Su propio sitio
¡Mamá, por favor! ¿Pero qué estás haciendo? Carmen casi rompía a llorar al ver cómo su madre sacaba a empujones sus sencillas pertenencias del armario. Un vestido rojo de lunares, el favorito de Carmen, cayó al suelo y rápidamente atrajo la atención de su hermano pequeño, Javier, que sentado por el suelo, agarró la cinta del vestido y se la llevó a la boca. ¡No, Javi! ¡Dámelo!
¡Pobrecilla, que no quiere que le tire la ropa vieja! Conchita, la madre de Carmen, lanzó unos vaqueros encima del montón y cerró la puerta del armario de un golpe. ¡Venga, fuera de aquí!
¿Pero a dónde voy, mamá? ¿Quedándome en la calle, a estas horas? ¿Te has vuelto loca?
¡Hago lo que quiero! ¡Esta es mi casa y aquí no pintas nada!
¿Y yo? ¿No es mi casa también?
¡No, bonita! Aquí no tienes nada, nada tuyo. Conchita cogió en brazos a Javier y le limpió la nariz con el bajo del vestido de Carmen. Y ya me has mareado bastante. Justo cuando mi vida empieza a coger rumbo, ¿vas a jorobármela otra vez? ¡Eso sí que no!
¿Qué te estropeo, mamá? ¿El qué?
¿Quién va revoloteando cerca de Gabriel, eh? ¡Tú misma!
¡Mamá, por favor! Carmen gritó tan alto que su hermano se asustó y empezó a llorar ¿Oyes lo que dices?
¡Lo oigo perfectamente! ¡Y basta ya! ¡Quiero que en cinco minutos te hayas largado!
Conchita cerró de un portazo y Carmen se quedó parada, sin comprender de verdad lo que acababa de suceder. La habían echado de casa Su cabeza se negaba a funcionar. Las ideas le zumbaban por la cabeza, pero no lograba enfocarse en ninguna. Tras la puerta, Javier lloraba a grito pelado. Carmen quiso correr a consolarlo, era lo que siempre hacía, distraerle de cualquier manera para que dejara de llorar. El nuevo marido de su madre no soportaba los llantos del niño, ni nada que tuviera que ver con él. Carmen había crecido envuelta en el cariño de toda la familia, así que no entendía en qué se había convertido su madre. En vez de consolar al niño, se lo endosaba a ella y desaparecía.
¡Ocúpate tú! Ya eres mayorcita, así que ayuda.
¿Mayor? Hasta ayer mismo era la niña mimada de papá y mamá, y ahora se había convertido en un trozo que han cortado del pan, así la llamaba ahora su madre. En los dos últimos años todo había pasado tan rápido que Carmen no lograba seguir el ritmo de los cambios.
Primero fue la muerte de su padre. Igual de injusto que absurdo. Podía haberse salvado si al lado de aquella parada hubiese habido alguien con un poco de empatía. No llegaba a cincuenta años, bien vestido, en perfecta forma. Estuvo más de una hora tirado en el suelo y nadie se acercó; los que pasaban miraban hacia otro lado, acelerados Tal vez pensaron que estaría borracho o loco por tumbarse así en plena calle, en noviembre. Cuando finalmente alguien le tocó el hombro, ya era tarde.
Carmen recordaba perfectamente cómo lo vivió su madre. Cedió completamente, callada, ausente. Carmen lloró, quiso llegar hasta ella, pero fue imposible. Sin una lágrima, Conchita lo despidió y luego se encerró en su cuarto, olvidándose de la hija que quedaba sola.
No tenían familia, y los amigos de sus padres se habían ido disipando con el tiempo, transformados en simples conocidos. Carmen recordaba lo orgullosos que estaban sus padres de su familia pequeña y fuerte, que no necesitaban a nadie más. Ella también pensaba así y nunca le gustó que fueran visitas a casa. ¿Para qué? Si estaban bien entre ellos.
Pensó así hasta empezar primaria. Había muchas más niñas que niños en su clase y Carmencita terminó sentada junto a una niña menuda y lista, con dos trenzas negras como el azabache, tan gruesas que siempre llevaba la cabeza muy alta. Carmen no podía soportar sus bucles rubios y rebeldes, por mucho que su madre se esforzara en peinárselos, siempre terminaban enmarañados, por eso la llamaron Diente de león en el colegio.
