Escándalo en una ilustre familia

¡Esto es el final! dijo Lidia Segura, secándose con delicadeza las comisuras de los ojos con un pañuelo blanco de hilo, mientras lanzaba un suspiro tan dramático que su marido, Ignacio Serrano, se revolvió, sobresaltado.

Lidi, ¿te has echado las gotitas?

¡Deja en paz tus dichosas gotitas, Nacho! ¿Tú no te das cuenta? ¡Es una vergüenza! ¡Vergüenza! ¡Toda la familia estamos en ridículo! ¡Mírala! ¡Si ni siquiera se arrepiente!

La única heredera del clan de los Verdugo tampoco tenía pinta de penitente desarbolada. Ni lágrimas, ni cabeza entre las manos, ni aspavientos de mártir. Nada.

Elisa Verdugo comía cerezas, la mar de tranquila, estirando sus largas piernas de auténtico escándalo sobre la barandilla del porche. Las mismas piernas que, según su madre, eran idénticas a las de la abuela, famosa primera bailarina del Teatro Real de Madrid. Elisa cogía una cereza del enorme plato de cerámica pintada que había en la mesa, la saboreaba y luego, apuntando con gracia, lanzaba el hueso hacia los setos. Cada vez que lo hacía, su madre sentía el alma retorcerséle.

¡Elisa! ¡Basta ya! ¿Se puede saber qué te crees tú? ¡Esto es muy serio! ¡Y tú ahí tan fresca!

Lidia Segura agitó las manos con rabia y se fue corriendo a buscar sus “gotitas”.

Elisa, hija, ¿hablas en serio? preguntó Ignacio, mirando a su hija con raya de esperanza en la voz antes de ir tras su mujer.

Que sí, papá, en serio. Y, por favor, transmítele a mamá que cualquier intento de que esto siga adelante está condenado. No me voy a casar con Martín. Ni lo sueñes.

¡Le vas a partir el corazón!

No dramatices, papá.

¿No lo podrías pensar?

No. Ya se lo he dicho hoy. Lo hemos hablado. Si no te ha quedado claro a la primera, te lo repito: no habrá boda.

Ay, madre mía

De repente unos lloriqueos desde el salón hicieron que Ignacio saliera disparado a socorrer a su esposa, mientras Elisa se encogía de hombros y cogía otra cereza.

¿Qué le voy a decir yo ahora a todos? ¡Esto es horroroso! ¡El restaurante reservado y las invitaciones ya enviadas!

Mamá, yo no te pedí que las enviaras canturreó Elisa sin elevar la voz. Lo decidiste tú solita, ahora apáñatelas tú.

¡Eso es muy cruel, hija! ¡Yo sólo quería lo mejor!

Y mira como siempre, mamá. Yo con mi vida tengo otros planes, qué le vamos a hacer.

¡Elisa! la voz de Lidia Segura se quebró y volvió a llorar. ¿Pero tú de qué vas?

De momento, nada del otro mundo Elisa se levantó, recogió las tazas de té frías y, esquivando a su madre, se fue a la cocina. Sé ya todo lo que vas a decirme. Puedo fregar tres tazas, incluso sin romperlas.

Lidia dejó el pañuelo a un lado y murmuró fastidiada a su marido:

¡Es igualica que tu madre! ¡Hasta el tonillo! ¡Dios mío, qué castigo!

La legendaria Regina de la Vega, suegra de Lidia, nunca fue santo de su devoción desde el primer día. Lidia, que ya no era una jovencita, se creía sobrada de experiencia, por lo que pensaba que su suegra debía respetarla. Pero Regina, que ni se enteró de semejante expectativa, no varió un ápice su trato solo porque llegara Lidia a la familia.

Lidia querida ¿qué perfume llevaaaaas? le susurraba casi tapándose la nariz disimuladamente al pasar junto a ella.

¡Son mis colonias nuevas! ¿No le gustan?

No están mal respondía Regina, frunciendo el ceño, pero no hace falta vaciarse el frasco de golpe. Con una gotita, ya vas sobrada.

Lidia, que efectivamente no tenía mesura, hacía un puchero y se resignaba.

¿Por qué me tiene tanta manía? lloriqueaba a su marido. ¿Qué le he hecho yo?

Lidia, es su forma con todo el mundo, es su carácter.

Pues que lo cambie, ¡o me conoce! Y no me llames “querida”, lo odio.

