Ocho años sin importancia

Ocho años de naderías

El teléfono sonó a las siete y media de la mañana, justo cuando Teresa estaba de pie frente a la vitrocerámica, observando cómo hervía el agua en un cazo. La cocina era antigua, de gas, con rejillas de hierro fundido cubiertas de la grasa ajena que, por mucho que frotara, nunca conseguía quitar del todo. Cada mañana, esa grasa le recordaba que el piso no era suyo, que allí habían vivido otras personas, con sus costumbres, sus cocidos madrileños y sus vidas.

Miró la pantalla. Carmen.

Teresa descolgó.

No le has contestado otra vez dijo su hija, sin ni siquiera saludar.

Buenos días, Carmencita.

Mamá, por favor, en serio. Me escribió anoche. Dice que le ignoras.

El agua rompió a hervir. Teresa apagó el fuego y echó una bolsa de té en el cazo. Barato, de marca blanca, de esos envueltos en papel. Antes solo bebía té de hoja, de Ceilán, el que Lorenzo encargaba en una tienda del barrio de Salamanca.

Pues que diga lo que quiera respondió Teresa.

Mamá, ¿de verdad eres consciente de lo que haces? Vives en un piso perdido en Carabanchel, seguramente lleno de cucarachas, sola, a punto de cumplir sesenta

Cincuenta y ocho, Carmen.

¡Eso es casi sesenta! Y te largas de la casa del centro con una persona decente, de una vida normal. ¿Para qué?

Teresa miró por la ventana. El cielo de noviembre era gris, un plátano de sombra pelado mostraba sus ramas y en el bloque de enfrente la pintura amarilla se caía a trozos. Por debajo pasó un tranvía viejo, rechinando sobre unos raíles que aquella noche no la dejaban dormir, hasta que se acostumbró.

Carmen, llego tarde al trabajo.

Nunca quieres hablarlo en serio.

Quiero, pero no ahora ni así. ¿Puedes venir el sábado? Haré sopa.

A ese agujero tuyo no pienso ir.

Agujero. Así que ya le había llegado ese apodo. Probablemente por Tere, su hermana.

Bueno contestó Teresa con calma. Ya hablaremos.

Mamá

Te quiero, Carmen. Hasta luego.

Dejó el móvil sobre la mesa. Cogió el cazo y vertió el té en un vaso grueso, de esos que encontró en el armario entre las ollas que no eran suyas. Vaso auténtico, pesado, con esas facetas características. Hacía treinta años que no veía uno igual. Probó el té: estaba caliente, un punto áspero, con ese sabor a papel que daban las bolsitas baratas.

Lo bebió de pie, mirando otra vez el árbol pelado.

Después se vistió y salió a la calle.

***

La escalera del portal olía a humedad y a gatos. En el tercero vivía uno que jamás vio, pero oía maullar de madrugada. No había ascensor. Cuatro tramos de escalera, pasando por los buzones sin puertas, por unos trineos viejos, seguramente de otro invierno.

En la calle apenas habría cinco grados. Teresa se abrochó el abrigo y caminó dirección al metro. Todavía no se orientaba del todo en Carabanchel: seis meses llevaba allí y aún se perdía a veces entre calles. Oporto, Vista Alegre, Marqués de Vadillo. Las avenidas eran anchas, llenas de árboles. La gente iba rápido, sin mirarse, como en todo Madrid, pero faltaba esa prisa nerviosa del centro que siempre la había puesto de los nervios.

En la tienda de la esquina compró un litro de leche y media barra de pan. La cajera, una chica joven con sombra de ojos verde chillón, ni la miró. Teresa pagó, guardó todo en la bolsa de tela y se fue.

El metro iba lleno y cálido. Teresa fue de pie, sujetándose a la barra, pensando en el proyecto que llevaba entre manos. Ayer, Fernando y ella terminaron los primeros planos de mediciones; hoy les tocaba resolver el forjado del sótano, que, por lo visto, seguía en pie solo por un milagro de la arquitectura decimonónica.

