Unos amigos se apuntaron a un viaje en nuestro coche prometiendo pagar su parte, pero al llegar dijeron: «Si total, vosotros ibais a venir igual»

Tía, no te imaginas la movida que nos tocó este verano, te lo cuento porque aún sigo medio alucinado. Todo empezó como otros años, planeando las vacaciones con Clara: nuestro Suzuki, una ruta de casi mil doscientos kilómetros hasta Cádiz, y esa emoción que nos entra por la carretera y lo improvisado. Siempre nos había chiflado eso de ir en coche, poder parar donde nos dé la gana, ajustar el ritmo y no estar pendientes ni de horarios de tren ni de vuelos retrasados con la peña amontonada en Barajas. Vamos, que para nosotros ese plan era libertad total.

Pero nada, cometimos el error de hablar más de la cuenta. Fue en una de esas cenas en casa de Mario, que sabes que siempre acaba con mil personas y temas de conversación cruzados. Hablando con unos y otros, me sale decir, muy pancho, que en dos semanas nos íbamos al sur en coche.

¿A qué día os vais? salta de repente Sergio, el novio de Leticia, que de vez en cuando coincidimos en saraos, pero tampoco somos íntimos.

El quince salimos, le contesto sin pensarlo.

¡Qué casualidad! Nosotros también tenemos vacaciones a partir del dieciséis. Íbamos a pillar tren pero solo quedan asientos al lado del baño, un horror. ¿Por qué no nos vamos todos juntos en tu coche? ¡A medias de gasolina y así es más divertido, y prometo que ni damos guerra ni nada!

Te juro, le eché una mirada a Clara y ella me puso cara de ni de coña, pero me estaba viendo venir el marrón. Empecé a soltar alguna excusa, que si el coche va hasta arriba, que solemos ir a nuestro ritmo, parando mucho

Venga ya, si lleváis cuatro cosas se pone Sergio. Nosotros solo una maleta y un bolso. Y a nivel pasta, ni te cuento. ¿Has visto cómo está el precio del diésel? Así ahorramos todos. Haznos el favor, anda, que somos colegas.

Y mira, por no quedar fatal y con eso del ahorro, al final tragamos. La típica decisión que ya sabes que vas a lamentar luego

El día de la salida, ni te imaginas. Acordamos vernos debajo de mi portal a las cinco en punto. Clara y yo puntuales, todo el maletero cuadrado: bolsas, agua, el compresor, una manta, vamos, lo básico. Y estos, ni aparecen. Cuarenta minutos esperando hasta que bajan del taxi, tan frescos, con Leticia arrastrando una maleta gigante, con pinta de que lleva toda la ropa del Zara ahí, y varias bolsas de comida y snacks.

Tía, quedamos en llevar lo justo, le digo yo, ya con la vena a punto de saltar.

Es que a Leti le gusta cambiarse mucho, se ríe Sergio.

Total, media hora jugando al tetris para que encaje todo, y empezamos la ruta. Y ahí empezó el festival. Leticia enseguida dice que le da calor, así que aire al máximo, y a los diez minutos Sergio se queja de que se está congelando. No les va mi música y empiezan a pedir paradas cada dos por tres: café, pipí, que se me han dormido los pies, fumar un piti

El itinerario que me había currado, ajustando paradas para evitar los atascos en Despeñaperros, al garete. Íbamos peor que un bus de línea de pueblo, parando por cualquier cosa.

Y la gracia final fue la gasolinera. Lleno el depósito, 78 euros, vuelvo al coche y veo a Sergio comiéndose un bocata de esos de gasolinera.

¿Repartimos el gasto ya o cómo hacemos? le digo, esperando Bizum.

Mejor cuando lleguemos lo vemos todo de golpe, y así no estamos liando con pichin-pichán, me suelta, quitándole hierro.

No me hizo gracia, pero Clara me hizo señas de dejarlo, yo a lo mío. Los peajes igual, los pagué yo como si nada, ni una preguntita al respecto.

Encima, todo el viaje comiéndose sus bocadillos y dejando migas por todas partes. Les pido porfa que tengan cuidado y Sergio, tan campechano: No pasa nada hombre, luego le pasas el aspirador y listo.

Llegamos a Cádiz a las mil, reventados más por el cansancio mental que por el viaje en sí.

Al día siguiente, desayunando en la cocina común, saco el cuaderno y me pongo en modo cuentas:

A ver, gasolina 312 euros, peajes 65. Entre dos, tocan a 188 por pareja.

Sergio casi se atraganta y Leticia me mira con ojos como platos.

¿Cómo que ciento ochenta? ¿En serio nos vas a pedir tanto? me dice Leticia poniendo carita de no haber roto un plato.

Sí, lo hablamos antes. ¿No quedamos en compartir gastos a la mitad?

Sergio apura el café y me suelta:

Pero hombre, tú ibas a viajar igual, ese dinero te lo ibas a gastar de todas formas. Nosotros solo hemos ocupado las plazas de atrás. No es lo mismo que si nos llevas aposta.

Perdona, pero acordamos condiciones antes de salir. Me habéis metido vuestro equipaje, adaptado a vuestros horarios y paradas, y lo justo es compartir el gasto.

Bueno, dice Leticia, tampoco ha sido tanto lío. Nos lo hemos pasado bien, ¿no? Si nos ibas a cobrar precio de taxi, nos hubiéramos buscado un BlaBlaCar.

Clara ya saltó: Otro conductor os deja tirados antes de llegar a Sevilla después de tantas quejas y migas

Al final Sergio dice:

Mira, como mucho podemos daros cincuenta o sesenta euros, de compromiso, pero pagar la mitad de un viaje que ibas a hacer igual es una locura. Ese dinero ya lo teníamos contado.

Cogí mis cosas y dije:

Olvidaos, dejadlo, como si os hubiera invitado. Pero la vuelta buscadla por vuestra cuenta. Tema zanjado.

Saltaron los dos, pero les dejé claro que el trato era con condiciones y que no las habían cumplido. El resto de días, ni nos cruzamos, aunque vivíamos en la misma urbanización. Una o dos veces nos vimos en la playa pero pasaban de nosotros como si tuvieran el palo metido.

La noche antes de irnos, recibo un mensaje de Sergio: Venga, no seas así, os damos cien euros por la ida y la vuelta. Leti se marea en bus, no tenemos billetes de tren, ayúdanos.

Ni respondí. Al día siguiente, tempranito, equipaje y carretera, solo Clara y yo, nuestras playlist y parando donde nos daba la gana. Esa vuelta fue un gustazo, de las que te reconcilian con los viajes.

Después me enteré por amigos en común de que Sergio y Leticia nos pusieron de los nervios: que si les habíamos dejado tirados, que todo por cuatro perras y que tuvieron que pillar varios buses hasta llegar a Madrid, gastando más y comiéndose un cabreo tremendo.

Pero lo que hemos aprendido es oro: cuando ahora nos dicen ¿nos lleváis en el coche que vais fuera?, la respuesta es clara, sonrío y digo lo sentimos, nos va mejor solos. Fin del asunto.

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