Eso sí, la señora Regina no tenía intención de cambiar nada, y sus comentarios punzantes desesperaban a Lidia, provocando más de una discusión marital y un cierto distanciamiento entre Ignacio y su madre, todo hasta el día en que, en el Teatro, le soltaron a Lidia:

¡Pero, Lidia, te has vuelto una señora de verdad! Mira lo que es aprender de Regina de la Vega ¡Un referente! Qué gusto y clase ¡Es una suerte que haya generado una copia tan encantadora!

A Lidia no le gustó lo de la comparación, pero el piropo ah, eso sí. Es que Regina era todo un icono de elegancia. Ella supo callarse. Era lista y sacaba buenas conclusiones, aunque a veces con recelo hacia algunos.

A Regina Lidia le mantuvo siempre la distancia, pero tras nacer Elisa, olvidó viejos rencores. Regina adoraba a la nieta y se daban un lote de horas juntas, siempre que los padres lo permitían.

En esa familia tan ilustre donde todos eran artistas de una u otra manera, menos Lidia, que era dentista, reinaba paz y sosiego. Elisa crecía entre mimos de la abuela y el padre; la madre, estricta, pero soñando con que la vida de su hija fuese mucho mejor que la suya.

De su pasado, Lidia nunca contó demasiado, ni siquiera a Ignacio. Le había explicado lo justo, y él, que también era listo, jamás volvió a sacar el tema. Ella le estaría siempre agradecida: decidió romper completamente con sus recuerdos y vivir en el presente.

De su propia madre Lidia no quería saber nada. Los motivos eran demasiado graves y revolver en el pasado solo le causaba dolor. En un medallón que nunca se quitaba, guardaba la foto de un niño risueño de rizos dorados Era su Pablo. Su hijo apenas tenía dos años cuando su abuela la madre de Lidia lo perdió de vista un momento porque fue a la frutería a por leche, en plena ola de calor veraniega, las ventanas abiertas, la cuna junto a la corriente

Perder a su hijo casi acabó con Lidia: dejó de comer, de dormir, de vivir prácticamente Se maldecía por no haberse tomado el año sabático y seguir en la facultad. Aquel día tenía examen y, al volver a casa, supo que su vida se había acabado antes de empezar.

Con su primer marido, que estaba de campaña en África y ni siquiera llegó a tiempo de despedirse del hijo, Lidia se divorció casi de inmediato. Solo estaban juntos desde hacía tres años, pero en el fondo sabía hacía tiempo que ni un hijo repararía lo suyo. El divorcio, cuestión de tiempo.

Terminado el papeleo, metió cuatro cosas en una maleta y se marchó de Madrid, para no volver nunca. Desde el día en que dejó de ser madre, se sentía una anciana. Como si toda la pena del mundo la hubiera atravesado, arrasando con todo lo vivo, dejando solo ceniza.

O eso creía Hasta que apareció Ignacio.

Fue a la consulta como paciente, con un flemón de órdago.

¿Hace mucho que está así?

Una semana aguantando

¡De verdad, como un crío! ¡Ya te vale! Lidia resopló.

Tiene razón No me entero de nada respondió Ignacio a través del dolor, con una sonrisa.

Y esa media sonrisa tenía algo extraño: Lidia se quedó muda y hasta se equivocó de instrumental, cosa inédita en la clínica. Avergonzada, se puso como un tomate y él hasta apartó la mirada para no incomodarla.

Lidia trabajó en silencio, muy centrada, pero, por primera vez desde lo de Pablo, sus manos dejaron de estar tan tiesas y pesadas.

Más de un año estuvo Ignacio acompañándola tras el trabajo, casi sin hablar, entendiéndose a gestos y miradas. Cuando Ignacio le propuso casarse, Lidia dudó.

Estoy tan a gusto contigo Pero no sé si podría hacerte feliz.

¿Qué te hace dudar?

No quiero hijos.

¿Por?

Algún día te lo contaré, sin detalles, ¿vale? Y si después de mi historia no vuelves por aquí mañana, lo entenderé. Piénsalo tú. Hasta pregunta a tu madre, que la tienes en un pedestal. Pídele consejo, si quieres.

Por supuesto, Ignacio no preguntó nada a su madre. Ya tenía la edad y Regina nunca se metía en las decisiones de su hijo, por más que se la notara traviesa. De hecho, solo con Lidia llegó a implicarse un poco, pero mucho después. Siempre decía de broma que, desde que se jubiló del ballet, estaba insoportable y que la nuera le sufría igual que los chistes tradicionales. Aunque eso era puro flirteo, porque Regina, como muchas en su gremio, se jubiló joven y ya le había dado tiempo a casarse y divorciarse dos veces antes siquiera de saber que Ignacio tenía novia.

