La esposa perfecta

Esposa cómoda

Lucía, ¿me escuchas? La voz de Víctor suena monótona, casi profesional, como si avisara de algo trivial, por ejemplo, que se ha acabado el pan.

Lucía está de pie junto a la ventana y observa el patio. Allí crece un viejo serbal que ella misma plantó hace ya veintitrés años, en el año en que se mudaron a esta casa. El árbol se ha hecho grande, robusto y seguro de sí mismo. Por alguna razón, Lucía piensa en esto justo ahora.

Te escucho responde.

Sólo quiero que lo entiendas bien. No es que todo vaya mal. Simplemente, ha pasado así.

Ella se da la vuelta. Víctor está sentado a la mesa, las manos juntas frente a sí, como en una reunión. Tiene sesenta y un años. Es corpulento, bien vestido y desprende esa confianza que llega a los hombres cuando el dinero deja de ser una preocupación. Lleva veintiséis años con este rostro. Sabe cómo frunce el ceño antes de una conversación importante, cómo tamborilea los dedos cuando está nervioso. Ahora no tamborilea. Es raro.

Simplemente, ha pasado así repite Lucía sus palabras. ¿Eso es todo?

Lucía, no te pongas así.

¿Así cómo?

Él se levanta, da unas vueltas por la cocina. La cocina es grande y luminosa, con un mobiliario italiano que eligieron juntos hace ocho años. Lucía discutió largo tiempo sobre el color de los muebles. Ella quería crema. Víctor insistió en blanco. Al final, Lucía cedió. Ella solía ceder.

No tengo por qué darte explicaciones dice él. Pero te las doy. Porque te respeto.

¿Respetas?

Sí. Hemos tenido una buena vida. No nos falta de nada. Los hijos han crecido. No quiero ningún escándalo.

Lucía siente algo sordo y pesado en el pecho. No es dolor. Más bien ese tipo particular de entumecimiento que se siente cuando comprendes algo muy grande y aún no lo asimilas del todo.

Te vas dice. No pregunta. Solo lo dice.

Me voy confirma él. Por un tiempo. Necesito espacio.

Espacio repite ella. Se da cuenta de que ya es la tercera vez que repite alguna de sus palabras. Como si necesitara colocar las frases en otro lugar para entenderlas.

Víctor se acerca y pretende tomarla de la mano. Ella se aparta solo un poco, casi imperceptible. Pero él lo nota.

No te enfades le pide.

No estoy enfadada.

Lucía.

No estoy enfadada, Víctor. Solo pienso.

Él se queda a su lado un instante, luego asiente y sale de la cocina. Lucía escucha cómo anda por el dormitorio, el golpeteo de la puerta del armario. Está metiendo cosas en una bolsa. No todo. Solo algo. Por un tiempo, ha dicho. Ella observa el serbal y piensa que los pájaros han comenzado a picotear las bayas. Signo de un invierno temprano, según decía su madre. Su madre falleció hace siete años y Lucía aún a veces piensa: tengo que llamar a mamá. Y luego recuerda.

Tiene cincuenta y ocho años.

***

Su amiga Gala aparece al día siguiente, sin previo aviso. Solo llama cuando está en el portal.

Ábreme, que estoy abajo.

Gala, todavía no estoy vestida.

Vístete, te espero.

Gala Borrego es amiga de Lucía desde la universidad. Treinta y siete años de amistad, si se cuenta con sinceridad. Gala es ruidosa, directa, algo descarada. Hace tres años ella misma se divorció de su Andrés, lloró mucho, luego dejó de llorar de golpe y abrió una mercería pequeña en Chamberí. Gana justo, pero estable, y Gala sostiene que ahora está mejor que en los últimos diez años.

Se sientan en la cocina. Gala abraza a Lucía en la entrada, fuerte, de verdad, y Lucía siente que los ojos se le humedecen. Pero no llora.

Cuéntame dice Gala sirviendo té.

Ya sabes lo más importante.

Pero quiero escucharlo de ti.