Tardó dos días en atreverse a tocar la trenza de su compañera. Un día, Lidia así se llamaba refunfuñó tirando hacia atrás su melena:
¡Estoy harta! ¡Me las corto! Aunque mi madre me mate.
Carmen, sin pensar, acarició la trenza y susurró:
¿Pero cómo dices eso? ¡Si es precioso!
De ahí nació su amistad con Lidia. Así empezaron a llamarla Lidi en clase, fascinados todos con sus mágicas trenzas.
Lidia era la cuarta hija de la familia Jiménez, una familia enorme. Carmen era incapaz de entender quién era quién la primera vez que entró en aquella casa, que parecía una suma de varias por las ampliaciones y parches añadidos al unifamiliar de los Jiménez. El ruido era lo de menos: familias enteras, mayores, niños y bebés por todos lados. Carmen intentó comprender el árbol genealógico, pero nunca lo consiguió. Solo sabía que la madre de Lidia recibía a cualquiera con un plato caliente y cariño, siendo imposible marcharse con hambre. Las hermanas mayores mostraban a Carmen recetas y modales; incluso las peques sabían hacer masa y cocer pasteles, mientras que en casa de Carmen, su madre ni la dejaba acercarse a la cocina.
Aprendió mucho en casa de Lidia: que tener parientes y amigos no era tan malo. Más tarde descubriría que a veces hasta tus propios familiares pueden alejarse. Pero por entonces todo era alegría y asombro ante los regalos que Lidia recibía por cualquier festividad. En esa casa celebraban todo, y los niños siempre eran protagonistas.
¿Por qué tantos regalos? No es tu cumpleaños.
¿Y qué? No hay que esperar por una fecha para regalarle algo a quien quieres. Espera a Navidad, ¡verás! decía Lidia con una risa que contagiaba alegría.
A la madre de Carmen no le gustaba esa amistad y nunca hubiera permitido que su hija fuera a casa de Lidia si supiera cómo era realmente. Por suerte, Conchita trabajaba mucho y Carmen podía escaparse después del colegio: comía lo justo para no levantar sospechas y se iba enseguida, a una casa donde siempre la esperaban con cariño, merienda y calor.
Fue la familia de Lidia la que, al enterarse de la pérdida de Carmen, acudió esa tarde con dos de los hermanos mayores, ayudando con los papeles y los trámites, mientras la madre apenas salía de la habitación. Lidia intentó consolar a Carmen, y acabaron llorando juntas, hasta que la cocina se llenó de empanadillas y cosas ricas para compartir con los vecinos.
Al día siguiente, los hermanos la acompañaban a todos lados, resolviendo lo necesario, protegiéndola, aunque Conchita ni se enteraba de nada.
A la pregunta de Carmen, Lidia contestó tranquilamente:
Es lo que hay que hacer. Para nosotros no eres extraña y ya no queda ningún hombre en tu casa. Hay que ayudar.
Pocos meses después, casaron a Lidia. Carmen no podía creerlo:
¿Pero estás loca? ¿El matrimonio, y la universidad? ¿No querías ser médica?
Y lo seré, mi padre ya ha hablado con mi prometido. Lidia jugaba con el tul de su velo.
¡No lo entiendo! ¿De verdad te casas sin apenas conocerle?
Así es la costumbre. Los padres eligen y nosotras cumplimos. Y yo confío en mis padres, desean solo lo mejor para mí.
Carmen se quedó sin palabras. En la boda de Lidia casi se vino abajo, pero aguantó. Al enterarse que su amiga se iba a estudiar a Madrid, no pudo reprimir las lágrimas.
¿Y ahora yo qué hago sin ti?
Si lo pasas mal, vente. Aquí siempre habrá sitio para ti.
Por entonces, ya había llegado el dichoso Gabriel a casa de Carmen y Lidia veía con preocupación cómo Carmen intentaba retrasar todo lo posible su vuelta al hogar.
¿Por qué? ¿Tan mal se está allí?
Era difícil explicárselo. No quería contarle que el nuevo marido de su madre la acechaba en los pasillos, o como la propia Conchita, tras el nacimiento de Javier, se volvió insoportable, obligándola a cuidar al pequeño aunque tuviese que levantarse temprano. Carmen adoraba a su hermano, pero las noches sin dormir empezaban a pasarle factura; dos veces se desmayó en el hospital donde hacía prácticas, y creció la mala fama.
