Me fui de viaje a Italia con un grupo de jubilados: No imaginaba que, a la sombra del Coliseo, encontraría a un hombre capaz de hacerme sentir joven de nuevo

Fui de viaje a Sevilla con un grupo de jubilados; era una noche borrosa en mi memoria cuando la decisión se tomó, como si mis pies hubieran caminado por sí solos al autobús que nos llevaría lejos, en busca de la catedral, la Giralda, y el rumor de las fuentes en los patios escondidos. No esperaba grandes revelaciones; solo unos días de paseos lentos, fotos para los nietos, y ese alivio de escapar de la rutina ruidosa que desde hace años resuena cada mañana en la soledad de mi casa.

Pensé que Sevilla, Córdoba o Granada serían solo capítulos más en un álbum de recuerdos ya ajados. Pero en la sombra alargada de la Plaza de España, encontré al hombre que me haría sentir, otra vez, el vértigo dulce de la juventud.

Bajo los arcos y mosaicos, me asombraba el eco monumental de la plaza. El guía contaba historias de reyes y poetas, pero yo me alejaba flotando en mis pensamientos. Fue entonces cuando a mi lado alguien murmuró: “¿Te imaginas que los azulejos se quejaran del calor como nosotros?”

Me giré y lo vi; alto, canoso, unos ojos como la luz después de una tormenta y una sonrisa con chispa familiar y, a la vez, extraña. Vestía una camisa sencilla y un sombrero de lino gastado; durante un instante, tuve la sospecha de que el mundo entero aguardaba que cruzáramos palabra.

Charlamos como si hubiéramos retomado una conversación antigua. Se llamaba Jacinto, llevaba años viudo y se había animado a viajar solo, porque dijo ya no quiero esperar a que llegue el momento perfecto para ver Andalucía.

Con él las palabras fluían frescas, los silencios eran ligeros y compartidos; junto a la Plaza de España tomamos café en vasos de cartón, y sentí, sorprendentemente, que hacía mucho nadie me había escuchado con esa atención que casi acaricia.

Los demás días del viaje parecían tejidos de un hilo secreto. Nos sentábamos juntos en el autocar, compartíamos las tapas en bares diminutos, nos perdíamos entre la multitud del Alcázar y nos encontrábamos con una mirada cómplice. Todo era inocente y, sin embargo, zumbaba con una expectación eléctrica.

En los atardeceres del hotel, mientras el grupo jugaba al dominó o veía concursos en la tele, nosotros nos asomábamos al balcón, contemplando las luces doradas de Sevilla mientras hablábamos de hijos, nostalgias y del extraño milagro de notar el corazón bombeando con brío inesperado.

Me sentía adolescente, recobrando el ritual de vestirme con ganas, peinarme con esmero, reírme en voz alta. Algunas compañeras me sonreían de reojo, unas con ternura, otras con un rubor de envidia apenas disimulado. Era como si de pronto la vida olvidada me devolviese una parte de mí misma.

Pero el final del viaje hacía crecer una pregunta: ¿y después? Él vivía en León, yo en Valencia. Él su mundo, yo el mío, unidos solo por la espuma de una semana diferente, separada del tiempo real. ¿Bastaría esa burbuja para pensar en algo más?

El último día caminamos solos por Sevilla; la ciudad parecía hueca y ajena sin la comitiva de paraguas y gorras. Nos sentamos en las escaleras de la Giralda, comimos helado de turrón en silencio. Finalmente, dijo: Hace mucho que no me sentía tan vivo. Pero me da miedo que vuelva la rutina y te pierda como un sueño. ¿No será todo esto sólo una fantasía de vacaciones?

Yo tampoco hallé respuesta. En mi pecho luchaban la tentación de creer en un nuevo comienzo y el temor de que no fuera más que una ráfaga, apagada por el viento del regreso.

Nos despedimos en el aeropuerto de Barajas; el abrazo fue largo, la mirada, llena de promesas mudas. Nos dimos los números, sin decir, con voz alta y firme: “Nos veremos de nuevo”.

Hoy, al evocar aquel viaje, no sé muy bien qué siento. Todo sucedió como en un sueño encendido y frágil. Quizá Jacinto tuviera razón y, siendo prudente, la ilusión se marchite. O quizá flaquear sea dejar pasar una segunda oportunidad que el destino me ha puesto delante.

Y a veces me pregunto en voz baja: ¿merece la pena arriesgar la vida ordenada por un sentimiento que llega de pronto, sin aviso? ¿Fue solo una aventura bajo el cielo andaluz, o es el preludio de una historia que aún no conozco? Porque el pecho late con fuerza al pensar en él y la razón murmura que es una locura.

Quizá por eso cuento esta historia: para preguntar a otros si, más allá de los cincuenta o de los sesenta, uno tiene derecho a abrir de nuevo el corazón. Si conviene atesorar el recuerdo como joya segura, o si es mejor atreverse a ver dónde nos llevan estos sentimientos extraños y nuevos.

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