Siempre estaré a tu lado

Siempre estaré a tu lado

¡Por favor, no empieces otra vez! Ya hemos hablado de esto mil veces. ¿Tan difícil es dejar el tema de una vez? reprochó Lucía, visiblemente cansada, mientras se giraba hacia la vitrocerámica.

El día había empezado bajo, sin una pizca de alegría. A las cinco de la mañana, Pablo, su hijo, se presentó en el dormitorio y la tocó en el hombro.

¡Mamá! ¡Me duele la garganta!

Lucía, aún medio dormida, le tocó la frente con los labios y el sueño terminó de esfumarse de golpe.

Sí, tienes fiebre, hijo. Anda, vente conmigo lo cogió en brazos, cerró la puerta con cuidado, sin ganas de escuchar después la queja de Samuel por no haber pegado ojo.

Tras medirle la fiebre y darle paracetamol, acostó a Pablo de nuevo y, viendo la hora, supo que no tenía sentido intentar dormir. Lo mejor sería esperar a que abrieran el centro de salud para llamar al médico. Se aseguró de que Pablo se quedase dormido, salió a la cocina, puso el café y se acercó a la ventana.

El invierno ese año en Valladolid estaba siendo extrañamente generoso con la nieve. El patio resplandecía cubierto por un manto blanco, recién caído durante toda la noche. Solo unas pocas huellas rompían la perfección, las de quienes madrugaban para ir al trabajo. Lucía se fijó en un movimiento repentino y no pudo evitar una risa: el gato de la vecina, tía Pilar, saltaba por el patio, hundiéndose en los montones de nieve, desapareciendo hasta las orejas y emergiendo de nuevo como un explorador. Nada le molestaba al pequeño Rufino, tan terco que se negaba a usar su arenero, obligando a Pilar a dejarle salir cuando lo pedía. Y cuando quería salir, toda la escalera podía escuchar sus maullidos, y aún así nunca armó un desastre en el piso.

Solo el día anterior, Lucía había visto a Rufino cuando bajaba a por Pablo a la guardería, caminando hacia la puerta principal con un aire de mando, mientras se quejaba a voz en grito.

¡Anda ya! ¡Encima que le tengo que aguantar! ¡Dime tú si este gato es el dueño de casa y no al revés! saludó tía Pilar al verla. Pazguato, que eres un jefe de bigotes, ¡no sabe nadie como tú mandar! Me retrasé del trabajo y ya ves, me llevo su bronca.

Buenos días, tía Pilar. ¡Vaya carácter el de Rufino!

Eso parece Cariño, menuda suerte que tengo yo, que solo crío hombres serios hizo una mueca divertida. Debe de ser que es mi sino, criar hombres serios

Lucía sonrió y siguió su camino. La verdad es que el hijo de tía Pilar, Javier, era un chico serio, inteligente y con un humor agudo, aunque muchos solo lo veían como el chaval tímido y desgarbado con gafas que apenas despertaba interés en las chicas. Lucía llevaba siendo su amiga toda la vida. Siempre la había acompañado, sobre todo, tras la mayor tragedia de su infancia: la pérdida de su madre, Mercedes, arrollada por un coche al cruzar la calle correctamente.

Para Lucía fue lo peor. Siempre le habían insistido en que si seguías las reglas estarías a salvo, y aquel día descubrió que no era cierto. Ella y Javier tenían diez años. Lucía se cerró al mundo, dejó de hablar y solo lloraba. Se apartaba cuando intentaban consolarla, intentando que la dejaran en paz, refugiándose en cualquier rincón hasta quedarse dormida por puro agotamiento. El psicólogo al que su padre la llevó advirtió del peligro de ese estado: la salud de Lucía estaba en juego.

Fue Javier quien la fue saneando. Habiendo perdido a su propio padre dos años antes, entendía mejor que cualquier adulto la pérdida. Javier casi se mudó a casa de Lucía, con el beneplácito de tía Pilar y de los vecinos, que intentaban ayudar como podían: llevando comida, pasando tiempo con Lucía cuando su padre, Alfredo, tenía que salir. Así, tía Pilar nunca objetó cuando Javier volvía tarde, después de estar todo el día con Lucía: ayudándole con los deberes, leyéndole, intentando que jugase o acompañándola a gimnasia y baile, donde su madre soñó con verla alguna vez brillar y crecer fuerte Poco a poco, el cuidado del pequeño Javier surtió efecto; Lucía salió adelante. El primer día que volvió a hablar fue cuando, tras encontrar un gatito ciego en la calle con Javier, le pidió a tía Pilar un poco de leche para alimentarlo. ¡Bendito sea Dios, has vuelto!, murmuró la mujer al ver romperse por fin el silencio de su niña.

