Respuesta sin errores

¡Aurora, ¿ya estás lista? ¡Que voy a llegar tarde al instituto! Carmela sacudió la última camisa de Mateo y la colgó en la cuerda del balcón. El balcón, séptimo piso, sin cerrar, con las paredes pintadas de azul desteñido, era su rincón favorito de la casa.

Se acercó a la barandilla y, como cada mañana, se quedó quieta. Desde allí, la vista sobre el Manzanares parecía un río de vino, y las calles de Madrid hervían en el primer sol de la primavera. Carmela entrecerró los ojos y sostuvo la barandilla fría entre sus dedos finos. ¡Ahí estaba la vida! Clara, tremenda, con todo por estrenar, tan luminosa que dolía mirarla a los ojos. Y podía ser para ella, algún día, cuando las cosas encajaran. Si lograba poner todo en orden, seguro que el mundo resultaba tal y como imaginaba.

Una nube caprichosa arrastró el sol unos segundos detrás de sí y Carmela se estremeció. Todo se volvió más definido, rozando lo vulgar. Así eran los sueños: primero te embriagan y, de repente, ¡zas! la realidad. A lo mejor, pensó Carmela, recordando a Teresa: ¿Y si la realidad es lo que uno construye? ¿Y si todo dependía sólo de ella? Quizá su vecina tenía razón, la sabiduría universitaria no caía en saco roto. Decía que Carmela tenía posibilidades de estudiar en la Universidad Complutense, si quería. Eso de querer era ya más complicado. Con sus hermanos pequeños y el sueldo corto de papá, no quedaban más opciones. Pensar en carreras era un lujo: trabajo o estudios, y por el momento sólo veía posible echar una mano en casa.

Miró el relojito plateado que le regaló su padre en segundo de primaria y pegó un respingo. ¡Llegarían tardísimo! Con el barreño vacío bajo el brazo, empujó la puerta del balcón y entró.

Aurorita dormía con la mano bajo la mejilla, tan dulce que Carmela se quedó mirándola. ¡Qué niña, qué pestañas, qué rizos como los de mamá! Mejor no pensar en mamá. Hay cosas que nunca se perdonan, y la traición es una de ellas. Su madre se fue y Aurora era apenas un bebé. Llamaba mamá a Carmela, lo que atraía miradas torcidas en el parque. Carmela sonrió, recordando aquel primer ataque de las cotillas.

La familia se trasladó a este piso de Argüelles tras la muerte de la abuela, heredado por el padre. Antes vivían en un dos habitaciones, apretados, ahora tenían cuatro, y cada cual podía buscar su rincón.

La abuela era dura y distante, catedrática en la Autónoma. No hablaba con nadie en la finca, consideraba a los vecinos poca cosa. Carmela, de pequeña, no lo entendía, luego dejó de ir a casa de la abuela. No le gustaban esas conversaciones ni el ambiente glacial, y sólo acudía a ayudar y contenía el enfado durante su visita.

Eres copia de tu madre. No vas a ser nada bueno, a no ser que despierten los genes de los Álvarez. Aunque en tu padre, hija, la naturaleza se echó la siesta Solo los estudios pueden salvarte. ¡Estudia o acabarás como ella!

Carmela callaba. ¿Qué iba a decir? Ni siquiera el padre replicaba a la abuela. Pero verlo triste por las broncas la afectaba más que cualquier castigo. Sólo una vez explotó.

Tus hermanos seguro que no son hijos de tu padre. ¡No quiero oír hablar de esos bastardos aquí!

Entonces yo tampoco vuelvo, ¡ya está bien!

La abuela quedó tan asombrada que a Carmela, a punto de destrozar la colección de porcelana el tesoro tiránico por el que prohibió a los pequeños en la casa, le temblaron las piernas. Salió corriendo, cogió a Aurora del parque ¡tú eres mía, somos familia y ya está!. El padre apareció con las manos mojadas, aún lavando ropa, y la miró perplejo, rodeado por el llanto de las dos niñas. Mateo, desde la cocina, preguntó:

¿Qué les pasa ahora?

Ni idea.

¡Las mujeres! rió Mateo, abrazando a sus hermanas. ¿Comemos ya? Papá y yo hicimos fideuá.

Esa noche la abuela llamó, el padre se encerró para contestar y Carmela, en silencio, se preparó para un escándalo. Pero no lo hubo. Después, su padre fue a la cocina, la abrazó y le besó la cabeza.

No vuelvas a casa de la abuela si no quieres.

¿Por qué?

Nadie tiene derecho a humillarte, aunque sea de la familia.

A Carmela se le quitó un peso de encima. Por fin, tiempo para cuidar de los suyos.

La abuela murió año y medio después. En los dos últimos meses Carmela volvió a verla, al visitar el hospital con su padre. Ya no reconocía en ella a la señora robusta de antes, sólo quedaba el hablar áspero. Carmela empezó a quedarse de mediadora entre pacientes y enfermeras, al aprovechar que estudiaba en horario de tarde.

