Esposa incómoda
Clara emergía lentamente al mundo de la conciencia, atravesando el dolor y los ruidos como quien sale del fondo de un pozo.
Clara Jiménez, sabemos que puede oírnos. Intente abrir los ojos, la voz masculina sonaba apagada y lejana.
Obedecer era casi imposible. Sus párpados pesaban como plomo, el cuerpo pertenecía a otro y cada músculo dolía. Un pitido agudo le taladraba los oídos.
Olía a hospital: ese olor áspero y penetrante de lejía mezclado con un fondo amargo de químicos inconfundible en cualquier parte.
Así, así. Respira por sí misma, eso es muy bueno, la voz, ahora más cerca.
Con gran esfuerzo, Clara logró parpadear. La luz la deslumbró, obligándola a entornar los ojos. Todo era difuso, como una acuarela en día de tormenta: techo blanco, paredes blancas, un tubo conectado a su brazo.
Sobre ella estaba el rostro de un hombre mayor, surcado por profundos surcos. Los ojos, bajo unas cejas canosas espesas, la observaban con gravedad. Gorro blanco, mascarilla bajada a la barbilla.
¿Dónde? susurró Clara. Su propia voz le sonó tan débil como hojas secas.
Está en reanimación contestó el hombre mientras ajustaba una máquina al lado de la cama. Hospital General de Madrid.
El accidente susurró ella, ha habido un accidente
El recuerdo la sacudió un instante: el sol de frente, la carretera Iba conduciendo ¿a dónde?
Sí, un accidente. ¿Recuerda algo más?
Iba a una revisión a la clínica. Quisimos probar la FIV No habíamos conseguido tener hijos
Exactamente, asintió el médico. Soy su doctor, Reanimador Manuel Escudero. Ha sufrido un grave accidente.
La mente de Clara se fue despejando mientras regresaban los recuerdos, junto con un miedo creciente.
Mi marido ¿Juan Carlos? ¿Le han avisado? ¿Está bien?
Él lo sabe. El tono de Manuel se endureció. No sufrió daños. En realidad, no estaba con usted en el coche.
Clara frunció el ceño, tratando de reconstruir el puzzle. Sí, era cierto: Juan Carlos iría luego, desde la oficina. Ella viajaba sola.
¿Cuánto llevo aquí? preguntó, sintiendo el frío del miedo colarse en su pecho.
El médico desvió la mirada y suspiró profundamente. Entre el pitido de las máquinas, aquel suspiro retumbó.
Debe prepararse para un golpe, Clara. Lo que voy a contarle será impactante.
Dígame musitó.
El accidente fue hace ya tiempo. Ha estado mucho tiempo inconsciente.
¿Tiempo? ¿Semanas, meses?
Ha estado en coma tres años.
El mundo de Clara se derrumbó al instante, arrastrándola de nuevo al pozo oscuro del que acababa de salir.
No No puede ser Hay un error O es una broma de mal gusto
Tres años cortó Manuel Escudero. Traumatismo craneoencefálico severo, fracturas múltiples. Apenas logramos salvarla. Su vida pendía de un hilo.
Tres años.
Clara miró su propia mano sobre las sábanas. Pálida, huesuda, pero suya. Viva.
Ha tenido suerte matizó el doctor. Su grupo sanguíneo es poco común. Hubo que hacerle varias transfusiones urgentes. No había en el banco.
Se detuvo un instante y añadió:
Su marido fue su donante. Tenía el grupo compatible, y donó cuanto pudo. Literalmente le dio la vida.
Las palabras flotaban, pesadas, en su mente. Juan Carlos su sangre, su salvador
Pero en vez de alivio, la invadió algo frío, un presentimiento oscuro. Clara recordaba bien su grupo sanguíneo; creía que Juan tenía otro. No tenía fuerzas para discutir. Volvió a dormirse.
Despertó otra vez con la rutina del hospital haciéndose familiar. Un aroma conocido, con un toque amargo y varonil de colonia. Debía ser su marido.
Juan Carlos se acercó. Reconoció su perfil elegante, esa barbilla decidida, el pelo negro peinado hacia atrás. Y, sin embargo, algo en su rostro había cambiado.
Nunca lo había visto tan frío, casi cruel.
A su lado, una enfermera apagada, regordeta y amable Carmen, creía recordar cambiaba la medicación.
