Epílogo

Apéndice

Pero Carmen, ¡si viene con paquete! ¿O eso te da igual? María se apoyó en la valla y esbozó una sonrisa con aire de superioridad. ¿De verdad no has encontrado nada mejor para tu hijo? Con lo guapo que es, alto, buen mozo ¡Y chicas aquí sobran! Pero justo a esa tenías que elegir

Solté un suspiro. Ni para mis adentros quería reconocer que preferiría otra nuera para Ángel, mi hijo. Escuchar eso de boca de María, mi eterna mejor enemiga, me escocía más aún.

Mira, María, a nosotros los niños nos alegran la casa contesté con voz cauta. ¿Y qué tiene de malo esa muchacha? Es joven, guapa, de buen carácter y responsable, eso lo sé de sobra. Vale, trae un niño, pero ¿y qué? No es un paquete sorpresa, lo tuvo dentro de su matrimonio. Que viuda se ha quedado joven, pero todos estamos expuestos Ya crecerá el niño aquí, y será como un nieto más para mí. Así que déjate de comentarios malintencionados.

Apreté los labios y espanté al gato de María, que venía paseándose por mi valla.

Se ha cogido confianza tu felino, ¿eh? Ya ha arrasado con tres de mis polluelos. Como se le ocurra cruzar otra vez, suelto a Don Quijote y a ver quién corre más después.

¡Venga ya! dijo María, apartando a su orondo gato atigrado. Yo también me pasé el verano pasado evitando que se zampara los míos. Si no cazara ratas, ya lo habría dado en adopción. Pero bueno, el instinto tira.

¡Que se quede con su instinto en tu casa, que aquí no le hace falta!

¡Ay, por cierto! Me olvidaba ¿Tienes los tarros de cristal? Que la mermelada ya estará casi lista.

Mientras tú aquí de cháchara, ¿quién los va a vigilar allí?

Olga resopló María. Vinieron ayer a echar una mano con el huerto.

¿Pero no está de dulce espera, Olga?

Por eso! Todos al huerto menos ella, que se empeñó en hacerse útil con la cocina. Una nuera de oro, Carmen.

Si es tan de oro, ¿por qué le lanzas piropos por detrás y la mandas de aquí para allá delante?

Por orden y concierto rió María otra vez. Ya verás cuando tú seas suegra. Si te muestras demasiado dulce, se te suben a la chepa.

Eso lo veremos corté, agitando la mano. ¿Te llevo los tarros o te las apañas? Yo tengo faena.

Despaché a María y me puse a preparar la masa. Mañana llega mi Ángel con su prometida. Prometida Solté la masa y me quedé con las manos apoyadas en la mesa, mirando por la ventana. Qué nervios

A Irene apenas la he visto. Supe de ella por referencias, y alguna vez la vi de lejos en casa de la hermana de mi marido, en el pueblo de al lado. Una más. Ni alta ni baja, rubia y de mirada grande, sí, pero corriente. Eso sí, tiene un niño. Nicolás se llama, debe tener tres años. A Irene le ha ido la vida como empinada cuesta. Muy pequeña perdió a sus padres y la criaron sus abuelos. La sacaron adelante, la casaron Y apenas nació el bisnieto, accidente y viuda en un pestañeo. Desde entonces iba la pobre con la criatura a cuestas. Por eso, aunque me daba pena, habría preferido que estuviera lejos. Porque mi hijo es ya todo lo que me queda desde que se fue mi marido. Y aunque me alegra que esté cerca, me angustia. Se hace mayor pero sigue posponiendo lo de formar una familia. Decía que esperaba un gran amor. Y de pronto… Mamá, que he encontrado a la mujer de mi vida. Irene. Corrí a informarme con mi cuñada, como buena madre precavida. Claro, ella, que es mayor, me atajó de golpe:

¿Qué, te has puesto nerviosa como una gallina clueca?

Sólo quiero saber con quién se va a casar mi hijo

Pues contigo vendrán, pero ya te digo que no será para quedarse mucho.

¿Cómo? casi me da un pasmo.

¿No te ha dicho Ángel que le firmé la casa vieja del abuelo? El terreno es grande, podrán construir ahí.

Qué vueltas daba mi cabeza. ¿Eso quería decir que mi hijo se iría? Que aunque estemos al lado uno del otro, cada cual haría su vida Ya no volvería a casa a cenar, ni a ayudarme con la huerta, ni a buscar cualquier excusa para pasar por nuestra puerta. Sólo nos veríamos en fiestas.

¿Por qué esa cara? ¿No lo celebras? bajó el tono, mi cuñada y se sentó a mi lado. Hay que dejarles crecer, Carmen. Ángel necesita su sitio.

Eso lo entiendo. Lo que temo es que no les salga bien. ¿Y si no encajan? O si el niño supone mucho para él

Te diré algo. De todas las chicas que conozco en el pueblo, ninguna tan buena como Irene. Ni una.