La casa estaba en Lavapiés. Pequeña, de finales del siglo XVIII, con dos alas y lo que alguna vez fue un cobertizo reformado innumerables veces hasta quedar irreconocible. Por allí habían pasado generaciones, el franquismo la convirtió en almacén y luego se abandonó. Veinte años estuvo vacía, hasta que apareció dinero y gente dispuesta a convertirla en centro cultural. Teresa era la arquitecta principal de la restauración. Fernando, su colega, dirigía la parte técnica.

Era un trabajo serio. No como los encargos que aceptaba en la última época con Lorenzo pequeñas reformas de pisos, solo para no quedarse parada, sino un reto, de los grandes, con mucha historia entre las paredes.

***

Fernando ya estaba en la obra cuando llegó. De pie en medio del salón, con su inconfundible chaqueta gris y un metro enrollado en la mano, inspeccionaba el techo.

Buenos días saludó Teresa.

Mira dijo él, señalando una esquina donde la escayola se caía a trozos, dejando a la vista los ladrillos. Creo que ya sé por qué se hunde el techo. La viga de arriba está rajada de lado a lado. Más que restaurar, hay que reemplazarla.

¿Está rajada o se ha abierto por las vetas?

Ven, te lo enseño.

Subieron por unas escaleras medio apuntaladas que crujían a cada paso. Teresa se agarraba al pasamanos, percibiendo ese olor a madera vieja, seco, con el punto dulce del polvo y la memoria. El tiempo tiene un aroma, pensó, el de todas las vidas ajenas que se disolvieron entre estos muros.

A ella le encantaba ese olor. Siempre le gustó.

Fernando les mostró la viga. Teresa se agachó, enfocó la grieta con el móvil.

No, no es por las vetas dictaminó. Mira el sentido. Es un daño mecánico. Aquí pusieron peso.

¿Una máquina? dijo Fernando.

O varias. Era un almacén, recuerda.

Fernando se agachó junto a ella. El viento sibilaba tras la ventana sin cristales.

Habrá que cambiarla sentenció.

Pero siguiendo la técnica original. Estuve ayer en el archivo: era pino gallego, de buena calidad.

Conseguir esa madera ahora

Conozco un aserradero en Segovia, trabajé con ellos en Sol. Llamaré.

Fernando asintió, limpiándose las manos. Era alto, algo encorvado, y tenía la costumbre de escuchar bajando la cabeza, como si meditara cada palabra. Pero escuchaba de verdad, nunca interrumpía, y Teresa ya se había acostumbrado a ese estilo en cuatro meses de trabajo juntos.

¿Te apetece un té? preguntó él. Traje termo.

Me apetece.

Fueron al pasillo, donde Fernando dejó su bolsa. Sirvió en dos vasos de plástico.

Hoy estás empezó él, sin terminar.

¿Cómo?

No sé, muy centrada.

Teresa sonrió.

Eso es que me ha llamado mi hija o mi hermana.

No preguntó más. Solo le ofreció el vaso.

El té sabía bien. No era de bolsitas.

***

A Tere la vio el domingo. Su hermana se plantó sin avisar, llamada desde la portería: Abre, llevo empanada. Teresa abrió.

Tere, tres años mayor, vivía en Argüelles con su marido Gonzalo y era contable de una constructora. Veía el mundo de una manera tan firme que ni el más sólido argumento la movía. Al entrar, recorrió el piso con ese gesto entre compasivo y triunfal que Teresa reconocía de la infancia.

Madre mía exclamó Tere. ¿Esto es baño o trastero?

Baño.

La loseta está rota.

Traes empanada, Tere.

Sí, sí y fue directa a la cocina, dejando el pastel sobre la mesa. Pero dime. Explícame. ¿Por qué te has ido del piso del centro, tres habitaciones, parquet, techos altos, un hombre con posibles? ¿Te maltrataba?

No.

¿Te era infiel?

No sé, igual sí, pero ya me daba igual.

Entonces, ¿por qué? ¿Te has vuelto loca al llegar a la vejez?

Teresa sacó platos.

Sin dramas, Tere.

¿Sin qué, Teresa? ¡Soy tu hermana! Me lo dice Carmen, él me llama preguntando si sé de ti. Era buen hombre, fíjate.

Sí, era buen hombre admitió Teresa. Para otra persona. Corta la empanada.

Siempre igual, Corta la empanada. No quieres hablar.

Claro que hablo. Te lo he contado todo, varias veces.

