Así fue como nos conocimos
¿Álvaro, te pasa algo? preguntó Lucía tras varios minutos en silencio. Te noto extraño, pálido ¿Seguro que estás bien?
Sí, todo bien respondió Álvaro, consiguiendo templarse. Dejó el tenedor a un lado y alargó la mano hacia el vaso de zumo de manzana, retrasando el momento de responderle a Lucía.
*****
Álvaro se acercó al portal, agarró el tirador de la puerta metálica y justo cuando iba a abrir, por algún motivo, decidió no hacerlo.
No le apetecía nada entrar.
Sabía que le esperaban, recordaba la promesa hecha a Lucía de ir a su casa como invitado, pero los nervios podían con él, incapaz de dominarlos.
Le avergonzaba reconocerlo: un hombre hecho y derecho con las piernas temblando como un chaval al que el profesor saca a la pizarra por primera vez. Y, en el fondo, sólo quedaba el último paso: abrir la puerta, entrar en el portal, subir al tercer piso y buscar el piso número 36
Pero algo le bloqueaba.
Un miedo difuso le paralizaba manos y pies, impidiéndole culminar el camino.
Solo quería dar media vuelta y marcharse lo antes posible. A casa o al otro extremo de Madrid, tanto daba. Lo fundamental: alejarse de ahí.
¿Pero para qué acepté el compromiso? murmuró dando un pequeño paso atrás. Está claro que no les voy a gustar.
Álvaro retrocedió varios pasos más, alzó la vista hacia la ventana iluminada en la tercera planta.
La luz brillaba con fuerza. Incluso le parecía que resplandecía más que las del resto del bloque, como un faro guiándole al hogar de Lucía para que no se desviara de la ruta.
Y, en efecto, no se había desviado. Había llegado. Solo que no le apetecía subir.
Tal vez lo único que le retenía era no decepcionar a Lucía por irse así. Ella le había pedido expresamente que fuera.
Y él le había prometido que acudiría.
*****
“Álvaro, hay que hablar de una cosa… pero no te asustes,” le dijo Lucía la noche anterior. “Mis padres quieren conocerte…”.
Lucía era su novia.
Estaban juntos cenando en una cafetería, hablando y planeando la escapada del fin de semana. De repente, le soltó que sus padres deseaban conocerle. Fue como un jarro de agua fría. Se quedó con el tenedor en la mano, sin saber si bromeaba o iba en serio.
No era raro. Al contrario, lo lógico era que los padres de Lucía estuviesen interesados en conocer al posible yerno. Lo extraño sería que no lo hicieran.
El problema estaba en
Álvaro temía no encajar. Mejor dicho, temía no estar a la altura. Sus inquietudes no eran infundadas.
Había razones de peso para dudar.
La madre de Lucía Doña Carmen había dedicado su vida entera a la Universidad Complutense de Madrid, ascendiendo desde profesora auxiliar hasta Vicerrectora y actualmente ocupaba un importante cargo en el Ministerio de Educación.
El padre de Lucía, Don Ricardo, también tenía una trayectoria digna de admiración. Comenzó como ingeniero en una constructora de renombre, llegó a subdirector y ahora era propietario de su propia empresa y conocido del mismísimo alcalde de la ciudad.
Y Lucía, con apenas treinta años y algunos meses, dirigía el departamento jurídico de una entidad financiera de prestigio.
¿Y Álvaro? ¿Qué había logrado él con 35 años?
Nada fuera de lo común. Era un administrador de sistemas, sin carrera universitaria.
El sueldo, bien, pero sin perspectivas de ascenso.
¿Cómo sentarse a cenar junto a esa familia? ¿Qué conversación sostener? ¿Cómo mirarlos a los ojos?
La pregunta inevitable: ¿Cómo conocieron Álvaro y Lucía? Pura casualidad.
Ese día, Álvaro decidió pasear por El Retiro. Lucía también estaba allí, con dos amigas. Ellas fueron a comprar helados; Lucía se quedó sentada, reservando banco y hablando por teléfono con su madre.
Mientras hablaba, no vio cómo un chico ebrio se abalanzaba sobre ella en patinete.
Álvaro la agarró del brazo y la apartó apenas en el último instante, justo cuando el patinete pasó de largo y acabó contra una papelera.
¿Pero qué haces? – protestó Lucía, pero entonces comprendió la situación al ver el accidente.
