El precio de la soberbia

El precio de la soberbia

Lucía, ¿me podrías prestar unas cosas? suplicó Carmen al cruzar el umbral de la acogedora vivienda de su hermana.

No pudo evitar que su mirada se demorara en el amplio recibidor: muebles de diseño, espejos con marcos elegantes, el cómodo puff junto a la puerta… Todo parecía sacado de una revista de decoración. Sintió ese pellizco de envidia, tan habitual como amargo; Lucía siempre tenía todo en perfecto orden.

Lucía apareció en la puerta del salón y la miró de arriba abajo con esa calma innata que siempre la había acompañado. Lucía, aún en su conjunto de punto suave, irradiaba ese halo de elegancia cotidiana que Carmen, por más que lo intentase, jamás lograba reproducir.

A ver, cuéntame, ¿qué conspiración es esa? dijo Lucía, apoyada con desenfado en la jamba de la puerta.

Carmen se arregló la manga del abrigo ya no era nuevo, aunque seguía presentable e intentó evitar mirar el gran cuadro que presidía el pasillo, el orden impecable, el aroma a café recién hecho que impregnaba la casa.

No es gran cosa musitó, buscando las palabras.

Lucía no apartó la mirada. Carmen supo que no podía escaquearse. Tragó saliva y soltó de golpe:

El sábado es la reunión de antiguos alumnos del instituto. ¡No puedo faltar! Necesito verme impecable, ¿me entiendes? Quiero que todos piensen que mi vida es de cuento de hadas.

¿Y para qué? preguntó Lucía, esta vez dándose la vuelta. ¿Para impresionar a gente con la que ni hablas, gente con la que probablemente no volverás a cruzarte fuera de estas reuniones? Si hasta vives en otra provincia, Carmen.

Carmen se llevó la mano al cabello, reprimiendo un suspiro. De repente deseó, con una urgencia punzante, tener una cocina como la de su hermana: con barra, electrodomésticos integrados, esas lámparas colgantes tan modernas… Que sus mañanas comenzasen con café tranquilo, no con la prisa y el desorden.

¡No lo entiendes! espetó al final. Para mí es importante. Quiero que vean que lo he conseguido, que nadie piense que… que he fracasado.

Al darse cuenta, miraba a Lucía con una envidia manifiesta. Pero ella, ajena o tal vez simplemente indiferente, le sonrió con serenidad.

¿Tanto te compensa fingir ser quien no eres? ¿De verdad crees que te va a servir de algo? le preguntó Lucía sentándose en una silla.

No va por ahí negó Carmen, bajando la vista. Solo quiero que mis antiguos compañeros piensen que mis sueños, todos, se han cumplido.

Vale suspiró Lucía al final. Vamos a ver qué tengo que te pueda servir. Pero prométeme que será la primera y última vez que engañes así a la gente. No está bien, Carmen.

¡Tú no lo entiendes!