Lucía cuenta. Breve, sin detalles. Víctor dijo que se iba. Por un tiempo. Que necesita espacio. No ha preguntado con quién. No es porque no sospeche. Sino porque, si pregunta, se convertirá en real, y mientras no pregunte, puede mantener esa frágil indefinición.

¿Y no le preguntaste con quién? Gala la mira fijamente.

No.

Lucía.

¿Qué?

¿Sabes con quién?

Pausa. Fuera, en el patio, alguien ríe y conversa. La vida sigue, imperturbable.

Me lo imagino dice Lucía. Su asistente. Cecilia. Tiene treinta y dos años.

Gala calla un momento. Luego pregunta, prudentemente:

¿Desde hace mucho?

No lo sé. ¿Un año? ¿Quizá más? Yo… notaba algo. Pero no quería pensar en ello.

¿Por qué?

Lucía mira su taza. Es bonita, de un juego que trajeron de Praga hace unos diez años. Buen viaje fue aquel. Víctor aún bromeaba, reía, le cogía la mano en el puente de Carlos.

Porque, si piensas, algo hay que hacer. al fin responde. Y yo no sabía qué hacer. Llevo veintiséis años sin trabajar, Gala. ¿Lo entiendes? Primero los niños, luego la casa, y después así ha pasado.

Él te mantenía.

Sí. Él. Yo me ocupaba del hogar, los niños, sus padres cuando enfermaron. Yo era… pausa, busca la palabra… era parte de su vida. Una parte importante. O eso me parecía.

¿Y ahora qué piensas?

Que era una parte cómoda. Lucía lo dice tranquila, sin amargura. Era una esposa cómoda. No montaba escenas. Todo lo aceptaba. Cedí en la cocina blanca y no crema. Vacaciones en la sierra, no en la playa. Cena a las ocho, no a las siete. Todo como él quería.

Gala la mira en silencio. Es raro verla callada.

¿Estás enfadada? pregunta al fin.

No. Aún no. Quizá luego.

¿Y ahora?

Lucía reflexiona. Afuera el serbal está callado, inmóvil.

Ahora trato de recordar qué me gusta a mí dice en voz baja. Más allá de esta casa, más allá de su vida. Qué me gusta a mí. Y no puedo recordarlo rápido. Es… extraño.

Gala le aprieta la mano. No dice nada. A veces es lo mejor.

***

Su hija llama tres días después. Carmen vive en Valladolid, con su marido y dos niños. Tiene treinta y cuatro años, siempre fue más de su padre, práctica y rápida en tomar partido.

Mamá, papá me lo ha contado. ¿Cómo estás?

Bien.

Mamá «bien» no es respuesta.

Carmen, de verdad. Estoy bien. Estoy pensando.

¿En qué piensas? En la voz de su hija hay esa tensión que indica: ya se ha puesto del lado de alguien, solo que no lo dice aún.

En muchas cosas.

Mamá, papá dice que esto es temporal. Que solo necesitáis un poco de

Carmen interrumpe Lucía. Serena, pero tajante. No quiero hablar esto contigo. Ni contigo, ni con Martín. Es entre tu padre y yo. ¿De acuerdo?

Pausa.

Vale dice Carmen. Y agrega, más suave: ¿Estás sola allí?

Sí. No estoy mal.

¿Quieres que vaya?

No hace falta. Si quiero, lo diré.

Cuelga y se queda sentada unos minutos en el sillón. Martín, el hijo, vive en Madrid. Aún no ha llamado. Muy propio de él. Martín evita las conversaciones difíciles. Siempre lo ha hecho, desde niño. Se escuda en el trabajo, en el mamá, entiéndelo, tengo un proyecto.

Lucía lo entiende.

Revisa el piso, cuatro dormitorios, pasillo amplio, dos baños. Todo está bonito, en su sitio. Siempre ha sido exigente con la casa. Flores naturales en las ventanas, nunca artificiales. Cortinas que cambian según la estación. Aroma a lavanda en la cocina, de los saquitos que ella misma hace y reparte en los rincones.

La casa es bonita. Pero se siente ajena.

