Mide con el alma, comprueba con la razón

Mide con el alma, verifica con la cabeza

¡Ay chicas, la mía se ha vuelto completamente loca!exclamó Sonia, alejando su taza de café y acercando una copa de vino. ¡Ayer apareció con una olla de cocido! Decía que el mío no le convence, que mi hijo está acostumbrado al suyo. ¿Pero esto qué es? ¿De dónde salen estas suegras, por Dios? ¿De verdad terminaremos así nosotras? Si es así, que alguien me lleve a la sierra y me deje allí, incapaz de volver a casa.

Tranquila, Soniale dijo Elisa dándole unas palmaditas de ánimo en la mano. A lo mejor le ha llegado la menopausia o está aburrida, pobre mujer. Considera que tu marido es su único hijo, y su vida se limita a hacerle la vida más feliz a base de mandangas. ¿Que te da cocido? Pues dale las gracias y que lo reparta al menos cocinas menos tú. Que se luzca.

¡Sí, hombre! Como le coja gusto, se muda con nosotros. Me basta con lo que hace ahora. ¿Te acuerdas del juego de lencería que compramos antes de las navidades?

¿El regalito ese?

El mismo. Lo tiró.

¿Cómo que lo tiró? Elisa, que estaba sirviendo té, derramó parte en el mantel, tiñéndolo todo de amarillo pálido.

¡Que era malo para la salud!rió Sonia, ahora ya resignada. ¡Que las bragas esas malas, dice! Ni le mencioné lo que costó, porque vamos, se lo hubiera merendado de la rabia.

Mírala, quejica. Tú aquí protestando y ella velando por tu saludsoltó Elisa entre carcajadas. Pero a ver, ¿por qué te rebusca en la ropa interior?

¡Pues pregúntaselo tú si tienes narices!Sonia estampó la servilleta en la mesa mientras absorbía el charco de té. ¡Mira qué desastre, que esto no sale ni con Fairy!

Cálmateintervino Olga, que llevaba rato callada, quitándole la servilleta y acercándole de nuevo el café. Estás hecha un manojo de nervios, y eso no puede ser.

Nerviosa no, lo siguiente. Cuando vivíamos de alquiler era todo gloria: no venía, yo me paseaba por la casa meditando mis encargos en bata y nadie interrumpía. Pero desde que compramos piso, es como si hubiese ganado un abono para entrar y salir cuando le da la gana. Encima con el pretexto de que nos ayudó con la entrada. ¡Ale! A este paso, le vendo mi almaSonia pegó un sorbo enorme al vino. ¡Qué vida, chicas! Mi hijo pronto va a tenerme miedo, ayer hasta me preguntó por qué estaba tan bruja. ¿Y qué hago, le digo que la abuela me saca de quicio? No puede ser, tenéis razón

Desde luego que nodijo Elisa, que llamaba al camarero con aspavientos. A mí dame un postre, anda, que hay que ahogar las penas.

Venga, que yo invitoSonia se secó las lágrimas con la esquina de la servilleta. ¿Quieres ver la tarta que hice para la última boda? Eso sí que fue arte, ni yo me lo creo.

Las tres se agolparon alrededor del móvil de Sonia.

¡Madre mía!

Sonia, ¿y eso cómo se cuelga ahí? ¡Qué preciosidad!

Secreto profesionalrió Sonia. Me dio la idea mi hijo con el Mecano. Pero ahora me espera un infierno de pedidos y no tengo ni idea de cómo los voy a sacar.

Pues enchufa a tu suegra de canguro y que se entretengasugirió Elisa, inocente.

Ay, mujer, no digas tonteríasSonia se partía de risa. Ella con su dolorcito se libra de cualquier tarea.

¿Y si le mandas a tu marido y al niño a casa de la abuela?

Sonia se quedó pensativa.

¡Olga, eres una crack! Así no los tengo rondando, el crío come el cocido auténtico y la abuela feliz. Eso sí, habrá que darle alguna chuche al niño, para que se porte y la tenga en forma.

El trío estalló en carcajadas. Todos sabían que si el hijo de Sonia comía azúcar, se transformaba en un demonio agitado. Así era en todos los cumples, Sonia como agente de la Interpol custodiando su dieta.