Juan Carlos se inclinó, y el aire a su alrededor se volvió gélido.
Me alegra verte despertar, cariño le susurró con frialdad. Mientras tú pasabas tres años de vacaciones en la UCI, yo he heredado todo.
Clara no entendía.
¿Herencia? ¿De qué hablas? su lengua se trababa.
De los papeles, Clara. Los que firmaste tan amablemente antes de irte de viaje. Todo el poder de administración. ¿No te acuerdas? Siempre firmabas sin mirar.
Pero yo
Gracias por firmar rió con veneno. No esperaba que tu inocencia me saliera tan rentable.
Un destello: la camilla de urgencias, él inclinado sobre ella.
Clara, firma para la operación. Es mero papeleo.
Temblorosa, ella firmó sin mirar nada, temiendo lo peor.
El negocio de tu padre, Clara explicó Juan Carlos ahora. Esa pequeña empresa de transportes. Ahora que lo he cogido, da mucho más beneficio.
Sonrió, satisfecho.
Es todo mío. Completo.
Clara lo miraba petrificada. Era un extraño. Ese no era su Juan Carlos.
Has murmuró no puedes
Claro que sí respondió él. Y lo he hecho.
Enderezó la chaqueta con parsimonia y se giró hacia Carmen:
Cuida de ella, por favor.
Clara fingió cerrar los ojos, no pudo aguantar mirarle más. Notó las lágrimas quemándole el rostro.
El sonido de sus zapatos alejándose sobre el frío suelo quedó grabado en su memoria. Él la había dejado sola en su peor pesadilla.
Alguien tocó suavemente sus mejillas.
Tranquila, cielo, no gastes tus fuerzas le susurró la enfermera.
Gracias lloró Clara, ahogando el llanto en silencio.
Más tarde, mientras Carmen le cambiaba el vendaje, se inclinó y bajó la voz:
Eres fuerte. Si has salido de esto, puedes con todo. Créeme, no eres la primera a la que engañan así. Ahora recupérate. Lo demás, se arreglará.
Aquellas palabras sencillas, de una enfermera cualquiera, fueron la primera luz en tanta oscuridad.
Clara llamó con voz débil:
Carmen
¿Sí, hija?
El doctor dijo que mi marido me salvó que fue donante.
Carmen se puso seria.
¿Quién te lo ha dicho?
El doctor Escudero.
Carmen negó con la cabeza.
Escucha, tu marido ni siquiera sabe su grupo sanguíneo. Estuve de guardia. Le pregunté tres veces y siempre lo esquivó.
Pero ¿entonces?
La sangre era de un donante anónimo, del banco. De milagro llegó a tiempo.
Le tocó el hombro:
No le debes la vida. Ni nada. Que te quede claro.
Clara asintió, comprendiendo la magnitud de la mentira. El héroe era impostor, como lo había sido su afecto.
Esa noche no pudo dormir. Se preguntaba cómo no había visto el verdadero rostro de su marido. ¿En qué momento el hombre al que amaba se volvió ese ser calculador y frío?
Como una broma cruel, recordó el día en que se conocieron.
Cuatro años atrás parecía otra vida.
Clara corría por las escaleras mecánicas del metro de Madrid bajo la lluvia. Llegaba tarde a una entrevista en una gran agencia de traducciones. Se le rompió el tacón entre la muchedumbre.
Vaya murmuró agarrándose con torpeza.
El zapato colgaba derrotado de su pie. Avanzó como pudo hasta el andén, sintiéndose ridícula: un zapato, paraguas empapado, pelo hecho un desastre.
Parece que Cenicienta ha perdido no el zapato, sino la paciencia, una voz masculina y sarcástica.
Clara levantó la vista. Un hombre con un abrigo impecable y olor a colonia cara la observaba, seguro de sí mismo.
Creo que Cenicienta está a punto de empezar a llorar admitió. La entrevista es en quince minutos, así no hay manera
Él la repasó de arriba abajo, calculador pero no crítico.
No te cogerán afirmó seco.
Gracias, muy alentador respondió Clara.
No soy amable, soy sincero le tendió la mano. Juan Carlos.
Clara, respondió ella sin pensar.
Ven, no vayas en metro.
¿Perdona?
