¿Otra vez te has puesto esa chaqueta? La voz de Inés Arcediano resonaba en la cocina, cargada de desaprobación, como si no hablara de una prenda de ropa sino de un trasto encontrado bajo el sofá. Lara, te lo pido por favor. Hoy vienen los Saavedra. ¿Sabes lo que significa eso?
Lara removía el caldo en la cazuela. Movía la cuchara en círculos, con un ritmo tranquilo y mecánico, aunque por dentro la punzaba la voz de su suegra. Ya no era la primera vez. Y sabía que tampoco sería la última.
Lo entiendo, señora Inés respondió sin girarse.
No, no lo entiendes. Los Saavedra son socios de Gerardo. Gente importante. Y tú pareces la pausa fue breve pero pesada, que has venido a desenterrar patatas al campo.
Lara dejó la cuchara sobre el salvamanteles. Se volvió despacio. Su suegra estaba en el umbral de la puerta, un albornoz de seda azul y una taza de café entre las manos. La miraba con esa expresión que Lara había aprendido a descifrar: no era odio, no. Era decepción. Como si Inés constatara, una vez más, que su hijo se había equivocado.
Me cambiaré antes de la cena respondió Lara, serena.
Sería lo mejor rezongó Inés antes de marcharse, cerrando la puerta tras de sí.
Lara volvió a su caldo. El aroma a laurel y zanahoria se desprendía en el aire. Al otro lado de la ventana del chalet se extendía el césped, perfectamente cortado, brillante bajo el rocío matinal y el agua del riego automático. Mirando el jardín, Lara pensó que esa noche tenía que terminar el recurso para su clienta de León. El plazo era inminente.
Nadie en esa casa sabía nada del recurso.
Nadie sabía nada de la clienta de León.
Nadie, de hecho, sabía nada de quién era ella realmente.
Se llamaba Lara Cifuentes, de casada, Lara García. Veinticinco años. Nacida en un pueblo manchego, Alcázar del Tajo, a cuatro horas en tren de Madrid. Hija de un profesor de Física jubilado y de una contable en la clínica comarcal. Un piso diminuto, un huerto donde su padre cultivaba tomates cuando podía, un gato llamado Fermín y la convicción férrea de sus padres de que, si su hija era inteligente, debía estudiar.
Y Lara estudió. Primero brilló en el colegio, después se licenció con matrícula de honor en Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid. Más tarde hizo dos años de máster en Derecho Financiero y, luego, prácticas en Ruiz & Asociados, hasta que empezó a tener sus propios clientes. Primero uno, luego diez, después perdió la cuenta.
A los veinticuatro ya ganaba lo suficiente para ayudar en casa y ahorrar algo. Siempre trabajó a distancia. Sin oficinas, sin letreros en la puerta. Solo un portátil, un teléfono y una mente para saber callar.
A Sergio García lo conoció por accidente, en el cumpleaños de una amiga común. Él era cuatro años mayor, guapo de una manera tan franca que rozaba lo incómodo. Era sencillo, hospitalario, sin ese deje de superioridad castiza. Hablaba de viajes en bici por los Pirineos, de atardeceres en la sierra. Lara no sabía de quién era hijo. Se enteró después. Cuando ya no podía fingir que no importaba.
Los García eran García Innovación, una red de parques industriales en Castilla, una compañía logística GarciTrans y varios negocios menores. Todo bajo la batuta de Gerardo García, un hombre de manos grandes y mirada de balanza. Su esposa, Inés, se encargaba de la imagen pública y la filantropía familiar, pero, en realidad, custodiaba la reputación de los García. Cumplía religiosamente los estándares.
Lara no encajaba en esos estándares.
Sergio le propuso matrimonio nueve meses después, en marzo, cuando el frío aún subía desde el Tajo. Ella dijo sí, convencida, porque lo amaba. Amaba su manera de escucharla, de no tener miedo al silencio. Sobre la familia pensó: podré con ello. Siempre pudo con todo.
