Fallo del sistema

Error del sistema

¿Celia, estás en casa?

Álvaro, los domingos por la mañana siempre estoy en casa. Lo sabes.

Pues ábreme.

Celia miró por la mirilla unos segundos. Su hermano estaba en el rellano, chaqueta desabrochada y dos bolsas grandes a sus pies, con una expresión de haber perdido algo importante. Detrás de él se adivinaban dos siluetas pequeñas, una más alta, la otra más baja. Cerró los ojos, luego los abrió. Seguían ahí.

Giró la llave en la puerta.

Buenos días dijo Álvaro, con esa sonrisa suya que Celia reconocía desde niña. La sonrisa de quien está a punto de pedirte un favor.

No.

Aún no he dicho nada.

Sonríes así. Así que no.

Mario, de seis años, el hijo de Álvaro, se coló entre su padre y miró a su tía de abajo arriba. Pelo alborotado y un cordón suelto arrastrándose por el parquet. Junto a él, la pequeña Lucía, de cuatro años, abrazaba un conejo de peluche sin una oreja y observaba a Celia con una curiosidad serena y valiente, esa que tienen los niños pequeños ante todo lo desconocido.

Celia bajó la mirada al parquet. Roble claro, acabado satin juglar de Porcelanosa, colocado por un artesano al que esperó seis semanas. El cordón de Mario iba manchado de algo marrón. Prefirió no averiguar de qué.

Pasad. Pero dejad los zapatos en la entrada.

El piso, octavo de una urbanización nueva cerca del Parque del Oeste de Madrid, era para Celia su mayor logro. No el puesto de jefa de ventas en Habitaciones y Estilo, no el coche, ni la cuenta en el banco. El piso: ciento tres metros cuadrados, techos altos, ventanales hasta el suelo, vista directa al parque. Dos años eligiendo lámparas, cortinas hasta dar con el tono exacto de azul paloma que al atardecer parecía gris. Sofá grande, gris, respaldo alto y elegante de Banni by Muebles Vida. Mesa baja de nogal con una grieta que el vendedor llamó el carácter de la madera: primero pensó devolverla, luego la hizo suya. Ni un trasto fuera de sitio, ni una planta marchita en la ventana. Cosmética Sensilis ordenada en el baño, toallas iguales, perchas de madera.

Todo deliberado, consagrado. Silencio absoluto de octavo, interrumpido solo por el zumbido de la nevera Siemens y alguna gota de lluvia contra el cristal.

Álvaro dejó las bolsas. Los niños se descalzaron. Nada más entrar, Mario puso la mano en la pared blanca.

Mario.

¿Qué?

Las manos.

El niño miró su palma, luego la pared, después a su tía.

¿Qué pasa con las manos?

Celia inspiró hondo. Tres segundos entrar, tres salir. El entrenamiento de control de estrés de la empresa servía para algo.

Álvaro, ve al grano.

Él avanzó hasta la cocina y se sentó en el taburete alto junto a la barra. Gesto de rendición.

Nos vamos a una casa rural, ocho días. Paula y yo tenemos que hablar, Celia. Hablar de verdad. Imposible con los niños.

¿No tenéis otra solución?

Mamá sigue en Villagarcía hasta el viernes, ya lo sabes. Los padres de Paula, en el pueblo, hay cuarentena por el virus de turno, ni hablar de llevar a los niños. Celia, solo te pido ocho días.

Ocho días…

Bueno, nueve. Volvemos el domingo que viene.

Sonó un golpe en el salón. No fuerte, pero reconocible. Algo cayó al suelo.

¡Lucía, no toques nada! gritó Álvaro hacia el salón, con esa voz de quien repite la frase cien veces al día.

Álvaro. Celia bajó el tono. Voz serena, otra lección de empresa. Trabajo desde casa. El miércoles tengo una presentación online a tres ciudades. No sirvo para cuidar niños. No sé qué comen, de qué hablarles, ni cómo se acuestan.

Comen de todo menos cebolla. Bueno, y Mario no come tomate. Pueden hablar de lo que sea, no son caprichosos. Lucía se duerme con su conejo. Mario necesita que le lean, lleva un libro en la bolsa.

Álvaro…

Celia. Y en sus ojos vio algo más allá del cansancio, algo que encogía la garganta. No era pena. Era agotamiento, de ese que no se discute. Si no nos vamos ahora, no sé qué será de nosotros.