Le miró de otra forma. Si no llega a ser por él
Así se conocieron.
Mientras las amigas de Lucía hacían cola para el helado de nata, ellos charlaron y, tras intercambiar teléfonos, pactaron quedar en unos días. Desde entonces, llevaban ya medio año juntos.
Todo esto le vino a Álvaro a la cabeza tras oír la propuesta de Lucía en la cafetería.
Siempre había temido el momento de conocer a sus padres, convencido de que verían en él un oportunista, alguien que buscaba interés, como ya le pasó en su juventud y perdió a quien amaba.
Y ahora temía perder a Lucía también
Álvaro, ¿te ocurre algo? Lucía rompió el silencio. Te has quedado lívido. ¿Te encuentras mal?
No, de verdad, todo correcto contestó, volviendo en sí. Dejando el tenedor, cogió el vaso de zumo de manzana, apurando el tiempo antes de responder.
¿Entonces vendrás?
¿Perdona? ¿A dónde?
A casa, claro sonrió Lucía. Mi madre hará algún guiso riquísimo y mi padre traerá un vino de colección, que le debe un amigo. Solo necesito tu sí. ¿Te animas?
No sé Álvaro dudaba. Siento que no estaré a la altura en la mesa de tus padres.
¿Por qué?
Soy un chico corriente, sin estudios Ellos querrán a un empresario o diputado para su hija, no a un técnico de sistemas sin futuro. ¿Crees que puedo gustarles?
No te agobies tanto le dijo Lucía, cogiéndole la mano. Mis padres son tan normales como cualquiera. De verdad. Te espero mañana a las siete. No llegues tarde.
Vale asintió, aunque ni él mismo sabía si sería capaz de presentarse.
*****
Y así llegó el día.
Álvaro estaba frente al portal, a las siete menos cinco, helado de frío. Y aún
no sabía qué hacer.
Sabía que más cedo que tarde tocaría conocer a los padres de Lucía (sus intenciones eran serias, quería casarse con ella), pero justo hoy no se sentía listo. En unos meses le habían prometido trasladarle al departamento de informática de una nueva sucursal y entonces igual podría presentarse ante los padres con otra seguridad.
Quizá así Doña Carmen y Don Ricardo no lo echarían enseguida.
Cuando a punto estaba de marcharse, vibró el móvil en el bolsillo.
Era Lucía.
Hola, Álvaro le dijo, radiante. Aquí casi todo está listo. Mamá y yo ultimamos la cena, y papá ha tenido un imprevisto, pero llega en breve. ¿Dónde andas? ¿Estás llegando ya?
Hola, Lucía respondió con dificultad. Sí, yo
Se te oye fatal. ¿Estás cerca?
Ya casi estoy, Lucía suspiró. Sólo que
Cariño, si es por lo de ayer, no quiero escuchar nada más. Confía en todo irá bien. ¿Te espero en la puerta?
No, no hace falta balbuceó, nervioso. Ahora subo.
Bien. Te esperamos.
Álvaro guardó el móvil con las manos sudadas. Salió a la acera y se frotó la sien, en busca de una excusa para no subir.
Nada se le ocurría.
Lo que faltaba es que ahora llegue Don Ricardo y me vea aquí pensó, asustado, y caminó hasta la esquina. Durante el trayecto, vio a un joven que le dio un cigarro. Había dejado de fumar, pero los nervios lo vencieron. Necesitaba calmarse y pensar.
En la esquina, exhalaba el humo al cielo nocturno mirando a ambos lados.
Tampoco había mucho que ver: a la derecha, un cubo de basura, a la izquierda, un solar. Lucía le había contado que antes había garajes donde ahora sólo quedaba descampado y pronto construirían otro bloque de pisos.
Nada destacable captó su atención. Excepto una perra tumbada en el solar. Al principio, Álvaro se tensó los perros callejeros pueden ser imprevisibles, pensó. Pero observándola mejor, vio que no le hacía caso.
Estaba simplemente tumbada sobre el frío suelo.
Raro dormir ahí, pero ¿qué otra opción tenía? Nadie la dejaría entrar a un portal a refugiarse del frío.
*****
A la perra, llamada Lola, hacía días que nadie le daba comida.
Antes vivía en otro barrio y la gente la apreciaba y le daban pan o chorizo. Pero
una señora decidió que allí no podía quedarse.