No ajena, exactamente. Más bien como un museo. Todo ordenado, cada cosa en su lugar, pero sin relación real con quién eres.

Se detiene ante la estantería. En la balda del medio están sus libros. No muchos. La mayoría regalos. Recetarios. Algunas novelas. Un tomo viejo de poesía de Lorca, gastado, de tiempos de universidad. Lo abre al azar. Lee unas líneas. Siente algo moverse muy adentro, apenas perceptible.

Hace más de veinte años que no leía poesía. No había tiempo.

***

Víctor llama una semana después. Su voz suena levemente culpable, pero con ese tono de quien ya tomó una decisión y solo cumple el trámite.

Lucía, tenemos que hablar.

Habla.

Mejor vernos.

De acuerdo. ¿Cuándo te viene bien?

Él hace una pausa, quizá esperaba reproches, lágrimas, preguntas. Ella no le da ninguna.

Mañana a las dos. Paso por casa.

Bien.

Llega puntualmente. Es característico de Víctor. Siempre fue puntual. Mientras prepara el té no por cortesía, sino porque necesita hacer algo con las manos, él se sienta.

Estás bien dice él.

Gracias.

Lucía, no quiero que pienses que…

Víctor le corta ella. Sin rodeos. ¿Qué quieres decir?

Él la mira y algo en su tono lo detiene.

Quiero el divorcio dice. Oficial. Somos adultos, no hay por qué alargarlo.

De acuerdo.

¿De acuerdo?

Sí. No pondré impedimentos.

Lucía… La mira con esa expresión que antes ella creía ternura y ahora descifra de otro modo. Me ocuparé de ti. Te dejo el piso. Te pasaré dinero. No te va a faltar nada.

Te pasaré dinero repite ella. De nuevo las repeticiones. Debe de haber aprendido esa costumbre estos días.

Claro. No has trabajado. Tienes que vivir de algo.

El hervidor suena. Lucía vierte el agua en la tetera con calma.

Víctor dice mientras pone las tazas, ¿recuerdas cuando tu madre estuvo enferma? Tres años. Yo la visitaba cada semana, le ponía las inyecciones, compraba medicinas, hablaba con los médicos. Tú no podías.

Por supuesto que me acuerdo.

¿Y cuando Carmen tuvo el segundo embarazo difícil? Una intoxicación tremenda. Me quedé a vivir con ellos un mes. Cocinaba, limpiaba, me levantaba por la noche con el mayor.

¿A qué viene esto?

A que has dicho te pasaré dinero. Como si me hicieras un favor. Como si en todos estos años yo solo hubiera vivido de ti.

Él abre la boca. La cierra.

No era eso lo que quería decir.

Sé lo que querías decir. Que eres generoso. Que piensas en mí. Ella se sienta frente a él. Víctor, no estoy enfadada. De verdad. Pero no voy a fingir que me haces un favor. Los dos sabemos que no es así.

Él la mira, largo rato. Luego algo cambia en su cara. Menos seguro.

Has cambiado le dice.

¿En una semana?

Sí, en esta semana.

Ella toma la taza. Da pequeños sorbos de té. Afuera, alguien da de comer a las palomas, una anciana con abrigo azul. Lucía la ve a diario pero no sabe cómo se llama.

Sobre el dinero dice Lucía: no renuncio a mi parte de los bienes. Es justo. Pero no quiero que me des dinero. Es humillante.

Lucía

No, espera. Déjame terminar. Deja la taza. Veintiséis años de ama de casa. No te reñí, no monté escenas, no exigí más atención de la que podías dar. Gestioné la casa, crié a los niños, recibí a tus socios, sonreí a tus bromas mil veces repetidas. Renuncié a mi carrera porque tú dijiste: Lucía, para qué necesitas ese teatro, yo puedo mantenernos. Y acepté. Hice eso. Y no me arrepiento. Pero llamemos las cosas por su nombre. Fue un trabajo. Un trabajo de verdad. Y lo hice bien.

Silencio. Víctor mira la mesa.

Nunca dije que te faltarás nada murmura al fin.

