Las Llaves

¡Te lo digo porque te quiero! Pero tú, ni caso, siempre pensando en tus cosas. ¡No quiero escucharte! ¡Solo dices tonterías! ¡Ya está bien! ¡Ocúpate de tu vida y déjame en paz!

Lucía no es que hablara fuerte, es que pegaba unos gritos que hasta el señor Julián, el vecino medio sordo del cuarto, que llevaba media vida trasteando en el garaje, se dio la vuelta intrigado. Y eso que la curiosidad nunca le había sobrado. Vamos, que Lucía estaba armando la marimorena.

Y, claro, razones no le faltaban… O eso pensaba ella.

Porque lo de enamorarse a Lucía le iba como el café por la mañana: cuestión de alma y necesidad diaria. ¿Un respiro? ¡Raro! Si acaso duraba lo que tarda una tapa de tortilla en desaparecer en una terraza madrileña. Y solo lo notaban las que la conocían de toda la vida: su hermana Claudia (a la que últimamente sólo soportaba a ratos), y su madre, en paz descanse.

Porque, reconozcámoslo, sin ese puntito de enamoramiento, Lucía pasaba de ser persona a ser sombra: mirada perdida, pensamientos volando como palomas a la Gran Vía y los nervios, ni te cuento, tan a flor de piel que en la oficina cualquier compañera ya le soltaba:

Lucía, ¿tú no has pensado en tomar valeriana? Estás rarísima, hija.

Y Lucía apretaba los labios, rechinaba los dientes y pensaba: menudas amargadas sois vosotras, que seguro lo tenéis todo: marido esperando en casa, niños con babi corriendo y yo aquí, sin pareja ni piso propio…” Hombre, hijo tenía, Samuel, pero la verdad, si lo comparabas con sus primos perdía en todas las categorías. Los niños de Claudia parecían de catálogo: Diego, el mayor, era crack en fútbol y en notas, rompiendo ese mito de que o estudias o te mueves. Y la pequeña Irene, media vida de escenario en escenario, bailando y cantando en concursos por media España… con nueve años sabía más del mundo que Lucía en toda su existencia.

Y eso, pues, jode. Porque de niña, Lucía también había probado de todo: sevillanas, pintura, repostería pero nada, se cansaba pronto y cambiaba. El corazón manda y a ella le latía siempre hacia otra parte.

¡Pues claro! solía decir de adolescente. ¡Hay que escuchar a una misma! ¡Que la vida solo hay una! Que aquí ninguno te sirve la felicidad en bandeja: “¡Toma, Lucía, para ti, no te cortes!”

Esta gran verdad la aprendió viendo a Claudia matarse a estudiar, mientras ella se ponía brillo en los labios para salir con las amigas.

Claudia, si te empollas tanto, ¿quién te va a querer? ¡La abuela decía que una mujer no debe ser más lista que su marido! ¡Mira cómo los chicos ni te miran!

¡Y que no me miren! ¿Para qué? Y no era eso lo que decía la abuela, por cierto.

¿Ah, no?

Ella decía que la mujer inteligente nunca le hace sentir inferior a un hombre si le quiere. No tiene nada que ver.

¡Ay, no me líes! Mejor me ayudas con el pelo. ¡Javi me espera!

Y la una corriendo de cita, la otra con su novela. Dos horas de paz en casa.

A Lucía, Claudia la adoraba, cómo no. No había más hermanas. La conocía como si la hubiera parido. Lucía no era mala, solo un poco desastre, insegura, cariñosa y, eso sí, blandita hasta el tuétano. Una vez, llenó la casa de seres rescatados: hasta un perro y dos gatos a los que sacó adelante a base de mimos. Los padres, resignados, accedieron, eso sí, poniendo límite: aquello no era una protectora. Lucía cumplía y jamás pidió a Claudia que paseara a los bichos o limpiara la arena del gato. Lo suyo era responsabilidad total aunque a veces Claudia pensaba que Lucía quería más a los animales que a las personas.

Tía, mamá dice que vayas a ayudar a la abuela con la limpieza.

Ve tú, anda, yo tengo cosas.

¿Y qué cosas?

Pues cosas. Importantes. Que Bartolo, el gato, cojea, hay que llevarlo al veterinario.

¡Si ya lleva así una semana!