¡Mentira! No estaba bien. Nadie está siempre bien. ¿Te crees que a mí Gonzalo nunca me saca de quicio? Pero no huyo de casa, y menos a estas alturas.

No es una casa compartida, estoy sola.

¿Sola! ella daba palmas al aire. Tienes cincuenta y ocho, sola en esta cueva, cobrando cuatro duros, ¿y dices que estás bien?

Teresa miró a su hermana. Grande, cálida, invulnerable en su eterno jersey beige. Ni entenderla, ni enfadarse con ella era posible.

Tere dijo Teresa bajito.

Sin compasión, Tere soltó: Sin ti, te va a ir fatal, tontorrona.

Teresa negó con la cabeza: Sí, fatal, pero a mi manera.

Tere la miró, incrédula.

¿Pero qué dices?

Nada, cosas mías Teresa cortó la empanada. ¿De qué es?

De repollo. Tere sospechaba. ¿Has ido al psicólogo al menos?

Sí.

¿Y qué dice?

Que tomo buenas decisiones.

Lo dirán siempre, para justificar el cobro.

Comieron té y empanada de repollo. Tere contó sus cosas, la espalda de Gonzalo, el perro ruidoso de los vecinos. Teresa escuchó. El cielo oscurecía, volviéndose violeta tras el plátano.

Antes de irse, Tere se detuvo en la puerta.

Por lo menos escríbele dijo. El hombre está preocupado.

Vale contestó Teresa, sabiendo perfectamente que no lo haría.

***

Vivió con Lorenzo ocho años. Sin matrimonioél lo rechazaba, lo cual ya decía mucho. Tardó en entenderlo.

Los dos primeros años fueron otra cosa. O así lo recordaba. Atento, salían a restaurantes, a museos, viajaron a Roma, a Praga. Le decía que era lista, que tenía estilo. Lentamente, todo cambió, como una grieta que crece en una pared.

Empezó por detalles. Un día fue a la cena de empresa con su vestido verde favorito. Solo le preguntó: «¿Seguro?». Nada más. Se cambió, eligió el negro.

De ahí, fueron críticas a la cocina. A cómo hablaba con sus amigos. A pasar demasiado tiempo en un trabajo que no da para nada. Siempre con esa voz bondadosa, de quien te da un sabio consejo.

Teresa, sabes que la restauración no lleva a ningún sitio. Es para gente sin ambición.

Tengo ambiciones.

Bueno Eres buena profesional, pero normalita. Eso no es malo. No todos pueden destacar.

No supo qué responder. Se encerró en otra habitación, sentada mirando la pared, preguntándose por qué le hacía tanto daño la amabilidad de Lorenzo.

Nunca le gritaba ni la tocaba. Solo eso: convencerle día a día de que, sin él, no valía nada. Que su profesión no tenía importancia, sus amigas eran aburridas, sus gustos, de pueblo. Que tenía suerte de que él siguiera con ella.

Cocinaba cocido, dudando si tendría el punto justo de sal. Llamaba amigas con miedo de ser pesada. Iba a reuniones pensando si estaría siendo arrogante. Y esa voz interior siempre era la suya.

Hasta aquella noche.

En casa de sus amigos Javier y Isabel, en un piso bueno en Chamberí. Discutían de un nuevo edificio; Teresa habló de la fachada, del ahorro en arquitectos. Comentó con mesura, desde la experiencia.

Lorenzo la miró, sonriente con esa sonrisa que ya conocía.

Teresa es arquitecta, pero, ya sabes, entre teóricos y prácticos Teresa es más lo primero. Lleva tiempo sin hacer cosas grandes.

Hubo un silencio breve. Isabel, atenta. Javier, copa en mano.

Teresa sonrió.

Acabó la cena, bebió vino, mantuvo la charla. Pidió un Cabify. Camino a casa, Lorenzo hablaba del trabajo de Javier. Ella miraba las luces de Madrid y pensaba una sola cosa, clara: no puedo más.

No es mal hombre. Ni soy infeliz. Simple: no puedo más. No hay salida.

Se fue tres meses después. Buscó el piso de Carabanchel, mudó sus cosas en dos viajes en taxi. Lorenzo estaba de viaje. Le dejó las llaves y una nota en la cocina con una sola palabra: Perdón.