Dijiste que te cuidarías. Como si yo fuera una niña. No lo soy, Víctor. Tengo cincuenta y ocho años.

Él se levanta. Va a la ventana. El serbal en el patio luce rojo y seguro.

Tienes razón dice él, en voz baja. Tienes razón, Lucía.

No lo esperaba. Tarda en captar lo que le ha dicho.

Hablemos con abogados prosigue él. Sin espectáculos.

Estoy de acuerdo.

Él coge su abrigo. En la puerta, duda.

Lucía… Yo…

No hace falta, le interrumpe ella. No digas nada. Vete.

Él se va. Lucía permanece largo rato en la mesa. Luego coge el móvil y escribe a Gala: Hemos hablado. Me divorcio. Estoy bien.

Gala contesta enseguida: Eres una campeona. Ven mañana por la tienda. Tengo hilos nuevos, te gustaba bordar.

Lucía sonríe. De hecho, le gustaba. Hace treinta años.

***

Las dos semanas siguientes vive en un extraño estado. Ni bueno ni malo. Solo raro. Como si la hubieran sacado de un marco habitual y dejado sobre una mesa. Sin marco, sin saber aún adónde ir.

Va a la tienda de Gala, Fil a Aguja, un local pequeño en el bajo de un edificio de Salamanca. Huele a tela y a madera. En las estanterías hay ovillos de lana, cañamazo, bastidores, todo tipo de hilos. Lucía va de un estante a otro acariciando materiales. Moher. Algodón. Hilo de seda para bordar. Algo se va descongelando en su interior.

Mira Gala le enseña un bastidor con cañamazo. Para principiantes. Pero puedes atreverte con algo más difícil.

Si yo sabía bordar.

Sabías. Hace treinta años.

Eso no se olvida.

Veremos Gala sonríe con picardía.

Lucía compra cañamazo, hilos y un estuche de agujas. En casa, se sienta a la ventana, observa el patrón. Empieza. Las primeras puntadas salen torcidas. Las deshace. Vuelve a empezar. Más despacio. Más atenta. Poco a poco, los dedos recuerdan.

Se pasa tres horas bordando sin darse cuenta.

Es una sensación extraña. Buena. Sencilla.

***

Martín llama a finales de octubre. Pasó casi mes y medio desde la charla con Víctor.

Mamá, ¿cómo estás?

Bien. ¿Y tú?

Bien. Mamá, hablé con papá.

Martín…

No, espera. No estoy del lado de nadie. Solo quería decirte él dice que tú has rechazado su ayuda. ¿Es cierto?

No exactamente. No he renunciado a mi parte. Renuncié a que él me diera dinero como limosna.

Mamá, es práctico. No trabajas. Necesitas medios.

Martín, tengo cincuenta y ocho, no ochenta. Puedo trabajar.

¿Y qué vas a hacer?

Buena pregunta. Lo ha pensado. La escuela de arte dramático la dejó en tercero al casarse. Eso quedó atrás. Pero le gustaban los idiomas. De joven sabía francés. En los últimos años a veces veía películas francesas. No lo entendía todo, pero sí bastante.

No sé aún responde honesta. Pero encontraré algo.

Avísame si necesitas ayuda, al menos.

Te lo diré promete. Martín, eres un buen hijo. Pero no hace falta que me salves. No me estoy hundiendo.

Él calla.

Vale, mamá. Llámame.

Después de hablar, Lucía saca viejos cuadernos. Entre los jerseys de invierno, encuentra uno con vocabulario francés. De estudiante. Lo abre con cuidado. La letra es joven, rápida, segura. Desconocida. Como otra mujer.

Quizá lo era.

***

El abogado resulta ser un señor tranquilo, don Genaro Palacios. Escucha a Lucía, pregunta dos cosas, asiente.

Sus derechos, señora Lucía, quedan protegidos. Bienes en común, a repartir por igual: piso, casa rural, cuentas. Es cuestión de cómo repartir.

Quiero el piso dice. Es donde estoy acostumbrada. Él lo ha ofrecido.