No paraba de quejarse al Ayuntamiento, movilizó vecinos y, al final, se formaron dos bandos: que se quede y que se vaya.
Esta perra se cuela en la zona infantil donde juegan los críos! protestaba la señora. ¿Y si muerde a alguien? ¡Fijaos qué mirada tiene, tan triste y desesperada! Es peligrosísima.
En realidad, Lola no era ni peligrosa ni maliciosa. Estaba triste porque su primer dueño fue un niño, Pablo.
Pablo iba de vacaciones con sus padres y, por el arcén, corría Lola siendo aún cachorra. Pablo se bajó del coche y rogó a sus padres quedársela.
Accedieron, con tal de satisfacer al niño.
Pero al volver a Madrid, dejaron a Lola en el campo.
No podemos traer un perro a piso explicaban los padres. ¿Tú vas a sacarla? le retó la madre.
No, yo no admitía Pablo.
Así que Lola se quedó sola. Desconsolada. Sin entender nada.
Pasó un mes y una señora la rescató, llevándola a la ciudad. Después la llevó día tras día al mercadillo, intentando venderla como si fuese de raza. Por fin, engañó a una pareja para que pagaran por ella.
No tiene papeles pero es buenísima alegaba la señora.
Al crecer, los nuevos dueños descubrieron que no era pura y, sintiéndose timados, la abandonaron en las afueras.
Por suerte, era primavera y no hacía un frío mortal.
Desde entonces, Lola vagaba sola.
De calle en calle hasta sentirse segura en un barrio tranquilo, sin perros agresivos que le amargasen la vida.
Le gustaba ver jugar a los niños y recordar a Pablo.
En el fondo de su corazón, Lola soñaba con volver a verle y tener otra vez un hogar.
Eso nunca llegó. Hace poco, la obligaron a marcharse. Una mujer le tiraba palos y piedras y mucha gente la miraba mal pese a no hacer daño a nadie.
Vivía tranquila, soñando que tal vez alguien la adoptaría.
Pero la realidad era otra y, al final, se vio fuera del barrio.
Ahora yacía en el descampado, tiritando de frío y más débil cada día.
Apenas podía moverse, ya no tenía fuerzas.
Y sí, vio al hombre con cigarro, pero no esperaba ayuda. Una vez se vaya, me quedaré sola como siempre pensó Lola.
*****
Álvaro apagó el cigarro, buscó una papelera para tirarlo jamás lo dejaría en el suelo, porque como le decía su madre: Si quieres mejorar el mundo, empieza por ti mismo.
Cuando llegó a la papelera, un coche entró en el patio. Pensando que era Don Ricardo, tiró la colilla y huyó hacia el solar, olvidando a la perra, recordándola solo al tropezar casi con ella.
Solo falta que ladre y me arme un lío pensó, nervioso.
Pero Lola ni respondió.
Ni movió la cabeza, simplemente seguía tendida. Parecía dormida, o no
¿Eh, te encuentras bien? preguntó Álvaro.
La perra no reaccionó ni al grito.
Álvaro reunió valor y se acercó. Luego más cerca. Hasta estar a su lado. Seguía sin moverse, pero notaba que aún respiraba. Seguro estaba tan helada que apenas podía responder al contacto humano.
Tocó distintos puntos y notó que el calor se le había escapado del cuerpo. Si no hago nada, no aguanta hasta mañana, pensó.
Así que la cogió en brazos y se fue hacia un portal buscando calor. Allí pensaba esperar, llamar a un taxi y llevarla al veterinario de urgencias.
La cuestión es que todos los portales estaban cerrados. Así que Álvaro tiró para el siguiente bloque.
El móvil vibraba en el bolsillo, pero no podía contestar con la perra acurrucada entre los brazos.
Pasando ante el portal de Lucía miró su ventana. Ella seguramente le ayudaría, pero sus padres no iba a aparecer con una perra medio moribunda.
Al final, al doblar la esquina, se cruzó con un coche negro reluciente que le deslumbró. El coche frenó, bajó la ventanilla, y un hombre le habló.
Chico, ¿te pasa algo? ¿Necesitas ayuda?
Pues sí, mire, he encontrado esta perra en el solar, se muere de frío respondió. ¿Sabe alguna clínica de guardia cerca?