Celebraron la boda en junio. Fue pequeña para los García: solo ciento veinte invitados. Los padres de Lara llegaron de Alcázar, con ropa comprada con meses de antelación y caras entre ilusionadas y perdidas. Su madre aguantó bien, su padre se mantuvo sobrio y amable. Inés los saludó una vez, al principio, y nada más.
Tras la boda, Lara se fue a vivir al chalet familiar en la urbanización de Puerta de Hierro. Sergio explicó que, hasta tener casa propia, lo lógico era quedarse allí. Era espacioso, tenía servicio, no había que pensar en el día a día. Lara aceptó, pensando que sería solo por un tiempo.
Pasaron ocho meses. Nadie volvió a hablar de piso propio.
El caserón tenía columnas a la entrada y escaleras anchas que a Lara le parecían de teatro. Abajo: salones, comedor, despacho de Gerardo. Arriba, los dormitorios. Lara y Sergio tenían su propia zona, pero esas paredes siempre hacían sentir forastero. Más, cuando la dueña de la casa la miraba así, con una taza de café entre las manos y un albornoz de seda azul.
Además de Sergio, los García tenían dos hijos más: el mayor, Luis, de treinta años, trabajaba con el padre y vivía con su mujer y su hijo, visitando los domingos; la pequeña, Carmen, estudiante de veintidós, vivía allí y miraba a Lara igual que su madre, aunque sin disimulos.
Lo hace a propósito soltó Carmen un día durante la cena familiar, confiando en que Lara no la oía. Para hacerse la humilde. Es puro cálculo de provincia.
Lara, que servía los platos en el pasillo, lo oyó perfectamente.
Entró, dejó la bandeja, tomó asiento. Sergio comía sin levantar la vista.
Y así pasaban los días. Comentarios sobre la chaqueta, sobre su acento, sobre la forma tan peculiar de sostener el tenedor. Una vez, Inés dijo ante invitados: Sergio siempre ha sido de buen corazón; recogió del pueblo a una chica lista. Lo dijo sin maldad, casi con ternura. Y aquello fue lo más difícil de digerir.
Sergio no dijo nada.
Lara pensó que quizá no lo oyó. Luego entendió que sí. Pero no quiso responder. O no supo hacerlo.
Era bueno, Sergio. De corazón llano, nunca fingía. Pero su bondad era horizontal, uniforme, no protegía a nadie a fondo. Cuando Lara intentaba hablarle de su familia, él escuchaba, asentía: mi madre es así, no lo hace con mala intención, tú no la conoces. Y era cierto: Inés no era mala. Era una mujer que había tejido un mundo y a la que la llegada de Lara le era una astilla invisible pero molesta.
Lara lo comprendía. Pero le dolía igual.
Ocultó su trabajo lo justo, no por miedo, sino por sentido común. Si sabían que ejercía como jurista y generaba ingresos propios, empezarían a preguntar. Y las preguntas vendrían con juicios y cambios de trato. Prefería observarlos como eran, cuando creían convivir con una chica silenciosa y sin vuelo.
Cada mañana, mientras la familia desayunaba, Lara se encerraba en la pequeña estancia que llamaban vestidor, donde nadie entraba sin invitación. Abría el portátil y se sumergía en expedientes. Tres o cuatro horas diarias como mínimo. Sus clientes eran de toda España, de León a Cartagena. Litigios financieros, problemas fiscales, arbitrajes. Era buena en ello. La recomendaban. Volvían.
Transfería su dinero a una cuenta abierta antes de la boda, en un banco pequeño, Horizonte. Sergio sabía de su existencia, no del saldo, ni del origen de los ingresos.
En noviembre, ocho meses después de mudarse, la vida de los García dio un vuelco.
Fue un jueves temprano. Lara ni siquiera había encendido el ordenador cuando escuchó voces en la planta baja. No era el ajetreo habitual, sino ruidos cortantes, desconocidos. Salió al pasillo. Inés estaba en la escalera, en bata y con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando abajo con los ojos muy abiertos.
¿Qué sucede? preguntó Lara.
Su suegra no respondió, parecía no oírla.
