unos a otros.

No me diga dijo uno levantándose. Se lo cogemos, mujer.

Llevaron todo y lo pusieron en la mesa improvisada. Uno destapó la empanada, arrancó un trozo, y su cara se iluminó de tal forma que sentí una chispa de emoción inesperada.

Esto es casero. ¡Madre, casero!

Mi madre hacía igual dijo otro, probando una croqueta. Clavao.

¿Es usted de ahí? señaló el edificio. ¿Un cumpleaños?

Vinieron invitados repliqué. No quisieron probarlo.

Ellos se lo pierden. Comida buena.

Lo sé.

Me quedé tres minutos viendo comer. De verdad. Con ganas. Uno ya había repetido.

Gracias, señora.

A vosotros, respondí y volví a casa.

***

No dormí esa noche. Me tumbé en el sofá del salón mirando el techo. Silencio en el dormitorio; Javier dormía, seguro.

Pensaba en veintiocho años, en todo el peso. Pensaba en su: Siempre a tu manera. No un no tienes razón, ni un discrepo, sino ese a tu manera cargado de años de desgana.

Recordé a los obreros, comiendo agradecidos, diciendo comida buena con la honestidad de quien dice la verdad aunque no sea elegante.

Pensaba en cómo en esa casa no cabía ya mi sitio. A mí, como persona, me recibían. Pero a mí con mi mercado de madrugada, mi receta de abuela, mi idioma de la cocina, ya no.

Lo ocupaban ya otras cosas.

A las cuatro tomé una decisión. Sin drama, con la firmeza con que decides ir al médico cuando ya no queda excusa: es hora.

***

Escribí una nota en el bloc. Mi letra, grande y clara.

Javier. Me voy. No es por despecho. Es porque he entendido. Gracias por todos los años. Las llaves están en la mesilla. Isabel.

Dejé ambas llaves: la del portal y el buzón.

Cogí una bolsa con lo imprescindible: papeles, una muda, móvil y cargador, el efectivo que quedaba en la cuenta. Nada de comida; me resultó simbólico: me marcho sin llevarme lo mío, lista para ir ligera.

Fuera, casi las cinco. Amanecía. El asfalto relucía tras la lluvia. Paré un taxi y pedí que me acercara a casa de mi amiga Lucía, al otro lado de Madrid.

Lucía abrió en bata, somnolienta, despeinada, y no preguntó nada. Se hizo a un lado, me dejó pasar y soltó:

¿Te pongo una infusión?

Ponla.

Nos sentamos en su cocina casi en silencio. Lucía tenía esa cualidad rara de saber estar callada acompañando.

¿Te has ido? preguntó al fin.

Me he ido.

¿Para siempre?

Me lo pensé.

Para siempre.

Asintió y me sirvió más té.

***

Las primeras semanas fueron extrañas. Javier llamó. Primero frases cortas: Dónde estás, vuelve. Luego largos mensajes: Podemos hablarlo. Luego: ¿Tienes idea de lo que haces?. Después ya dejó de llamar.

Viví en casa de Lucía. Dormíamos en habitaciones contiguas, desayunábamos en silencio, veíamos alguna peli por la noche. Lucía no daba consejos: aquello lo agradecí como nunca.

En la tercera semana me puse a los trámites. Siempre tuve buena cabeza para el papeleo; preparé todo para el divorcio sin alharacas. El piso, comprado en matrimonio, Javier quiso liquidar mi parte con transferencia: acepté. No quería ni juicios ni discusiones.

Vi el saldo en mi cuenta. Eso eran veintiocho años. ¿Es mucho, poco? No lo sé. Solo supe que serviría un tiempo.

Buscar trabajo, al mes siguiente. Quise respirar antes de nada. Me perdía por Madrid, tomaba café en bares pequeños, estudiaba a la gente como si acabara de llegar. Cincuenta y dos años y fue la primera vez en mucho que me sentí plenamente yo, lo que sea que eso signifique.

