Seguir viviendo
Marisa, una niña traviesa de grandes ojos oscuros y dos coletas despeinadas, correteaba por la amplia y luminosa galería del chalet familiar en las afueras de Salamanca. Sus mejillas estaban rojas por la emoción del juego, y sus carcajadas resonaban entre las paredes encaladas y las macetas de geranios. Al descubrir que el amigo de su hermano mayor se disponía a marcharse, se detuvo en seco, jadeando, y salió disparada tras él.
Ni lo pensó. Se acercó de un salto y se aferró a la mano del joven con sus pequeñas y cálidas manos. Alzó la cabeza para mirarle desde abajo con esa honestidad infantil imposible de disimular, y soltó una risa cristalina:
¡No te voy a dejar escapar nunca! ¡Cuando sea mayor, me casaré contigo! ¡Solo espérame!
El muchacho se quedó parado un instante, levantando las cejas con sorpresa, para luego dejar que una sonrisa amable y afectuosa le recorriese el rostro. Miró a aquella chiquilla con ternura y un toque de asombro. Despacio, con ese tono de broma cariñosa que usan los adultos con los niños, le respondió:
Te esperaré.
Al decirlo, le revolvió con mimo el pelo, deshaciendo aún más sus coletas rebeldes. Marisa entrecerró los ojos, pero enseguida volvió a sonreír, aún sujetando la mano del joven.
Pero mientras tanto continuó él, agachándose un poco para quedar a su altura, estudia bien y haz caso a tus padres. Así, cuando llegue el momento, serás digna de ser mi novia.
No lo decía con severidad, sino con esa calidez especial que se reserva para las palabras sinceras. Marisa, por un segundo, pareció reflexionar, como si evaluara de verdad el consejo. Luego, asintió con energía, apretándole un poco más la mano:
¡Vale! ¡Seré la mejor!
El aire olía a verano despreocupado, colmado de risas, sol y sueños inocentes. En aquel momento, todo parecía posible, los deseos tan reales como la luz que inundaba la terraza
*****
Marisa hojeaba distraída su libro de matemáticas en su habitación, mientras la tarde caía fuera lentamente sobre los tejados de Ávila. Un silencio poco habitual llenaba el piso, roto solo por el murmullo de voces graves en la habitación contigua. Inclinándose hacia la puerta, Marisa trató de descifrar la conversación de su hermano Sergio, quien hablaba emocionado por teléfono.
Al oír el nombre de Diego, el corazón de Marisa brincó en el pecho. Escuchó hablar de una cita, de una cafetería, de su sonrisa. No quedaban dudas: estaban hablando de la nueva novia de Diego.
Sin darse cuenta, Marisa saltó de su silla y se acercó sigilosamente a la puerta de la habitación de su hermano. Pegó la oreja a la madera y absorbió, palabra a palabra, aquella conversación. Sentía un pellizco en el pecho, pero intentó apartar los malos pensamientos. Igual no es lo que parece, se repetía, ansiosa.
Cuando Sergio colgó y salió al pasillo, ella se irguió de golpe, como si la hubieran pescado haciendo algo prohibido. Pero ya era tarde: su hermano la había notado.
¿Diego tiene novia nueva? soltó Marisa, sin esperar pregunta alguna. La voz le temblaba, aunque intentó sonar despreocupada.
Sergio la observó con atención y suspiró. En sus ojos no había enfado, sino más bien agotada comprensión. Sabía desde hacía tiempo lo que sentía su hermana por su amigo: cómo se iluminaba al oír su nombre, cómo miraba de reojo sus fotos en las redes sociales.
¿Otra vez con lo mismo? Sergio puso los ojos en blanco, apoyándose en el marco de la puerta. Marisa, tienes dieciséis años. Ya va siendo hora de superar ese flechazo, ¿no? Solo es una tontería de cría.
Marisa levantó la barbilla y sus ojos centellearon con obstinación. Cruzó los brazos con firmeza.
¡Para nada! negó con énfasis, haciendo que sus rizos castaños revolotearan alrededor del rostro. ¡Tú no lo entiendes! ¡Él me va a querer, ya lo verás! Esto no es de niñas. Es real.
Aunque trataba de sonar convencida, era a sí misma a quien necesitaba convencer. Recordaba miradas furtivas de Diego, sus risas, roces casuales Todo eso lo atesoraba, pieza a pieza, en su memoria.