Y Carmen comenzó su relato…

~~~~~~~~~~~~~~~~

En el instituto, Carmen siempre fue la estrella de la clase; ningún compañero lo negaba. Por los pasillos, una legión de chicos le seguía los pasos, anhelando robarle siquiera una sonrisa. Hasta los profesores ablandaban su voz al verla cabizbaja, con esa mirada dulce, casi hipnótica. En casa, sus padres le concedían todo: bastaba un pequeño mohín o un suspiro para que su deseo se materializara.

Carmen creció pensando que el mundo le pertenecía. Si quería las zapatillas de última moda, a la mañana siguiente su madre las traía en una caja reluciente. Si un chico guapo llegaba al curso, al poco ya la acompañaba hasta casa. Era un juego: comprobar hasta dónde podía llegar, cuántos caprichos cumplidos, cuántos límites sobrepasados.

Porque puedo se repetía siempre, como un mantra, su excusa perfecta para cualquier acción. Si una amiga empezaba a quedar con un chico que a Carmen le gustaba, ella entraba en el juego, y casi siempre salía vencedora. No era enamoramiento: era hambre de triunfo, la satisfacción de desviar todas las miradas hacia ella.

Poco a poco, las amigas de verdad fueron alejándose. Una dejó de llamarla, otra encontró nuevas alianzas… Carmen no lo lamentaba demasiado, siempre había quien ansiaba formar parte de su círculo. Si alguien no soportaba las reglas de su juego, no era digno de estar ahí.

En la fiesta de graduación, se sintió una auténtica reina. El salón adornado con guirnaldas y globos era su pequeño reino; los compañeros pululaban a su alrededor como cortesanos atentos a sus gestos y palabras. Carmen estaba en su cénit, el epicentro del mundo.

Embriagada por el efecto, perdió la mesura. El tema de conversación giró hacia anécdotas del pasado, y Carmen, con voz alta y tajante, soltó comentarios punzantes sobre varias compañeras: viejos rencores, defectos del físico, pullas sobre modales. Las palabras fluían con naturalidad, como si llevase ensayando esa diatriba toda la vida. Observaba el efecto: miradas evasivas, intentos fútiles de defenderse.

¡Mi vida va a ser maravillosa! proclamó, desafiante, con los ojos brillando y la barbilla alzada. Ya veo mi futuro: un marido con dinero dispuesto a cumplir todos mis antojos, un casoplón con servicio, lujo por todas partes… A lo mejor monto un negocio, aunque para trabajar, la verdad, no me veo. Todo vendrá rodado: dinero, atenciones, comodidades, todo será mío.

Su sonrisa era triunfal; los sueños, tan vívidos en su cabeza, los veía casi al alcance de la mano.

¡Y vosotras lo tendréis distinto! de pronto se giró hacia una compañera aplicada, la eterna primera fila.

La aludida se encogió bajo la mirada de Carmen, pero ésta no frenó:

Tú acabarás de profe en un colegio perdido de Castilla. ¡O detrás del mostrador de una tienda! No sabes cuidarte, y acabarás con cualquier papanatas de barrio que venga borracho a casa a darte una hostia.

Las palabras salían rápidas, repletas de una crueldad eufórica. Carmen se giró hacia otra y repartió más pronósticos nefastos: trabajos mediocres, cuentas apretadas, nunca habría modo de disfrutar de lo que ella sí tendría.

Las chicas bajaban la mirada o fingían reírse, como si solo fuera una broma. Pero la tensión era densa: los comentarios de Carmen cortaban como cuchillas.

La propia Carmen se reía del efecto, sintiéndose poderosa como nunca, secundada por las risas de los chicos que, por no quedarse fuera, reían con ella.

La universidad la llevó a otra provincia: no por especial vocación, sino por ambición. En Madrid, pensaba ella, sería más sencillo captar a un buen partido entre tanto hijo de familia con posibles, jóvenes empresarios o prometedores ejecutivos. Además, allí la esperaba el pisito de su abuela, todo un privilegio frente a otras estudiantes.

Los primeros días en la capital confirmaban su idea: decoró la casa a su gusto, multiplicó los planes, era el centro en cada reunión. Segura de sí misma y rodeada de nuevas amistades, sentía que su vida solo podía ir a mejor.

La realidad golpeó pronto. Las clases resultaron más exigentes de lo esperado, los exámenes no perdonaban, y Carmen, acostumbrada a lograrlo todo sin esfuerzo, empezó a quedarse atrás. Faltaba a clase, se escaqueaba de trabajos, confiada en que su encanto cubriría sus carencias.

El primer cuatrimestre fue letal: suspendió casi todas las asignaturas. Los profesores, que al principio parecían comprensivos, endurecieron su trato. O te pones las pilas, o fuera, le decían sin rodeos. Por primera vez, Carmen sintió que la confianza que tanto la había hecho brillar comenzaba a desvanecerse.