¿Y qué? ¿Prefieres que lo cambie por las pelusas de la abuela? Ella aún se maneja muy bien sola. Bartolo se merece una oportunidad…

Y como no querían discutir, cada una tiraba por su lado: Claudia a limpiar, Lucía a por la blusa de domingo, que su novio le esperaba y Bartolo, claro, era la excusa.

La vida siguió y, cómo no, terminaron el instituto de forma distinta: Claudia con Matrícula de Honor, Lucía, pues, pasó. Sin más.

El tema de la profesión tampoco era debate. Lo suyo era la repostería, la tarta, el dulce… De cría se quedaba embobada con las pastelerías, hasta que la madre le compraba algo por no oírla chillar. Pero ni se lo comía. Le bastaba mirar la rosa de nata y luego intentaba hacerla en plastilina.

Crecieron y cada hermana cogió su rumbo: Claudia a vivir con la abuela que ya estaba pocha y necesitaba apoyo y cerca de la facultad, así que ganó todos. Abuela contenida y que, además, como buena matriarca, confesó sus planes:

Claudia, la casa será para ti y tu marido, cuando yo me vaya. Y la otra habitación, la de la antigua pensión, para Lucía… Ay, ojalá os vea con hijos…

La vio, sí, la vio. Por lo menos al primer bisnieto. Se fue la abuela al poco de que Diego, el hijo de Claudia, cumpliera dos. Un año peleando tras el ictus, hasta que ya no pudo más y Claudia la despidió entre llantos.

Los padres de ambas hermanas no se opusieron a la herencia, honestamente, porque Claudia se la había ganado.

¿A Lucía qué? Pues, sinceramente, le daba igual; entonces vivía un nuevo idilio y la vida material era lo de menos. ¡Estaba in love!

Bueno, luego se supo que el amor era más fuego de artificio que otra cosa. Lucía ilusionadísima, su artista más interesado en que ella le limpiara el taller que en dormir juntos siquiera.

Soy un alma libre, Luci, tienes que entenderlo decía el susodicho, tumbado con cara de martirio postmoderno. El arte exige sacrificios Estar contigo está bien, pero no te acostumbres.

Lucía suspiraba y asentía. Un día hasta le hizo un retrato (bastante torcido, por cierto) que dejó olvidado en un rincón como prueba del idilio. Y eso fue lo único que quedó después de que ella llegara un soleado día con la gran noticia del embarazo…

Ya podéis imaginaros: sueños por las nubes, alegría, vida prometedora… hasta que el artista le corta en seco: ¿¡Niña!? ¿Estamos locos?!

Y, claro, Lucía recogió sus pedazos, se llevó el retrato (que luego destrozó a tijeretazos mientras pensaba: aún encontraré la llave, ya lo verás”) y decidió que el futuro sería suyo… aunque el pasado solo dejara trozos demasiado pequeños para recomponer.

El hijo, Samuel, llegó. Y aunque fue un niño tranquilo y buenísimo… Lucía no se veía reflejada en él, ni gracietas del padre ni artes varias: lo suyo era el fútbol y el ajedrez. Nada de melenas artísticas. Samuel mismo encontró su club y pasaba las tardes analizando partidas, mientras su madre le preguntaba incrédula:

¿Y eso te gusta? ¡Pues menuda afición!

Samuel, en cambio, lo gozaba. Para él el ajedrez era como un ballet de lógica, y se ponía a bailar los movimientos por la habitación cuando creía que nadie le miraba, porque a su madre le daba algo con sus danzas.

La única que le entendía era su prima Irene. Le escuchaba hablar de la música del pensamiento.

¿Tú la oyes? le decía la niña maravillada.

Sí, muy bajita, pero preciosa

¡Yo también creo que sí! Ya verás, te la bailo…

Y así, Samuel se sentía acompañado. Aunque la vida, por supuesto, es lo que los adultos deciden para los niños, y a veces su madre, de pronto enfadada con su hermana por cualquier minucia, prohibía a Samuel ver a sus primos.

Entonces Samuel tenía que ingeniárselas, con huelgas y dramas, hasta que Lucía, rendida, le dejaba hacer a regañadientes.

¿La gran bronca de las hermanas? Vino por la herencia de la casa de la abuela, claro. Tras la ruptura sentimental, Lucía la lió bien: acusaciones, celos de la infancia (¡a ti la muñeca rosa, a mí la verde!”), y ese runrún de vida injusta que se va acumulando sin querer: ¿Por qué a ella siempre, y a mí nada?. Una colección de agravios, vista desde fuera, algo surrealista, pero dolorosa.

