Las mujeres debemos saber aguantar, y ser más sabias sentenció doña Pilar mientras removía el té con una cucharilla de plata, con una seriedad digna de misa mayor. El matrimonio es un trabajo duro, querida Marta. Y tú enseguida te pones de morros por cualquier cosa. Que si el cansancio del hospital, que si no te apetece hacer la cena Mi hijo Hugo también se cansa, y lo que necesita en casa es calor y comprensión, no una esposa siempre rabiando.
Marta escuchaba desde la ventana de la cocina, los brazos cruzados, mirando las hojas doradas de los castaños en el patio. No interrumpía. Mejor que su suegra se desahogase. A doña Pilar le encantaban los sermones y venía cada semana a dar el suyo, sentada siempre en la cabecera de la mesa.
Pero lo único que desconocía era lo que volvía inútil toda la acalorada conversación: las cuatro grandes bolsas de cuadros, repletas con las pertenencias de su querido Hugo, llevaban dos horas plantadas junto al ascensor del portal.
El hombre, por naturaleza, es creador, explorador seguía la mujer, bebiendo un sorbo de la taza de porcelana. Que dejase el trabajo no significa nada. Ese jefe era un tirano, no supo valorar a Hugo. Y tú, en vez de apoyarle en estos momentos, le reprochas hasta la factura de la luz. ¡Págala tú, que tienes nómina fija, mujer! Nosotras debemos ser el cuello que guía, suave, la cabeza de la familia.
Marta apartó la vista del ventanal y miró a su suegra, perpleja ante tanta seguridad. Doña Pilar de verdad creía que su hijo, ya con cuarenta años y la vida resuelta en el sofá viendo la televisión, era un genio incomprendido que sólo había tenido mala suerte.
Marta ya perdió la cuenta de las veces que la fortuna le falló a Hugo. En siete años de matrimonio, Hugo había cambiado de trabajo una decena de veces. Que si los turnos, que si el ambiente, que si le quedaba lejos. Llevaba ocho meses sin trabajar. Y ella, mientras tanto, lidiando con la compra, los recibos, y los créditos que su marido sacaba para comprarse cachivaches para el coche viejo.
Tiene razón, doña Pilar replicó Marta inesperadamente serena, apagando el fuego bajo la olla del caldo , una mujer puede aguantar mucho. Pero ¿para qué motivo?
La suegra se atragantó con el té, escandalizada.
¿Cómo que para qué? ¡Por la familia! ¡Porque en una casa tiene que haber un hombre! Mírate, Marta, ya tienes cuarenta y dos años. ¿A quién le vas a interesar si Hugo se va? ¡Divorciada a esta edad, qué vergüenza! Y a mi hijo, ya verás, no le falta pretendienta. Hasta nuestra vecina, Lucía, siempre le sonríe.
A Marta se le escapó una carcajada amarga. Recordó aquel cofre donde guardaba, peseta a peseta, el dinero para arreglarse la dentadura. Lo sacaba de tardes extras en el hospital, sacrificando todo. Aquella mañana lo encontró vacío.
Preguntó a Hugo, que se levantó cerca del mediodía, y él ni se inmutó: se estiró, rascándose la barriga, y le soltó que había comprado unas llantas nuevas y equipo de música para el coche. Marta insistió en cómo podía coger el dinero que ella reservaba para su salud. Bah, deja de quejarte le soltó él . Con tu sueldo, vuelves a juntar. Yo tengo que mantener el estatus. ¿Qué dirán los colegas si me ven con esas ruedas viejas? Además, la mujer debe ayudar en todo al marido.
El poco amor que quedaba tras años de rutina y obligación se esfumó de golpe, como si hubiesen apagado la luz. No gritó. No hubo platos rotos. Esperó a que su marido saliese, orgulloso, a presumir de coche en el garaje. Y entonces Marta sacó las bolsas de viaje de lo alto del armario.
Doblaría la ropa de Hugo, los jerséis que ella misma tejió, las camisas que planchaba cada mañana mientras él dormía, sus caros perfumes, adquiridos con sus pagas extras. Hasta la caña de pescar y los mandos de la videoconsola cayeron en la última bolsa. Cuando terminó, colocó todo junto a la puerta y llamó a un cerrajero que en quince minutos cambió la cerradura.
¿Por qué te callas, Marta? la voz de doña Pilar la devolvió a la realidad . Estoy hablándote. Debes pedirle perdón a Hugo cuando vuelva. Me ha llamado esta mañana, muy disgustado porque dices que le armes una escena por unas monedas. El hombre no debe dar cuenta de lo que se gasta.
Era el dinero para mis dientes Marta dijo, secándose las manos en el paño.
Pues te pones unos metálicos, que en la Seguridad Social te los hacen gratis. No hace falta dejarse los ahorros por una tontería de estética. ¡Lo importante es que tu marido esté a gusto!
El timbre sonó con insistencia. Se oyó luego alguien forzando la puerta.
¡Ay, es mi niño! se iluminó el rostro de la suegra . Abre y sé agradable con él. Dale algo de comer, seguro viene muerto de hambre del garaje
Marta salió despacio al recibidor. Tras la puerta, un ruido metálico delataba que la vieja llave no encajaba.
¡Marta! rugió la voz amortiguada de Hugo . ¡La cerradura está atascada! ¡Abre, que me rompo la mano! ¿Y qué es este trasto que hay aquí al lado, que ni puedo pasar?
Marta apoyó la mano en el frío metal. Aspiró hondo. Sintió, por primera vez en años, una ligereza olvidada. Accionó el cerrojo y abrió de par en par.
Hugo se plantó, manchado de grasa y blandiendo un viejo volante. Irritado, quiso pasar.