Al acabar, empezó a trabajar en el hospital, agradecida de que los turnos nocturnos le permitieran no volver a casa.
Después de despedir a Lidia y a su marido en la estación, Carmen volvió a casa y la discusión con su madre fue monumental, la mayor de las que recordaba. El conflicto estaba servido; Conchita ya no escuchaba a nadie.
Cuando la vecina comentó:
Conchita, ¡qué hijos tan guapos te han salido! Javier y Carmen, sí señor. Menuda novia la niña. ¿Ya tiene pretendientes? Porque nunca la he visto con nadie, siempre tan aplicada Debería pensar en buscarse la vida.
Algo se removió en Conchita tras oírlo. Esa misma tarde, Carmen recogía sus cosas pensando adónde ir. Si allí no tenía sitio, ¿dónde lo tendría? ¿Cuál era su sitio? No tenía respuesta. Tras dudar en llamar a Lidia, decidió no hacerlo para no agobiarla, que estaba embarazada y estudiando a la vez.
Dio una última vuelta a la habitación, cogió una foto de su padre y la metió en la bolsa. ¡Que le den! Ya hacía tiempo que era una extraña en su propia casa. Mejor que su madre siguiera con su nueva vida sin ella.
El televisor atronaba en la cocina y Conchita refunfuñaba, moviendo sartenes. Carmen dudó entre salir hacia la cocina o marcharse callada. ¿Qué iba a decirle a su madre? Ya estaba todo dicho. No podía perdonar lo que acababa de oír. Basta.
En la calle hacía frío aunque era un otoño extraño en Madrid, que entró de golpe, pillando a la gente desprevenida. Carmen buscó su bufanda favorita, regalo de Lidia, y la cazadora que guardaba celosamente. No volvería a casa ya, y hasta le alegró no tener que hacerlo para buscar otra prenda de abrigo.
La parada de autobús estaba casi vacía excepto por un perro callejero y algún despistado andando rápido. Carmen dejó la bolsa en el banco, metió las manos en los bolsillos y aspiró hondo.
Un coche frenó a su lado y casi dio un salto del susto.
¿Carmen?
¡Samuel!
Por poco rompía a llorar al reconocer la voz del hermano mayor de Lidia; el que les ayudó con matemáticas, con los trámites tras la muerte de su padre.
¿Qué haces aquí tan tarde? ¿Vas al hospital?
No Bueno, sí inventó rápidamente. Eso, tengo turno ahora.
No cuela, Carmen. ¿Qué pasa? ¿Por qué llevas todo eso?
Samuel la miró con tanta compasión que Carmen, sin saber cómo, se lo contó todo: lo de su madre, Gabriel, y que ahora estaba sola.
Entendido. ¡Sube! Samuel siempre fue hombre de pocas palabras, y Carmen, tras dudarlo, subió pensando que la dejaría en el hospital.
Fueron en silencio por Madrid, envuelta en el calorcito del coche, con una sensación de paz momentánea. Tal vez por saber que era un respiro antes de lo inevitable, no movió ni un músculo, atrapando ese instante.
Solo salió de su ensimismamiento cuando vio que no iban hacia el hospital.
¿Samuel, adónde vamos? ¡Mi turno empieza ya en el hospital!
¿Y piensas dormir allí?
Claro
¿Y al día siguiente? ¿A dónde piensas ir luego?
No sé
Yo sí. Así que vamos a otro sitio.
¿A dónde?
Ya lo verás.
Aparcaron en un bloque elegante en un barrio tranquilo, con verja de hierro forjado y portero automático. Samuel la guió hasta el tercer piso y tocó la puerta de un piso.
Tardaron en abrir. Carmen miraba de reojo a Samuel, pero él no decía nada. Finalmente, la puerta se abrió y una mujer enorme apareció ante sus ojos.
¡Samuel, hijo!
Hola, abuela.
A Carmen le pareció menos enorme al entrar: el vestido holgado y su altura la hacían parecer más grande de lo que era. La expresión era cálida.
¿Y tú quién eres? ¡Un momento, te recuerdo! Eres la amiga de Lidia, ¿verdad? Te vi en la boda. ¡Pasa, bonita, no te quedes ahí! ¡Aquí no eres extraña, hija!
