¡Eres igualita que tu madre!
¿Igual que qué, abuela? Beatriz se tensó, instintivamente adoptando una postura defensiva, para luego reprimir el impulso. ¿De quién sentía la necesidad de defenderse?
¡A tu aire! ¡Nunca nos hacían caso! ¡Siempre iban a su bola! ¡Y tú vas por el mismo camino!
¿Qué tengo que escuchar?
¡A mí! ¡Tienes que escucharme y respetarme! Porque soy mayor y sé de la vida mucho más que tú. ¿Te enteras?
Beatriz observaba atónita a esa mujer, un poco desaliñada, el rostro arrebolado por el enfado, que agitaba el dedo ante su nariz.
Qué curioso, pensó. ¿Por qué exige que la escuchen? Ha aparecido de repente, como quien irrumpe sin avisar
Beatriz movió los dedos levemente, como si quisiera coger una goma para borrar. ¡Cómo le gustaría corregir aquel día! Quitar alguna sombra aquí, dar algo de luz allá No le gustaba lo oscuro. Detestaba los gritos, los conflictos, el tono elevado Su madre jamás le había hablado así. Siempre repetía que la gente civilizada sabía escuchar y comprender.
Abrimos bien las orejillas, Bea, y escuchamos atentas. Como conejitas, ¿sabes por qué los conejos escuchan tan bien? Porque la zorra avanza silenciosa. Si el conejo se despista y no pone atención, la zorra se lo come de un bocado.
¡No quiero! decía la pequeña Beatriz, encogiéndose, mirando a su madre.
Claro que no quieres, cariño. Por eso el conejo es listo: escucha muy, muy atento y corre muy, muy rápido. Así no le pilla ninguna zorra.
Fue hace tiempo. Beatriz casi era ya adulta, pero no había olvidado ninguna de las historias y lecciones maternas.
Qué curioso Cuando era niña pensaba que su madre exageraba. Ahora comprendía cuánta razón tenía.
Sin ir más lejos, como con la abuela. De pequeña, con su madre vivía en una ciudad tranquila junto al Mediterráneo, iba al colegio, se peleaba con Mariana y Lucía, y luego hacía las paces y corría a por helado por el paseo marítimo diminuto. Luego vino el instituto, Diego, los primeros besos al atardecer, en la playa.
Y su madre siempre estaba.
Beatriz apretó una cuenta grande de jade falso en la pulsera, hecha por su madre.
¿Y qué si no es de verdad? ¡Mira qué bonita queda! Algunas cosas verdaderas, las auténticas, pueden ser amargas y difíciles. A veces lo que no es genuino tampoco está tan mal.
¿Cómo es eso?
Piensa: ¿hace poco por qué os peleasteis con Mariana?
Dijo que éramos pobres porque no me compraste zapatillas de marca, sino unas hechas por el tío Julián. Insistía en que sabía perfectamente cómo debían ser las auténticas.
Tenía razón. Las zapatillas son obra tuya de Julián. Pero nunca dijimos que fuesen de marca, ¿verdad?
No, claro.
Están hechas de piel buena, son bonitas, y hechas con cariño. Ya sabes, el tío Julián no hace las cosas de otra manera. ¿Te gustan?
¡Mucho!
entonces, ¿qué importa la marca? La etiqueta la han inventado quienes quieren sentirse mejores. ¿Verdad que no tiene sentido?
No
Eso es. Lo importante es que la persona no sea falsa por dentro. El resto hay quien se obsesiona por las etiquetas y hay quien sabe apreciar lo que tiene. Yo estoy segura de que los segundos son los realmente felices.
Aquella conversación dio vueltas en la cabeza de Beatriz. Limpió su cuarto y el de su madre, y después fue a la cocina, donde su madre hacía mermelada de albaricoque.
Mamá, entonces, ¿Mariana no es mi mejor amiga? Porque dice cosas bonitas, y luego de golpe, lanza una maldad. Yo sé que mis zapatillas le gustaron. Lo dijo Lucía, que oyó a Mariana exigirle a su madre unas mejores que las mías.
¡Ay, Beatriz! Soledad, la madre, dejó la cuchara de madera y abrazó a su hija. No seas drástica, hija. Mariana sigue siendo una niña, como tú.
¡Yo no soy una niña!
Beatriz se revolvía entre sus brazos, ofendida. Pero Soledad la miró enternecida.
Para mí seguirás siéndolo. Tú, Mariana para vuestra madre siempre seréis crías. No es algo malo. ¡Ojalá yo pudiera volver a ser niña, que me mimaran Pero ya no queda nadie
Soledad frunció el ceño, besó la coronilla de su hija y cambió el tono.