Eso me asusta Parece demasiado perfecta.

No hay quien te entienda, Carmen resopló. ¿Si fuera mala, te alegrabas? Anda y deja de buscarle tres pies al gato. Déjalos vivir y tú no cometas el error de tu vida: no la rechaces, o te quedarás sin hijo.

¿Tú crees?

Lo sé. Vi cómo la mira. Eso es amor.

Recuerdo que salí de allí más inquieta que antes. El corazón hecho un nudo, dando vueltas y vueltas cada noche.

Al día siguiente, enderecé la espalda y seguí con los preparativos. Era vital que Irene se sintiera bienvenida. Mi cuñada tenía razón; aunque tragara saliva, debía sonreír. Ya habría tiempo de juzgar, ahora era momento de intentarlo.

Mientras hacía pequeñísimos bollitos, recordé cómo le gustaban a mi difunto marido. Son como pipas, Carmen: nunca llenan del todo. Y me cogía la mano y la besaba. Reí entre lágrimas, sintiendo su ausencia.

Dormí poco esa noche. Ojalá llegase ya la mañana

Vi a Irene de pie detrás de Ángel, con el pequeño Nicolás girando inquieto en brazos. Todo le llamaba la atención: el perro atado, que ni ladraba, el gato que cruzaba el patio con el rabo erguido. Nicolás estiró el cuello hacia él.

Déjale correr un rato, mujer dije. Enseguida cierro a Don Quijote, aquí no hay peligro. Así lo controlas de cerca.

Observé bien a Irene. Tan flaca y blanca no parecía capaz de haber parido esa criatura rechoncha. Se me enterneció la coraza por dentro. Cuando Nicolás me preguntó dónde se había ido el gato, contesté buscando en el acto una excusa, mientras pensaba en los pollitos.

Corre, ve tras él, a ver si me los respeta

Acabamos los tres persiguiendo gato y cuando el niño se reía, no pude evitar reír también. Era simpático, despierto y cariñoso. Saqué un pollito para enseñárselo, pero sólo se atrevió a acariciarlo, temblando de ternura.

Es muy pequeñito.

Me lo subí a las rodillas y en un segundo estaba engullendo bollitos. Al cruzar la mirada con Irene, le sonreí con calidez.

Buen niño tienes, Irene. Listo y comilón. ¡Cualquier abuela firmaría!

Ella suspiró, y algo dentro de mí se relajó. Aunque la inquietud no desapareció, se deshizo un poco el nudo.

Durante la comida, Ángel animaba el ambiente hablando de la boda. Irene apenas hablaba, ensimismada en el plato. Cuando Ángel salió de la sala, pasé un bol de cerezas al niño y le pregunté:

¿Y tú por qué tan callada, hija?

No sé qué decir. Le he dicho a Ángel que prefiero una boda sencilla, en el juzgado y poco más.

¿Y él?

Dice que eso está mal, que todos los familiares esperan celebrar. No quiere ofender a nadie.

Bueno, tiene su punto. Pero tú también opinas, deberías decirlo.

Irene levantó la mirada gris y tras pensarlo dijo:

Me da miedo. La felicidad ama el silencio. La primera vez me casé muy alegre y mira cómo terminé.

No deberías temer ser feliz le dije. Lo sé, tu dolor es grande, pero si tu marido te quería, querría verte sonreír. Nos toca aceptar lo que la vida nos trae, agradecer o aprender, pero vivir. Nadie escapa de su destino.

A veces temía que me juzgaras.

¿Por qué iba a juzgarte?

Porque podría parecer que aprovecho que Ángel podía escoger otra, y justo me elige a mí

El niño se removió y lo dejé en el suelo. Me miró curioso:

¿Tú quién eres?

Ahora soy tu abuela, tesoro. Llámame yaya Carmen.

¡Vale! asintió solemne.

Al final, la boda fue como quiso mi hijo. Hubo comentarios de los de siempre, pero bastaba que yo frunciera el ceño para que parasen.

Pasaron casi doce meses viviendo con nosotros. Pronto ni me acordaba de mi antiguo recelo; los desvelos por mi hijo se me hicieron más llevaderos viendo la ternura con la que Irene lo trataba. Me costó dejar de preocuparme, pero poco a poco él necesitaba menos mi protección y más libertad. Si alguna vez me salía el ramalazo, Irene sabía apagar mi malhumor antes de que fuera a más. Lo suyo era arte.

Tendrías que ‘desahogarte’ de vez en cuando, Irene decía María mientras espantaba a su vaca camino de la era. A lo mejor así Carmen te deja respirar.

Iba a ser peor se reía. Madre e hijo enfrentados… ¡buen consejo, sí señora!

¡Tienes carácter, Irene! Eso no es bueno

Mejor vivir con cabeza que con demasiados asesores de vida, María cortaba ella.