Te llevo en coche. Y por el camino, solucionamos el tema del zapato.
No puedo apenas le conozco
Ahora ya sí. Considéralo una inversión en tu futuro. Relaciones internacionales, ¿verdad? Eres traductora, acierto seguro.
Sí, pero
Sin peros. Tienes dos minutos para elegir bien.
Juan Carlos era así: contundente, resolutivo, imponente. La recogió y paró en una zapatería de la Castellana.
No atendió a sus protestas y le compró unos salones clásicos.
Estos cuestan una fortuna musitó ella.
Será la inversión para tu futuro profesional respondió él, serio.
Esa tarde consiguió el trabajo y, por la noche, Juan Carlos la llamó:
¿Qué tal los zapatos? ¿Funcionaron de amuleto?
¿Cómo tienes mi número?
Vamos, Clara. Lo sé todo rió. ¿Una cena?
Hubo una pausa larga y fue ella quien la rompió:
Vale.
Así, el sí se convirtió en una cadena de citas. Juan Carlos la deslumbró: flores exóticas, cenas en restaurantes exclusivos, fines de semana sorpresa.
La colmó de atenciones y Clara se rindió.
Su hermana pequeña, Sofía, observaba desde la distancia y pensaba que a veces el dicho “del amor al odio hay un paso” lo inventó alguien con experiencia.
Luego vino el primer encuentro con los padres de Juan Carlos.
Su padre, Don Emilio, era severo y tradicional, con mirada dura.
¿Traductora? bufó en la cena. Qué oficio más poco serio. Una mujer ha de cuidar de su familia y tener hijos.
Papá protestó Juan Carlos. Ya estamos en ello.
Mucho trabajar antes se vivía sin tanto lío, masculló.
La madre, Teresa, callada y culta, la acogió con calidez.
También he sido profesora sonrió Teresa. Letras, lengua, literatura española.
¿De verdad? ¡Juan Carlos nunca lo mencionó!
No es de hablar, intervino don Emilio. Toda la vida en el instituto, ganando cuatro duros.
Eso no es cierto corrigió su esposa. Mi trabajo me gustaba. Y veo en ti un alma cercana. Te brillan los ojos. Amas las palabras.
Muchísimo reconoció Clara, relajándose al fin.
Hablaron esa noche de libros sin parar. Teresa la acogió como a una hija. Don Emilio, en cambio, seguía distante.
No vale para nada escuchó Clara al salir. Bonita, sí, pero hueca. Para lo importante, no sirve.
Tiempo después, Juan Carlos insistió en que dejase su empleo.
Clara, lo tuyo es otra cosa decía besándole las manos. Eres el alma de la casa. Demasiado inteligente para gastar la vida en contratos ajenos. Ocúpate de ti, haz arte, lo que te apetezca.
Pero me apasiona mi trabajo
Te enamorarás de tu nueva vida aún más.
Clara cedió. Se convirtió en la anfitriona perfecta, organizando fiestas y brillando.
Luego quisieron tener hijos.
Un año intentándolo. Luego dos. El diagnóstico fue firme: esterilidad.
Es culpa mía lloró Clara.
Tonterías la abrazaba él, pero notaba su frialdad. No te preocupes por el dinero. Hay FIV, buscaremos la mejor clínica. Tendremos un heredero.
Ella se aferró a esa esperanza, sin notar el creciente desdén de su esposo, sus ausencias, el desinterés.
En ese periodo enfermó gravemente su padre, Lorenzo Jiménez.
Clara y Sofía se turnaban para cuidarlo. Madre no había, la perdieron siendo niñas con una neumonía terrible derivada de una infección tonta.
Lorenzo, antiguo ingeniero industrial, levantó un pequeño negocio de transportes. No era rico, pero sí independiente.
Murió tres días antes de cumplir cincuenta. Lo iban a celebrar por todo lo alto.
Los funerales pasaron para Clara entre nieblas. Juan Carlos era atentísimo y educado, pero no dejó de darle vueltas a los detalles de la herencia.
Clara, destrozada por el duelo, no le prestó atención. Error que comprendió tarde, sola en la habitación de hospital.
Ya desde el primer día, su suegro había acertado: a ojos de todos, ella solo era un accesorio, y hermoso, para un marido solvente.