Hablábamos de Mariana Recuerda que te llevó a casa, asustada, cuando te caíste del columpio. ¡Se lastimó ella también y aun así te acompañó temblando al médico! Y cómo te regaló aquellos rotuladores nuevos porque estabas enferma y no podía ir a verte. Dijo que quería un dibujo tuyo, porque lo pondría en la pared hasta que te recuperaras.
Sí es verdad.
Ves, hija y tú con el tema de las zapatillas. Ya os daréis cuenta cuando crezcáis lo poco que importa. Lo importante es quien tienes cerca.
Mariana ya vino
¿Para qué?
Para hacer las paces. Me pidió perdón.
¿Y tú?
Le dije que no quería verla. ¡Que no somos pobres!
¿Te enfadaste?
Mucho.
¿Y ahora?
Sigo enfadada pero menos.
Pues dale tiempo. Espera a que la rabia se vaya de verdad antes de hacer las paces. Si vas ya, no olvidarás lo malo y seguirás con el resquemor. Mejor dejar que el enfado se desgaste.
Cuánta falta le hacía su madre ahora. Ella sabría qué hacer y decir, sobre todo con la abuela en casa.
La abuela apareció por sorpresa. Beatriz no sabía ni que su madre estaba enferma, ni que había pedido ayuda a su antigua suegra.
¡Vaya, Soledad! ¡Nunca pensé volver a verte! exclamó esa mujer robusta, sonrosada por el calor, recostándose en el quicio de la puerta. ¡No soporto este calor! ¡No sé ni cómo he llegado hasta aquí!
¡Hola, Carmen!
Beatriz miró a su madre, notando el tono singular con el que saludaba.
¿Esta es Beatriz? exhaló Carmen, examinando a la joven. ¡Si no se parece en nada! ¿Seguro que es hija de Andrés?
No cambias rió Sofía, y eso tranquilizó a Beatriz. Ya veremos, como tú dices.
La abuela no le cayó bien. Estridente, nerviosa, siempre mandona. Llenó la casa de bullicio y prisas inútiles.
¡Qué caos, como siempre! ¿Tanto cuesta poner orden, Soledad? ¡Y tienes una hija! Además, ¡una niña! ¿Qué ejemplo le das? Su marido la sacará de casa el primer día de casados, y con razón.
Beatriz no entendía el silencio de su madre. Sofía ocultaba su sonrisa y dejaba a la abuela campar a sus anchas.
Los gatos de la casa se escabulleron a los rincones, y Nina, la perra que el tío Julián le había regalado, salió al patio y se tumbó en la sombra, sólo gruñendo bajo cuando Carmen elevaba demasiado la voz.
Mira, la única sensata aquí es la perra. Sabe que no pinta nada y se va. Los animales… nunca deberían estar dentro de casa.
Los gatos, oyendo eso y viendo la escoba de Carmen, salieron al patio huyendo.
Fue entonces cuando Beatriz enseñó los dientes. Cogió en brazos a su gato favorito Bizcocho y se llevó al animal bajo el brazo muy digna a su cuarto.
¡Y eso qué es! ¡Beatriz! tronó Carmen, haciendo que Nina ladrara desde el jardín.
¡Voy a cuidarle! Beatriz ni giró el cuello. Los gatos se quedan, igual que Nina. Están aquí desde antes que usted. Hable de orden, pero este es nuestro hogar y usted está de visita.
¡Beatriz! diría Sofía, llevándose la mano a la boca, sorprendida de oír a su hija así.
Pero, para su sorpresa, Carmen no se disgustó. Sonrió, entornando los ojos y masculló:
Es la raza, qué remedio ¡Eres igualita! ¡De tal palo tal astilla! Sofía, podrías haber criado mejor a tu hija.
A partir de entonces, no persiguió más a los gatos. Los apartaba con el pie y ya.
Pero apenas había tiempo para nada más. Todo iba tan deprisa que Beatriz miraba el viejo reloj de la casa e imaginaba detener las manecillas.
¿Por qué tiene tanta prisa la vida? ¡Mamá todavía es tan joven! ¡La necesito!
Pero el tiempo no atendía razones. Avanzaba, inexorable.
Médicos, medicinas, hospital
Soledad se fue una mañana de marzo.
La tarde anterior, Beatriz había abierto la ventana de la habitación para dejar entrar la brisa del mar después del invierno y susurró:
Mamá, tu cerezo está a punto de florecer. Muy, muy pronto
Ojalá pueda verlo, Beatriz ¡Me encantaría!
Cuando supo que su madre había muerto, Beatriz partió, furiosa, la rama que miraba hacia la ventana de su madre. ¿Para qué? Si nadie volvería a mirar hacia ella
Carmen fue directa. La abrazó con fuerza, sacó un pañuelo del tamaño de una servilleta y ordenó:
¡Llora! ¡Grita! Déjalo salir, no lo necesitas dentro. No pudiste hacer nada cada uno tiene su tiempo.