Descubrió de golpe que su niñez había terminado. En Madrid, abundaban las chicas inteligentes, bellas y preparadas, y ella ya no era especial. Las estudiantes de alrededor compaginaban clases con trabajos y proyectos, mientras Carmen se anclaba al pasado.

Aquello no la cambió completamente. En vez de aplicarse, decidió acelerar su plan: buscar un marido antes de que la belleza se le fuera. Aceptaba citas de hombres mayores, fingía entusiasmo por el futuro en pareja y proyectaba a los cuatro vientos que buscaba algo serio.

Uno de esos hombres parecía el candidato perfecto. Jaime, joven empresario de familia médica, criado entre la élite, con estudios en el extranjero y futuro bien atado en la empresa familiar.

Jaime no era guapo según los cánones, pero a Carmen no le preocupaba: Para presumir de marido influyente, no necesito modelo, razonaba. Ya se veía en un chalé de La Moraleja, alternando viajes y cenas de gala.

Fue muy meticulosa: averiguó los sitios que frecuentaba, se dejó ver en sus círculos, se mostró natural, pero impecable. Poco a poco, captó la atención de Jaime.

Empezaron a salir juntos. Caminaban, iban a restaurantes, las conversaciones fluían y Carmen se hacía la interesante, deslizando sus sueños de boda, casa y estabilidad. Pero no contó con un escollo: la familia de Jaime valoraba las raíces, los antecedentes; querían buena casta.

Cuando Jaime habló de Carmen, su madre frunció el ceño.

¿Y esa chica? ¿De qué familia es?

Estudia, los padres son normales, de una ciudad de provincias contestó Jaime.

¿Normales? le cortó la madre, impaciente. Tienes que entender lo que representa nuestro apellido, nuestras conexiones, nuestra reputación…

Jaime intentó protestar, pero su madre zanjó el asunto:

Hay muchas chicas listas. Pero nuestra familia busca otra cosa. No embarres el futuro.

Carmen, ajena mientras tanto, soñaba con el anillo. Hasta que Jaime la citó para hablar. Estaba tenso, titubeó antes de soltarlo:

Mis padres no nos ven juntos, Carmela. Dicen que somos de mundos distintos. Ya han elegido a la chica perfecta para mí No puedo enfrentarme a mi familia.

Carmen aguantó el tipo y sonrió, aunque por dentro hervía de rabia. Se quedó sentada largo rato, mirando su taza vacía, odiando el mundo y a sí misma.

¡He hecho todo bien! pensaba ¿Por qué no sale como yo quiero? ¡De haberme quedado embarazada de él seguro me habría salido bien el truco, no me habría dejado!

Lo peor vino después. En la pequeña burbuja de ricos y aspirantes a ricos, se extendieron rumores sobre ella: que era una cazafortunas, que sólo buscaba un novio acomodado. Los hombres que antes la pretendían ahora la evitaban o la miraban con sorna.

En las fiestas, Carmen notaba los murmullos, las miradas de reojo, cómo algunos la saludaban con forzada cortesía. Algunos, directamente, la ignoraban.

Volver a su ciudad era impensable. Había contado tantas medias verdades y exageraciones a sus padres que sentía pánico de defraudarlos. Cada llamada era una actuación: sobre el éxito en la facultad, sobre sus trabajos imaginarios, sobre el novio ficticio.

Solo Lucía sabía la verdad, que lo había descubierto por sorpresa.

Vuelve a casa le dijo Lucía una tarde, mirándola a los ojos. Aquí ya no vas a ninguna parte. Reconócelo y dilo a papá y mamá.

Pero Carmen, secándose las lágrimas, se irguió:

¿Yo confesar que he mentido? ¡Ni hablar! Lucharé hasta el final y me haré la vida que siempre soñé.

Creyendo sus propias palabras, siguió buscando la gran oportunidad. Aunque con cada cita, cada nuevo contacto, las posibilidades de un príncipe azul se esfumaban ante la incompatibilidad de expectativas y realidades.

Mientras tanto, el dinero que su abuela le dejó además del piso empezó a agotarse. Primero recortó en cafés, después en ropa, más tarde renunció al gimnasio. Pero los recibos seguían llegando.

Un día sumó el poco dinero que le quedaba y entendió que no podía posponer más el buscar trabajo. Sin estudios terminados ni experiencia, las empresas la rechazaban una tras otra.

Así, la ex reina del instituto terminó sentada en la caja de un supermercado. Al principio fue un calvario: soportar los comentarios de los compradores, sonrisas sarcásticas, alguna excompañera que la reconocía Pero Carmen, forzada, les sonreía mientras pasaba los productos, recordándose que era algo temporal.