Entonces él recibe compensación en dinero.

O la casa rural.

Sí, también. ¿Lo ha hablado ya con su marido?

Hemos acordado no armar lío.

El Sr. Palacios la mira por encima de las gafas.

Eso es raro.

Lo sé.

Bien. Prepararemos los papeles. Más o menos un mes.

Sale a la calle. Es un noviembre tranquilo, sin nieve aún, con esa luz gris y baja. Se queda unos minutos, luego camina lejos, sin rumbo, por el barrio. Observa la ciudad.

Es una ciudad típica de provincia. Ellos han vivido siempre en Ávila. Lucía nació aquí, aquí conoció a Víctor, aquí toda su vida. Lo conoce como la palma de su mano: la panadería de mejor pan, el patio con manzanos silvestres, donde se ven jilgueros en invierno.

Eso también es algo propio. Pequeño, pero real.

Entra en una cafetería pequeña, tranquila, con mesas de madera. Pide café y una porción de tarta de manzana. Se sienta junto a la ventana y mira la calle. Sin pensar en nada concreto. Simplemente está. Toma café. Mira.

Y comprende que hacía años que no hacía esto. Simplemente estar. Sin lista de quehaceres, sin horarios ajenos.

En la mesa vecina, dos mujeres de su edad hablan y se ríen. Una lleva un chal vistoso. La otra unas gafas circulares excéntricas. Lucía las mira y piensa: así es una persona cuando simplemente vive. Se ríe. Se pone chales de colores.

Acaba el café, deja propina y sale a la calle.

***

En diciembre llama Carmen. Ya de otra manera, sin tensión en la voz.

Mamá, iré en Nochevieja a verte. Sola. Sin Sergio ni niños. ¿Puedo?

Por supuesto. ¿Y ellos?

Con sus padres. He dicho que este año quiero estar contigo. pausa. Mamá, me equivoqué al principio. Pensaba que había que intentar arreglarlo, reconciliaros. Luego entendí que no era cosa mía.

Carmen

Déjame. Pensé que te quedarías perdida. Que no sabrías estar sola. Siempre vimos que papá decidía todo. Como si tú se interrumpe buscando la palabra.

¿A la sombra? ayuda Lucía.

Eso. Pero no te has quedado atrás. Y eso… yo qué sé. Me ha cambiado.

¿El qué?

He empezado a pensar en mí. No en Sergio, ni en los niños. En mí. Suena egoísta.

No, para nada.

¿De verdad?

Sí, Carmen. Se llama conocerse a sí misma.

Conversan una hora: sobre los niños, el trabajo, el deseo de aprender a pintar, un deseo largo tiempo pospuesto. Lucía escucha con calidez. No siente orgullo. Es otra cosa, un reconocimiento. Como si viera en ella lo que le gustaría ser.

***

Carmen llega el 29 de diciembre. Trae vino, queso, unas zapatillas graciosas. Juntas ponen el árbol, ponen villancicos antiguos que Lucía ha encontrado en internet. Carmen se ríe de su torpeza con la app de música. Lucía ríe con ella.

Es bueno. Muy bueno.

Invitan a Gala en Nochevieja. Gala trae empanadas y pepinillos en conserva de su huerto. Las tres se sientan juntas, toman vino, charlan. No de Víctor. De otras cosas: viajes. Gala sueña con el Cantábrico. Carmen quiere sol, mar. Lucía dice que su sueño es ir a París.

¿París? Gala la mira intrigada.

Estudié francés de joven. Quiero ponerme a prueba.

¿Sola?

Supongo. O con alguien, ya veremos.

Carmen la observa largo. Luego sonríe.

Has cambiado, mamá.

Eres la segunda que me lo dice.

¿La primera fue papá?

Sí.

¿Y sonaba cómo?

Lucía lo piensa.

Como un reproche. Como si hubiera roto las reglas del juego.

¿Y ahora?

Ahora suena a cumplido.

Gala alza la copa.

Por las mujeres que rompen las reglas brinda.