¿Cómo sabía ella qué decir? ¡Pero si tenía razón! Beatriz se culpaba. Su madre trabajó demasiado, descansó poco Todo por ella, por su hija. Quiso que estudiase, que tuviera oportunidades.
¿Y ella? Se iba con Diego y las chicas de paseo, en vez de estudiar. Bajaron las notas, y cuando quiso arreglar, ya era tarde para contarlo a su madre. No quería preocuparla
Carmen le entregó la carta que Soledad había escrito sólo cuarenta días después del entierro.
Toma. Ahora sí puedes. Léela bien. Es el último consejo de tu madre.
¿Por qué está abierto el sobre? preguntó, dándole vueltas entre los dedos. Beatriz era todo lo que ponía en la tapa.
¿Te crees que yo, aunque sea como soy, me iba a poner a leerla? protestó Carmen. ¡Anda, vete! Tengo mil cosas que limpiar ahora. Si quieres, vienes después a ayudar. ¡Que tengo faena!
Beatriz notó el enfado de la abuela, que resopló, evitó sus ojos, y se encerró en la cocina. Beatriz apoyó la frente en el marco de la puerta, donde aún quedaban las marcas de lápiz de su crecimiento.
¡Vaya, cómo has crecido, Beatriz! ¡Te has hecho mayor!
Oyó la voz de su madre con tanta viveza que tuvo que apartarse. Mayor ¡Qué va!, se reprochó.
Se encerró en su cuarto, se sentó en el suelo y puso la carta sobre las piernas, dudando en abrirla. Era difícil Quería decir tantas cosas, oír tantas otras que ya no escucharían.
El sobre rebosaba folios escritos con letra apretada, arrancados de una libreta cuadriculada. Beatriz abrazó a Bizcocho, que se arremolinaba a su lado, y sacó las páginas.
¡Beatriz! ¡Para de llorar ya! ¡Eres fuerte! ¿Para qué las lágrimas? La vida es preciosa y tiene tantas cosas hermosas Aprovéchala, no malgastes el tiempo ni siquiera en llorar lo que no puede ser. Dirás que tuvimos poco tiempo pero yo digo que tuvimos mucho, muchísimo. Ni te imaginas cuánto se nos concedió. Quizás no lo entiendas aún, pero quiero contártelo desde el principio. Lo mereces. Al final, es tu historia.
¿Por dónde empiezo? Quizá por cuando conocí a tu padre. Era especial. En cuanto le vi, me enamoré. Mis amigas me decían que estaba loca porque era pelirrojo. No entendían su belleza, tan cálido como el sol. Y tú, aunque no lo creas, te pareces bastante: las pecas, los ojos, la nariz. Las demás cosas, las tienes mías. Al nacer, él te contemplaba y soñaba con que tuvieras los rizos de su madre. Tu abuela, Carmen.
Es buena mujer, Bea. No te tomes demasiado a pecho su temperamento. Siempre fue así: impulsiva, brusca pero muy leal y generosa.
¿Por qué no la conocías? Por mi culpa. Era joven, estúpida. No supe comprenderla a tiempo.
Perdóname.
La gran bronca llegó cuando tu padre encontró un nuevo amor Pasa. No porque no me quisiera, o no te quisiera a ti. Simplemente, apareció alguien que se volvió su mundo. Y entonces, el mundo anterior se acabó. Quizás siempre le quise yo más de lo que él a mí. Siguió conmigo por ti, cuando el amor ya no existía, pero al conocer a la otra no pudo mentir. Era honesto Lo entiendo ahora, no entonces. La abuela apareció cuando yo estaba hundida y empezó, como siempre, protestando por el orden de la casa. Saltamos. Nos hicimos daño. Yo le solté que tú no eras su nieta
¡Dios, qué torpe fui! Qué fácil es equivocarse y qué difícil aceptar el error.
Debería haber recordado cómo vino cuando los médicos decían que quizá no nacieras. Se quedó un mes cocinando para mí, ayudando en casa, hasta que se aseguró de que tú estabas bien.
No supe entonces que visitó a la nueva pareja; intentó comprender, pero casi la maldice porque no aceptaba lo ocurrido. Pero al final, aceptó y quiso a los hijos que nacieron tanto como a ti. Sí, Bea, tienes un hermano y una hermana. Si quieres, Carmen te los presentará. Lo hablamos. No estés sola. Cuantos más te rodeen, mejor. Así estaré más tranquila.
Piensa en ello.