Sergio la miraba en silencio, sabiendo que ningún argumento sería suficiente. Aquello había dejado de ser solo una fantasía infantil para Marisa hacía mucho tiempo
*****
Un rayo de sol se coló por las cortinas, llenando la sala de estar con su luz dorada. Marisa entró bailando, casi flotando. Su cara brillaba más que la propia mañana, sus ojos parecían dos luceros y la sonrisa apenas le cabía en el rostro.
Sergio tomaba tranquilamente su café leyendo las noticias en la tableta, pero no tuvo tiempo de reaccionar.
¡Me ha pedido salir! gritó Marisa, desbordada de emoción. Sus manos se crisparon, temblorosas de alegría. ¡Me ha regalado una cajita preciosa por mi cumpleaños, con mi nombre grabado, y me dijo que ahora que ya soy mayor de edad podía confesarse conmigo! Diego me quiere.
Reía como si flotara, y mientras una y otra vez se tocaba el pelo. La felicidad era contagiosa, llenando el aire de una ligereza eléctrica.
Sergio dejó la tableta a un lado y sonrió de verdad. Llevaba tiempo esperando ese instante, no solo por Marisa, sino también por Diego, que no paraba de preguntar por ella, por sus gustos, por qué flores le gustaban o cómo lo pasaba los fines de semana.
Es preciosa le oía repetir a Diego una y otra vez. Y lista, y buena Ojalá cumpla ya los dieciocho. ¿No te importa si estamos juntos, no?
Sergio siempre respondía igual: Si ella es feliz, yo también. Sabía que Diego era de fiar. Y al ver a su hermana tan radiante, sentía la confianza de que no podría haber elegido mejor.
Enhorabuena, hermanita dijo, abrazándola. Me alegro de corazón, de verdad.
Marisa se acurrucó agradecida en el abrazo de su hermano, sin poder creerse aún su buena suerte. Fuera, en la ventana, el viejo gato de la familia Golfo, de pelaje gris y ojos intensos dormitaba perezoso, como agradeciendo también la felicidad que flotaba en la casa
*****
Se sentó en el frío banco de un pasillo de hospital de Valladolid. Las paredes, pintadas de un beige deslavado, y la luz grisácea que entraba por el ventanal parecían apagar todo color, todo calor. Marisa miraba al frente, pero su vista no se posaba en nada visible: veía recuerdos, escenas suspendidas, no el linóleo gastado ni a los médicos apresurados.
Sus manos, inertes sobre las piernas, y la ropa arrugada acentuaban aún más su vacío. Había discutido hacía unas horas con Diego sobre detalles de la boda, sobre el tipo de lazos para decorar el salón; él había bromeado, le había asegurado que todo sería perfecto Y todo terminó en unos instantes, de la forma más absurda: un conductor imprudente, un choque múltiple, tres vidas que se apagaron en un suspiro. De Diego, solo quedaban recuerdos y ninguna esperanza de futuro.
Unos pasos interrumpieron el silencio. Sergio apareció al doblar la esquina, pálido y con los ojos enrojecidos por el llanto. Se agachó junto a ella, y le rodeó los hombros con un abrazo tembloroso. Su voz era un susurro, como si temiera romper un delicado equilibrio:
¿Marisa? Habla conmigo, por favor.
Ella giró la cabeza muy despacio. Sus ojos estaban secos, pero dolían más que si llorasen. No miraba a su hermano, sino a algún sitio más allá, donde nadie podía alcanzarla.
¿De qué quieres que hable? dijo, sin vida en el tono, como si pronunciase palabras que no le pertenecían.
Sergio tragó saliva, intentando escoger palabras que no fuesen puñales.
De lo que sea. Cuéntame lo que sientes. Llora, grita pero no te lo guardes. Por favor.
Pero Marisa negó en silencio. Sus labios temblaron, pero ni una lágrima asomó.
No puedo susurró finalmente. No tengo lágrimas. Y tampoco ganas de seguir.
Sus palabras eran pesadas, casi letales. Sergio cerró los ojos, luchando contra el propio derrumbe. Sabía que tenía que ser fuerte, que ahora era más importante que nunca estar allí.