Chocan las copas. Afuera los primeros fuegos artificiales. El Año Nuevo llega alegre, con pólvora y luces. Lucía mira la ventana y siente, por primera vez en muchos años, que el año empieza siendo suyo. No de otro. Suyo.

***

En enero se inscribe en clases de francés. Una academia pequeña, a cinco minutos de casa. El grupo es diverso: dos estudiantes, una mujer de cuarenta que planea mudarse y un señor mayor, don Félix, que sueña con leer a Stendhal en original.

Eso está bien dice el profe, un chico joven llamado Andrés, sorprendido por el grupo.

Todo lo que uno hace por sí mismo está bien replica don Félix con dignidad.

Lucía asiente, muda.

El francés no es fácil. Recuerda más de lo esperado, pero la gramática se le escapa, mezcla los artículos. Comete errores, algo a lo que no está acostumbrada. Hace tiempo que no empezaba nada desde cero.

Al terminar la tercera clase, Andrés le dice:

Lucía, tienes buena pronunciación. ¿De dónde viene?

De juventud.

Sigue así. Es más importante de lo que parece.

Regresa a casa pensándolo. Buena pronunciación. Siempre fue parte de ella. Solo que nadie lo necesitaba.

***

El divorcio se firma en febrero. Sin palabras de más, en el despacho del abogado. Víctor parece cansado. Ella, según la mirada de él, diferente a lo esperado.

¿Qué tal? pregunta él en el pasillo.

Bien.

¿De verdad?

Sí.

La observa. En sus ojos hay algo difícil de identificar: ni culpa ni pena. Tal vez desconcierto. Como si esperara una cosa y recibiera otra.

¿Te has apuntado a algo? Gala me lo ha contado.

A francés. Y a acuarela.

¿Acuarela? Nunca pintaste.

Nunca, hasta ahora.

Él asiente. Se pone el abrigo. Al salir, duda.

Lucía, yo vuelve a quedarse sin palabras, como en casa.

Víctor dice ella. Eres buena persona. Pero quizá ya no encajamos. O sí, pero de formas distintas. Cuídate.

Él la mira un rato. Sale.

Lucía se queda en el pasillo. Tras la puerta de cristal, la calle, febrero, nieve y gente apurada. Un día cualquiera. Se ha divorciado tras veintiséis años. Parece mucho. Debería ser más ruidoso. Pero es silencioso. Muy silencioso.

Sale. Huele a nieve y algo nuevo en el aire. Levanta la cabeza. La nieve es casi polvo, se derrite al tocar su piel.

Vuelve a casa despacio, cruzando el parque.

***

La acuarela es más difícil que el francés. Los colores se corren, se mezclan en barro, el papel ondea, se deforma. La profesora, doña Aurora, rozando los cincuenta, siempre con las manos manchadas, observa sus intentos con calma.

No controles tanto dice. Quieres dominar la pintura. Ella no lo permite.

¿Y qué prefiere?

Que la dejes ir. Pon agua, pon color. Confía en ella.

Lucía intenta. No sale. Luego va saliendo un poco mejor. Luego otro poco. Guarda las hojas en una carpeta. Son imperfectas, torcidas, feas a veces. Pero son suyas. Sus manchas azules, sus árboles torcidos.

Un día Aurora comenta, mirando su trabajo. Es el serbal visto desde la ventana, racimos rojos, ramas oscuras, cielo gris.

Esto es verdadero.

Pero es torpe.

Lo verdadero y lo torpe no se excluyen.

Lucía contempla el serbal. En papel es distinto. No como en el patio. Pero es su serbal, el que ella ve. No el que existe, sino el que siente.

Y ese matiz es importante.

***

En primavera, Carmen viene con los niños y Sergio. Pasan una semana. Por las noches, Carmen y Lucía charlan en la cocina, mientras Sergio ve la tele y los niños duermen.

¿Eres feliz? pregunta Carmen una noche.

Es complicado.

¿Por qué?

Antes creía saber qué era la felicidad. Una buena casa, buena familia. Todo en orden. Ahora no lo sé. Estoy bien. No es lo mismo.