Calló. Por la ventana pasaba una nube, blanca y lenta sobre el parque.

Ocho días dijo al final.

Gracias.

No me des las gracias. No prometo no llamarte en tres horas.

Estaré atento. Paula también.

Álvaro se fue rápido. Demasiado, como quien huye antes de que lo detengan. Besó a los niños en la cabeza; Tía Celia es la mejor, y dejó una hoja de instrucciones en la barra, de puño y letra. Quince minutos después, la puerta se cerró.

Celia se quedó en la entrada.

Mario y Lucía la observaban.

Y ella, a ellos.

Bueno dijo Celia.

Bueno asintió Mario.

¿Tenéis hambre?

Quiero zumo dijo Lucía.

¿De cuál?

Naranja.

¿De naranja?

No. Naranja, naranja.

Celia abrió la nevera: dos tipos de agua mineral, verduras cortadas, yogures Sensilis naturales y una botella de vino blanco empezada. Nada de zumos. Nunca hizo falta pensar en eso; nunca hubo motivo.

Iremos al súper.

¡Bien! gritó Mario, y la acústica de los techos hizo resonar su alegría.

En cinco minutos hasta el supermercado, Lucía soltó el conejo cuatro veces, Mario pulsó todos los botones del ascensor incluido el de alarma y contó a Celia la historia de David, un niño de su clase que sabe escupir a dos metros. Celia supo demasiado sobre David.

En el súper, compró cuatro zumos, leche, pan, yogures de fresa, macarrones, filetes de pollo listos, manzanas, plátanos y galletas de paquete que Mario puso en la cesta mientras ella miraba quesos. No las devolvió. Era una renuncia mínima pero insólita una semana atrás.

El primer día fue tranquilo, salvo que Lucía volcó el zumo de naranja sobre la mesa baja y Mario, lanzándose al pasillo, chocó de hombro y lloró cinco minutos. Celia no tenía recursos para calmar niños; le ofreció un vaso de agua y le dijo que se le pasaría, consejo que sí daba a adultos, y funcionó. Mario bebió, sollozó una última vez y se puso dibujos en la tablet que Álvaro le dejó.

Se negaron a dormir a las nueve, a las diez y a las diez y media. A esa hora, Celia leyó el libro del oso al que le gustaban las frambuesas, dos veces. Lucía se quedó dormida en el sofá, abrazando al conejo. Celia la observó, liviana y tibia como un sol pequeño. No se despertó cuando la llevó al sofá de la habitación de invitados.

De vuelta en la cocina, Celia tomó una infusión en su taza favorita y abrió el portátil. Faltaban tres días para la presentación, aún tenía que acabar un par de diapositivas.

Todo era silencio y orden y, sin embargo, no lograba concentrarse.

La mañana siguiente fue el martes del diluvio. A las dos, editaba la presentación; los niños jugaban en el baño con barquitos de papel hechos de recibos. Parecía inofensivo.

Veinte minutos después, sospechó algo raro. El silencio es, a veces, la peor alarma. Fue a la cocina, vio brillos en las baldosas y la fina corriente escurriéndose bajo la puerta del baño.

Ay, no dijo, ya tarde.

El grifo abierto, los niños dice que salieron a ver la tele, los barquitos atascando el desagüe. Agua desbordándose desde hacía rato.

Limpió el suelo a toda prisa. Veinte minutos después sonó el timbre: justo mientras escurría una de sus queridas zapatillas Sensilis.

¿Quién es?

Ve vecino. Siete, B.

Celia abrió. Un hombre alto, despeinado, cuarenta y pocos, en vaqueros y jersey azul. Sujetaba un móvil con la foto de un techo mojado.

Soy Sergio. Piso setenta y dos.

Celia. Ochenta y cuatro. Suspiró. Sé lo que ha pasado. Los niños.

Entiendo. Guardó el móvil. ¿Le ayudo?

Celia esperaba una queja, una amenaza con la comunidad. Pero él solo dijo:

Por lo que oigo, queda mucha agua aún. Yo tengo una mopa buena y un secador de obra. Si quiere, se la traigo.

Mario, detrás de Celia, se asomó curioso.

¿Tienes el techo mojado por nosotros?

Por vosotros confirmó Sergio, sin alterarse. ¿Los barcos navegaban bien?

¡Fenomenal! Mario sonrió. ¡Hasta hice un portaaviones!

Eso es importante.

Pasa dijo Celia; ya no quedaba otra.

