¿Sabes? Fui tan feliz como mujer. De verdad, muchísimo.
Él caminaba hacia la operación y ella, durante varios días, se dedicó a tranquilizarle. Que era programada, que ya era necesario hacerla, que no había que preocuparse, que solo sería cuestión de un par de horas, que estas cosas se hacían como churros, que él tenía unos análisis estupendos, un corazón fuerte Repetía lo mismo una y otra vez, como si tuviera cuerda. Él sonreía, le acariciaba la mano y callaba. Y a ella le daba la sensación de que él no la escuchaba en absoluto, que en realidad era un soliloquio para convencerse a sí misma, para calmarse.
Y, bueno, tal vez era así. Él la oía, sí, pero no la escuchaba. Solo observaba cómo ella recorría el piso. Cómo ponía la mesa. Cómo tomaba el café que él, siempre tan detallista, le había preparado para desayunar. Cómo fruncía el ceño, inquieta. Cómo revisaba cien veces la bolsa con sus pertenencias para el hospital. Cómo le recordaba que llamara a su hermana, que vivía en alguna ciudad lejanísima.
Hacía mucho que vivían solos. Media vida juntos, después de los padres, del hijo, de los nietos. A los padres los despidieron en su momento, compraron un piso para el hijo. Al final quedaron ellos dos, y seguían preparando cenas los fines de semana solo por costumbre, a veces invitando a algún amigo. Viajaban en verano, siempre de la mano. Jamás la soltaron, ni siquiera después de cruzar la barrera de los sesenta.
Eran tan solo uno, ni siquiera los nombres se solían decir por separado. Lo habían sido todo el uno para el otro. Lo que pasaron, difícil de contar. Todo, de todo. Ella era de un orfanato. Y de repente, cuando el hijo ya era mayor, apareció su madre. Enferma, abandonada, olvidada por todos. Sin dudarlo un momento, la llevó a vivir con ellos, a su pequeño piso en el centro de Madrid. Todos pensaban que había perdido la cabeza. Su madre la había dejado siendo apenas un bebé y jamás, jamás, en la vida se acordó de ella. ¿Y ahora esperaban que la dejara sola? ¿Que hiciera lo mismo que su madre hizo con ella? Pero le dolía mucho, demasiados años de dolor para desear que alguien pasara por lo mismo. Así que la recogió.
Entre los dos cuidaron de la madre hasta el final. Varios años postrada en la cama, y sus dos últimos años, ya sin memoria ni razón. No se quejaron jamás, ni un reproche, simplemente la cuidaron, le daban de comer, la aseaban, le cambiaban los pañales, la arropaban cada noche.
Ella se sentía capaz de todo, siempre que él estuviese cerca. Nada la asustaba si él estaba allí.
A la operación lo acompañó, claro. Y se quedó sentada frente a la puerta, esperando. Decían que era sencilla, pero el miedo era inabarcable. Nunca había estado enfermo de verdad. Le parecía todo tan surrealista, estar ahí aguardando el final de una operación de esas que supuestamente nunca pasan nada.
Sin pensar, metió la mano en el bolso y notó un sobre. Se asombró porque no recordaba haber metido ningún sobre allí. Lo sacó, aún más sorprendida: era una carta de él. ¿Cuándo había tenido tiempo de escribirla? ¿De meterla en el bolso? Si estaban juntos todo el tiempo Le habría visto seguro.
La leyó. Una carta extraña. Parecía de despedida. Ella se quedó quieta, sin atreverse a moverse. Entendió todo. Antes incluso de que los médicos salieran de la quirófano.
Él no sobrevivió a la operación absurda. El corazón ese que parecía fuerte, invulnerable se detuvo.
Después, tras el entierro, la valeriana, el vacío, ese dolor que no tiene nombre, sacó de su armario uno de sus jerséis y en el bolsillo encontró una notita. Le hizo gracia, era casi ridícula. De nuevo, de él. Sintió que todo se oscurecía. Buscó en otro abrigo, el de invierno. Otra nota. Con una carita sonriente dibujada.
Había millones, millones de sus notas por el piso. Todas escritas antes de que su corazón parara en el quirófano. Todas apareciendo aquí y allá, cuando el dolor era más fuerte.
Al principio lloraba. Ni siquiera podía leerlas, verla su letra era una cuchillada en el pecho
Luego empezó a leer. Él hacía bromas, la animaba, le preguntaba, se preocupaba, la comprendía, la amaba Seguía tan vivo en esos papeles como antes.
Y, mirándome a los ojos, ella susurró de repente:
Mira, casi me da vergüenza confesártelo. Es ridículo, a estas alturas, con tantas desgracias, con tantos problemas, en un mundo donde parece que nadie es feliz Pero yo fui muy feliz, de verdad. Como mujer fui inmensamente feliz. No sé explicarlo. No puedo contarlo. Pero fui feliz.
Y durante diez años, cada noche, leía aquellas notas. Las que encontró por todo el piso durante mucho tiempo, las que la salvaron entonces de perder la razón, las que aún guardan el calor de su amor y la siguen acompañando en este sueño tan extraño, tan imposible, tan suyo.