¿Y qué es ahora?

Lucía lo piensa.

Es despertar y saber que el día es tuyo. No de la agenda de otro. No de necesidades ajenas. Propio. ¿Suena raro?

No dice Carmen, en voz baja.

¿Piensas más en ti?

Sí. Mucho más. Me he apuntado a pintura. Como tú.

¿De veras?

Sí. Acuarela. Los domingos. A Sergio no le hizo gracia al principio, pero ya lo acepta.

Lucía mira a su hija. Treinta y cuatro años. Lista, un poco reservada. Siempre algo ensombrecida por el marido práctico. Como su madre lo fuera otrora.

Carmen dice. No tienes que repetir mi historia.

No la repito. Aprendo de ti.

¿De mí? se sorprende.

Has hecho algo que nunca imaginé. No te viniste abajo. No te volviste amarga. No te mudaste conmigo para que te cuidáramos. Simplemente empezaste de nuevo. A vivir. A los cincuenta y ocho.

Lucía calla largo.

No sabía que así se veía por fuera.

Exactamente así.

¿Y sabes cómo se siente dentro? Da miedo. No al principio, después. Cuando entiendes que la mitad de ti no la conoces. Que tras treinta años ni siquiera puedes decir tu color favorito con certeza.

¿Y ahora?

Ah, sí. Ahora sí: azul. Ese de la acuarela.

Carmen sonríe. Guardan silencio. Luego Carmen la abraza, fuerte, como lo hiciera Gala al principio.

Mamá, eres maravillosa.

Tú también.

***

En julio, Gala propone unas vacaciones juntas en Cantabria. Diez días, grupo pequeño, ruta organizada pero flexible, con tiempo libre.

Nunca viajé sin Víctor dice Lucía.

Por eso lo propongo.

No soy de mochilas y tiendas

Son cabañas, con ducha y todo. ¿Vamos?

Lucía lo piensa tres días. Luego acepta.

Cantabria es otro mundo. Lagos que reflejan el cielo mejor de lo que es. Pinos altos y rectos, como columnas. Silencio, no vacío, sino lleno de sonidos: aves, agua, viento.

Lucía lleva sus acuarelas.

Pinta todas las mañanas, sola junto al lago, mientras los demás duermen. Sus hojas son imperfectas. Pero tienen algo real. Lo siente, sin pensarlo.

El cuarto día, sentada junto al agua, se da cuenta de algo importante.

No piensa en Víctor. En absoluto. No porque se lo haya prohibido; simplemente ya no hay nada que pensar. La historia acabó. No en rabia ni en perdón, sino en final. Como un libro que se cierra para empezar otro.

Es algo nuevo. Es bueno.

Gala se le acerca y mira por encima del hombro.

Precioso.

¿De verdad?

Sí. Lo colgaría en mi casa.

Lucía mira su papel. Lago, pinos, niebla matinal. Un poco difuso, torcido. Vivo.

Quizá lo cuelgue yo, contesta.

***

En septiembre cumple cincuenta y nueve. Celebra una cena sencilla. Vienen Gala, la vecina Irene otra amistad recién nacida y dos de sus compañeras de acuarela. Carmen conecta por videollamada: los niños gritan ¡felicidades, abuela! y agitan dibujos.

Lucía mira la pantalla llena de risas y piensa: así debe ser. No en silencio ordenado, no según el plan, sino ruidoso, un poco caótico, pero vivo.

Martín manda dinero y un mensaje corto: Felicidades, mamá. Pronto voy. Ella sonríe. Martín es siempre Martín.

Gala alza la copa.

Por Lucía, la mujer que, en un año, ha llegado a ser ella misma.

Siempre lo fui protesta Lucía.

No corrige Gala con suavidad. Ahora sí.

Lucía no discute. Quizás tiene razón.

***

En octubre cuelga en el salón su acuarela cántabra. Enmarcada. Sobre el sofá.

Antes había una reproducción grande, elegida por Víctor. Algo neutro, sin carácter. La retira con cuidado, la almacena. Luego, su lago.