~~~~~~~~~~~~

Ayer me llegó la invitación para la reunión de antiguos alumnos Carmen terminó su relato con amargura. ¡No puedo no ir! Si no me presento, todos pensarán que me va fatal, que evito mostrarme.

Lucía, que removía el té en silencio, la miró con seriedad.

¿Y no piensas que quizás ya saben la verdad y quieren reírse de ti? preguntó con delicadeza. Recuerda lo del instituto A muchos no se les olvida lo que les dijiste.

El rostro de Carmen se encendió de pronto.

¡Tonterías! Nadie sabe nada. Sé ocultarme bien. Solo necesito ir y demostrar que sigo siendo la que manda.

Lucía se inclinó hacia atrás, pensativa, golpeando el borde de la taza. Algo no cuadraba en la historia: ¿de verdad querrían volver a verla quienes recibieron públicamente su humillación? ¿O sería una trampa cruel?

Pero Lucía decidió callar. Ya había aprendido que Carmen, por mucho que se lo dijeras, solo aprendía cuando se daba de bruces.

En fin asintió, neutra. Si decides ir, ve, pero piensa bien si estás preparada para lo que puedas encontrarte.

¿Qué iba a pasar? frunció el ceño Carmen. Todo irá bien. Iré perfecta y nadie sospechará que ahora no me sobra nada.

Como quieras. Si necesitas ayuda con el modelito, avísame. Yo te echo una mano.

Carmen respiró tranquila, satisfecha.

Gracias. En serio, tu opinión me vendrá genial. Quiero estar impecable, que no se note bueno, ya sabes.

**********************

Carmen salió corriendo del restaurante, las lágrimas emborronando el maquillaje. El aire frío de la noche madrileña le quemó las mejillas, pero ni lo notó: solo quería huir lo más lejos posible del local donde, media hora antes, había intentado aparentar la vida que nunca tuvo. ¡Cuánta razón tenía Lucía!, le martilleaba la cabeza, ¡Nunca debí haber venido!.

Y al principio todo parecía ir sobre ruedas. Se adueñó del salón, entró con andar seguro, sonrisa en los labios, reloj caro prestadocada gesto calculado para transmitir que era una mujer de éxito.

Se acercó a un grupo de compañeras que apenas la conocían y comenzó su función: el marido empresario, de viaje por Europa; la casa enorme, con jardín y rosales todo el año; vacaciones en la Costa Brava y escapadas internacionales. Carmen improvisaba detalles con soltura, tan metida en su papel que no captaba las miradas de sorna, las sonrisas de medio lado, los gestos de hastío.

Hasta que saltó la liebre.

Oye, pues yo hace poco vi a Carmen dijo un excompañero con voz alta, con tono irónico.

Todos callaron. Carmen intentó sonreír, pero se le atragantó el gesto.

Sí, sí, yo también la vi hace poco añadió una de las antiguas estudiosas, sacando el móvil. Hasta tengo fotos.

Y entonces, alguien conectó el teléfono al proyector, y una tras otra, empezaron a aparecer imágenes de la vida real de Carmen.

