Herencia de bondad

¡Ay, Carmencita, justo a tiempo llegas! ¡No sabes el lío en el que estoy!

Carmen dejó el pesado carrito de la compra en el banco junto al portal y suspiró.

¿Qué pasa, doña Teresa?

Tranquila, Carmen, recuérdalo: mucha educación, siempre educación con las personas mayores, por muy complicadas que sean.

Y lo de complicada lo sabían todos en el barrio de Chamberí, porque Teresa Jiménez era famosa por sus maneras. Había que echarle paciencia para aguantar a esa señora, pero eso sí, siempre era impecablemente correcta, aunque te sacara de tus casillas sin perder el tono.

Querida, estás equivocada.

¡Que no soy su querida, doña Teresa!

¡Qué drama! Antes ser querida era un piropo, pero los tiempos han cambiado Lo que no cambia es que, por favor, recojas lo que ha dejado tu perro.

¿Y si no lo hago, qué?

Pues todo el barrio sabrá de ti, cielo.

Los que tomaban a la ligera esas amenazas pronto aprendían que con Teresa no se jugaba. No lo hacía con palabras, sino con hechos: a la mañana siguiente podías encontrarte tu foto pegada en todos los árboles y farolas de la zona, acompañada de un letrero: Esto no es ejemplo a seguir. Teresa llenaba Madrid de carteles impresos en casa, gracias a la impresora que un día le enseñó a manejar el vecino del tercero. El papel lo compraba en cajas, aprovechando su buena pensión y la ayuda de sus hijas. Su misión, mantener el barrio en orden, no se detenía ni ante las pequeñas multas que de vez en cuando le ponían; incluso en el juzgado ya la miraban como a una inevitable parte del paisaje urbano: un mal necesario o un bien, según se mire.

Algunos hasta la agradecieron, como cuando tras casi diez años de denuncias y discusiones consiguió que arreglaran la red de alcantarillado del barrio después de cada tormenta. Tras eso, los vecinos dejaron de verla como la típica broncas del barrio; preferían pensar en la señora Teresa como la guardiana de la convivencia, que se cruzaba contigo con sus papeles blancos bajo el brazo y te hacía recordar si habrías cometido algún pecadillo.

Doña Teresa tenía en jaque a los dueños de perros irresponsables, a las madres distraídas en la terraza del bar mientras sus hijos campaban a sus anchas, a los morosos, a los aficionados al botellón y a cualquier vecino que se saltara las reglas mínimas del buen vivir.

Claro, no todo el mundo estaba fan de su cruzada. Una noche, al volver de ver a su hermana enferma, por la calle Guzmán el Bueno, unos desalmados intentaron darle un susto. Por suerte no fue más que un susto y algunos moratones, aunque la pierna nunca le sanó del todo y desde entonces sabía si iba a llover mejor que cualquier aplicación del móvil.

¡Mira, por lo menos así siempre sé si me llevo paraguas o no! ¿No es estupendo? decía ella con su media sonrisa.

A los responsables les cazaron rápido y no les fue nada bien; en comisaría todos conocían a Teresa. Además de aprender defensa personal, se ganó la amistad de tres agentes del distrito y un detective de la Policía Nacional, a los que llamaba cuando intuía que una bronca se le iba de las manos.

Edu, cariño, me salvas la vida le decía al policía, un forzudo bigotón que, tras comprarse un piso en el mismo portal, se volvió casi familia. Y como no iba a ayudarla, si doña Teresa había logrado que la madre de Edu, la temida suegra, por fin dejara de plantarse cada día en su casa a controlar a toda la familia.

¿Tan mal le educaste, mi vida?

¿Qué dice, Teresa? ¡Si yo he sido una madre ejemplar!

No lo pongo en duda, pero vamos a ver: si su hijo está tan bien educado, ¿para qué sigue necesitándola cada día con el pañuelo en la mano?

¿El pañuelo?

¡El de los mocos! ¿No me diga que todavía se lo limpia usted? ¡Qué triste, que un hijo adulto no sepa aún ni sonarse! ¡Cuánto han cambiado los tiempos!

Y oye, mano de santo. La suegra dejó de aparecer cada día y ya todos respiraban. El agradecimiento a Teresa no cabía en el piso.

Carmen, que ya llevaba años trabajando como asistenta social por el centro, conocía bien las historias de Teresa y sus contactos. Lo que no se esperaba era encontrársela, con esos aires de emperatriz, hecha un mar de lágrimas sentada junto al portal.

¿Qué le pasa, Teresa?

Carmencita Tu otra visitada, doña Mercedes

¿Qué pasa con ella? preguntó Carmen, mirando de reojo hacia su ventana.

Ahí está Edu ahora. Mercedes ya no está

A Carmen le fallaron las piernas y casi se cae en el banco.