Pasaron dos días que no supo distinguir. Su marido no volvió a la clínica. Cuando se estabilizó, la cambiaron a una habitación común, ruidosa y llena de vida.
A los pocos días la visitó Sofía.
Al abrir la puerta, Clara apenas la reconoció. Ya no era la estudiante de diecinueve años; parecía una mujer cansada, madura.
Clara la abrazó, llorando desconsolada.
Shhhh la calmó Clara acariciándole el pelo. Pareces tan cambiada
Tres años, Clara sollozó Sofía. Temía tanto perderte
Se fue tranquilizando, sentándose al pie de la cama.
Tengo muy malas noticias, Clara.
¿Peores aún? forzó una sonrisa.
Él tu marido
Dímelo.
Me echó de casa susurró. De nuestra casa de la de papá.
Clara se petrificó.
¿Cómo que te echó? También era tu casa.
Dijo que tú le firmaste la parte de la herencia hace tres años. No lo creía, pero me enseñó los papeles. Cambió las cerraduras. Volví del campus y mis cosas estaban en bolsas, en la puerta.
Papeles. Otra vez los papeles.
Y además Sofía sacó un sobre arrugado, ha iniciado el divorcio.
Clara temblaba al abrir el sobre.
¿Qué?
Te acusa de incapacidad moral e ingratitud. Después de su gesta heroica. Se ha encargado de contarle a todo el mundo que te salvó donando sangre.
Vaya sorpresa susurró Clara. ¿Y tú dónde vives?
En la residencia, de prestado en la habitación de una amiga. Él lo ha cogido todo. No nos ha dejado nada.
Ya veremos musitó Clara, sintiendo nacer dentro una terquedad desconocida. Me va a sobrar fuerza.
Sofía dudó, preocupada de que aquello la hundiera más.
El tiempo de hospital fue lento, pegajoso, pero su cuerpo joven y obstinado se aferraba a la vida y hacía abrigar esperanzas incluso a las enfermeras.
Nunca volvió a ver a Juan Carlos. Todo lo gestionaba por medio de su médico, evitando cruzarse con ella.
Ella ya tenía claro que su esposo solo esperaba un desenlace fatal.
Al cabo de dos semanas le dieron el alta.
A la salida, con su pequeña bolsa, llamó a Juan Carlos.
Ah, ya has salido. Estupendo sonaba casi alegre.
Juan Carlos, no tengo dinero. Han bloqueado todas mis tarjetas
Obvio; al estar tanto tiempo fuera todo quedó parado. Es lo normal se escuchaba su indiferencia. Vete preparando para el divorcio. Después de tres años de espera, poco me apetecía seguir pendiente de ti. Mi abogado te llamará. Y no vuelvas a marcar mi número.
Clara colgó. Era mayo. Tres años y tres primaveras, extinguídas.
Sofía la recogió y le trajo unos vaqueros y una camiseta vieja.
Vente conmigo a la residencia, propuso.
Clara suspiró. Al salir se sentía tan desorientada como una niña.
El cuartito era minúsculo: dos camas, una mesa tapada de bocetos y telas. Sofía estaba estudiando diseño.
Clara, aún débil, observaba la ciudad desde la ventana. Toda su vida anterior la de esposa brillante en fiestas, la mansión, los vestidos de repente era un decorado de cartón piedras desmoronado en un instante.
Tengo que buscar trabajo, anunció una tarde.
Ni hablar. Necesitas descansar, apenas te tienes en pie.
El médico me dijo que no hay limitaciones. Nos hace falta el dinero y sé tres idiomas.
Clara encendió el portátil obsoleto de su hermana y abrió una página web en inglés. Entendió todo sin dificultad.
Ya ves, sonrió aliviada. Lo recuerdo todo.
Redactó un texto para traducirlo y se bloqueó.
Las palabras extranjeras estaban allí, podía entenderlas pero no lograba traducir una frase completa al castellano. Se enredaban, se evaporaban. Volvió a probar con francés: igual.
¿Qué me pasa? musitó, presa del pánico.
A la mañana siguiente volvió al hospital.
Manuel Escudero le hizo pruebas, frunciendo el ceño.
Es una secuela del golpe. La zona del habla está afectada. Es una forma de afasia.
¿Eso quiere decir que soy una inválida? susurró Clara.