Luego se preguntó por qué. No supo. Simplemente lo escribió.

***

Noviembre en Carabanchel era especial. El parque cercano le servía de rodeo al volver del trabajo; lo cruzaba despacio, respirando ese aire frío con olor a hojas mojadas y troncos oscuros, como quien necesita esa copa de algo necesario.

El piso era frío. La calefacción del edificio fallaba y los radiadores antiguos, de hierro, o asaban o permanecían helados. El grifo goteaba. Llamó al casero. Siempre prometía un fontanero que no llegaba.

Compró una arandela en el bricomart, la cambió ella misma: cuarenta minutos, dos uñas rotas y un juramento cuando la llave inglesa saltó y se golpeó el codo. Se levantó, abrió el grifo: caía perfecto.

Sintió algo parecido a orgullo. Ridículo, pero real.

Por las noches trabajaba en la mesa de la cocina. Sacaba los planos, encendía la lámpara antigua de pantalla verde, la misma que rescató del rastro en los noventa y que Lorenzo odiaba (estropea la decoración). En el centro, la guardaba lejos. Allí, era la reina de la mesa.

La restauración de la casa avanzaba despacio, como todo lo grande. Mediciones, archivo, estudio de daños, concepto. Teresa adoraba esa lentitud, lo limpio de su lógica. La casa o aguantaba, o se caía; el ladrillo vivía, o estaba muerto. La historia era real, o una invención.

Encontró en el Archivo Regional unos documentos: la casa fue de un comerciante, don Francisco Ramírez, luego pasó a su hija, que montó una escuela doméstica, después la revolución, después almacén. La hija, Pilar Ramírez, aparecía en una foto: una mujer de unos cincuenta, recta y con una mirada sabia.

Teresa miró esa foto mucho rato.

Luego la dejó y volvió a su trabajo.

***

Un día, Fernando le preguntó por qué restauración.

Estaban en el coche de él, esperando que el motor entrara en calor antes de ir al archivo. Fuera nevaba, la primera nevada temerosa del año.

En los noventa hacía obra nueva dijo Teresa. Viviendas, oficinas. Se ganaba bien. Un día fui a ver, por casualidad, la restauración de una ermita en la sierra con una amiga. Y ya.

¿Ya?

Sentí que eso era lo mío. Más importante.

Fernando guardó silencio.

No es habitual saber algo así con claridad dijo él.

¿Y tú lo supiste?

Me costó. Hice mucho tiempo lo que se esperaba de mí. Pero acabé aquí por elección.

Teresa lo miró. Él fijaba la vista en el parabrisas, ya cubierto de nieve.

¿Y ahora?

Ahora esto asintió, refiriéndose al proyecto invisible tras las casas. Y me basta.

Dentro del coche olía a cuero y a café de termo.

Arrancaron hacia el archivo.

***

Lorenzo apareció un miércoles.

No lo esperaba. Llamó a la puerta a las ocho de la tarde, cuando Teresa cenaba yogur en la mesa de la cocina, rodeada de papeles. El timbre metálico era el mismo en todas puertas de esa finca.

Pensó que sería el casero o algún vecino.

Lorenzo estaba en el rellano, de abrigo de paño y ramo de flores pequeñas. Crisantemos. Nunca le gustaron los crisantemos. Ocho años, y nunca lo aprendió.

Hola dijo él.

Tardó unos instantes en reaccionar. Lo miraba en silencio.

¿Cómo has encontrado la dirección?

Carmen me la dio.

Así que Carmen. Teresa lo registró y decidió aparcarlo para luego.

¿Qué quieres? preguntó.

Hablar esbozó una media sonrisa de las suyas. ¿Me dejas pasar?

Pensó un momento. Luego se apartó de la puerta.

Él entró, mirando todo: el recibidor estrecho, el papel descascarillado, el perchero torcido, sus botas junto a la puerta.

Aquí vives afirmó.

Aquí vivo.

Teresa le tocó la mano. Ella la retiró; él simplemente cambió el ramo de mano. Entiendo que necesitabas tiempo. Pero han pasado seis meses. Ya es suficiente.

¿Suficiente de qué?