Al final, Ignacio sí le contó todo a su madre: Regina se encendió un pitillo y, mientras tiraba la ceniza en una tacita minúscula de porcelana, escuchó sin interrumpir. Al terminar el relato de Ignacio, suspiró hondo, dejó la taza de lado y le preguntó:

¿La quieres?

Sí.

Entonces, ¿de qué dudas? Amar de verdad es un lujo que a muy pocos les toca. El precio, siempre será poco. ¿Entiendes? Y además, un tesoro, si vale la pena, pesa mucho. A veces tanto, que uno cree no poder con él. Pero puedes, hijo, ya lo verás. Si le das el valor que merece.

¿Tú crees?

No lo creo. Lo sé.

Y así terminó la charla. Ignacio llevó a Lidia a conocer a Regina, que la besó en la mejilla y se la llevó directamente a su modista. Luego abrió una caja heredada del bisabuelo de Ignacio:

Aquí está el joyero de los Verdugo. Toma, Lidia.

¡Por favor, que no hace falta…!

Claro que hace falta. Eres una de la familia y tendrás que ponértelas, a no ser que quieras que me dé un mal. Elige tú; eso sí, recuerda que son joyas de verdad, no baratijas.

¿Cómo lo hago?

Decía mi abuela que a los mercados no se va en brillantes, salvo que estés en Cádiz. Allí tienes que lucirte para dar envidia a las marchantas y que te bajen el precio.

Lidia acabó riéndose, sorprendida de reconocerse así. Regina la guiaba, a veces Lidia se mosqueaba por dentro, pero le agradecía mucho todo lo que hacía por ella.

Cuando se enteró de que estaba embarazada, la primera en saberlo fue Regina:

Lidia, estás un poco verdosa ¿Qué pasa?

Acabaron en el baño, donde Lidia lloriqueó hasta que Regina comprendió.

Tienes que poner a Sofía. Ella es excepcional. ¿Te da miedo?

No sé si podré

Lidia, te diré esto solo una vez: no seas tonta. Da gracias a la vida y ponte en marcha. Y recuerda, mientras yo pueda, aquí estaré. ¿Lo entiendes?

…Gracias

Deja los agradecimientos para cuando sea yo la vieja cascarrabias que te saque de quicio. Entonces, acuérdate y me lo repites, ¿vale?

Vale

Y así fue: nació Elisa Verdugo, sana y ruidosa. Regina la recibió en la clínica, levantó la tapita del moisés, soltó una carcajada:

¡Obra de orfebrería! ¡Bravo, Lidia!

Regina cumplió: venía a casa, dejaba tirado el abrigo de piel en la entrada, cogía un barreño de agua, sacaba jabón Lagarto que según ella era mejor que cualquier detergente y se ponía a lavar las gasas. Luego bañaba a la niña y le besaba los piececitos murmurando:

¡Mi tesorito! ¡Mi reina! ¡Siempre sanita!

Las peleas y los enfados quedaron en el olvido.

Lidia tuvo, al fin, todo lo que ansiaba de verdad: familia, casa, cierta tranquilidad.

Eso sí, a su Pablo no lo olvidó jamás. Dos veces al año Ignacio la llevaba a Castilla-La Mancha, pero Lidia nunca cruzó a la ciudad ni visitó a su madre. Se alojaban en una posada a las afueras y Lidia deseaba salir de allí cuanto antes.

Así fue durante años, hasta que Elisa cumplió diez y Lidia recibió una carta de su madre.

Solo Regina supo lo que decía aquella carta: Lidia se la enseñó buscando consejo.

Vete a verla. No la vas a olvidar y quizá tampoco la perdones. Pero es tu madre. Recuerda lo bueno de tu infancia. Habla con esa madre, la de antes de la desgracia. Piensa que todos nos equivocamos, hasta tú. No te pido que perdones, eso es asunto tuyo. Pero sé que eres tú, no ella, quien necesita ese encuentro. Si no, te pasarás la vida con miedo y culpa, y eso no es bueno ni para ti ni para Elisa. Decidas lo que decidas, aquí estoy. Piénsalo.

Al día siguiente, Lidia se despidió de su marido, dejó a Elisa con Regina y volvió a su pueblo natal.