¿Por qué no has engrasado la cerradura? empezó ya echando bronca.
Marta frenó su paso, apoyando el brazo en el dintel.
Es una cerradura nueva, Hugo. No hace falta engrasarla.
Él parpadeó, desconcertado. Y entonces, apareció doña Pilar en el pasillo.
¡Huguito, hijo! exclamó con mimo . Anda, entra, cariño, le he dicho que te reconstara la sopa. No te quedes ahí.
Mamá, no me deja pasar protestó Hugo, mirando a su madre y luego a su mujer . Marta, ¿qué locura es esta? ¿Cerradura nueva? ¿Es una broma? Deja pasar, que estoy cansado.
La casa está cerrada para ti, Hugo la voz de Marta era tan clara y firme que retumbaba en la escalera . Esas bolsas junto al ascensor no son trastos. Son tus pertenencias. Todo: tus zapatos italianos, las cañas, los papeles. Los tienes arriba, en la bolsa roja.
Un silencio absoluto cayó. Hugo miraba, atónito, las bolsas, y después la cara de Marta. Doña Pilar se descompuso, llevándose las manos al pecho.
¿Cómo que “tus cosas”? balbuceó Hugo, descolocado . ¿Me echas? ¿Por esto? ¡Si sólo cogí un poco de dinero! ¡Te lo devolveré!
¿Cuándo lo devolverás? ¿De qué sueldo? Estoy harta, Hugo. Harta de ser tu segunda madre, tu banco, tu criada. Eres un adulto, pero te comportas como un niño sin responsabilidad. Ya no quiero mantenerte ni recibir tus quejas.
¡No tienes derecho! gritó doña Pilar, abalanzándose para apartar a su nuera . ¡Esta es también su casa! ¡Está empadronado aquí! ¡No puedes echarle a la calle como a un perro! ¡Llamaré a la policía, lo juro!
Marta no se inmutó. Conocía la normativa al dedillo.
Llame a quien quiera, doña Pilar contestó, tranquila . Compré este piso cinco años antes de conocer a su hijo; fue mi esfuerzo el que pagó la hipoteca. Es mi propiedad privativa, Hugo no tiene derechos. Y en cuanto al padrón tenía empadronamiento temporal. Venció hace dos meses. Ya no he renovado. Así que, legalmente, aquí ya no es nadie.
La cara de su suegra enrojeció. Se le atragantaban las palabras. Siempre creyó que su hijo tendría asegurado su cobijo; Hugo parecía darse cuenta también, por fin.
Marta, no seas así intentó él su sonrisa más apaciguadora, la que siempre le salvaba. Anda, subimos las bolsas y hablamos. Prometo buscar trabajo, de verdad. Mañana mismo envío el currículum. Mamá, díselo tú.
No hace falta. Marta le sostuvo la mirada. Ya sólo veía en sus ojos miedo a perder una vida fácil; nada de amor, ni remordimiento. Ya escuché esas promesas demasiadas veces. ¿Mañana? ¿El lunes? ¿Cuando salga algo “a tu medida”? Tu sitio está en el sofá, Hugo. Yo quiero algo distinto: quiero gastar lo que gano en mí, llegar a casa y encontrar paz, no exigencias ni desprecios.
¡Desagradecida! estalló doña Pilar . ¡A ver quién te va a querer ahora, vieja! Mi hijo encontrará a una jovencita, seguro. Vendrás arrastrándote a pedir perdón.
Mejor para ambos. Le deseo suerte y ojalá encuentre la pareja que le merezca. Pero ahora, por favor, salgan de mi casa.
Marta retrocedió, acercándose a la puerta.
¡Espera! intentó Hugo frenar la hoja con el pie . ¡El dinero, al menos dame algo para empezar! ¡Sólo tengo veinte euros encima! ¿Cómo voy a vivir?
Te compraste unas llantas magníficas. Podrás dormir sobre ellas replicó Marta, imperturbable . O vete a casa de tu madre. Ella defiende que hay que crearle un hogar a un hombre, y perdonarle todo. Que ella te lo perdone, pues.
Marta lanzó una última mirada a su suegra, que ya resollaba de rabia.
Doña Pilar, cuide, no se caiga en las escaleras. El té se le habrá quedado frío.
Y, con un único empujón, cerró la puerta. Dobló el pestillo.
A los pocos segundos, la bronca llenó el rellano: gritos, golpes, amenazas sobre repartir una tele y el microondas. Doña Pilar chillaba como si invocase mil maldiciones. Marta apoyó la espalda en la pared helada y cerró los ojos. El corazón se le salía por la boca, sí, pero también sentía esa explosión limpia de libertad. Era como si al fin se quitara un saco de piedras de la espalda.
Al rato, oyó la voz firme de doña Rosario, la presidenta de la comunidad, que amenazó con llamar a la policía si no desaparecían con sus bultos. El ruido fue cediendo y, poco después, el zumbido del ascensor se los llevó.
Marta volvió a la cocina. Sobre la mesa, la taza de té ya fría. Vació el contenido, limpió la loza con esmero, apagó la olla del caldo. Ya no tenía sentido preparar tanta comida: para ella sola, bastaba con la mitad.
Miró por la ventana. Había cesado el viento y un sol pálido, pero agradable, iluminaba las ramas doradas. Por delante tenía un sueldo sólo para sí, fines de semana libres con sus amigas, y una casa donde solo los relojes interrumpirían la paz. Quizás una mujer pueda aguantar mucho, pero Marta, por fin, había decidido que su límite ya se había alcanzado.
Y descubrió que, a veces, la mayor sabiduría consiste en dejar de aguantar para, de verdad, empezar a vivir.