Abajo, varios hombres de paisano hablaban con Gerardo. El patriarca estaba erguido, pero la firmeza se le evaporaba. Sujetaba un documento, lo leía despacio, como si no lograra entender de qué iba.
Sergio apareció tras Lara, bajó sin mirarla. Ella lo oyó preguntar algo a su padre, en un susurro urgente. Gerardo musitó una frase breve. Los hombres de paisano dijeron algo, y Gerardo empezó a vestirse allí mismo, en el recibidor, sin subir a su cuarto.
Lara bajó. Cogió el documento de manos de uno de los agentes, sin pedir permiso, con la naturalidad de quien sabe leer las líneas importantes. Él no acertó ni a protestar antes de que ella hubiera finiquitado la primera hoja.
Orden de detención: fraude a gran escala, delito fiscal agravado. Firmado por el juez del distrito Sur de Madrid. Fecha de ayer.
Dámelo dijo el agente, recuperando el papel.
Lara asintió y se apartó.
A las siete y cuarenta la policía se llevó a Gerardo. A las diez, se supo que las cuentas de GarciTrans habían sido congeladas por orden judicial. Al mediodía, Luis llamó a casa; su voz, amplificada en altavoz, se oía en toda la sala: bramaba que era un montaje, que alguien había traicionado a su padre, que hacía falta un abogado.
Hace falta un buen abogado repitió Inés, perdida, buscando respuestas en las paredes.
Lara estaba sentada en un sillón junto a la ventana. Carmen lloraba en el sofá. Sergio de pie, móvil en mano, repasando la agenda, sin saber a quién llamar.
No os sirve cualquiera intervino Lara.
Todos se giraron.
¿Perdón? balbuceó Inés.
No basta un penalista, ni un experto en fiscalidad solo. Necesitáis a alguien que conozca derecho penal económico. Son dos campos distintos. Un penalista puro no entenderá la contabilidad. Un fiscalista no sabrá moverse entre jueces de instrucción. Hay que buscar a quien sepa de ambos.
Eso está claro afirmó Sergio. Ya lo buscamos.
O puedo ayudar yo añadió Lara.
El silencio fue de plomo.
¿Tú? Carmen dejó de llorar, perpleja. Pero si eres ama de casa.
Lara la miró, tranquila.
Soy abogada. Especialista en derecho financiero y societario. Llevo tres años trabajando a distancia. He llevado casos parecidos a este.
El silencio se hizo otra vez, distinto, inquieto. Sergio la miraba, con un interrogante flotando en el aire.
¿Por qué nunca?
¿Lo dije? Lara encogió los hombros. Nadie preguntó.
No era del todo verdad, pero aquel no era momento de matices.
Inés dejó la taza sobre la mesa, con un sonido que parecía una decisión.
Bien. ¿Qué necesitas?
Lara se levantó.
Acceso completo a la documentación financiera de los últimos tres años. Todos los contratos, movimientos bancarios, declaraciones de Hacienda. Y hablar hoy mismo con la contable de la empresa.
Eso son documentos sensibles titubeó Inés, su voz más controladora que desconfiada.
Por eso mismo replicó Lara. Sé lo que pido.
Sergio se adelantó.
Mamá. Dale todo.
Inés miró a su hijo y después a Lara, largo rato, como si la viera por primera vez y no supiera aún si aprobarlo o no.
Lo tendrás concedió.
María Ledesma, la contable de GarciTrans, una mujer de unos 52 años, ojerosa y cansada, llegó a las dos. Se sentó con Lara en el despacho de Gerardo. Esparcieron papeles y pasaron allí cuatro horas. Nadie se atrevió a interrumpir: Lara lo había pedido, y esta vez la obedecieron. Ya era una novedad: el día antes ni le reconocían el derecho a opinar sobre el menú.
Al principio María estuvo a la defensiva. Pero tras un par de preguntas técnicas, se relajó: los profesionales detectan enseguida a los suyos.
Aquí María señaló una hoja aparecen transferencias de julio y agosto que nunca comprendí. Gerardo dijo que eran ajustes entre filiales. Yo las contabilicé igual.