Carmen cruzó el umbral y el calor del piso la envolvió. Por el pasillo, baldosas claras, una lámpara de lágrimas de cristal Todo era acogedor y sofisticado. Samuel le susurró algo a la señora y se despidió con un gesto.
Pero ¡Espera! pero la puerta se cerró tras él. Carmen se quedó con la abuela de Lidia.
¿Por qué te quedas ahí parada? Cuélgate el abrigo y ven. Tomamos un café, charlamos y me cuentas cómo es posible que una chica tan guapa termine en la calle a estas horas. ¿No tienes casa? ¿No tienes madre?
Creo que ya no A Carmen se le acabaron las fuerzas y se sentó en el puff de la entrada, rompiendo a llorar tan desconsoladamente que la señora se quedó inmóvil antes de abrazarla fuerte, acariciándola el cabello.
Ay, chiquitina ¿Cómo puede pasar esto? ¿Dónde mira el cielo? No llores, todo irá bien, de verdad. Lo he visto todo en la vida, y no quiero ver más cosas tristes ni dejar que te pasen a ti.
La mecía suavemente, como a una niña, suavizando las lágrimas con cariño.
Venga, ven, te prepararé un café de los buenos, el de verdad. Lo tomas y olvidas todas las penas, al menos por un rato. A veces con ese parón basta, para volver a respirar, para pensar. Vamos.
La cocina era luminosa y preciosa. Carmen bebía el café amargo, pero seguía tomando sorbitos, mientras oía con atención lo que la abuela de Lidia, doña Soledad así le pidió que la llamara, le contaba.
Llámame Sole. Me llamaban así cuando era como tú, joven y sin idea del dolor. Vivía con mis padres y hermanos, en nuestro pueblo, muy lejos de aquí. Donde están los recuerdos y las tumbas de los abuelos. Hace tanto que no voy, igual ya no volveré. Es mi tristeza, pero no es la mayor.
¿Y cuál es peor? preguntó Carmen.
La peor es que no queda tumba de mis padres ni de mi hermana mayor. No los pude enterrar.
Pero, ¿por qué?
¿Sabes lo que es un desahucio, Carmen? Ni lo quieras saber, hija. Es horrible. Es cuando vienen de fuera, te dicen que ese ya no es tu sitio, que ya ni puedes hablar tu idioma, ni tener tu memoria. Eso nos pasó. Yo lo oí escondida, desde una despensa. Mi padre la había reformado, dejó un acceso extra al patio. El día que vinieron, nos metió ahí y atascó la puerta con una cómoda enorme. Solo así nos salvó. Eso hace el amor de los padres, tenlo siempre presente. No recuerdes solo lo malo de tu madre; a veces el dolor nos convierte en alguien que no somos. La rabia ciega a las personas y buscan un refugio imposible.
Lo dice como si le hubiera pasado.
Y me pasó. Pero nunca estuve sola. Tenía a mis hermanas y mi hermano, los levanté como pude, con la ayuda de los parientes que quedaban. Nunca perdí a mis niños, todos salieron adelante. Lidia y Samuel son mis nietos políticos. También tengo nietos de mis hermanas, y bisnietos ya. ¡Pronto nacerá otro!
¿Por qué no vive con ellos entonces?
Porque sigo teniendo pesadillas, y no quiero asustar a nadie. Mejor aquí, pero voy mucho a verles. Que mis miedos no les quiten la alegría.
¿No tuvo hijos propios?
No, me dediqué a los que tenía a mi cargo.
Sole calló, y Carmen se animó a preguntar:
¿Solo por eso?
No Sole la miró fija. Eres lista, eso es bueno, pero no presumas, no conviene. No solo fue por eso.
¿Y por qué?
Porque yo amé a uno de los que un día vinieron a quitarnos nuestro sitio. Lo quise más que a nada. Habría seguido a ese hombre a donde fuera.
¿Y no la llevó?
No. Quizá quiso, pero ya era tarde. Ni siquiera supo que yo sobreviví. Nunca buscaron demasiado, lo dieron todo por perdido.
Usted es muy fuerte
No, la fuerza viene de los que nos rodean y nos sostienen. Eso es lo importante.
Creo que lo entiendo.