La hora siguiente fue una coreografía compartida de cubos, mopas, Mario ayudando con esmero, Lucía señalando esquinas mojadas con la precisión de un perito.

¿El techo está mal? preguntó Celia al acabar.

Un poco. La pintura ya estaba vieja. No te preocupes, secará.

Te pago la pintura.

Ya veremos respondió, sin amenaza, solo aceptación. ¿Mucho con los niños?

Segundo día. Son sobrinos.

Comprendo. Consejo: pon una tapa de seguridad en el desagüe y cierra el grifo al mínimo.

Lo tendré en cuenta.

Suerte. Cualquier cosa, llama al siete, B.

¿Por qué eres tan tranquilo? preguntó Celia, sin querer.

¿Qué voy a hacer? No se seca antes por enfadarse.

Sergio se fue. Celia cerró y se apoyó en la puerta. El sol caía afuera, en la cocina, Lucía exigía a Mario la mitad de la última galleta. Celia la partió a la mitad, en silencio. Ambos la miraron, con una especie de respeto nuevo.

El miércoles, presentaba online a tres ciudades: Barcelona, Valencia y Sevilla. Mario y Lucía veían dibujos en la tablet, fruta cortada cerca, todo bajo control.

Todo iba bien hasta el minuto dieciséis.

¡Tía Celia! la voz de Lucía retumbó incluso sin micro. ¡Mario se lleva mi conejo!

Lucía, estoy trabajando.

Dice que es feo.

Es feo repitió Mario desde el salón.

Disculpad, un segundo Celia sonrió a los inversores en la pantalla, pulsó pausa y resolvió el conflicto del conejo con mano firme. Retomó. Ocho minutos después, Mario interrumpió en persona.

Tengo que ir al baño anunció al micro, divertido.

El socio de Valencia rió primero; luego todos. Celia se sonrojó por primera vez en años. La atmósfera profesional evaporada, pero la siguiente media hora fue más humana. Uno de los clientes le confesó que tenía tres hijos y que la entendía bien. La reunión terminó con nuevo acuerdo.

Celia no se enfadó. Les preparó merienda, y vio cómo Lucía conversaba con su conejo como si la vida dependiera de ello.

A las cuatro apareció Sergio con una tapa para el desagüe.

¿Has ido a comprarla adrede?

De paso, compraba pan.

Entró, se quitó los zapatos y, enseguida, Mario avisó:

¡Ese es el vecino del agua!

El mismo.

¿Ya se secó el techo?

Casi.

¿Tienes Jenga? Papá la metió en la bolsa.

Sé jugar.

Y allí estaban, tres alrededor de la mesa baja, Lucía de espectadora con su conejo, Sergio jugando en serio, Mario preguntando:

¿Siempre las torres tienen un punto débil?

En la vida también hay sitios frágiles dijo Sergio. Lo importante es encontrarlos.

Toda la cena la compartieron. Sergio cortó el pan con precisión, ayudó a freír filetes, se movía como de casa.

¿Mucho tiempo aquí? preguntó Celia.

Tres años. Sé que entraste hace uno. Vi mudanza desde la ventana.

Observador.

Simple casualidad; salía a trabajar.

¿De qué trabajas?

En un despacho de arquitectura. Estructuras. Aburrido.

¿Y eso es aburrido?

Nunca preguntan si es bonito. Solo si aguanta.

Eso es más importante.

Él la miró, sorprendido por su respuesta.

Los niños durmieron pronto. Sergio tomó su té, gracias y un buenas noches en la entrada.

Gracias por no enfadarte el martes.

Lo llevas bien, para ser la primera vez.

¿Cómo lo sabes?

Porque a quien es su primera vez se le nota que sostiene una vajilla de cristal. Tienes ese aire de miedo a dejarla caer.

Celia rió. Sincera, espontánea.

Al cerrar la puerta, las prendas infantiles colgaban a su lado, su abrigo propio apartado. La casa había cambiado.

Jueves y viernes fueron distintos. Celia dejó de sobresaltarse ante cada ruido. El desayuno con zumo y cereales se volvió rutina. Lucía le acompañaba al despacho, dibujando familias de conejos, cada uno con su nombre.

Éste es mamá-conejo, éste papá-conejo, y éste el pequeño, Botón.

¿Por qué Botón?

Porque es pequeño y redondo.

Lógico.