¿Y la firma de las órdenes?
Suya. Bueno, eso creo vaciló. Se parece a la suya. No verifiqué la autenticidad. ¿Para qué iba a dudar yo de la firma del jefe?
Nadie duda. El problema es: ¿realmente son suyas?
María la miró con nuevos ojos.
¿Insinúas?
Solo recopilo datos, de momento.
Al llegar la noche, Lara tenía un esbozo suficiente para oler la trampa: transferencias sospechosas, a través de una sociedad opaca, Tecnológica Meseta SL, registrada meses antes a nombre de un tal Daniel Palacios. Palacios no aparecía en más sitios, pero la jugada era vieja: crear una empresa pantalla, mover el dinero y cerrarla, haciendo que todo parezca decisión de Gerardo.
La pregunta era: ¿quién lo había hecho?
Por la noche, reunidos todos en el comedor la comida insípida, el ambiente hundido, Lara explicó:
Gerardo es probable que no firmara esas órdenes. O las firmó sin saber. Hace falta perito caligráfico y descubrir quién está detrás de “Tecnológica Meseta”.
¿Y cómo? Luis, que llegó a las siete y ocupó la cabecera de su padre, estaba tenso y agotado, reprimiendo los nervios.
Tirando de la trazabilidad de la sociedad. Analizando los movimientos del Palacios ese. Mirando desde dentro quién tenía acceso a la firma electrónica del director.
¿Firma digital? frunció el ceño Luis.
Sí. Si las órdenes se emitieron por vía electrónica, debe quedar el registro en el sistema. Hace falta el administrador informático.
Samuel Gordo apuntó Sergio. Hablo con él mañana.
Asintieron en silencio. Sergio miraba a Lara extraño, distinto. Ni gratitud ni admiración. Era como un reconocimiento que le nacía tarde.
Inés, durante la cena, no hizo ningún comentario extra. Solo, cuando Lara fue a rellenar su vaso de agua, murmuró para sí, o para su hija pequeña:
Es lista, la chica.
No sonó a halago. Era como una revisión mental de la partida.
En las dos semanas siguientes, Lara trabajó como siempre: discreta, infatigable, quirúrgica. Por la mañana hacía llamadas y gestiones; a mediodía, documentos; por la tarde, análisis. Contactó con dos colegas: Pablo Ramos, experto fiscalista en Girona, y Mónica Ríos, abogada de arbitraje con la que compartió prácticas. Les expuso el problema objetiva, sin detalles privados y ambos aceptaron ayudar.
¿Es en serio? preguntó Mónica por teléfono. ¿Los García? ¿El GarciTrans ese?
Sí.
¿Y vives ahí?
Vivo aquí, sí.
Lara, me lo tienes que contar todo otro día.
Otro día prometió.
Samuel, el informático, facilitó los logs de firmas electrónicas. Lara las revisó con Pablo mediante videollamada. La clave apareció: el día de los movimientos sospechosos, Gerardo estaba reunido fuera de Madrid. Las órdenes salieron de su ordenador, pero en horas en que no estaba.
Alguien usó su firma sin él concluyó Pablo.
Eso parece. Solo quien podía acceder físicamente a su equipo.
¿Quién?
Hay que verlo: secretaria, subdirector, tal vez el informático mismo.
Samuel comprobó registros de acceso: dos nombres. La señora de la limpieza, a las ocho. Y Javier Cifuentes, subdirector financiero, a las once. Las órdenes se firmaron a las once y cuarenta y cinco.
Pausa.
Cifuentes pronunció Lara.
Samuel asintió, reconociendo a toro pasado los indicios.
Cinco años lleva. Gerardo le tenía confianza.
Ya murmuró Lara.
Desde allí todo exigió cautela. No bastaba ir al juez: hacían falta pruebas irrefutables. Ella y Pablo enviaron una petición formal a Hacienda para destapar la información sobre Tecnológica Meseta. Mientras tanto, Mónica presentó una solicitud al abogado oficial de Gerardo que ya tenía defensor, Lara era consultora en la sombra para pericial sobre las firmas sospechosas.