Desde aquel momento, Marisa dejó de responder. Se quedaba sentada, inmóvil, la mirada fija en la nada, imperturbable al paso de médicos o familiares. La desconexión era total: ni el roce de una mano, ni la voz que la llamaba, lograban arrancarla de su estado. Solo la intervención de una enfermera, que le administró un calmante, consiguió sumirla en un sueño profundo y confuso.
Despertó en su cuarto de siempre, en la nueva casa de Valladolid. Reconoció el dibujo de la colcha, la estantería de novelas, la foto de Diego en el marco. Todo era familiar, pero también extraño: como si fuera un lugar al que había pertenecido en otra vida.
Vio a Sergio en el sofá, junto a su madre, llegada de urgencia desde Madrid. Los dos, ojerosos y cariacontecidos, susurraban preocupados:
Me da miedo pensar qué va a ser de ella dijo Sergio, sin atreverse a elevar la voz. Desde pequeña nada más ha estado pendiente de Diego Ahora no le queda nada.
El tiempo lo curará intentó asegurar la madre, aunque ni ella creía sus palabras. Nosotros la cuidaremos.
Marisa escuchaba, pero no podía contestar. Lo único en su pecho era vacío, una ausencia brutal de alegría y de ganas. Cerró los ojos, fingiendo seguir dormida porque no sabía cómo responder a tanta ternura.
Sergio permaneció un rato más a su lado antes de irse. La madre quedó sentada, acariciándole la mano con cuidado, como queriendo pasarle un poco de esas fuerzas que a ella también le faltaban.
*****
Nueve días Cuarenta días El tiempo se arrastraba como savia pegajosa, inmovilizando cada gesto. Marisa pasaba horas sentada en el alféizar de la ventana, las piernas recogidas, la vista perdida en el extremo del patio.
Allí, bajo el gran castaño, aún quedaba la vieja banca donde Diego le había pedido matrimonio, nervioso y torpe bajo la tarde templada de septiembre. Recordaba sus palabras, su temblor, la risa con la que ella le cortó para decirle que sí.
Ahora aquel banco parecía ajeno, los árboles, despojados, hacían el jardín desolado. Había pasado el otoño, había venido el frío, pero Marisa lo sentía todo igual: el tiempo se había detenido.
Marisa, ¿quieres comer algo? la voz suave de la madre rompió el silencio.
Se acercó y le tocó el hombro, manos frías, el rostro tan angustiado como tierno. Marisa no respondió.
Tienes que comer insistió ella, con un hilo de firmeza. No puedes seguir así.
¿Para qué? Marisa por fin la miró, pero sus ojos no reflejaban nada. No tengo que hacerlo por nadie.
La madre se quedó clavada, herida por la indiferencia de la frase. Suspendió la lucha y salió de la habitación. En el pasillo, Sergio esperaba, con la preocupación pintada en el rostro.
Hablé con la médica susurró la madre, retorciéndose la bata entre los dedos. Necesitamos ayuda profesional.
Sergio solo asintió. Ver así a su hermana era insoportable. Marcó el teléfono con manos temblorosas.
Llamaré a la doctora Pérez. Dijo que en caso de empeoramiento, nos ayudaría.
La madre solo asintió. Tras la puerta, Marisa seguía sentada, parte misma del marco y de la melancolía del cuarto.
Aquella noche, después de mucho tiempo, Marisa logró levantarse del alféizar y se tumbó en la cama, agotada. La casa estaba en silencio. Buscó el sueño, deseando que, al menos esa vez, le concediera descanso.
Soñó con Diego. Apareció tal y como era: sonrisa cálida, su vieja sudadera gris. Pero esta vez su rostro era serio, casi áspero.
Marisa dijo con voz clara, tan real que la sobresaltó. ¿Qué haces contigo misma?
Intentó responderle, pero las palabras no salían. Él continuó, acercándose:
¿Te has visto? Te estás abandonando. No puedes hacerte esto.
No sé vivir sin ti sollozó Marisa.
Sí puedes afirmó Diego. Eres fuerte. Siempre lo has sido. Tienes que seguir, Marisa. Tienes que vivir.
Avanzó un paso más, y por un instante, su mano pareció posar calor en la mejilla de ella.
Te quedan muchas cosas por delante Días buenos, días malos Así es la vida. Pero tú sigue. Yo estaré contigo, siempre. Solo mírame entre las estrellas. Si lo necesitas, llámame. Te ayudaré.
Marisa trató de abrazarlo, pero su imagen empezó a disolverse.