Claudia tampoco estaba libre de small resentments, pero su alma iba por otros derroteros; lo suyo era apartar las ramas del nido, no dejar que se enredara el asunto.

Los padres se fueron casi de golpe, dejando a las hermanas con un vacío y una herencia más de recuerdos que otra cosa. Claudia renunció a la parte de los padres en favor de Lucía, para calmar las aguas.

Creí que te la ibas a quedar también soltó Lucía, sin mirarla a los ojos, mientras esperaba con Claudia en la notaría.

¿Pero tú te crees que somos extrañas, Lucía?

No sé. Es que no me entiendes.

Ni tú a mí. Pero de eso va la familia…

Pues menuda gracia.

Bueno, no será fácil, pero igual hay que intentarlo.

Ya, pero a ti todo te ha ido rodado, ¿no? Casa, familia, niños Yo, sola.

¿Y Samuel?

Va a su aire, pasa de mí, está más tiempo en tu casa…

Aquí está tranquilo.

¡Ves! ¡Me das lecciones como siempre!

Claudia suspiraba. Su marido, Rubén, la recogía a menudo después de estas charlas complicadas:

No le hagas caso, tiene el genio torcido. Aún no se le ha roto la vida del todo.

¡Rubén, no digas barbaridades! Me da pena, es mi hermana

Mejor así. Si sientes pena, la quieres de verdad. No lo ve, pero nunca dejarás de ser su hermana.

Y así, Claudia añadió a los remiendos familiares un intento heroico de reconciliación, aunque la cuerda cada vez quedaba más fina.

Mientras, los hombres en la vida de Lucía venían y se iban, dejando solo sabor amargo y algunos whatsapps no contestados.

Lucía, nada de compromiso, ¿eh? le avisaban antes de empezar. Solo quiero algo ligero. ¿Lo entiendes?

Y ella, claro, asentía con una sonrisilla trémula, para luego olvidarlo y acabar sufriendo, repitiendo el ciclo.

Samuel, en estos episodios, se refugiaba en casa de su tía y su primo, Diego. Compartía dormitorio con Diego, jugaban horas al ordenador y reían todos juntos… A Claudia le daba pena su sobrino:

¡Samuel es un genio! Deberías llevarle a una escuela de talentos.

Está bien así, Claudia Que vaya con Diego me da tranquilidad, y tú lo tienes controlado.

El problema es que le hace el viaje más largo…

Que se quede unos días con vosotros… Ahora, con Juan, lo tengo algo complicado.

¿Juan te ha pedido matrimonio?

No, pero me lo va a pedir, lo sé. Dejadme tranquila, dadme una oportunidad de ser feliz por una vez

Claudia no confiaba en Juan ni un pelo. Chulo, engreído y con un humor raro, sus bromas a veces eran directamente de mal gusto. Y con Samuel, ni hablemos: cuanto más tiempo pasaba en casa de la tía, más distancia sentía con su madre.

Y, claro, el marrón estalló cuando Juan, como era de esperar, exigió vender el piso familiar. Claudia se enteró por casualidad, al volver del trabajo y tropezar con los zapatos llenos de barro de Diego y Samuel en el pasillo.

A ver, ¿esto qué es? ¡¿Qué desastre es este?!

Irene, que andaba husmeando en la habitación de los chicos, apareció con cara de he hecho algo malo.

Mamá, no te enfades, por favor. Es que…

¿Que qué? ¡Habla!

Samuel es que le hemos puesto hielo, pero

Claudia, instinto de tía leona, se lanzó a la habitación y allí estaba su sobrino, en la litera de arriba, con una mejilla hinchada y cara de cordero degollado.

Samuelito… ¿Qué ha pasado?

Nada…

Venga, baja y cuéntame le susurró, subiendo a su lado.

Pero Samuel, dolido y humillado, no soltaba prenda. Claudia mandó a los otros a la cocina, se puso su chándal de estar por casa y volvió a repetir la escalada a la litera.

¿Juan te ha pegado?