Por aquí no, pero conozco una en Vallecas y tengo amigos allá. Sube atrás, te llevo.
¿De verdad? sorprendido, Álvaro no esperaba que el dueño de un cochazo le dejase subir con una perra en ese estado.
Venga, rápido, no hay tiempo que perder.
No hubo que insistir mucho. Y muy pronto iban a toda velocidad por la M-30.
Por el camino el conductor telefoneó:
Perdona, hija, he tenido un imprevisto y llego tarde. Te lo explico luego. ¿A Álvaro? No, no lo he visto por aquí. ¿Le has llamado? No, ni idea. Si le veo te aviso.
¿Le estoy causando problemas? se preocupó Álvaro cuando el hombre colgó.
¿A mí? Nada. Lo importante ahora es tu perra. ¿Aguanta?
Sí, respira pero no abre los ojos.
Entonces, vamos rápido.
A los diez minutos les esperaba un veterinario, avisado por el amigo del conductor. Casi sin hacer cola, llevaron a Lola al quirófano.
Álvaro se quedó fuera, absorto, y el móvil iluminado mostraba llamadas de Lucía y un mensaje: ¿Álvaro, dónde estás? ¿Todo bien?
Podía haberle llamado, explicárselo, pero solo pensaba en la perra.
Ni dio las gracias al conductor, que se despidió antes de que Álvaro saliera corriendo a buscarle. Volvió a la clínica a preguntar por la perra y decidió, pasase lo que pasase con Lucía, que si tenía que quedarse solo, al menos adoptaría a Lola.
*****
Habían pasado unos cuarenta minutos cuando oyó voces en recepción. Un timbre le resultó familiar.
Álvaro giró y vio a Lucía, seguida de una mujer y sorpresa total el mismo hombre del coche.
Al verle, este sonrió ampliamente.
Te lo dije, hija, aquí está. Tu Álvaro se ha quedado esperando por el animal.
Álvaro se dio cuenta de que eran los padres de Lucía y se puso rojo.
¿Por qué no me llamaste? Estaba preocupada le reprendió Lucía, abrazándole.
Perdona, Lucía pensé que no os gustaría que entrase en vuestra casa con una perra abandonada.
¡Qué tontería! rió Lucía. Mis padres adoran los animales. Tenemos tres gatos recogidos por mi madre de la calle.
¿De verdad?
Claro.
Los padres se acercaron y Don Ricardo le estrechó la mano: “Así es la vida, ya somos conocidos, como debe ser”.
Mire, Álvaro añadió Doña Carmen, permítame felicitarle. Lo que ha hecho es digno de admiración. Y Lucía tenía razón: debería haber venido directo a cenar con nosotros. Confío en que la perra salga adelante.
No dude, va a vivir anunció el veterinario, saliendo contento del quirófano. Lo importante ahora es mucho cariño.
Aquella noche le dieron el alta y permitieron llevársela a casa. Solo quedaba cuidarla y quererla.
El amor hace milagros, dijo el veterinario en la despedida. Es capaz de rescatarte incluso cuando ya no hay esperanza.
Álvaro quería regresar ya, pero Lucía y sus padres insistieron en llevar a Lola a su casa las gatas seguramente sabrían cuidarla mejor y, de paso, era la ocasión perfecta para celebrar la llegada de un miembro nuevo y brindar por el encuentro.
Mientras Lola, rodeada de tres gatas y sin creerse su suerte, descansaba al calor en el sofá, Álvaro compartía mesa y risas con Lucía y su familia.
Todo ese miedo era infundado. Resultó una familia encantadora: cercana, generosa, de lo más sencilla.
A los pocos días, Lola se recuperó y Álvaro pudo llevársela a su piso.
¿Y a mí, me llevas contigo? bromeó Lucía, entrando con una maleta.
¿En serio?
Más que nunca. De hecho mis padres no me dejan dormir aquí otra vez.
¿Cómo?
Quieren nietos, dicen que hay que repoblar el mundo.
Álvaro no pudo evitar una carcajada feliz, y Lucía se unió. Lola, a su lado, meneaba la cola sin parar.
No entendía mucho, pero sí sentía que, por fin, algo maravilloso le había pasado.
Y así fue. A veces la vida nos arrincona, pero basta un gesto de bondad y la valentía de abrirse al otro para descubrir que la felicidad está más cerca de lo que creemos.