Y sobre tu futuro: estudia. ¡Por favor! Quiero que luches por lo tuyo, pero decide tú. Que nadie elija por ti. ¿Recuerdas lo que hablamos? El talento que tienes es único. Úsalo. No todos nacen con ese don. Y si la vida te lo concedió, ¡aprovéchalo! No será fácil, pero Carmen te ayudará. Hay unos ahorros, no muchos, pero para un año o dos habrá. Más adelante, por ti misma. Ya antes vendías bolsos hechos por ti y cuadros a turistas. En Madrid, será más fácil. No abandones tu sueño. Hazlo realidad. Sueño verte algún día en una galería grande. Estaré orgullosa, aunque no lo vea. Estoy segura de que, donde esté, lo sabré todo.
Te quiero. Me preocupa tu futuro, pero confío en ti, mi niña fuerte y lista.
¡Ni una lágrima más!
Mamá.
Beatriz dejó la carta y permaneció largo rato cabizbaja, luchando contra el llanto. Mamá no quería lágrimas.
Bizcocho dormía junto a ella en la alfombra, mientras Beatriz apenas podía pensar en el mañana.
Un golpe seco en la puerta; entró Carmen y, encendiendo la luz, ordenó:
¡Venga, arriba! Se acabó el drama. Vamos a por un té; tenemos que hablar. ¡Hay que hacer cosas, no llorar!
El tema de pintora no gustaba a Carmen. Protestó, asegurando que mejor sería ser contable, una profesión de verdad, pero Beatriz no escuchaba. Entonces Carmen exclamó que era terca como una mula, igual de testaruda que quien había tardado años en admitir que con una sola palabra se puede destruir una vida, condenando a los tuyos a la soledad y al frío.
¡Años sin decir ni mu! ¡Y yo buscándoos por todas partes! ¡En la vida me imaginé que tu madre te cambiara el nombre y el apellido! ¡Si al menos hubiera usado el de soltera, pero lo inventó todo! ¿Cómo se le ocurrió?
El tío Julián la ayudó.
Ya me las veré con él. ¡Buen amigo! Me quitó la esperanza de buscar a mi nieta. Va a oírme, pero bien.
No le digas nada, abuela. Nos ayudó mucho. A mi madre la quería, hasta le pidió que se casase con él.
¿Y ella?
Nunca quiso. Decía que seguía queriendo a mi padre. Si yo hubiese sabido… Ojalá la hubiera convencido.
Menuda pena Carmen dejó caer un plato delante de Beatriz. ¡Come algo y piensa en lo que he dicho! ¿Qué es eso de ser artista? ¡Contable es otra cosa! ¡Siempre con trabajo y bien comida!
¡Abuela, qué dices! protestó Beatriz.
¡Aprende a llevar las cuentas de los demás, y antes de que te des cuenta tendrás las tuyas!
¡No! Yo no quiero eso. No es para mí.
¡Ay, hija!
No quiero herirte, abuela. Pero quiero dedicarme a lo que me gusta. Mamá te dijo que te dejara su dinero para mí. En un mes cumplo dieciocho. Me lo darás y me iré. Así no tendrás que preocuparte más. Me las arreglaré sola.
Carmen, ofendida, levantó el dedo, pero después lo pensó mejor. Miró fijamente a la nieta, y de pronto hizo con los dedos el símbolo secreto de la infancia.
¡Que lo sepas! Me voy contigo. Y yo misma velaré porque te conviertas en una buena pintora. Se lo prometí a tu madre. ¡Y punto! ¡A callar!
Resopló, acercó el plato y ordenó:
¡Come, que se enfría todo!
Y unos años después, en una pequeña galería del centro de Madrid, camina un trío peculiar: una mujer pelirroja, algo despeinada y entrada en carnes, un chico alto y torpe con gafas de pasta, y Beatriz con su hijo pequeño en brazos.
¿Y qué te parece? preguntará ella, después de prometerse cien veces no hacerlo, esperando la aprobación de quien la había guiado hasta allí.
Carmen mirará a su nieta, resoplará, y le arrebatará al niño, le limpiará la naricilla y le pondrá el cabecita en su hombro antes de asentir:
Bien. Muy bien. Los marcos preciosos Aunque gastas mucha pintura, ¡chica! No pintes tan grande, que luego no caben en casa. Y por cierto, ¡recoge el taller, que está hecho un desastre! Mario, dice al chico de gafas ¿tú no ves esas ojeras? ¡No duerme! ¡Esta noche me llevo al niño, y vosotros a dormir, a descansar y, después del fin de semana, volvéis! ¿Entendido? ¡Venga, pequeño, nos vamos!
Y antes de salir, Carmen se detendrá un segundo junto a Beatriz, le acariciará la mejilla y susurrará:
Tu madre estaría muy orgullosa. Y yo también ¿Lo sabes, verdad? ¡Eso es, mi niña! Mi pequeño tesoro… Mi manzana del árbol.