En una semana, el perito determinó: dos de las cuatro firmas eran incompatibles con la rúbrica de Gerardo.
Tenemos algo dijo Mónica. Pero preguntarán: ¿cómo lo demostráis? Hace falta que alguien haya visto a Cifuentes firmando o pruebas de la ruta del dinero.
El dinero fue a Palacios. ¿Quién es Palacios?
Oficialmente no sale. Hay que pedirlo vía legal.
Se hará.
Mientras tanto, la vida en el caserón se volvió gris, extrañamente callada. Gerardo, bajo arresto domiciliario tras un aval que pagó Luis, pasaba los días encerrado en su despacho. Inés caminaba por la casa crispada, en silencio. Carmen dejó de ir a clase, sin excusas.
Sergio y Lara apenas se hablaban. No por enfado: era falta de tiempo y el peso de algo denso y no resuelto.
Una noche, Sergio entró en el vestidor sin avisar.
¿Has trabajado todo este tiempo? preguntó, sin reproche, solo con asombro dolorido.
Sí.
¿Tres años?
Sí.
Se sentó en la silla, mirando al suelo.
No lo sabía.
Nunca te lo dije.
¿Por qué?
Cerró el portátil y lo miró.
¿Recuerdas lo que tu madre soltó ante los Saavedra en septiembre?
Él lo recordaba. Se lo leyó en la cara.
No supe
Sí supiste le cortó Lara, suave. Simplemente no actuaste. Es distinto.
No dijo nada. Aguantó un rato y se marchó.
El decimocuarto día llegó lo crucial. Pablo consiguió por vía legal que Palacios era primo segundo de Cifuentes. No figuraban juntos en ninguna sociedad. Pero hubo llamadas entre ellos, según el extracto de llamadas al que accedió la defensa.
Ahí está la conexión comentó Mónica.
Indirecta aún matizó Lara. Falta que el dinero vuelva a Cifuentes.
Palacios gastó una parte en un piso en octubre, tres meses después de las transferencias.
Eso es suyo, no de Cifuentes.
Cifuentes abrió cuenta en “Banco Atlántico” en octubre. Tres ingresos de un particular suman justo un tercio de lo movido a Tecnológica Meseta. El titular está protegido.
¿Ha pedido el abogado el levantamiento?
Sí, en marcha.
Cuatro días después, el juez aceptó. El particular era Daniel Palacios.
El esquema cuadraba. Cifuentes gestionó órdenes falsas, usando el acceso al ordenador del jefe. El dinero fue a Palacios. Éste devolvió una parte por transferencias personales. Gerardo no había firmado al menos, no a conciencia.
Lara escribió un informe de veintitrés páginas. Esquema, documentos, conclusiones. Se lo pasó a Mónica, que lo entregó al abogado de Gerardo.
Don Matías Jiménez, un letrado de ochenta años, llamó a Lara el domingo.
Esto es de primera admitió tras una pausa. No esperaba tal análisis.
Gracias.
¿Lo revisaron otros expertos?
Ramos de Girona y Ríos.
A Ríos la conozco. Bien. Mañana lo presentamos.
El lunes, Jiménez pidió la modificación de medidas para Gerardo y que se abrieran diligencias contra Cifuentes. El miércoles llamaron a Cifuentes como investigado. El viernes fue detenido.
Quince días después, levantaron el arresto domiciliario a Gerardo. Cambiaron las acusaciones; la investigación seguía, pero lo peor había pasado.
Aquel día, los García cenaron juntos por primera vez en semanas. Gerardo, aún demacrado pero entero, ocupaba la cabecera. Inés descorchó un Rioja bueno, el que reservaba. Luis brindó por la familia. Carmen apenas apartó los ojos del vino.
Gerardo miró a Lara.
Has hecho lo imposible.
Solo lo necesario le corrigió ella. Pero hacía falta entender el problema.
No imaginaba que fueras buscaba la palabra adecuada.
Abogada.
Eso admitió, rendido.
Inés la miró, esta vez distinta. No cálida, no. Más bien sopesándola de otra manera: esa mirada que nace del respeto tras haber subestimado al otro.