Ahí estaba: tras la caja del supermercado, en su uniforme barato, forzando una sonrisa ante un cliente arisco. En otra, comparaba precios en una estantería de ofertas. Luego, en un autobús, cargada con bolsas de plástico. Y otra más: entrando en un portal descascarillado, con la compra y la cara de cansancio.

Las risas brotaron, primero tímidas, luego crueles. “¡Y ella contando lo de la mansión!” exclamó alguien. “¿Y el marido empresario? ¿Trabaja de reponedor?”

Carmen, petrificada, notó cómo se le aflojaban las piernas. No era vergüenza por trabajar: era el bochorno de haber mentido, de verse ridícula después de tanto teatro.

Ni lo pensó: dio media vuelta y se echó a correr hacia la salida. Atrás quedaron las risas, los murmullos, el ridículo. Solo el aire helado y el llanto silencioso la acompañaron mientras se dejaba caer en un banco a recuperar el aliento.

No percibió al hombre que se cruzó en su camino y chocó con él. Casi cayó al suelo.

¿Estás bien? dijo preocupado un joven, sencillo, una bolsa de supermercado colgando de la mano. Había en sus ojos tanta honestidad que a Carmen se le rompió por fin la coraza.

No… susurró, rompiendo a llorar. Mi novio me dejó justo antes de la boda

La vida, pensó Lucía desde la distancia, aprende despacio y cobra caro el precio de la soberbia.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