De estar sola. Una pausa. No sé cómo llamarlo entró a la cocina, observando los papeles. ¿Trabajando?

Sí.

¿Qué proyecto?

Restauración de una casa en Lavapiés.

Está bien condescendió. Es bueno para ti.

Para la ciudad también. Es del siglo XVIII.

Él colocó las flores sobre los planos. Ella las apartó.

Teresa dijo él. ¿Eres consciente de lo que haces? Vives aquí gesto al aire. En esto.

Sé exactamente dónde vivo.

Quiero que vuelvas.

La miró. Seguía atractivo, objetivamente. Sesenta y cinco años, pero parecía menos, cuidado, alto. El abrigo le sentaba como un guante.

¿Para qué? preguntó.

Parecía no esperarlo. Tardó en responder.

¿Cómo que para qué?

Quieres que vuelva. ¿Por qué?

Porque se trabó. Te echo de menos.

¿El qué de mí?

¿Qué clase de conversación es esta?

Una normal. Dices que me echas de menos; yo pregunto qué es lo que extrañas exactamente.

Él la miró. En su cara apareció esa mezcla de irritación y condescendencia tan familiar.

A ti, a la persona. Ocho años juntos.

No lo olvido.

¿Y ya está? ¿Así, te vas y ya?

No fue así Teresa cruzó los brazos, en chándal y jersey viejo, muy distinta a la mujer de antes. Me fui durante ocho años. Solo que tú no lo viste.

No lo entiendo.

Ya lo imagino.

Explícalo.

Lo he hecho su voz era clara. Sorprendentemente calmada. Hace seis meses habría llorado o tartamudeado ya. ¿Te acuerdas de aquella cena con Javier e Isabel?

¿Qué cena?

Dijiste que soy teórica. Que hace mucho que no hago nada importante. Delante de todos.

Él reflexionó.

Era una broma. No lo recuerdo bien, pero seguro que era broma.

Quizá. Pero una más de muchas. Yo las recuerdo todas.

Teresa, eres demasiado sensible.

Puede ser.

No era para tanto.

Vale admitió ella. Pero yo me sentía mal igual.

Por una tontería.

Por ocho años de tonterías.

Guardó silencio. Miró la cocina, el vaso de vidrio, la lámpara verde.

¿Y aquí eres feliz? preguntó con desconfianza.

Teresa pensó, más para sí.

Depende. A veces cuesta, es solitario. Los radiadores no calientan. Pero estoy mejor que allí.

Eso es una ilusión.

Puede. Pero es mía.

Él recuperó el abrigo, vio algo en ella; algo auténtico, distinto de su habitual pose.

No soy un extraño para ti.

No afirmó. Pero tampoco eres mi gente ya, Lorenzo. Vete a casa.

Esperó un segundo. Luego fue al recibidor. Se vistió, abrió la puerta.

Te arrepentirás dijo él.

No era amenaza, más bien resignación.

Puede consintió Teresa.

Cerró detrás. Se quedó mirando el forro de polipiel con la mirilla. Volvió a la cocina, puso los crisantemos en un tarro con agua. Flores al fin y al cabo. Tirarlas da pena.

Se sentó ante los planos.

Un tranvía retumbó fuera. Ya no lo oía como molestia.

***

La presentación final era a mediados de diciembre. Era una primera criba: qué conservar, qué recuperar, qué construir nuevo y por qué. Teresa se preparó a fondo. Fernando también. Por las noches se llamaban, discutían detalles, debatían puntos de vista.

Una vez, acerca del forjado del sótano, discutieron largo, hasta comprobar que ambos tenían razón, desde enfoques distintos: ella pensaba en estética, él en funcionalidad.

Eres dura le soltó Fernando, sin reproche.

En el trabajo sí.

En el trabajo es bueno.

Nada más. Sin sentimentalismos.

Colgó y se sorprendió sonriendo.

***

Tres días antes llamó Carmen. Por la tarde.

Mamá dijo con otro tono, menos duro. ¿Puedo ir a verte?

Ven.

Carmen llegó con una botella de vino y cara de quien ha decidido algo importante, pero no sabe cómo decirlo. Se parecía a Teresa en joven: mismos pómulos, mismas manos. Treinta y dos, diseñadora; vivía con su pareja en Lavapiés.