¡No te vayas! gritó, extendiendo los brazos. ¡Por favor!
La última palabra se deshizo entre susurros:
Vive, Marisa. Prométemelo.
Ella se despertó sobresaltada, la almohada empapada en lágrimas. El pecho le dolía; la habitación era la misma, pero algo había cambiado.
Lanzó un grito desgarrado que rompió la noche. Al instante entraron la madre y Sergio.
¿Qué te pasa, Marisita? la madre se le echó encima, buscando su rostro.
¿Dónde te duele? Sergio miraba descolocado, buscando una explicación.
Ella solo podía llorar, encogida por la angustia, oyendo la voz firme y amorosa de Diego en algún rincón de su mente: Promételo.
Y entre sollozos, finalmente, susurró:
Lo prometo
Su madre la abrazó fuerte y Sergio le puso una mano en el hombro. Nadie dijo nada más; bastaba con estar ahí. Marisa, aferrada a ellos, no sabía cómo seguir. ¿Cómo vivir, respirar, comer, sonreír sin él? Pero por primera vez, en el fondo, le nacía un pensamiento tenue: si él creía en ella, si le había pedido vivir, tenía que intentarlo.
Aunque solo fuera por él.
*****
En una tarde lluviosa, la familia se reunió en el salón, el aire cargado de pena y esperanza. Los vasos de té, olvidados y fríos. Había que tomar una decisión.
Creo que lo mejor es cambiar de ciudad dijo Sergio con seriedad mirando a Marisa. Aquí cada rincón le hace daño. Cada paso es un recuerdo.
Marisa, enroscada en el sillón, no discutió. Su mirada seguía la lluvia resbalando en los cristales, borrando el perfil de la vieja iglesia. Su rostro había dejado la expresión ausente, pero aún no mostraba luz.
Un nuevo lugar te hará bien añadió la madre. Gente nueva, otros ambientes. Un comienzo.
Marisa giró ligeramente la cabeza, la voz apenas audible pero menos inerte:
¿Dónde vamos?
A Valladolid explicó Sergio. Tengo un amigo que me ayudará con el trabajo. Alquilaremos un piso y ya veremos.
Encontraremos también un instituto para ti aseguró la madre. Lo acomodaremos todo. Lo importante eres tú.
Marisa recordó fugazmente momentos pasados: risas con Diego en la plaza, paseos por calles estrechas, flores en la escuela. Cada esquina tenía un pedacito de historia. Y dolía.
Vale aceptó finalmente. Vámonos.
Costó pronunciarlo. Era una mezcla de derrota y esperanza. Pero era una elección.
Los días siguientes pasaron entre cajas abiertas, despedidas y silencios compartidos. Marisa revisaba sus cosas lentamente, deteniéndose en cada objeto que evocaba a Diego: un llavero, una fotografía, una entrada de cine. Los guardaba o los soltaba, despidiéndose en silencio.
Al marcharse, salió al balcón. Miró por última vez las calles donde había crecido. El dolor volvió, pero esta vez no lo dejó arrastrarla. Puedo hacerlo, pensó. Debo hacerlo.
Valladolid los recibió con cielos grises y bullicio. El piso era luminoso. Marisa se pasaba rato en la ventana, contemplando rostros desconocidos, coches que pasaban rápido, otras vidas que le daban la oportunidad de empezar de cero. No había historia allí: solo presente y futuro.
Las primeras semanas fueron intensas. Marisa se sentía ajena. Echaba de menos su ciudad, a sus amigas, todo lo que le resultaba seguro. A veces soñaba con Diego. Se despertaba entre lágrimas y nostalgia, pero poco a poco, detalles pequeños los tulipanes que brotaban en el parque, la camarera amable del café, la costumbre de ayudar a su madre con la cena fueron abriéndose paso.
No olvidó a Diego, ni lo haría jamás. Vivir no suponía traicionarle, sino honrar su última promesa. Asistía a sus clases, paseaba con su hermano, recogía los días uno a uno.
Sabía, muy dentro de sí, que él seguía cuidando de ella.
Y se sentía orgullosa.
Porque seguía en pie.
Porque seguía viviendo.
Al final, Marisa comprendió que la vida, aunque duela, siempre merece ser vivida. Y que, para honrar el amor, lo mejor que podemos hacer es mirar hacia adelante y atreverse a seguir.