Te lo debemos dijo Inés.
Lara asintió. Brindó. El vino era de verdad excelente.
Pero esa noche, junto a Sergio, no pensaba en el triunfo, sino en el eco hueco que había dejado todo. Ahora la veían diferente. Pero la miraban como un recurso valioso, no como una persona que había pasado ocho meses invisible, privada de respeto básico.
Recordó una frase de su madre: Lara, es bueno que sepas apañártelas sola. Pero también tienes derecho a que los demás cuiden de ti. Su madre pensaba en otra cosa, pero esas palabras ahora le pesaban.
Al día siguiente, cuando Gerardo y Luis se fueron temprano a la reunión y Sergio salió a trabajar, Inés entró por primera vez en el vestidor de Lara.
¿Te interrumpo? preguntó.
No contestó Lara.
La suegra miró alrededor, sorprendida: era un despacho, lleno de apuntes y libros, no un guardarropa.
Aquí has trabajado siempre No era un vestidor.
Usted no lo sabía.
Silencio largo.
Lara empezó Inés, quiero que sepas que lo que has hecho por nosotros
Inés la cortó Lara, calmada. ¿Puedo decirte algo?
Inés asintió, tensa.
He ayudado porque detesto la injusticia, no porque me debáis nada. Pero quiero que sepas: esto no borra lo de antes.
¿A qué te refieres?
A cómo hablaban de mí ante extraños. A llamarme la chica de pueblo. A lo de Carmen en el comedor. Son ocho meses.
Inés sostuvo la mirada, y Lara, por primera vez, le tuvo un poco de respeto.
Entiendo dijo la suegra, casi en voz baja.
Bien.
No creía que doliera así. Pensaba que no eras adecuada para Sergio. Pensaba en la reputación.
Lo sé. Por eso callé lo mío. Quise ver cómo tratabais a quien no conocéis. Ahora lo sé.
Inés se levantó despacio.
Te irás no era una pregunta.
Lo estoy pensando contestó Lara.
Inés salió. Lara miró por la ventana. El rocío brillaba sobre el césped recién regado. Las aspersoras dibujaban arcos de agua.
Lo pensaba desde hacía días. No le preocupaba el dinero, ni adónde ir. Eso lo tenía claro: dinero no le faltaba, tenía contactos y alquiler buscado. Era otra cosa lo que le preocupaba.
Amaba a Sergio. Pero empezaba a comprender que el amor no basta cuando compartes techo con quien elige callar. No maldad, no odio. Sólo una inercia donde la familia pesa siempre más que la pareja.
Recordó a su profesor de derecho mercantil de la facultad, el doctor Valdenebro. El peor contrato, decía, es aquel donde una parte nunca aspiraba a cumplir lo pactado. Hablaba de mercantil, pero Lara pensaba ahora en matrimonios y silencios.
La conversación ocurrió un viernes. No porque lo planease, sino porque salió así. Sergio llegó antes de lo habitual, entró al vestidor sin llamar.
Mamá me ha dicho que piensas marcharte dijo.
Lara dejó el lápiz sobre la mesa.
Lo estoy considerando.
¿Por mi culpa?
Por los dos. Es distinto.
¿Me lo puedes explicar?
Tardó un momento.
Sergio, cuando tu madre dijo lo de la chica de pueblo, ¿contestaste algo?
No admitió.
¿Cuando Carmen sugería que yo fingía humildad, dijiste algo?
No.
¿Y cuando me excluían de las conversaciones, te diste cuenta?
Tragó saliva.
Me di cuenta.
¿Entonces para qué explicarlo?
Él se sentó junto a la ventana, mirando los faroles encendidos del jardín.
No quería herirles.
Lo sé.
Mi madre siempre ha inició.
Sergio le paró, no estoy enfadada. Pero he comprendido algo: si siempre tendrás que elegir entre ofenderles a ellos o protegerme a mí, tú eliges a tu familia. No es reproche. Es como eres.
Puedo cambiar.