Un día entré en una cafetería al borde de Retiro, en una zona tranquila, muchos árboles, edificios bajos. Se llamaba La Parada. Madera vieja, menú en pizarra, televisión sin volumen. Olía a pan reciente y café.

Pedí una infusión y un bollo de cereza. Era de hojaldre de fábrica, se notaba.

Tras la barra, una mujer de sesenta, redonda y cansada, delantal azul claro.

¿Le ha gustado el bollo? preguntó.

Un poco seco le dije, sincera.

Suspiró.

Lo sé. El panadero nos dejó hace un mes. Ahora compramos al mayorista y, claro, no es lo mismo.

Callé.

¿Busca panadera? pregunté.

La señora me miró fijamente.

¿Sabe hacer?

Sé.

***

Se llamaba Remedios y montó el café hace ocho años al jubilarse, incapaz de soportar la inactividad. Era su pequeño proyecto, algo deficitario a meses, pero vivo. Remedios tenía intuición para decidir rápido.

Venga mañana temprano dijo. Vemos qué tal.

Al día siguiente fui a las siete. Delantal puesto, una cocina chiquita pero funcional.

Preparé bollitos de patata y cebolla. Hice caracolas de canela. Puse masa madre a fermentar para empanada dulce de manzana.

Remedios llegó a las ocho, se asomó y sonrió.

¿De dónde ha salido usted?

De la vida, contesté.

A las ocho y media vinieron los primeros clientes. Una señora compró dos bollitos y regresó al poco por otro; un hombre con casco cogió media docena, un chaval dudó entre la empanada y el bollo y compró ambos.

Remedios tras la barra calculando.

A mediodía hablamos de condiciones: cada día, siete a tres, menos domingos, sueldo humilde pero Remedios añadió: Si funciona, subimos.

Funcionó.

***

Tres meses después, La Parada era el secreto bien conocido de tres barrios. Sin publicidad; el boca a boca. Circulaban esas historias de abuelo: Hazme caso, aquí los bollos saben a casa.

Creé un menú semanal. Lunes, empanadillas de atún. Martes, coca de verduras. Miércoles, pan de masa madre, y la cola desde las ocho. Jueves, tortitas con miel y nata, todo un hit entre las clientas charlatanas. Viernes, empanada de carne, la despachaban antes de mediodía.

Los fines de semana, los míos, iba al mercado. Por placer, no por necesidad. Elegía manzanas, las olía. Charlaba con las abuelas del queso, el aceite de la misma vendedora, a la que ya saludaba por nombre.

Ahora vivía en un pequeño piso alquilado cerca del café. Sencillo, muebles viejos pero sólidos, ventana a un patio silencioso. Puse cortinas de lino en la cocina y una geranio en el alféizar. Hogar.

Lucía venía dos veces al mes. Merendábamos juntas.

Tienes otro gesto. Se nota mucho.

Duermo bien.

Eso salta a la vista.

Por las tardes a veces leía, a veces cine, a veces me sentaba y escuchaba el rumor del árbol del patio. Era mi mayor tesoro: sentarme y no hacer nada para nadie.

***

A Genaro lo vi por primera vez en octubre. Vino un miércoles el del pan cuando ya no quedaba.

¿Llego tarde? preguntó Remedios.

Hoy sí sonrió. ¿Y mañana?

El pan solo los miércoles. Pero empanada mañana.

Miró la pizarra. Se llevó café y bollo de repollo. Se acomodó en la mesa junto a la ventana, leyendo una novela gastada.

La semana siguiente vino antes de las ocho y sacó dos hogazas. Yo justo sacaba la bandeja.

Ahora no te quedas sin, le dije.

Rió. Tenía la cara un poco marcada por años, las arrugas de quienes han pisado la calle mucho tiempo o han pensado demasiado.

El martes vengo y acampo aquí para no perderme el pan.

Remedios te echa a las ocho, bromeé.

Pues me planto en la escalinata.