El viernes, Sergio vino con un viejo juego de mesa, Ciudades del Mundo, de su infancia. Los niños jugaban, aunque no reconocían ninguna ciudad, pero lo disfrutaron como locos.

¿Por qué lo guardaste?

Cosas que uno trae de niño, sin saber para qué.

Sentados en el suelo, Lucía durmiéndose bajo el abrazo casual de Celia. Sergio lo notó, y sonrió, pero dijo nada.

El sábado fueron al parque. Mario, por supuesto, cruzó una charca (evítala, pidió Celianada), volvió con calcetines mojados y una sonrisa de total indiferencia.

¿No te importa?

¿El qué?

¡Los zapatos!

Se secarán.

Eres igual que Sergio Celia se le escapó en voz alta.

Sergio es guay, ¿es tu amigo?

Mi vecino.

¿No es lo mismo?

No exactamente.

No supo qué contestar. Detrás, Sergio cargaba a Lucía mientras le describía los árboles, y Lucía escuchaba como si descubriera un secreto.

El domingo, Álvaro llamó. Su voz era diferente, más ligera, más cálida.

¿Cómo están?

Vivos dijo Celia. Mario atravesó un charco. Lucía dibujó casi cincuenta conejos.

Álvaro rio.

Lo haces bien.

No mal. ¿Y vosotros?

Silencio breve.

Mejor, mucho mejor. Gracias.

La segunda semana trajo calma. Celia sabía ya que Mario tomaba sopa de tomate, pero nunca tomate solo; que Lucía dormía solo con la ventana entornada; que a las siete y media ambos se volvían quejicosos y era mejor simplemente proponerles la cama. Pequeños conocimientos que llegaron solos, sin instrucciones.

Sergio venía cada tarde. A veces con algo, a veces solo. Charlaban en la cocina: de la ciudad, de libros. Resultó que Sergio leía mucho, lo inesperado en un ingeniero de estructuras. Ella leía, pero últimamente solo catálogos laborales.

¿Lees algo ahora?

Nada, solo documentos de trabajo.

Eso no cuenta.

Lo sé.

¿Te traigo un libro?

Trae.

Le llevó una novela japonesa, sobre una hija que, al ordenar cosas de su madre, descubre que no la conocía. Celia leía en el rato tras acostar a los niños. Su parte favorita del día.

El jueves, Mario pidió ver dónde trabaja. No entendió al principio.

El despacho.le explicó. Enséñamelo.

Celia le mostró el portátil, la pila de catálogos, el pequeño cactus.

¿Eres feliz aquí?

¿En el trabajo?

Eso dice papá. Hay que trabajar siendo feliz, si no, ¿para qué?

Papá es sabio.

Celia, ¿por qué vives sola?

Porque así pasó.

¿No quisiste compañía?

Me acostumbré. Me fue bien sola.

¿Fue?

Fue admitió.

El último día llegó deprisa. Álvaro volvió el domingo con Paula, que traía un aire distinto, serena. Abrazó a los niños largo rato; Lucía no soltaba a su madre.

Celia, no sé cómo agradecerte.

No hace falta. Se portaron como niños. Que es lo suyo.

Recoger todo llevó una hora. Lucía lloró algo; Celia la abrazó y prometió que volvería. Mario se despidió con un apretón de manos, solemne y tierno. Luego corrió a darle un abrazo de verdad.

Y la casa se quedó vacía. Sin el abrigo azul de Lucía, los suyos colgando solos.

Celia entró en el salón. Un cojín revuelto en el sofá, un dibujo olvidado en el suelo. Una familia de conejos; mamá, papá, el pequeño Botón, y al lado, una figura rubia, tía Celia, escrito con letra infantil.

Celia sostuvo el dibujo un rato.

Fue a la cocina, preparó té. Todo en orden, todo perfecto. Esperó sentir el antiguo alivio de la rutina restaurada, el consuelo de la soledad.

No llegó.

Solo el dibujo en la mano y un silencio distinto, más como el final de una melodía que como un reposo.

Se sentó, pensó en Mario y su pregunta sobre si era feliz, en Lucía durmiendo a su lado el viernes. En cómo había cambiado la visión del despacho después de mostrarlo a Mario.

Pensó en Sergio, en cómo cortaba el pan, en su serena fortaleza no apatía, sino sustancia. En su manera de estar, estar simplemente.

Pensó que, por primera vez en años, no se había despertado preocupada por el trabajo.

A las seis, se levantó, se lavó la cara, se puso su jersey azul, cogió y dejó el móvil tres veces.