Tal vez, pero no voy a esperar. No a estas alturas.
Se giró él.
¿Dónde irás?
Alquilaré un piso. Seguiré trabajando. Nada nuevo.
¿Sola?
Sola.
Él la miró, y Lara evitó escudriñar de más lo que veía: tal vez lástima, tal vez sinceridad tardía. Ya no importaba.
¿Divorcio?
Lo pediré en un mes, no hay prisa.
Él asintió, bajando la voz.
Te quiero.
Lara sostuvo la mirada.
Lo sé, Sergio.
El sábado por la mañana preparó dos maletas: la ropa, libros, portátil, la tacita blanca con lunares de Alcázar. El resto era cosa de otra vida.
Bajó y encontró a Inés en el recibidor, sola.
La suegra miró las maletas, luego a ella.
¿Estás segura?
Sí.
Inés asintió.
No voy a decir que te hemos valorado poco. Es verdad, no lo hicimos. Solía pensar que todo tenía un lugar. Cada uno, el suyo.
Lo entiendo.
Tú no encajabas en mis moldes.
Ya lo sé.
Y eras mejor que mis moldes.
Largo silencio, sin incomodidad.
Inés, dijo al fin Lara no me marcho enfadada. Me voy porque quiero estar en un sitio donde no haga falta que me rescaten para que me vean. No es reproche. Es necesidad de encontrarme.
Inés le devolvió una mirada genuina.
Muchísima suerte, Lara.
Igualmente.
Salió. El taxi aguardaba en la puerta. El aire olía a tierra húmeda. Subió las maletas al maletero, se acomodó en el asiento trasero y miró por última vez el chalet iluminado por el sol.
¿Dónde vamos? preguntó el conductor.
Calle Puerto, número siete indicó. Allí había alquilado un piso días antes. Cuarto sin ascensor, ventanas al patio, escalera de madera antigua que crujía al subir. Lo había visto y pensado: esto sí me pertenece.
El coche arrancó.
El chalé quedó atrás, después los setos, después la carretera gris e interminable.
El móvil vibró. Un mensaje de Pablo: Caso García: El juez ya ha procesado a Cifuentes. Enhorabuena. Guardó el teléfono.
Enhorabuena. Palabra sencilla.
Miró por la ventanilla, sin ansiedad, sin orgullo, pensando en lo que la esperaba en aquel piso. Paredes vacías, sin cortinas, ni un solo plato aún. Necesitaba comprar otra taza la de lunares la llevaba, pero echaba en falta la verde también. Ya compraría una.
Resulta curioso lo fácil que es pensar en tazas cuando todo ha cambiado. Quizá esa sensación sea la prueba de haber decidido bien: no vacío ni júbilo, solo el siguiente paso. Una taza. Unas cortinas. Una mesa bajo la ventana donde trabajar.
Ya había abierto un expediente nuevo: una clienta de Sevilla le escribió preguntando por un recurso. Pablo le pasaba un caso reciente. Mónica propuso unir fuerzas, comenzar algo propio. La vida seguía.
El taxista puso la radio a bajo volumen. Una mujer cantaba, lenta y cansada, algo muy suyo.
El móvil volvió a sonar: Sergio.
Lara miró la pantalla. Dudó. Contestó.
¿Llevas mucho camino?
Estoy en la carretera.
Quería decirte vaciló. Tenías razón en todo. Sé que ya es tarde.
Sí, Sergio. Tarde.
¿No vas a volver?
Lara miró las arboledas amarillas junto a la carretera.
No, Sergio.
Vale susurró él. Cuídate mucho.
Tú también.
Colgó y apoyó el teléfono en las piernas. El taxista conducía en silencio, la radio cantaba, los árboles pasaban sin prisa tras el cristal.
Lara pensó que en Alcázar también debía de ser otoño y oler a tierra mojada. Le llamaría a su madre pronto. Le contaría que todo iba bien. Piso encontrado, trabajo no le faltaba, la vida seguía.
Su madre, claro, preguntaría por Sergio. La madre siempre preguntaba por él.
¿Qué le respondería?