Así empezamos. Entre pan, risas, tonterías que, poco a poco, son lo más auténtico.

Genaro tenía cincuenta y ocho. Ingeniero en una oficina próxima, divorciado hace siete, hijos ya adultos por su cuenta. Sereno, sin prisas.

Decidí hablarle de la masa, de temperaturas, de por qué el pan de masa madre vive más. Siempre escuchaba atento.

Un día le dije:

Hay quien me ha dicho que esto ya está pasado Empanadas, caldos caseros, comida de siempre.

Genaro hizo un gesto.

Pasado está lo de fingir constantemente. Eso sí que está viejo.

Le miré.

Bien dicho.

Se hace lo que se puede.

***

Las historias de mujeres no van en línea recta. Yo lo sé. La dicha no aparece de golpe; se cuela en los días a poquitos, como el agua al pozo después de llover.

Con Genaro, en marzo, empezamos a vernos. Sin prisas, sin palabras. Un día él preguntó si me apetecía cine. Dije sí. Luego cenamos menú del día en una tasca cercana. Pidió sopa y pan.

¿El pan es bueno? pregunté.

Cogió, mordió, pensó.

No. El tuyo es mejor.

No era un piropo; era un hecho.

Sonreí levemente, agradecida.

El café creció. Remedios metió menú de mediodía, contrató otra ayudante, planteó dos mesas más en terraza para el verano.

Yo pensaba abrir un local propio. Pequeño, en una calle tranquila, pan oloroso todo el día. Un sueño, aún difuso, pero ya presente.

Ahora sabía esperar, no forzar nada.

***

Javier apareció a finales de abril.

Le vi por la ventana del café. Plantado, mirando el letrero. Tardé en reconocerle no contaba con verle y el corazón se me saltó un compás.

Entró.

Remedios estaba en el almacén. En la sala, pocos clientes. Yo tras la barra.

Hola, dijo.

Envejecido, o solo más revelado. Arrugas más hondas, mirada cansada, como un hombre perdido en una calle desconocida.

Hola, contesté.

Lucía me dijo que trabajabas aquí.

Aquí estoy.

Reparó en la madera, la pizarra, la vitrina con bollería. De su cara no supe descifrar si era lástima o sorpresa.

¿Quieres café?

Sí.

Le serví. Lo sostuvo entre las manos.

Me han contado que aquí va muy bien.

Sí.

Te recomiendan. La mejor panadera del barrio.

Me alegro.

Dejó la taza en la barra.

No me va bien últimamente. San Martín y yo ya no trabajamos juntos, la empresa cambia, está difícil.

Le miré sin sentir nada parecido al rencor. Solo la distancia que da la compasión por un extraño en apuros.

Lo siento dije.

Quiero que vuelvas conmigo.

El café pareció callar, o era cosa mía.

Podemos empezar otra vez. Tengo ideas, pensaba irme de ciudad, empezar de cero, no sé…

Javier.

Por favor, escúchame. Sé que me equivoqué aquel día, debí actuar distinto. Lo he pensado.

Me alegro de que lo hayas pensado.

Entonces me escuchas.

Apoyé las manos en la barra.

Te escucho. Dime, ¿recuerdas cuando aquel sábado, delante de todos, dijiste: Siempre a tu manera?

Guardó silencio.

Sí.

No dijiste tiene razón ni es buena comida. Solo siempre a tu manera. En ese “siempre” caben todos estos años.

Bajó la mirada.

Estaba nervioso, era mucha presión. Cierta gente, yo quise que todo saliera

Gente importante repetí. Lo recuerdo. Aquellos obreros, los de esa noche, en ropa de faena, ¡también eran importantes! Solo que tú no los conocías.

Ahora alzó la mirada.

A veces de verdad no te entiendo.

Lo sé. Esa es tu respuesta y la mía.

El ruido de la cafetera llenó el fondo. Entraron dos clientes. Me volví de manera natural.

Un momento, les dije y miré de nuevo a Javier. Tengo que seguir.

