Desde pequeño, siempre he tenido el don de ayudar incluso a quien no me cae bien, aunque fuera un enemigo declarado. Jamás pensé que mi suegra encajaría en esa categoría. A pesar de lo que dice la gente, mi suegra es una mujer extraordinaria, amable y educada. Hace poco sufrió un percance serio: enfermó gravemente, tuvo que ingresar en el hospital y aún necesitaba recuperarse una vez salió de allí.
Sin consultarlo con mi mujer, decidí traerla a casa, para que pudiéramos cuidarla entre los dos. Pensé que mi esposa estaría encantada de ver lo bien que atendía a su madre, pero durante el trayecto a casa, mi suegra se mostró bastante apagada, como si quisiera preguntar algo pero no lograra reunir el ánimo necesario. Al llegar, la ayudé a entrar, le preparé su habitación y fui a cocinarle una sopa. Mi intención era alegrar tanto a mi suegra como a mi mujer.
Desgraciadamente, cuando mi mujer volvió a casa, todo se complicó. Al ver a su madre en la cama, preguntó qué hacía esa garrapata en nuestro hogar y quiso echarla a la calle. Logré frenarla con mucho esfuerzo. Si no hubiese intervenido yo, mi mujer habría expulsado a su propia madre sin miramientos. Seguimos casados, pero la actitud de mi esposa me ha decepcionado mucho.