En absoluto. Comprende todo, eso es muy positivo. Con paciencia y práctica, volverá a la normalidad.
Pero me urge trabajar, ¡ahora!
No se precipite. Recupérese. Lo demás vendrá solo.
Esa noche, Clara preguntó a su hermana:
Si no puedo traducir, ¿qué más sé hacer?
Llevaste la casa, le recordó Sofía. Sabes cocinar, organizar, cuidar. Hacías maravillas improvisando.
Gestión doméstica. Al menos es algo.
Al día siguiente, fue a una agencia de empleo doméstico.
La encargada la observó con suspicacia.
¿Experiencia profesional?
He llevado una casa grande, explicó con cautela.
Lo anoto como ama de casa. No es un trabajo en sí, ¿más habilidades?
La mujer se fijó en la cicatriz bajo el flequillo.
¿Eso?
Estoy recién salida del hospital tras un siniestro.
Ya frunció los labios la encargada. Se ve muy floja, no muy saludable. Aquí necesitamos gente activa. Ya le llamaremos.
Por favor Clara unió las manos. Cualquier puesto, lo que sea. Soy ordenada, cocino, limpio, cuido de niños.
La encargada suspiró. El tono desesperado de Clara la conmovió.
Hay una opción, pero difícil advirtió. Es para el doctor Luis Gómez, cirujano. Necesitan una institutriz para su hija, de nueve años.
Lo acepto.
No se adelante. El caso tiene miga. Las últimas tres niñeras se fueron el primer día. Su mujer murió hace dos años, también en accidente. Él se sumergió en el trabajo, y la niña no habla casi con nadie. Lo verá si la cogen si dura.
La vivienda era lujosa, frente al Retiro, pero tan fría y aséptica como un museo elegante.
Luis Gómez era un hombre alto, serio y cansado, con ojos grises marcados por la pena.
¿Clara Jiménez? Desde la agencia me avisaron, dijo serio. La habitación está al fondo. Ahí está Laura. Instálese, conozca el sitio.
Se esfumó al despacho.
Clara llamó suavemente.
¿Laura?
Silencio. Abrió despacio la puerta.
Una niña flaca de dos trenzas jugaba absorta con una tableta. No la miró.
Hola, Laura. Soy Clara. Estoy aquí para ayudarte con los deberes.
No hubo respuesta. Ni mirada ni gesto. La niña tensó la espalda, sin dejar el aparato.
Clara suspiró, intuyendo lo arduo del encargo.
Los primeros días fueron imposibles.
Luis salía al amanecer y volvía tarde. Casi no cruzaban palabra. Laura respondía al diálogo con mutismo férreo. Comía, se bañaba, hacía tareas mecánicamente, para después encerrarse de nuevo.
Clara, que conocía bien el dolor de la pérdida y la traición, sentía la tristeza muda de la pequeña.
Al tercer día, irrumpió en la habitación.
Laura, basta de tableta, dijo suave pero firme.
La niña la miró de reojo, asustada y a la vez fiera.
¿Sabes? prosiguió Clara como si nada. De niña, me encantaba modelar barro. Tienes plastilina en esa estantería, ¿verdad?
Había, de hecho, una caja con arcilla. Clara cogió un trozo, se sentó en el suelo.
¿Quieres que hagamos un castillo con torres para princesas?
Manoseó el barro, torpe al principio, hasta que recuperó el tacto. Las palabras se le escapaban, pero las manos se acordaban.
Laura observaba entre el flequillo.
Está mal la torre, dijo de pronto ella con voz clara.
Clara se sobresaltó.
¿El qué?
La torre la niña se sentó con ella, tiene que ser más alta.
Añadió una bola de barro, alargando la torre.
Pasaron casi una hora modelando en completo silencio.
Por la noche, al recoger, apareció bajo la cama un álbum de tapas ajadas.
¿Qué es esto?
¡No lo toque! Laura lo arrebató. Es de mamá.
¿Tu madre dibujaba?
La niña asintió y, con mucho amor, abrió la primera página.
No eran fotos, sino bocetos llenos de vida: juguetes para niños especiales, animales, puzzles de madera.
Qué preciosidad, susurró Clara, emocionada.
Al ojearlos, notó que no eran dibujos sin más, sino diseños de juegos educativos. La última hoja llevaba un logo: un pájaro portando un cubo con el rótulo Estudio Elena. Juguetes inteligentes para niños especiales.
