Mi esposa y yo formamos una familia respetable. Esta es nuestra primera boda y llevamos veinticinco años viviendo juntos. Jamás hemos discutido delante de nuestra hija; siempre hemos procurado mostrar cariño y cuidado el uno hacia el otro. En general, puedo decir que tenemos un matrimonio feliz. Mi esperanza siempre fue que, al tener nosotros una relación tan armoniosa, nuestra hija tomaría ese ejemplo y construiría a su vez una familia exitosa. Se suele decir que los hijos imitan a sus padres.
Pero aquí surge el problema. Nuestra hija aún no se ha casado, aunque tiene novio. Hace dos años falleció mi madre, dejando como herencia un piso en Salamanca. Mi esposa y yo decidimos que el piso sería para nuestra hija. Hace poco, nos contó que está viviendo allí con su pareja.
No nos molesta que ella haya comenzado su vida independiente. Pero su novio es, sinceramente, un desastre. No colabora en nada en casa, no se ocupa de ningún asunto propiamente de hombres. Si se estropea un grifo o hay que cambiar una bombilla, enseguida llama a su padre. Le hemos preguntado varias veces por qué su novio no hace nada, pero ella no responde ni una palabra. Promete que pronto empezará a tomar iniciativas.
Hace poco nos enteramos de que está en paro. Eso significa que no aporta nada económicamente, y que nuestra hija lleva toda la carga. Tiene dos trabajos para poder mantenerlos a ambos. No creo que él la quiera de verdad.
Se lo dije alto y claro: es una mala elección. Pero a ella no le importa. Cree que él cambiará y que todo irá bien. Está enamorada. Yo, por mi parte, la quiero con todo mi corazón y me duele verla así.
Hoy, escribiendo estas líneas, me doy cuenta de que por mucho que queramos proteger a nuestros hijos, cada uno debe aprender de sus propios pasos. Como padre, sólo puedo acompañarla y esperar que encuentre el camino que la haga feliz.