nineteen + ten =

El precio de la soberbia
Mi suegra me llamó “para dos horas” para ayudar con el aniversario y esperaba obediencia absoluta La voz por teléfono fue casi dulce: — Ven, ayúdanos un poco, literalmente dos horitas. Ni sospeché nada: pensé, cortar un poco, ensalada, té. Pero al entrar en la cocina, vi ollas enormes, listas de platos y escuché: “los invitados llegan en cuatro horas”. Quedó claro: no era una invitada, era una voluntaria en turno. Ella estaba junto a la cocina, removiendo una olla gigante, y se giró con una sonrisa que ya no parecía la misma. — ¡Ah, ya has llegado! Menos mal, qué bien. Mira, al final vienen más invitados de los previstos. Unos veinte. Hay que preparar pescado, tres tipos de ensaladas, carne, poner la mesa… Yo me quedé paralizada en la puerta, aún con el abrigo puesto. — ¿Veinte personas? Dijiste que sólo era ayuda “para dos horas”… — Sí, ¡para dos horas! — agitó la mano, ya como si el tema estuviera zanjado. — Entre dos será más rápido. Venga, quítate el abrigo, la bata está ahí. Empezamos con las ensaladas… — Espere — dejé el bolso, pero no el abrigo. — Pensaba que era solo algo sencillo. Tengo planes para esta tarde. Se giró y sus ojos endurecieron. — ¿Planes? Tu familia debería ser tu único plan. Nos preparamos para un aniversario, y tú pensando en tus cosas. Ahí salió ese tono. Ese en el que mi opinión no importa y sólo esperan mi obediencia. — Hubiera ayudado encantada si me lo hubieras dicho antes. Me dijiste otra cosa. — ¡Perdona por no explicarte cada detalle! — volvió a la cocina. — Pensé que comprenderías que para un aniversario hace falta un buen despliegue. ¿O crees que a mi edad debo cargarlo todo sola? Apreté los labios. Ya conocía sus tácticas: culpa, presión, reproche. — Podías haber pedido ayuda a otros, o al menos avisarme. Se giró de repente. — ¿Por qué pedir a otros si tengo nuera? ¿O ya has olvidado lo que significa “familia”? Mientras tanto, mi marido estaba en el salón con el móvil. Sonaba la tele. Sabía lo que ocurría, pero no se metió. — ¡No me niego a ayudar! — dije. — Pero me engañaste. No está bien. — ¿Engañado? — levantó los brazos teatralmente. — ¿Lo escucháis? ¡Yo la he engañado! Solo pedí ayuda y ya está montando escena. Así son ahora los jóvenes, quieren que todo se les deba, pero no tienen conciencia. Por dentro, sentí rabia. Si me marchaba, conflicto. Si me quedaba, tocaría cortar, cargar y aguantar reproches. — Vale — suspiré. — Ayudaré con las ensaladas. Pero no serviré ni atenderé a los invitados. Ella se tensó. — ¿Pretendes que haga todo sola con las bandejas? — Sólo digo que podría organizarse de otra manera. Pedírselo también a su hijo. — ¡Él es un hombre! — protestó. — La cocina no es cosa suya, tiene otro papel. — ¿Qué papel? ¿Estar con el móvil? — ¡No es asunto tuyo! — su voz se hizo brusca. — ¿Has venido a ayudar o a filosofar? Me quité el abrigo, me puse la bata. Empecé a picar verduras. Ella asintió, satisfecha, y volvió a la olla. Al rato volvió a hablar: — Cuando lleguen los invitados, ¿te cambiarás, verdad? — No, me iré. Ayudo y me marcho. Dejó el cucharón. — ¿Cómo que te marchas? ¿Quién recibe a los invitados? ¿Quién sirve? — Usted. O su hijo. — Él los entretendrá. Él es el anfitrión. El anfitrión que nunca ha tocado un plato. — ¿O sea que los hombres charlan y las mujeres sirven como criadas? — ¿Y cómo debería ser? — entornó los ojos. — ¿Ahora te has vuelto feminista? — Solo digo que no quiero ser la chica de los recados, gratis. — ¿GRATIS? — casi gritó. — ¡Eres mi nuera! ¡Somos familia! ¿O has olvidado quién te ayudó con el piso? El famoso argumento. El dinero que ya habíamos devuelto, pero para ella era deuda eterna. — Lo devolvimos — respondí tranquila. — ¿Y la deuda moral? ¿La gratitud? Dejé el cuchillo. — ¿Quiere que me sienta eternamente obligada? — Quiero que te comportes como parte de la familia. No como empleada contratada. — Pero así me trata. Sin sueldo. Tiró el trapo. — ¡VALE! Haz lo que quieras, pero no salgas sin dejar la mesa lista. La miré, y de pronto lo tuve claro: da igual cuántas veces ceda, nada va a cambiar. — No — dije en voz baja. — No lo haré. — ¿Cómo dices? — He dicho que no. Me marcho. Me quité la bata, cogí el bolso, me puse el abrigo. — ¡No te atrevas! — su voz tembló. Mi marido salió del salón. — ¿Qué pasa? — ¡¡Que se va!! — me señaló. — ¿Qué haces? — me preguntó. — Pregunta a tu madre por qué me llamó “para dos horas” y quiere que trabaje para veinte personas. — Pero dijo que era un momento… — “Ayuda” significa ayuda normal — se metió ella. — No mover la ensalada media hora. — Siempre igual — dije. — Y siempre me recuerda lo del dinero. — Solo ayúdala — dijo él con desgana. — ¿Y tú? ¿Por qué no cortas? ¿Por qué no pones la mesa? — Eso no es cosa de hombres. Me reí — de cansancio y rabia. — En fin. Apañáos sin mí. Fui hacia la puerta. — ¡Si te vas no vuelvas nunca! — gritó ella. — Vale. Salí. En el coche me temblaban las manos. El teléfono sonaba, pero no contesté. Luego recibí un mensaje: “Vuelve ahora mismo.” Respondí: “No soy criada gratis.” Por la noche, estaba en casa con mi té. Me dio igual lo que dijeran. Mi marido volvió tarde. — ¿Estás contenta? Todos piensan mal de ti. — ¿Y tú? ¿Tú qué piensas? Guardó silencio. — Tenías que ponerte de mi parte — le dije. — No lo hiciste. Después, silencio total. Dos semanas sin llamadas. Y entendí algo: A veces irse es más importante que quedarse. Aunque detrás griten que te equivocas.