¿Para quiénes?
Mamá quería montar una academia lloriqueó Laura. Para niños como Mario.
¿Quién es Mario?
El hijo de su amiga. No habla. Mamá decía que esos niños necesitan otros juguetes. Papá decía que era una tontería.
Clara la acarició, repasando los bocetos. No era un hobby, sino vocación.
Estuvo sin dormir toda la noche, dándole vueltas al álbum, a Elena (a quien no conocía), y a Laura, carente de madre y esperanza.
Decidió que debía hacer realidad ese sueño.
Al día siguiente, cuando Luis llegó, lo esperó en la cocina.
¿La niña duerme?
Sí. Pero necesito hablar con usted.
Colocó el álbum en la mesa.
Luis se quedó helado.
¿Dónde ha encontrado eso? el tono, cortante.
Lo hallé con Laura. Es un proyecto brillante, doctor
Guárdelo ahora mismo. Es asunto privado. No meta las narices.
Se equivoca, respondió Clara, con firmeza inesperada. Es el sueño de su esposa. Y de su hija.
¡No hable de mi esposa! No sabe nada de ella.
No, pero conozco a su hija. Laura revive cuando tiene ese álbum entre las manos.
Justo entonces asomó la niña, descalza.
Papá, ¿por qué gritas a la señorita Clara?
Luis se descompuso.
Ve a dormir, Laura
Es de mamá. Con la señorita Clara vamos a hacer juguetes.
En los ojos de la niña brilló una chispa que nadie le veía desde hacía dos años.
Luis miró a su hija y después a Clara, suspirando con el alma agotada.
Hagan lo que quieran aceptó. No va a salir nada.
Advirtió entonces, antes de que Clara pudiera replicar:
No tengo dinero para tonterías. Yo no participo.
Se encerró en su despacho.
Clara no cedió.
Esa noche llamó a su hermana.
Sofía, sabes de diseño, ¿nos ayudas?
¿En qué liada me metes?
Tengo una idea entre manos.
Empezaron juntas.
Por las tardes, Sofía traía su portátil y tableta. Invirtieron los ahorros en madera, pinturas, telas. Clara ponía su gusto y manos inexpertas; Sofía, sus programas y ojo de artista. Así nacieron los primeros juguetes.
Luis fingía no notar nada.
Pero un día lo oyó por teléfono:
Marina, soy Luis Gómez. La niñera está con un experimento lo de los juguetes para niños especiales, como quería Elena. Vente y opina.
Acudió Marina, psicóloga, con un niño pequeño que no paraba de balancearse: Mario.
Hola. Soy Marina, del hospital. Me hablaron de tus juguetes.
Clara le mostró un puzzle de arcoíris.
Mario, que ignoraba siempre lo nuevo, se paró. Dejó de balancearse, cogió una pieza, la examinó y la colocó perfectamente.
Marina lloró de la emoción.
No lo había hecho nunca.
Mario ajeno, seguía con el arcoíris.
Clara, esto es oro. Lo contaré a todos los padres.
Marina fue la primera entusiasta. Trajo más madres. Empezaron a recibir encargos.
Sofía, tendremos que registrarnos como autónomas, bromeó Clara.
¡Vaya! Sofía sonreía.
Una tarde, Luis entró y encontró la sala llena de bocetos, polvo de madera y risas. Clara, Sofía y Laura envolvían un pedido. Laura reía por primera vez en años.
Él se paró en la puerta.
Clara lo miró, sin miedo ni sumisión. Él aguantó la mirada.
Aquella noche, mientras embalaba juguetes, pensaba en todo lo pasado. Ya no era la esposa decorativa; ahora, por fin, mandaba sobre su vida.
Hoy, horas más tarde, al escribir estas líneas en mi cuaderno mientras escucho los susurros de Laura y Sofía, he comprendido que uno nunca debería dejar que le cieguen el afecto y la comodidad. A veces la vida se derrumba para que uno descubra, desde cero, con quién contar y de qué es realmente capaz. Puede que no recupere nunca la vida que tenía, ni los lujos, ni el corazón entero, pero sí la dignidad, el respeto de mi hermana, de una niña que vuelve a sonreír y el mío propio.