No llamó. Bajó al siete, B. Tocó el timbre.

Sergio abrió. No parecía sorprendido, sí atento.

Se han ido dijo ella.

He oído cerrar la puerta.

Ahora hay silencio.

Imagino.

¿Te apetece venir a tomar un té? Acabo de poner agua. Si se ha enfriado, hago más.

Pausa breve.

Me apetece respondió él.

Subieron. Sergio se sentó justo en el taburete donde Álvaro se despidió dos semanas antes; otro hombre, otra conversación.

Hoy, por primera vez en días, no tengo obligaciones, y no sé qué hacer con eso confesó Celia.

¿Eso es bueno?

No sé, es… distinto.

Te acostumbrarás a lo nuevo.

¿Cómo sabes tanto?

Estuve casado. Seis años. Después, no. La parte más dura no fue el final, sino la soledad después. Descubres que hay varios tipos de silencio.

Siempre he creído que el silencio es libertad, el estar sola una elección.

A veces, esa decisión se revisa.

¿Lo has hecho?

Estoy en ello. Ayudan los niños vecinos con barcos en el baño.

Celia rió, de verdad.

Sergio.

Dime.

Tú… Me gustas. Quiero que lo sepas.

Es bueno, porque tú también me gustas. Lo pensé desde que preguntaste por qué era tan tranquilo. Nadie lo preguntó antes.

No es un motivo raro.

Los míos lo son a veces.

Se quedaron charlando horastrabajo, ciudad, niños, libros, parques. Cuando se fue, él le cogió la mano sobre la mesa, un instante breve, sencillo.

Buenas noches, Celia.

Buenas noches.

Cerró. Se apoyó en la puerta, distinto ya. El silencio también era otro; cálido.

Guardó el dibujo de Lucía en el estante, la mirada de los conejos y la tía Celia, un poco torcida pero reconocible.

Pasó un año.

El piso había cambiado; libros infantiles en la estantería, más plantas en la ventana (una torcida: Lucía la regaba con entusiasmo), dos abrigos en el percherouno oscuro, suelto, otro gris de hombre.

En la mesa de café, un catálogo de ingenierías de Sergio, una taza de café a medio beber y un libro con marca páginas.

Celia miraba el parque otoñal por el ventanal. El vientre ya algo visible, cinco meses. Se habituaba cada día a esa realidad nueva.

La puerta se abrió.

Vienen de camino, ha escrito Álvaro.

Estarán en media hora.

¿Mario te ha llamado?

Tres veces. No sabe si verá dibujos o iremos al parque.

Podrán hacer todo.

Eso le he dicho.

Sergio puso el hervidor de agua, luego la miró:

¿Cómo estás?

Bien. Un poco pesadas las piernas, pero bien.

Siéntate.

Estoy bien.

Celia, siéntate.

Vale, me siento. Pensaba: justo hoy hace un año, domingo, se fueron, y yo estaba en la cocina esperando encontrarme a gusto con la casa vacía.

¿Y qué tal?

No ocurrió.

Yo recuerdo que viniste.

¿Esperabas?

No sé. Quería, quizá.

Sonó el timbre, esa manera impaciente de los niños. Era Mario.

Es Mario.

Seguro.

Abre, porfa.

Sergio fue a la puerta.

¡Tía Celia! ¡Hemos llegado! ¿Vamos al parque? ¿Ya es otoño? ¿Se te nota la tripa?

Mario, deja a la gente pasar la voz de Álvaro sonaba divertida.

¡Ya he pasado!

Lucía entró despacio, miró a Celia y fue directa a abrazarla, fuerte y callada.

¿Mi conejo está aquí?

En la habitación de invitados, en el estante.

Lo sabía.

Revuelo en el recibidor: Álvaro saludando a Sergio, Paula charlando animada, Mario perdiéndose con el libro del oso.

¿Guardaste el libro?

Lo guardé.

¿Se lo leerás al peque?

Claro.

Bien. Mario asintió. Sergio, ¿hay hojas en el parque?

Montones.

Vamos.

Primero, té dijo Celia.

Siempre dices eso.

Y lo seguiré diciendo.

Vale. La miró de frente. Celia, ¿ahora eres feliz?

La casa estaba viva: risas, voces, Lucía llamando conejo, el parque detrás del cristal, y el bebé moviéndose suave desde dentro.

Celia miró a Mario.

Sí sonrió.

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