La conversación fue breve: su madre la apretó la mano y susurró un “perdóname” antes de volver a dormirse para siempre.

Lidia volvió a Madrid a los pocos días. Regina, al darle a la niña, le hizo un gesto de aprobación:

Bien hecho. Lo has hecho bien.

Y parecía que ya, por fin, llegaba la calma. La familia reunida, todo en su lugar. Pero Lidia no conseguía sentirse en paz; algo de lo que le había hablado Regina se le había quedado pegado por dentro como una telaraña densa.

Un miedo irracional, extraño y poderoso, que incluso hizo que Ignacio se preocupara:

Lidi, vives demasiado pendiente de Elisa. Ya no es una niña pequeña; necesita amigas y sus cosas. No podemos ser solo sus padres y su abuela.

No entiendo lo que quieres respondía Lidia, nerviosa.

Te pido que le des más libertad. No soporto tanto control.

¡Mira tú! ¡Y lo dices tú! ¿Es que te da igual lo que le pase a tu hija?

¡Claro que no! Pero Lidia, por favor

¡No lo ves! Es una chica le puede pasar de todo. Yo no soportaría otra pérdida así. ¡No lo superaría!

¿Por qué piensas que va a pasar algo tan terrible?

¡Porque puede pasar cualquier cosa en cualquier momento! ¿Y luego qué? ¿Llorar, volverte loca? ¿Eso a quién ayuda?

Ignacio solo podía alzar los brazos. Amaba a su mujer, pero el miedo de Lidia envenenaba a toda la familia.

Regina volvió a ser la clave:

Meted a Elisa en clases de baile de salón.

¿Pero mamá? ¡Si ya no tiene ni tiempo de respirar, entre talleres y clases particulares!

Nada, fuera todo. Baile. De pareja.

¿Tan importante es?

Sí.

Vale, lo intento.

Y así Elisa estrenó actividad nueva. Y conoció a Martín.

Un chaval rellenito, torpón, al que llevó su abuela a la academia de baile, y a quien pusieron en pareja con la recién llegada.

A ver si se apañan decían las profesoras, sin imaginarse que Elisa no era de las que se quedaban de adorno en un rincón.

Tres años después, Martín y Elisa ganaron su primer trofeo y, tras un par más, eran habituales de los campeonatos regionales.

Martín, que se había estirado y espabilado, ya no parecía un oso torpe, sino un tipo alto y guapo que miraba a su compañera con aire protector. Y corría el rumor de que, además de pareja de baile, había algo más

Elisa sonreía misteriosa sin confirmarlo ni desmentirlo, ni sospechaba que su madre ya le había organizado la vida entera.

Se enteró de las intenciones de su madre tras la selectividad.

Ya lo tengo claro. Haré Medicina.

Elisa, que nunca tuvo problemas con los estudios, se tomó su tiempo antes de decidir.

Pero hija, ¡nosotros pensábamos que tenías otros planes! sonrió Lidia, aunque con una expresión tan rara que Elisa, por dentro, se puso tensa.

¿Qué planes? ¿Te he dicho yo algo?

No, claro. ¡A ti nunca te sacamos una palabra! Pero ya he hablado con Martín y sus padres.

¿Y?

Tenemos tres meses. ¡Una boda en otoño es lo más bonito! Ya hablaré con la abuela Regina para que lo organicemos en un sitio especial, que contactos tiene los que quieras.

¿Boda? frunció los ojos Elisa. ¿Quién se casa, exactamente? ¿Martín?

¡Ay, hija! ¡Claro! ¡Seríais una pareja ideal en la pista y en la vida! ¿No te parece perfecto?

Ah, y por supuesto, preguntar mi opinión, ni se te ocurre, ¿no?

Pensé que estaba decidido, cielo.

¡No me llames cielo! espetó Elisa.

Cogió el bolso y salió pitando, ignorando los gritos de su madre. Por la noche, Lidia supo que Elisa había decidido instalarse unos días con Regina.

Regina fue escueta:

¿Y qué esperabas? ¿Que tu hija es un maniquí para vestir de novia y colocar junto al altar? ¡Vamos, Lidia! Siempre has sido lista, ¡no te reconozco!

¡Y me da igual! ¡Es mi hija y quiero que sea feliz! ¡Martín la adora!

¿Y ella? se rió Regina. ¿O es que su opinión no cuenta?

¡Yo sé mejor que nadie lo que le conviene! ¡Ella no sabe lo que quiere todavía!