De pie ante él, piensa: no es perfecto. Pero es mío. Lo he pintado yo. Lo he visto yo. Lo he sentido yo.

Y eso, tal vez, es tener valor propio. No lo bonito, sino lo tuyo.

Se queda un rato delante de la acuarela. Suena el teléfono, número desconocido.

¿Sí?

¿Lucía Gutiérrez? Soy Andrés, de la academia de idiomas. Dejó su número para avisos. Abrimos un club de conversación. Todos los miércoles por la tarde. Solo hablar, nada de gramática. Por si le interesa.

Mira su acuarela: lago azul, niebla.

Me interesa. Apúntame.

Noviembre llega, callado. Lucía sale de la academia, lleva en la bolsa un libro en francés escogido al azar, solo por intuición.

En el portal está Víctor.

No lo ve enseguida. Al acercarse, se percata. Está de pie, aparte, con el cuello del abrigo subido. Se nota que lleva esperando bastante. Nervioso.

Hola dice él.

Hola responde ella. Sin sorpresa ni miedo. Solo saluda.

Yo ¿podemos hablar?

Duda un segundo. Luego asiente:

Sube.

Ya dentro, ella deja el abrigo, lo cuelga. Ofrece té. Él rechaza. Se sienta en el sofá, observa la acuarela encima.

¿La has pintado tú?

Sí.

Bonita.

Gracias.

Él la mira en silencio. Luego comenta:

Lucía, no me ha salido bien.

Ella espera. No lo ayuda.

Cecilia titubea. Es más joven. Distinta. Pensé que necesitaba otra vida. Pero me di cuenta de que solo estaba cansado. No de ti. De mí. De mi edad. Calla un instante. Tú no preguntaste qué pasó. Nada.

No me concierne.

Quizá no. La mira a los ojos. Has cambiado. Eres distinta.

Distinta confirma ella.

No sé explicarlo. Siempre estabas no lo valoré. Pensé que siempre estarías.

Víctor dice ella, suave, sin ternura. ¿Qué esperas de esta conversación?

Él la observa largo. Baja la mirada.

No lo sé. Solo quería decirte que estaba equivocado. Que no sabía lo que tenía.

Silencio.

Fuera es otoño. El serbal del patio ha perdido las bayas, las ramas desnudas, oscuras. Pero sigue en pie. Firme.

Te escucho dice Lucía. Gracias por decirlo.

¿Y nada más?

Lucía lo observa. Ese hombre que durante veintiséis años la acompañó, ahora tan lejano.

Víctor recoge el libro francés de la mesa, lo sostiene. Leo en francés, despacio, con diccionario. Pinto. He ido a Cantabria. Voy al club de conversación. He abierto la ventana durante la noche porque me gusta. Como lo que me apetece, no lo que conviene a otros. Hace una pausa. No te guardo rencor. Me diste mucho. Casa, hijos, años. Pero también aprendí algo: que demasiado tiempo no viví mi propia vida. Eso también es parte de ti.

¿Volverás? Pregunta en voz baja, consciente de lo extraño que suena.

Lucía lo mira. Luego a la acuarela: lago azul, niebla, serbal.

Víctor, tengo cincuenta y nueve años. Por primera vez en mucho siento que vivo de veras. Pausa. Sirve el té si quieres. Pongo el hervidor.

Va a la cocina y observa el patio, el serbal pelado, la anciana de azul dando de comer a las palomas.

Detrás, solo silencio. Luego cruje el sofá. Pasos.

Víctor aparece en la puerta.

Lucía dice.

Ella se vuelve.

Solo dime una cosa. ¿Eres feliz?

El hervidor empieza a hervir. Suena ese rumor. El serbal, derecho bajo el cristal.

Estoy aprendiendo responde. Aprendo a ser feliz. Es más difícil de lo que parece. Pero aprendo.

Él la mira. Ella lo mira. Dos personas maduras en una cocina que compartieron y ahora es solo de ella.

Eso está bien dice él al fin. Muy bien, Lucía.

El hervidor hierve.

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