Vaya día aquel. Por la mañana, una fuga en las tuberías la hizo llegar tarde, sus hijos se empaparon intentando llegar al cole y para colmo había discutido a gritos con su marido, Arturo, el gran santo que ni bebe, ni fuma y la adora. Pero hombre, también ella tenía derecho a sus arranques; todo por una bombilla fundida. Una tontería, sí, ahora lo veía claro. Pero en ese momento

Quizás eran los nervios, o la edad, o el cansancio del trabajo. O simple estupidez pensó Carmen, porque al final se había hecho un mundo de nada. Y ahora Mercedes ayer mismo le había encargado pienso para sus gatos, y hoy

Carmen no pudo contenerse y rompió a llorar desconsolada.

Ay, hija, toma, un pañuelo.

El pañuelo blanco sobre las rodillas de Carmen parecía el mismo que le regaló Mercedes en Navidad.

Es para ti, Carmen. Un detallito de agradecimiento.

¡Qué maravilla! ¿Eso es bordado? ¡Mis iniciales! Es una preciosidad, Mercedes.

Es solo un pañuelo. No creas que tengo nada valioso para regalar, ya ves cómo es la pensión.

Mi abuela siempre decía que el mejor regalo es que se acuerden de una.

Qué sabia. ¿Vive, tu abuela?

No, ya quedamos solo mi marido y los niños.

Lo siento. No me malinterpretes; me alegro de que tengas familia, Carmen. Yo en cambio, ni hijos ni pareja. Y lo peor: aún con tanta familia, solo se acuerdan de mí para preguntar si no será hora de que les deje mi piso. A ver si la tía se nos va ya, bromean las malas lenguas.

¿Lo dice en serio, Mercedes?

Sí, hija. He tenido una vida llena de hermanos, sobrinos, padres siempre opinando sobre lo que debía hacer. Y así, entre que nunca les gustó con quién salía y que era demasiado independiente, aquí estoy, sola. Tenía que haberme plantado antes, pero ahora ahora me pesa. La soledad es dura, Carmen, no te imaginas cuánto. Si no fuera por mis gatos, no sé para qué viviría. Aquí, desperdiciando el aire que respiras, me soltó mi sobrina cuando le dije que no podía quedarse en mi casa.

¿Por qué no la dejaste quedarse? ¿No te habría hecho compañía?

Ay, Carmen, no es que me pidiera una habitación. ¡Me pedían el piso entero! Según la familia, ya no me hace falta, pero para la niña que va a estudiar a la Complutense es justo lo que necesita. Y yo, pues a casa de mi hermana, hasta que me ingresen en una residencia. Ya lo tienen hasta apalabrado. ¿Te lo puedes creer?

No entiendo nada. ¿Y tú qué, te vas dejando que decidan por ti?

Según ellos, ya no tengo criterio. Dicen que ya no razono Y yo los quiero, Carmen, aunque no me entiendan. El piso lo he dejado en herencia a los sobrinos, pero repartido por igual. No puedo dejarlo solo a uno, no me deja la conciencia. Pero me aterra pensar qué harán con mis gatos cuando yo falte. Los odian, lo juro. Que si en cuanto muera van al contenedor, que son un estorbo

¡Eso no va a pasar!

Ay, Carmen Si tú los conocieras

¡Ni ganas! Oye, ¿y si me los dejas a mí?

¿Mis gatos?

Claro, que sí. Mira, legalmente son bienes, ¿no? Pues déjamelos en herencia, así si pasa algo, cuidaría de ellos. Sería un legado de bondad, Mercedes, porque a esos bichillos no se les puede dejar tirados.

¡Ay, Carmen eres un ángel! Ni se me habría ocurrido. ¡Pero vaya lío para ti!

Qué lío ni qué lío, mujer. ¿No dicen que casa sin gato, vida sin trato? y le rascó la tripa a Matías, el rey felino de Mercedes, mientras Sofía, la otra minina, le mordisqueaba la manga.

Matías llevaba más de una década en casa, pero Sofía era un regalo reciente de Teresa. La recogió de la puerta del súper y, con su impagable alergia y todo, la endosó dulcemente a Mercedes. Tú sabrás qué hacer, yo me ahogo si la meto en casa, pero no podía dejarla ahí, tan chiquitina.

Te la cuido, Teresa, pero de verdad que más de dos no puedo

Te lo juro, Mercedes, es la última.

Y así, Sofía se quedó, aunque a las pocas semanas Mercedes descubrió por sorpresa el asunto: encontró una camada de mininos en su cama.

¡Hay que ver, Sofía! ¡Y yo pensando que solo te habías puesto gordita! Bueno, pues ahora tocará buscarles casa a los peques.

Déjame eso a mí, Mercedes. Tengo hueco en el jardín; ya veremos a quién se los colocamos, y si hace falta le pido un favor a Teresa, que para esto nunca me dice que no.

Y justo entonces, acordándose de los gatitos, Carmen se levantó de golpe:

¡Dios, qué hago sentada aquí! ¡Tienen que estar muertos de hambre!

Esa misma tarde Carmen se llevó su herencia felina. Edu, el policía, hasta la ayudó con el cesto.

Guárdame uno de los gatillos para mis hijos le pidió. Siempre han querido uno, pero mi madre no nos dejaba. Ahora sí, que Mercedes era de las buenas. Sus gatos no pueden ser menos.

Claro, Edu, cuando crezca el naranjita, te lo guardo.