Se sentaron en la cocina. Teresa sirvió vino en vasos de agua, no había copas; Carmen bromeó que así sabía mejor.

¿Te llamó después de venir aquí? preguntó Carmen.

No. Algún sms de vez en cuando.

¿Y qué pone?

Cosas. No siempre contesto.

Carmen jugó con el vaso.

Mamá, le di tu dirección. ¿Te molesta?

No.

Pensé no sé qué pensé. Que hablaríais y

Hablamos.

¿Y?

Nada. Se fue.

Carmen callaba. Mirando el vino, preguntó:

Mamá, yo todo este tiempo estuve de su parte. ¿Lo sabes?

Lo sé.

Me repetía que tú que vivías en tu mundo, que tenías que volver a una vida normal. Me daba pena, él parecía tan solo y perdido.

Sabe parecerlo.

Sí levantó la mirada. Lo descubrí hace poco. Tras salir de aquí, me llamó. Me soltó que tú siempre fuiste rara, que te aguantó como favor, que básicamente te hizo un favor durante ocho años.

Teresa asintió.

Así habla, sí.

Mamá Esta vez Carmen la miró sin ese velo de fastidio de los últimos meses. ¿Fuiste infeliz?

Mucho.

¿Por qué no me lo contaste?

Teresa pensó.

Porque no sabía cómo explicarlo. Cuando no hay insultos, ni cuernos ni peleas, es difícil explicar por qué se está mal. Más a una hija, que le ve poco y siempre en lo mejor.

Carmen se levantó, dio la vuelta a la mesa y la abrazó. Imprevisto, apretado. Teresa dudó, luego correspondió. La cabeza de Carmen olía a ese champú de pera de toda la vida.

No eres tonta revolvió Carmen en su hombro. Tía Tere se equivoca.

Teresa rió, bajito.

Eso reconforta.

Acabaron el vino. Carmen hojeó los planos, preguntó por la casa. Teresa le enseñó la foto de Pilar Ramírez. Carmen exclamó: Se parece a ti. Teresa la contempló otra vez. Puede que tuviera razón.

Carmen se marchó a las once y media. Prometió volver el siguiente sábado.

Teresa fregó los vasos, recogió los planos. Se quedó al cabo un instante en la ventana.

Muy tarde ya, el tranvía no pasaba. El patio estaba tranquilo, azulado por la farola. En el bloque enfrente solo quedaba una ventana encendida, tras ella una silueta.

Pensó en llamar a Fernando para consultar lo del forjado. Decidió esperar a la mañana.

***

La defensa fue en la sala de actos del estudio. El cliente, importante: abogados, un asesor patrimonial con preguntas incómodas. Teresa respondió, Fernando apoyaba la parte técnica. Preguntaron por los plazos de suministrar vigas; fue sincera: si llegaba la madera a tiempo, lo lograban; si no, tres semanas de retraso. El asesor frunció el ceño. Teresa añadió: Mejor ser sincera ahora que explicar retrasos después.

El asesor asintió. Algo de eso le agradó.

Fuera, en el pasillo, Fernando sostenía una carpeta.

Creo que lo aceptarán dijo.

Yo también.

Él la miró. Gente pasando, el murmullo de papeles y prisas.

¿Te apetece cenar? preguntó. Aquí cerca hay un sitio bonito. Por celebrarlo.

Teresa lo miró.

Me apetece dijo.

Pasearon por Madrid, Lavapiés, bajo la luz de farolas, la nieve en los aleros. Fernando pasó junto a ella, bajando la cabeza un poco. Hablaron del trabajo, del cliente exigente, del anochecer temprano de diciembre.

El restaurante era pequeño, recogido, con cortinas gruesas y mesas de madera. Pidieron algo caliente y dos copas de tinto. Hablaron mucho, no solo de trabajo: del Madrid cambiante, de libros. Teresa perdió la noción del tiempo.

Cuando salían, Fernando le sostuvo el abrigo mientras se lo ponía. Un gesto trivial, cotidiano. No le dio importancia. O sí, pero sin prisas.

En la calle él dijo:

Me alegro de que trabajemos juntos.

Ella respondió:

Y yo.

Tomaron caminos separados hasta el metro.

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