Isabel.

Javier, no te guardo rencor. De corazón. Pero no volveré. No por enfado, ni por orgullo. Me quedo porque, por primera vez, estoy en mi sitio. ¿Lo entiendes?

Me miró largo y hondo. Asintió despacio, como quien digiere una medicina amarga y sin remedio.

De acuerdo.

Cogió la chaqueta. Al llegar a la puerta se detuvo.

De veras, se te ve bien dijo. Sin más intención que constatarlo.

Gracias, respondí.

Puerta cerrada.

***

Atendí a los dos clientes. Uno pidió pan y empanadilla. El otro preguntó por el caldo. Le expliqué que aún no estaba.

Entré en cocina, me serví agua y, de pie, observé la hora. Eran poco más de las diez; tiempo para mezclar masa para mañana.

Cogí la harina, saqué la masa madre viva de su bote de siempre, la que nutro cada día.

Las manos sabían lo que hacían.

***

Por la tarde, Genaro entró casi al acabar mi turno. A veces venía así, sin avisar.

¿Qué tal el día?

Especial.

¿Me cuentas?

Paseamos por la calle abajo, esa luz nítida de primavera, sombras larguísimas y árboles.

Ha venido mi exmarido.

Genaro ni parpadeó, siguió tranquillo.

¿Y qué?

Quería que volviera.

Dijiste que no.

Eso es.

Se lo pensó.

¿Ha sido duro?

Menos de lo que creía. Le he sentido compasión. Se le ve como quien llega al lugar esperado y lo encuentra vacío.

Eso es su elección.

Sí, pero cuesta a veces no sentir lástima.

Genaro asintió. Ese gesto claro que agradece sin juzgar el dolor ajeno.

Sabes, añadió, llevaba tiempo queriendo decirte algo y no encontraba cómo.

Dímelo.

No conozco a nadie con tus manos. Y no hablo solo del pan. Hablo de otra cosa. ¿Me entiendes?

Le miré de reojo.

Creo que sí.

Me alegro. Solo quería que lo supieras.

Seguimos, patio, bancos, niños jugando, cielo de azul claro y alto.

Genaro, dije.

Sí.

Este año entendí que pasé media vida esperando reconocimiento; que me dijeran: bien hecho, perfecta. Pero luego dejé de esperar y todo fue más fácil.

La primero que debe juzgarte eres tú.

Eso mismo. Lo comprendí tarde.

Nunca es tarde. Hay quien nunca lo aprende.

Sonreí en voz baja.

***

La Parada llegó al verano a pleno ritmo. Pusimos terraza y siempre llena al sol. Remedios negociaba alquilar local lindante, me ofreció incorporarme como socia. Le pedí tiempo, pero lo tuve claro pronto: sí.

Esa es la lección, la de tantas mujeres que no sale en revistas: no temas lo que sabes hacer bien. No lo escondas. No pidas perdón. Encuentra tu lugar y quédate.

Me quedé.

***

Una tarde de junio, con la ventana abierta y el calor llenando el piso, escribía en mi bloc. No un diario, solo recetas y pensamientos al azar.

Fuera susurraba el roble; la geranio lucía roja. Dentro del frigorífico, la masa madre esperaba paciente.

Escribí: Lo raro de la vida es que lo mejor empieza cuando crees que todo termina.

Luego taché.

Escribí: Una buena empanada nunca sale deprisa.

Sonreí. Cerré el cuaderno.

***

Lucía llamó el domingo temprano.

¿Cómo vas?

Bien, hoy he dormido hasta las ocho.

Dios mío. Hasta las ocho, qué envidia. Me alegro mucho.

Ven a casa. Tengo empanada en el horno.

¿De qué?

De manzana y canela.

Voy, dijo y colgó.

***

A veces la mejor elección es la simpleza aprendida: hacer lo que una sabe, confiar en ello y compartirlo con quien lo valore de verdad. Esa es la satisfacción que solo una masa bien amasada puede dar.

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