El gatito se quedó con Javier, porque Alfredo tenía alergia a los gatos. Javier siguió a Lucía a todas partes: la presencia mutua era tan natural que Lucía lo veía como una extensión lógica de sí misma. Ambos eran hijos únicos, y hallaron en su amistad el refugio, la comprensión y el calor que otros reservan, a veces, a los hermanos carnales.

No necesitaban apenas palabras para comunicarse: Lucía empezaba una frase y Javier la terminaba. Su amistad sorprendía a los adultos, que la dejaban ser sabiendo que ayudaba a sobrellevar la pena de sus medias orfandades.

Solo al final del instituto surgieron problemas. Lucía resultó ser una joven guapa y brillante, y pronto empezó a atraer a muchos chicos. Javier lo contempló en silencio, seguro de que ninguno la interesaba realmente, hasta que apareció Samuel, al que conoció una tarde, cayendo por las escaleras del polideportivo donde iba a gimnasia.

Señorita, ¿estás bien? Deja que te ayude preguntó Samuel, tendiendo la mano con una sonrisa enorme. ¡Menuda placa de hielo! ¿No te has roto nada, verdad?

Lucía alzó la mirada y se quedó clavada. Siempre había dicho que el amor a primera vista no existía, que era una cursilada de poetas, pero en ese instante supo que se equivocaba.

¡He caído hasta el fondo, Javier! Es que es

¿Cómo es? Javier fruncía el ceño, pero Lucía no le prestó atención, absorta en sus pensamientos.

¡El mejor! giró sobre sí misma, ilusionada. ¡Podrías alegrarte por tu mejor amiga, anda!

Por mi mejor amiga claro que sí, me alegro se forzó a sonreír Javier, que se fue rápido inventando una excusa.

Lucía apenas reparó en ello, ocupada con Samuel. Salieron durante tres años hasta decidir que ya eran mayores para tomar decisiones por sí mismos y notificaron a sus padres su intención de casarse.

Qué rabia que una novia tenga que llevar dama de honor. ¿No podría ser un amigo de la novia? protestaba Lucía probándose el vestido de boda mientras la modista ajustaba el dobladillo.

Javier la observaba desde el sofá y ya se había recompuesto del daño, sobre todo desde que, al entrar al taller, casi lo echan al ver a Lucía con el vestido puesto.

¡No está bien que el novio vea el vestido!

¡No es el novio, es mi amigo! rió Lucía.

Ah, ¿sí? Muy curioso añadió la modista, ladina.

¿Y qué tiene de especial? ¿Las personas no pueden ser amigas? Lucía, aún tenemos que pasar a por la tarta, venga, que luego quiero ir a la oficina respondió Javier.

¡Un segundo y estoy! Lucía corrió tras el biombo, mientras Javier suspiraba en el sofá.

Con el tiempo, mirando atrás a su boda acelerada y los primeros años sin descanso, Lucía se preguntaba cómo no vio antes en Samuel lo que, pasado el tiempo, no le soportaba. Había crecido pensando que siempre tendría a su caballero junto a ella, en la torre, dispuesta a ser rescatada y cuidada. Pero los príncipes, aprendió, no siempre son como en los cuentos.

La primera alerta llegó medio año después de la boda, cuando Lucía enfermó de una angina que, tras no cuidarla bien, empeoró, requiriendo estudios médicos de pago.

¿Otra vez? ¡Tenemos que ahorrar para las vacaciones! Estás sana, el médico solo quiere sacarnos euros protestaba Samuel.

Lucía no podía creer lo que oía.

¿Hablas en serio?

Por supuesto.

Samuel, ¿de verdad el viaje es más importante que mi salud?

¡Que no te pasa nada! Ya verás como en la playa te recuperas. Lo que tienes es estrés Samuel la abrazó, sin notar que, por primera vez, Lucía no correspondía el gesto.

Finalmente su padre costeó las pruebas sin una palabra para Samuel, aunque su rostro lo dijo todo.

Un año entero necesitó Lucía para mejorar, y aún así nunca recuperó su salud de antes. Cuando supo que estaba embarazada, entró directa al grupo de riesgo.

Mejor piénsalo bien le dijo la médica hojeando su expediente. Tu salud podría resentirse. Es un esfuerzo grande el embarazo.