Gracias, Carmen. Oye, ¿y quién se va a encargar de los trámites? ¿Apareció la familia?

Sí, sí, pero están demasiado ocupados, que me busque la vida, dicen.

Carmen apretó los labios, indignada.

¡Pues ya verán que sí! Pero Mercedes no se va a quedar sin un adiós como Dios manda. Lo juro por mis hijos.

Edu le sonrió y la palmoteó en el hombro:

Ahora mismo me recuerdas a alguien Calma, que yo te echo una mano.

Carmen devolvió la sonrisa y, ya más serena, volvió a casa.

El chalé, junto a la avenida Francisco Silvela, era el orgullo de la familia. Había sido levantado a mano por el abuelo de Carmen, y en esa casa habían crecido sus padres y ahora sus propios hijos. Por eso le costaba entender a los que no valoran a la familia ni cuidan a sus mayores.

En la entrada humeaba aún el último guiso de Arturo y se oían risas desde la cocina. El marido, sonriente y embadurnado de harina, salió a recibirla.

¿Qué pasa, Carmen? ¿Por qué esa carita? Ya cambié la bombilla, y de paso arreglé la llave del riego. Así tienes los tulipanes listos para el verano. No te pongas así, mujer.

¡Ya, ya no lloro! contestó, sonriendo entre lágrimas.

¿Y esto? preguntó Arturo, al tomar el cesto. ¡Uy, pesa un montón!

Son los gatos

¿¡Qué!?

Los niños no tardaron en armar escándalo cuando vieron a los gatitos asomar bajo la manta.

¡Chist! ¡Que vais a asustarles! les riñó Arturo, aunque no muy convencido.

Enseguida los gatos encontraron su sitio. Matías hasta empezó a cazar ratones en el huerto, como agradecimiento. Pero de vez en cuando se escapaba y se le podía ver, melancólico, al otro lado del patio de la que fue casa de Mercedes, maullando tristemente desde un árbol. Nadie en el barrio se quejó de los conciertos nocturnos; todos entendían que ese minino echaba de menos a su dueña.

A veces Matías volvía tarde, y Carmen, medio enfadada, le rezongaba al abrirle la puerta:

¡Menudo juerguista! ¡Mañana madrugo, sabes!

Matías se frotaba agradecido en su pierna y se iba, sigilosamente, a comprobar que todos dormían bien antes de enroscarse junto a Sofía y los gatitos.

Se despidieron de Mercedes con un funeral lleno de gente: antiguos alumnos, vecinos, compañeros de docencia Resulta que Mercedes fue profesora de física media vida y después preparaba a estudiantes para Selectividad. Todo Madrid la recordaba.

Pasaron los días, y Carmen, ahora más tranquila aunque aún vigilando el cesto y con una sospecha en el cuerpo se levantaba muchas noches a dejar entrar al gato. Se acariciaba la tripa, todavía sin contarle a su marido el secreto, y se preguntaba en voz baja:

Pronto tendré otro bebé ¿Me las apañaré después de tanto tiempo? ¿Podré con tres?

Sofía le respondía ronroneando tan fuerte que Matías, alarmado, se asomaba a ver qué pasaba, y Carmen no podía evitar reírse.

¡Qué tontería! Si tengo la casa llena de ayudantes ¡cómo no voy a poder!

Y entonces, Matías no apareció dos noches seguidas. Carmen se preocupó de verdad. Fue a casa de Mercedes y preguntó a todos los vecinos, pero nadie lo había visto.

Cariño, vete a dormir. Aparecerá le dijo Arturo.

No puedo, me inquieta este frío y si se moja ¡Ay, el gato!lo decía como si hablara de un hijo.

Tanto pensó en él, que se quedó dormida en el sillón y ni oyó cuando Matías regresó. Fue Sofía, alarmada, quien la despertó con un zarpazo en la pierna.

¡Ay! ¿Pero qué te pasa, Sofía? ¿Por qué?

Y entonces escuchó ese maullido desesperado fuera y el inconfundible olor a chamusquina.

¡Arturo! ¡Niños! ¡Que hay fuego!

La gata ya estaba en la habitación de los pequeños, mordiéndoles la manga suavemente para despertarlos.

Carmen cogió a su hijo pequeño en brazos, empujó al mayor con Arturo y recogió la cesta de los gatos mientras salía al patio.

La vecina ya había llamado a los bomberos, que llegaron enseguida y apagaron el incendio antes de que se propagase. Matías, con el pelo quemado, había sacado él solo a Sofía y su camada de la buhardilla.

¡Todo bien!informó el bombero. Dormid aquí esta noche, huele un poco, pero podéis volver. Qué suerte, despertaros a tiempo.

Gracias respondió Carmen, abrazando a la gata.

Cuando el susto pasó y los niños agradecieron a los bomberos con dibujos y abrazos, Arturo la rodeó con el brazo.

¿Ves cómo podemos con todo? Yo, tú, los niños, ¡y hasta una panda de gatos! Todo saldrá bien.

Eso espero

Ella dejó que la familia entrara, y se quedó un segundo en la escalera, mirando las estrellas.

Gracias, Mercedes, por tu bondad. Gracias de corazón.

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