Ahora tu fuerza será la mía. Te transmito lo que un día recibí. Tu sitio será este hasta que llegue quien te lleve a uno propio, ¿lo entiendes? ¡Y no empieces a llorar otra vez! Ahora toca aprender: de cocina, de la casa, todo, igual que enseñé a Lidia y a mis hermanas. Que no tenga vergüenza de ti.
Sole rió grave al ver la cara de susto de Carmen.
Hace bien en temerme.
Cumplió su palabra. En dos años, Carmen aprendió a cocinar mejor que Lidia, que vino desde Madrid a probar sus empanadillas y quedó boquiabierta.
¡Te han salido mejor que a mí! ¿Qué le echaste a la carne? decía, relamiéndose.
Mucha dedicación, gracias a la abuela Sole. Si no
¡Ay, hija, no me pongas tan alto, que luego no me dejan entrar al cielo! y Sole reía, cuidando el café en el fuego.
Pero es verdad.
Carmen hasta imitaba la voz de Sole, y Lidia lloraba de risa.
¡Abuela, la has educado bien, sí señor! Te ha salido a ti.
Aún no Sole se puso seria, mirando a Carmen.
Lidia captó rápidamente la inquietud:
¿Qué sucede?
Cuéntaselo tú. Yo me voy a recostar, estoy cansada. Sole sirvió el café y salió.
¿Carmen? ¿Qué pasa?
No quería contárselo, pero viendo cómo la observaba Lidia, asintió:
Mi madre está enferma.
¿Tan mal?
Muy mal, Lidia Está en el hospital donde trabajo. Lo sé todo.
¿No has ido a verla? Lidia estaba perpleja.
No no puedo.
¡Pero Carmen! ¿No piensas que igual luego te arrepientes y ya no habrá a quién ir a ver ni a quién perdonar?
No me lo grites dijo con tristeza. Lo sé, pero Me cuesta. Aún recuerdo cómo me echó. Si Samuel no me recoge ese día, si Sole no me acoge, ¿qué sería de mí? ¿Pensó en mí mi madre cuando me cambió por ese hombre? Que por cierto, la dejó tirada en cuanto supo que estaba enferma, y a su hijo igual.
Lidia se tapó la boca:
¿Y Javi?
Acabó en un centro de acogida. A mí no me lo dan. Tengo trabajo pero no vivienda y no gano suficiente ni con extras para alquilar algo.
¿Y no puedes volver al piso de tu madre?
Me dio de baja. Sin papeles, no me dejan la custodia Lidia, no sé qué hacer Ya ni duermo. Me imagino a mi hermano solo.
Si te importara tanto, no estarías aquí sentada cortó Lidia, poniéndose en pie. ¡Vamos!
¿Dónde?
¡A ver a tu madre!
¿Para qué? Si ya está en casa, no en el hospital.
Pues a casa. No es por tu madre, es por ti y por Javi. Si nadie pensó en ti, no repitas el error. Piensa tú en él.
Al final Carmen se reconcilió con su madre. Lo hizo dos días antes de que Conchita, consumida por la enfermedad, cambiada por dentro y por fuera, pidiera perdón a su hija, que llevaba meses cuidándola y resolviendo todos los trámites, escondiendo el resentimiento, solo pensando en reunir cuanto antes a su hermano. Al mirar a los ojos a su madre, Carmen no recordó nada de aquel día en que todo se rompió, sino uno muy lejano, cuando tenía cinco o seis años. Recordó a su madre joven, en un vestido rojo de lunares, dándole cerezas en la cocina. Eran grandes, doradas y dulces como los besos de una madre. No quedó nada más, solo esa felicidad recobrada, y las palabras que salieron solas devolviéndole la paz:
Te perdono, mamá.
Y entonces, entendió la lección de Sole:
Los rencores hay que soltarlos, Carmen. Si no, te amargan la vida, no te dejan ser feliz ni ver lo bueno. Es difícil, pero más necesario para ti que para quien perdonas.
Una semana más tarde, Javier, apretando fuerte la mano de su hermana, entraría en la casa y le preguntaría:
¿Ahora sí estamos en casa?
Sí, pequeñín, sí. Ahora estamos en nuestro sitio. Éste es nuestro hogar, ¿lo ves?
Y el niño, serio, asentiría, y Carmen supo que por fin todo estaba donde debía.