No hay nada que pensar. Quiero tener a mi hijo dijo Lucía.

Y lucharon. Los tres últimos meses los pasó ingresada. Pablo nació sano, pero fue a costa de la fuerza de su madre, solo dos personas sabían lo duro que había sido: su padre y Javier. Samuel, en cambio, celebró el nacimiento con tal entusiasmo que desapareció tres días, móvil apagado y ninguna noticia. Lucía, histérica, solo encontraba consuelo en el padre, que, cuando fue a verla, la abrazó y solo dijo: Tranquila, todo está bien, no debes alterarte.

Entonces entendió de verdad que esa no era su historia de princesa. No era su cuento. Solo se contuvo de pedir el divorcio al ver la felicidad de Samuel con Pablo, que pasaba de cuidarlo con ternura a estresarse si el niño lo sacaba de quicio, pero esa ambivalencia le desconcertaba a Lucía.

Respecto a su matrimonio, se toparon con la geometría: líneas paralelas que rara vez se cruzaban.

Pablo enfermaba mucho de pequeño, y Lucía apenas tenía tiempo ni fuerzas para reflexionar. De médico en médico, intentando no pedirle nada a Samuel, que podía pasar de padre ejemplar a desentenderse o montar un escándalo si le pedía ayuda. Harta, Lucía decidió valer por sí sola. Su padre la ayudó a sacarse el carnet y cuidar de Pablo mientras aprendía, y al poco le compró un cochecito de segunda mano, fiable, para que Lucía pudiera moverse sin depender de Samuel.

Alfredo ya había comprendido todo sobre Samuel, pero aguardó en silencio hasta que Lucía estuviera lista para hablar. Solo una vez, con Pablo de dos años y tras una crisis de fiebre, la agotada Lucía le dejó al niño dormido y se derrumbó en el suelo del salón, ni siquiera llegó al sofá. Cuando despertó, Alfredo la miró a los ojos:

No te voy a decir nada ni a hacer preguntas, pero recuerda que no estás sola, Lucía. ¿Entiendes?

Gracias, papá, claro que lo sé. Solo que aún no es el momento, ¿sabes? Samuel sigue siendo mi marido.

Alfredo la abrazó en silencio.

Mientras tanto, Javier estaba siempre cerca, discretamente. Compraba medicinas, acompañaba al médico, arreglaba el coche o lo llevaba al taller siempre dispuesto. Lucía era consciente de que quizá abusaba de su bondad, pero él era el único en quien confiaba totalmente.

Esa mañana miraba el patio nevado y pensaba en que Javier volvía de Barcelona esa tarde, y quizá podría ayudarla a llevar a Pablo al médico, ya que el coche, otra vez, se había averiado. El dinero escaseaba: Samuel decía que todo se invertía en la empresa, y lo que Lucía ganaba apenas daba para lo esencial. Vivían en el piso heredado de Alfredo, que se había ido a la casa de campo de las afueras, en busca de tranquilidad.

Lucía miró la hora y llamó a la consulta. Le atendieron rápido, por suerte la doctora de zona ya había vuelto de vacaciones.

Dejó el móvil y se puso a preparar el desayuno cuando apareció Samuel, bostezando.

¿Otra vez mala noche? ¿Por qué tanto jaleo?

Pablo está enfermo respondió Lucía.

¿Y por eso había que dar vueltas toda la noche? Bah, no he dormido nada. Me ducho y desayuna rápido, que tengo prisa.

Lucía se giró de nuevo a la cocina, más pendiente de preparar el desayuno de Pablo, que, aunque enfermo, agradecía comida de enfermos como ella le llamaba. Pancakes, sabiendo que a Samuel también le gustaban, así evitaría protestas.

¿Has hablado ya con tu padre?

No.

¿Y a qué esperas?

Ya te dije que ese tema no lo discutiré con él. No le voy a pedir que ponga el piso a nuestro nombre.

Tu cabezonería de verdad que me saca de quicio. ¡A ver cuánto más dura esto! Yo me deslomo, pago todo, tú y el niño otra vez necesitáis dinero Hace un año que no cojo vacaciones y nada os viene bien.

Samuel siguió quejándose, pero Lucía ya no lo escuchaba. En ese instante, sintió cómo se rompía algo por dentro: la cuerda invisible que la unía a Samuel, tejida con recuerdos y promesas, con el primer beso, el día feliz de la boda, el nacimiento de Pablo

Con calma dejó la espátula, se giró y lo interrumpió.