Samuel, lágrimas y todo, se le abrazó. La respuesta era obvia. Defender a su madre, verse atacado por el novio, oír eso de Tú qué sabrás, niñato, no entres en lo que no te llaman, fue demasiado para él. En ese momento, Samuel comprendió que a su madre no la querían; solo la necesitaban para algo.

Cuando al fin logró calmarse, lo primero que hizo fue hacer la mochila y plantarse en casa de Claudia.

Por supuesto, Claudia llamó a Lucía sin dudarlo. Pero Lucía no cogía el teléfono. Así que avisó a Rubén y rápidamente fue a su encuentro.

La conversación, en el portal, fue una ópera tragicómica: Lucía llorando (¡Es que le quiero!), Claudia echando pestes (“¿A un tipo que le pega a tu hijo? ¿Has perdido la cabeza? ¿No ves que la felicidad ya está contigo y te empeñas en buscarla fuera?).

Y, cuando ya no había más ganas de gritar, Lucía lo soltó:

¡Ya me has quitado todo! ¡Mi vida, mis llaves!

¿Qué llaves?

Por primera vez, Claudia entendió de qué hablaba su hermana. Se acercó, la abrazó fuerte, como la madre hacía antes.

Vamos, Lucía… Eres muy sensible. Pero no esperes que entienda cómo antepones a un hombre a tu hijo. Eso nunca. Y sobre las llaves Ojalá tuviera las tuyas, pero bastante tengo con las mías. Tú te empeñas en darlas a cualquiera. Yo las guardo bien.

¿Y cuál es el método correcto?

No lo sé. Ya lo dirá la vida.

Al final, la vida, como todas, fue echando las cuentas. Lucía encontró a alguien digno al cabo de unos años, Samuel siguió en casa de Claudia como uno más, y cuando de adulto tuvo que marcharse lejos, abrazó a todos, le dio a Rubén, su padrastro, un apretón de manos y sólo le pidió una cosa:

Cuida de mi madre.

Y tú de ti mismo, hijo. Aquí te esperamos.

Lo sé.

Y así, con las llaves de la felicidad a buen recaudo, se fue al mundo, dejando claro que la vida, al final, siempre reserva un duplicado en el lugar más insospechado.