Al año, cuando la casa de Ángel estuvo lista, Irene y él se mudaron. La vida en el nuevo hogar les absorbió, y el tiempo volaba.

Una mañana, Irene fue al médico. Cuando volvió, estaba atónita.

¿Embarazada? ¿De verdad? preguntó.

Claro, y bienvenida sea. Es cierto que el embarazo va regular, pero con reposo y cuidados todo irá bien.

Ese mismo día fui a ayudarles con Nicolás. Cuando abrí la puerta, Irene se apartó.

¿Qué pasa, hija?

Nada, suegra. Es que traía cara de pocos amigos pensé que venía enfadada.

Me sorprendí. ¡Esa maldita María! Justo esa mañana, la alcahueta había vuelto a sembrar cizaña en el mercado

Carmen, que tu hijo, además de paquete, se lleva una enfermita ¿Aún estás a tiempo de pensártelo?

Me hervía la sangre. No respondí. Caminé hacia la parada del autobús mascullando. Cuando Irene me vio de vuelta aún alterada, supe que lo notaba.

No te preocupes, he tenido un mal rato en el autobús, ya está mentí.

Irene, recoge una bolsa. ¿Quieres ayuda?

De nada serviría. No me apetece nada, pero vamos…

Vas a ir, y punto. Por el bien del bebé. Y no te extrañe por Nicolás. Le cuidaré como si fuera mío.

Ángel la llevó al hospital y empezó una larga espera. Días interminables hasta que por fin llegaron buenos informes.

En nada te mando a casa, pero tranquila. ¿Tienes quien te ayude?

Estoy en buenas manos. Mi suegra vive conmigo.

¿Tu suegra? ¿Eso es bueno?

¡Pues claro! rió Irene. Mi Carmen no es de chistes de suegras

Eso se escucha poco, ¿eh?

Mientras tanto, yo iba de arriba abajo buscándole a Nicolás. Esa mañana salió al patio y justo unos minutos después, había desaparecido. Primero pensé que estaría detrás del gallinero. Pero la verja estaba abierta y fuera Ni rastro.

Nicolás seguía a unos chavales que tenían a un cachorro atado, chillando lastimero. Intentó defenderlo, pero terminaron en una calle desconocida. Cuando una vecina se plantó y puso orden, los pillines soltaron al perro y Nicolás se encontró extraviado. Como le habían enseñado, se sentó en un banco y esperó.

Mientras, yo ya había removido medio pueblo, llamando a gritos. Ángel llegó y agilizó la búsqueda: Tú por estas calles, yo por las otras; no le digas nada aún a Irene.

Lo encontramos dormido en un banco, el cachorro acurrucado encima. Ángel lo levantó y el niño abrió los ojos confuso.

Papi me quedé quieto, como me enseñaste.

Así se hace. ¿Y este amigo? preguntó señalando al cachorro.

Se parece a Don Quijote, pero más tripón. ¿Me lo puedo quedar?

¿Una casa sin perro? Eso no es casa Vámonos, campeón.

Al verme en la calle, corrí y abracé a Nicolás con todas mis fuerzas.

Ay, hijo, qué susto me has dado.

Abuela, perdona no lo haré más.

Lloré, de alivio y cariño verdadero. Y que dijera lo que quisiera María: ese niño ya era tan mío como el que había parido mi hijo.

Irene se enteró después, y lejos de reprocharme, me agradeció la ayuda. Mamá, cualquier día con un niño tan bueno puede pasar. Él protege cualquier animal; ni a una mariquita deja desamparada.

Eso es fortuna. Un niño bueno vale su peso en oro.

Jamás me metí a aconsejar sin que me lo pidieran; ayudaba cuando hacían falta manos, no opiniones. Y sabiendo que Irene lo agradecía, me sentía la madre más afortunada.

La hermana pequeña llegó justo a término. La llamaron Carmencita, como yo. Verlas crecer, juntos, fue el mejor regalo.

Un día, al cruzar la calle con la cesta del mercado, me encontré con María en la puerta.

¿Otra vez rumbo a ver a los nietos? Les vas a malcriar

A mis nietos, María, los dos. Que los dos son míos, aunque tú no lo entiendas.

Sólo uno lleva tu sangre…

Son mis dos tesoros, y punto contesté, guardando las llaves en el bolso. ¿Quieres que te diga un secreto, después de tanto darme lecciones?

Sorpréndeme.

Mira, en esto de querer, hay que dar para recibir. A mí me quieren mis hijos y mis nietos, ¿y a ti?

A mí me respetan.

Bueno, eso está bien Pero yo prefiero el cariño. Anda, que se me va el autobús y me esperan en casa.

Al cerrar la puerta, mientras subía al autobús, entendí de verdad que en esta vida el amor es semilla: lo siembras y florece donde hace falta. La familia no se mide por apellidos, sino por abrazos compartidos. Y eso, por fin, me dio la paz y la alegría que llevaba buscando desde que me quedé viuda.

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