Voy a decirlo una sola vez y quiero que lo escuches bien: hoy harás tu maleta y te irás. Nos vamos a separar, Samuel. No quiero seguir con esta farsa de convivencia. Tú mismo lo ves, esto ya no tiene sentido. No es el momento de reprocharnos nada, solo pensemos en Pablo, en que merece tener a sus padres. Aunque no vivan juntos.

Samuel primero escuchó con asombro, luego intentó replicar, pero calló, dejando caer el tenedor.

¿Ya lo has dicho todo? A ver si piensas bien lo que dices durante el día. Esta noche a ver si has entrado en razón.

No lo has entendido. Lo tengo decidido. Y sabes lo que significa eso.

Eso significa que se te han cruzado los cables. ¿De verdad crees que alguien te va a querer con un niño? Suerte. Si te arrepientes, ya hablaremos. Me voy a casa de mis padres.

Como prefieras.

Samuel salió y Lucía oyó de lejos el portazo. Se dejó caer en una silla y se permitió llorar con todo lo que tenía guardado, aprovechando que Pablo aún dormía. Al escuchar los pasitos por el pasillo, respiró hondo, se secó las lágrimas y sacó un plato.

Bueno, campeón, ¿desayunas?

Mamá, no tengo mucha hambre. Ahora también me duele la cabeza.

¿Y unas tortitas? Seguro que ayudan a tu cabezota.

¡Sí! ¡Con mermelada! rió Pablo.

Por supuesto.

Después de la visita de la doctora, que pautó el tratamiento y recetó los medicamentos, Lucía se dispuso a salir a por lo necesario. Justo cuando iba a llamar a su padre, sonaron unos golpecitos en la puerta: solo Javier llamaba así, nunca usaba el timbre, costumbre que habían convertido en su propio código.

¡Hola!

¡Hola! ¿Cómo vais? Javier sostenía una caja de soldaditos. Lucía, sin querer, pensó cuánto hacía que Samuel no le compraba un regalo a Pablo. Los cumpleaños o Reyes corrían siempre de su cuenta; Javier, en cambio, nunca los venía a ver con las manos vacías.

Pablo está pachucho otra vez. ¿Te quedas con él mientras voy a la farmacia?

Claro. O si quieres voy yo, ¿tienes la lista?

Lucía le alargó la lista. Minutos después, sonó el teléfono.

¿Señora Lucía Campos?

Sí, soy yo.

Le hablamos del Hospital Clínico. Su padre ha ingresado.

¿Qué le ha pasado? Lucía apretó el móvil con tanta fuerza que le dolían los dedos.

Infarto de miocardio. El estado es delicado.

Voy para allá.

Durante unos segundos, Lucía corrió de un lado a otro, sin saber por dónde empezar. Su padre nunca había tenido problemas de corazón, y de repente se dio cuenta de lo fácil que es perder lo más valioso en un suspiro.

Por inercia, llamó a Samuel.

Samuel

¿Qué pasa? ¿Te lo has pensado mejor? Ahora me toca decidir a mí si

Samuel, mi padre está en el hospital. Ha tenido un infarto.

¿Y? ¿Qué quieres de mí ahora? ¿No íbamos a separarnos?

Lucía miró el móvil y colgó, incrédula.

Javier volvió de la farmacia y la encontró ya vestida, a punto de salir.

¿A dónde vas?

Mi padre, está en Urgencias.

No necesitó añadir nada más. Javier rápidamente avisó a su madre, y tía Pilar se quedó con Pablo. Juntos fueron al hospital.

Pasaron horas esperando noticias, en silencio. Sentados en la sala de espera, Lucía, agotada, se reclinó en el hombro de Javier.

Gracias Menos mal que estás aquí.

Siempre estaré a tu lado, Lucía

Lo sé, Javier. Ahora lo sé todo

El médico apareció una hora después y vio a Lucía dormida en el hombro de Javier. Despiertos por fin, escucharon:

Hemos pasado el peor momento. Su padre está en planta. Queda mucho por recuperar, pero ya pueden volver mañana. Consulten el horario en recepción.

Lucía abrazó a Javier y lloró sin pudor, sintiendo cómo cada lágrima aliviaba toda la presión acumulada.

A veces la vida nos lleva por caminos inesperados y difíciles, pero al final se aprende que, pase lo que pase, las personas que de verdad te quieren nunca te dejan sola: siempre están ahí, en silencio, dispuestas a sostenerte cuando más lo necesitas. Esa es la familia y la amistad verdadera.

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