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Las Llaves
Valentina regresaba de su casa de campo una noche cerrada. Había elegido salir justo al anochecer y, en lugar de conducir deprisa como solía hacer, tomó el camino más largo, dando un rodeo despacio y sin prisas. Si al día siguiente no tuviera que trabajar, se habría quedado a dormir allí mismo. ¿Por qué no tenía prisa? Porque, en realidad, no le apetecía nada volver a casa. Para ser sincera, no quería ver a su marido. Desde hacía tiempo, una vocecita interior le repetía que su convivencia bajo el mismo techo iba a durar ya muy poco. Llevaba meses con su pareja en una relación fría, tensa y llena de discusiones. Incluso mientras conducía pendiente de la carretera, Valentina pensaba en lo raro y poco sano que era lo suyo. En una parte del trayecto, la carretera atravesaba un pequeño pueblo. Valentina redujo la velocidad, y, de repente, a la altura de la parada de autobús, los faros iluminaron a una anciana extraña. La mujer sujetaba algo envuelto en un trapo, acunándolo en el pecho con ternura, como si fuera un bebé. Y con la mirada, contemplaba los coches que pasaban con una esperanza tan enorme, que Valentina detuvo instintivamente el coche. Se bajó y caminó hacia la señora. Al acercarse, vio una bolsa de la compra con ruedas a sus pies. —¿Por qué está usted aquí? —preguntó Valentina preocupada—. ¿Necesita ayuda? ¿Eso que lleva es un niño? —¿Un niño? —La anciana se desconcertó y sonrió con timidez—. No, no es un niño… Es pan. —¿Cómo? —Valentina se asombró—. ¿Pan? ¿Qué pan? —Pan casero… recién salido del horno… Lo vendo aquí. —¿Pero cómo que lo vende? ¿De dónde lo saca? —Lo hago yo misma… Y lo vendo… La pensión no me da, así que así me apaño. Cuando me faltan las perras. ¿Está prohibido? La gente me compra. Mi pan está rico. Y dicen que trae suerte y hace felices a quienes lo comen. —¿Felicidad? ¿En qué sentido? —No sabría decirle… Eso me cuenta un caballero que me compra siempre. Quizás vuelva hoy… ¿No quiere usted una barra? ¡Todavía está caliente! —¿Yo, pan? —Valentina pensó que la anciana necesitaba dinero y asintió—. Sí, deme una barra. ¿Cuánto cuesta? —Un euro, —respondió con cautela, pendiente de la reacción—. ¿No es caro para usted? —¿Cuántas barras tiene? —Diez. No he vendido ni una aún, acabo de llegar. ¿Cuántas va a llevarse? —Me las llevo todas —dijo Valentina con decisión, dispuesta a buscar la cartera al coche—. —¡No! ¡No se las puedo vender todas! —exclamó la mujer asustada—. —¿Por qué? —preguntó Valentina perpleja. —Porque sé que no las lleva para comer, sino para ayudarme… y quizás alguien más las necesite hoy. ¿Y si él viene, y me quedo sin nada? Valentina se quedó desarmada ante esa ingenuidad. —Vale, ¿y cuántas me vende? —Cinco… —respondió insegura la abuela. —¿No pueden ser más? —No… no debe ser… —negó ella—. Usted me compra por lástima. Este pan es para los que lo van a comer… —Está bien —Valentina sonrió, cogió el dinero y una bolsa, metió cinco barras aún calientes, y volvió a su coche. Nada más arrancar, el aroma del pan inundó todo el habitáculo y le entraron unas ganas tremendas de comer. No se resistió, arrancó una buena miga y al probarla, supo que nunca había comido un pan tan rico en su vida. En eso, sonó el móvil. Al ver quién era, Valentina frunció el ceño y contestó. —Valen, —gruñó su marido—, entra en cualquier tienda y compra pan. —¿¿Pan?? —miró el pan del asiento—. ¿Y eso hoy? —Porque no queda ni un trozo, tus amigas han venido de repente. —¿Qué amigas? ¡Pero si es casi medianoche! —Eso pregúntaselo tú. El caso es que están en la cocina con el té y esperándote. —Pues vaya… —Valentina pisó el acelerador. En media hora estaba en casa. Entró y propagó, junto a ella, ese loco aroma a pan recién horneado. —¡Valen, qué bien hueles! —gritaron encantadas sus amigas de la universidad y fueron a abrazarla. El marido, siguiendo el olfato, le quitó de la bolsa media barra, la olfateó y se quedó asombrado. —¿Dónde has comprado este panazo? —Donde era, ya no queda —sonrió Valentina. El marido se fue con su pan y Valentina se quedó en la cocina con las amigas. Hasta medianoche charlaron, tomaron vino y pan, y se desahogaron de la vida y los maridos, incluso soltaron alguna lágrima. Cuando se marcharon, Valentina entregó a cada una un pan de la abuela. Cerró la puerta y, evitando la habitación donde ya dormía su marido, fue a dormir, ella sola, al sofá del salón. Y por la mañana, empezaron los milagros. Nada más despertarse, su marido se sentó a su lado en el sofá y, en tono irónico, declaró: —Valentina, creo que ayer me puse ciego de ese pan tuyo y se me ha aclarado la cabeza. He decidido que los dos somos tontos. —¿Perdón? —Valentina lo miró atónita. —Tontos, Valen. Y tenemos que cambiar. Esta noche tienes una cita conmigo. En el restaurante aquel donde te pedí matrimonio. —¿Una cita? —Quiero volver a empezar, salvar lo nuestro. Te espero allí a las seis. Se fue a trabajar y Valentina pensó que esa mañana no parecía un día cualquiera. Parecía que, tras la ventana, en vez de otoño, volvía la primavera. Se sorprendió deseando el encuentro, esa cita extraña con su marido. Como si el pan hubiera traído un poco de luz a su vida, sonó el teléfono. Era una de sus amigas, eufórica: —¡Valen, no te lo imaginas, anoche mi marido y yo nos reconciliamos! ¡Íbamos a separarnos y, hasta las tres de la mañana, estuvimos comiendo tu pan y hablando… ¡Gracias, Valen! —¿Y yo qué culpa tengo? —balbuceó Valentina. Por la tarde, la llamaron las otras dos amigas: a ambas, de repente, todo les iba bien en casa. Valentina fue a la cocina, cogió la última barra empezada, y volvió a inhalar ese aroma irresistible. Arrancó un trozo y, al probarlo, descubrió un sabor especial: era, sin duda, el ligero regusto de… amor. Amor por todos.