Eres muy especial, niña le decía la enfermera jefe cuando la abrazaba. No le guardes rencor, que quienes nunca amaron, tampoco supieron lo que era la dicha.

El último día la abuela estuvo insólitamente callada, mirando el cielo de Madrid tras el vidrio, mientras Carmela terminaba una redacción en las rodillas. Cuando se marchaba, oyó un susurro.

Perdóname, niña. Por todo. Cuida a tu padre…

Descansa, volveré al anochecer.

En cuanto salió, nunca imaginó que no volvería a verla. Aquella misma tarde, la noticia. Carmela se llevó a los pequeños a su cuarto. Su padre permanecería hasta tarde en la cocina, con los ojos perdidos, antes de volver a cuidar de todos.

El traslado a la casa nueva fue turbulento: Aurora con fiebre, Mateo rebelde, el padre ausente entre el trabajo y los niños. Carmela lo empaquetaba todo, musitando plegarias sin destinatario, deseando que esa mudanza trajese otros aires.

La nueva casa trajo habitaciones desconocidas, pero Aurora se aparecía cada noche en la cama de Carmela y Mateo invadía la cocina cuando Carmela se ponía a hacer deberes. Pronto repartieron la mesa, el guiso, los ejercicios de física y los deberes de Aurora, que pintaba sentadita al lado.

En los primeros meses, Carmela encontró un salvavidas en Teresa, la vecina del tercero. Fue un encuentro entre griterío infantil y miradas cuchicheadas en el parque, cuando Aurora pidió un turno en el columpio y la llamaba “mamá”.

Pero, niña, ¿qué haces con esa criatura? No tienes edad ni para cuidar un perro, ¡mucho menos una niña!

De inmediato surgió el consejo, como brota el chisme en Lavapiés, y Carmela intentó apartar a Aurora. De pronto, el timbre metálico de Teresa hizo callar el patio.

Buenos días. ¿Cuál es el escándalo? ¿Le preguntáis antes de condenar?

Teresa, abogada de familia, bien vestida, cogió en brazos a su hijo y su bolso, y cortó la conversación.

¿Es tu hermana? ¿Dónde está tu madre? Teresa sonrió. Da igual, no tienes que explicarte. Por aquí todos opinan de más.

Y así, sin saber cómo, Teresa entró en la vida de Carmela como si siempre hubiera sido una amiga. Fue la única persona a la que le habló de la madre ausente, del miedo a convertirse en ella, de la cuenta pendiente con la responsabilidad.

Cierto día, Teresa pidió a Carmela que alimentara a Tristan, su gato listillo.

Hoy voy liada y entre el Juzgado y el médico a saber cuándo vuelvo. Si el minino se enfada, me pasa la noche reclamando…

Pero es sólo un gato, ¿no? rió Carmela.

No lo subestimes. Si no come, me despierta cada hora hasta que cedo.

Tras el instituto y aún recogiéndose, Carmela consiguió llegar al piso de Teresa con la compra, Aurora y Mateo rondando por la tarde.

Lo siento, Tristán. Hoy tocó tarde Carmela sirvió el pienso al gato y escuchó cómo Teresa, al entrar, lanzaba el bolso y se sentaba agotada.

De repente, Teresa rompió a llorar sobre la mesa. Carmela, torpe, le acarició el hombro.

Disculpa… Teresa se secó las lágrimas. Hay días que no puedo sola. Mi madre murió, tú ya no tienes la tuya…

Me tienes a mí Carmela contestó, seria.

Y esos rizos… siempre quise el pelo como el tuyo. Las mujeres siempre deseamos lo que no somos. Yo quería rizos y… un hijo. Pero no podrá ser.

Teresa abrió la carpeta médica y la empujó sin mirar.

Esto es mi condena, Carmela. No podré ser madre. Por decisiones mías y de nadie más.

Fue casi automático: se casó con Marcos, amigo de toda la vida, boda familiar y planes postergados. Cuando por fin esperaban un bebé, un viaje inesperado, un accidente en Lanzarote y todo se torció. Teresa no volvió a ser la misma. El hijo que nunca nació, el matrimonio deshecho, meses sin hablarse, hasta el divorcio inevitable.

Años después, tras una noche de café y confidencias, Teresa y Marcos intentaron volver atrás, pero nada era igual.

Ya lo he decidido. Él quiere hijos, yo ya no puedo. Así es la vida concluyó, cerrando la carpeta.

¿Y si los médicos se equivocan? ¿No hay alguna oportunidad?

Quizá una entre mil, pero después de tanto dolor prefiero vivir con lo que tengo y no lo que no tendré.

Carmela la abrazó y murmuró:

Hay esperanza mientras uno quiera. Lo importante es no dejarse llevar por el temor.

Tomando el cazo y el pan, Carmela se sentó frente al ventanuco. Siempre había preguntas no resueltas: cómo vivir sin madre, cómo cuidar de los suyos, cómo no repetir errores. Quizá algún día encontraría respuestas, pero por ahora la ciudad temblaba bajo el sol de la mañana, como un sueño extraño, y Carmela supo que, por muy raro que fuera todo, la vida seguía.

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