Pues sí que sabe. Elisa quiere ser cirujana. Y me parece de lo más admirable. ¿Qué tiene de malo?

¡Todo! Que estudie si quiere, pero primero ¡que se case! Así yo podré estar tranquila.

¿Y eso en qué te tranquiliza? ¿Me lo explicas?

¿No lo ves? Tendrá a su lado un hombre bueno. Un apoyo. Y desde que bailan juntos, yo duermo mejor: ese chico tiene buenos sentimientos y hará lo que sea por ella.

Entiendo tu miedo, pero no entiendo meterla en una jaula. Ese matrimonio sería una jaula, aunque reluciente. Porque no es su elección, sino la tuya. Y tú lo sabes.

No hay nada que discutir. Habrá boda.

Claro, claro Regina se rió. No sabes ni la décima parte de cómo es tu hija.

Y Elisa demostró de qué pasta estaba hecha. Después de la charla en el porche recogió sus cosas y se fue con la abuela. Lidia se sintió terriblemente herida y dejó de contestar sus llamadas; ni siquiera fue a ver a Elisa cuando esta aprobó el examen de acceso a la universidad y consiguió la plaza que quería: se enteró por su marido.

Lidia, ya está bien, ¿no crees? ¿Prefieres estar llorando por las noches achuchando su almohada antes que abrazar a tu hija, viva y sana? ¿No lo ves? ¿No es hora ya de reconciliaros? Elisa ayer preguntó por ti; también le importa lo que te pase.

¡Ah, seguro! ¡Ahora me dirás que encima se preocupa!

Por primera vez, Ignacio le alzó la voz:

¡Basta! ¡Ella es parte de ti! ¡La deseaste! ¿Qué ha cambiado para que ahora le des la espalda con tanto egoísmo?

¡Yo tampoco lo sé! Lidia rompió a llorar. No sé cómo arreglarlo Me ahogo sin ella. Es como si todo fuera oscuro, como cuando perdí a Pablo

¡Lidia, basta! Ignacio la sacudió por los hombros. ¡Elisa está viva! ¡Y espera! Vístete, que te llevo a verla. Y deja ya de pensar que puedes controlarlo todo. Deja que viva, deja de hacerla tu rosa de cristal, tan frágil que no la puedes ni tocar.

Fuese por el tono del marido o por las palabras, Lidia lo hizo. Fueron a casa de Regina y madre e hija se encerraron a hablar. Nadie supo nunca qué se dijeron, pero por los ojos hinchados y los abrazos, Ignacio intuyó que habían hecho las paces.

Pero el destino aún guardaba una última sorpresa para la familia. Cuando parecía que todo encajaba y cada pieza ocupaba su sitio, un buen día, mientras Elisa seguía su camino de manera decidida hacia sus sueños, algo inesperado ocurrió y hasta la misma Regina se quedó sin palabras.

Elisa Serrano, han traído un caso de apendicitis, urgente.

Vale bueno, en fin ¡Voy!

Elisa apuró el café, se estiró y fue al quirófano a pesar de casi acabar su turno. ¡Todo suma experiencia!

¿Tú?

Sí Martín sonrió y frunció la cara de dolor.

Bueno, ¿confías en mí o qué?

¿En ti? ¡Claro!

¿Así, sin dudas, ni testamento, ni drama?

Ay, Elisa, qué tonta eres

Más de lo que parezco

Tres años después, Elisa empujaba la cancela de la casa familiar y hacía correr a su hijo pequeño por el camino de piedra.

¡Venga, corre a donde está la abuela! Mamá, ¡cógelo tú!

El pequeño Pablo chillaba y se tiraba a los brazos de Lidia, que lo abrazaba radiante.

¡Mi vida! ¡Qué ganas de verte!

¡Mamá, hola! ¿Y la abuela Regina?

¡Pues dónde va a estar! Lidia reía. ¡De viaje por la Costa Brava! Está con otro romance.

¡Vaya abuela! ¿Y quién es el afortunado?

Yo qué sé ¿Pintor? ¿Escultor? O algo por el estilo. Ya te lo contará todo ella cuando vuelva. ¿Y Martín?

Está aparcando el coche.

Genial, la carne casi hecha y papá sacando la tarta del horno. Así que, id lavando las manos y sentaos. Yo acuesto a Pablo y voy.

Ya ¡Te vas a quedar con él cantándole nanas, que te conozco!

¿Y eso es malo? Lidia sonrió, besando a su nieto.

Eso es maravilloso, mamá.

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