Oye, Olga, y tú, ¿qué tal con la tuya? Que hoy no has contado nadapreguntó Elisa.

Bah, ¿cuándo iba a darle tiempo? Si me casé hace nadaSonia hizo una mueca después de probar el merengue. Por Dios, qué dulce está esto.

Ve tú a enseñarles, andarió Elisa, pero al mirar a Olga pausó de repente. Óyeme, ¿te pasa algo?

No sé, chicas Todo demasiado tranquilo, ¿no? Oigo a Sonia y pienso: igual no es normal la calma.

Oye, que igual te tocó la lotería de la suegra sensatabromeó Elisa. No todo el mundo tiene el volcán en casa, como Sonia. Lo tuyo es categoría, ediciones limitadas.

No sémurmuró Olga, recordando lo que le dijo Marisa, su futura suegra, el día de la boda.

Mira, Olguita, yo ni soy Santa Teresa ni un billete de cien para gustar a todos. Apenas nos conocemos, pero soy cabezota y orgullosa. A mí me importa la familia y la felicidad de mi hijo. Si él te ha elegido, por algo será. Yo, de momento, solo sé que eres guapa y lista, porque te sacaste la carrera con matrícula. Lo demás, ya lo veremos. No daré la tabarra con consejos a todas horas, para eso no sois niños. Si hay que ayudar, aquí estaré. Lo demás, el tiempo lo dirá.

A Olga, tanta sinceridad la dejó patidifusa. Raro es que te hablen tan claro la primera vez.

Olga y Alejandro se conocieron en la boda de unos amigos. Ella, en su rincón, con tacones que apenas dominaba, lejos del corrillo de chicas nerviosas para atrapar el ramo, fue abordada por un chaval bajito y robusto.

¿Y tú, por qué no luchas por el ramo? ¿No tienes ganas de casarte?

No me apetece.

¿Y eso? Si todas, dicen, soñáis con la boda

Quién dice eso miente. Habrá quien quiera eso, sí, pero la mayoría preferimos querer y ser queridas, y punto.

¿Y los tacones?

Ya estar de pie es complicado, como para saltar

Hablaron toda la noche, y se marcharon juntos. Alejando la acompañó a casa, le besó la mano y pidió su teléfono.

Esa noche, Olga se quedó en vela acariciando la mano y pensando qué diría su abuela.

Diría ¡Ya era hora!rió Olga en voz baja, recordando el guiño pícaro y la sonrisa dulce de Eufrasia, que la había criado sola desde que su madre emigró a Alemania a buscarse la vida y dejó de llamar tras dos años de cartas y cuatro regalos. La abuela Eufrasia se lo dio todo. Cuando enfermó, Olga tenía quince. Ahí se acabaron amigos, fiestas y tonterías. Solo estudio, hospitales y cuidar.

¡Estudia, hija, que tú sola te las apañas ahora!decía la abuela. ¡Quiero irme tranquila!

Eufrasia resistió tres años más de lo previsto. Cuando falleció, Olga ya hacía la carrera. Su madre apareció dos meses después, más ajena que nunca, y al saber que el piso y la huerta los había heredado Olga, se puso hecha una furia.

Eso no es justo, hija. Se reparte.

Pero Olga la echó de su vida. Lloró, gritó, recordó cada noche apurando el pulso de la abuela, queriendo retenerla egoístamente.

Menos mal que tenía a sus amigas: Lisi, hija de empresario, que le buscó trabajo en el despacho de papá, y Sonia, criada solo por su madre, que muchas veces ni pan tenía para cenar.

La abuela ayudó a Olga también cuando su madre quiso impugnar el testamento.

¡Que venga, que la empapelo en el juzgado!bramaba Lisi.

No hace falta. Ella ya lo entiende.

Fue Lisi quien, por si acaso, habló claro con la madre. Desde entonces, ni madre, ni juicio, ni Navidad. Sólo amigas.

Y Sasha, Alejandro. Salían desde hacía dos años y, cuando se casaron, Lisi cazó al vuelo el ramo y se colgó del primer amigo de Alejandro.

¿Bailamos?

Olga y Sonia se reían al ver el tonteo. Fue corto: después de un mes, Lisi largó al chico sin explicar nada.

No era para mísentenció.

Olga no preguntó más.

Maximiliano seguía visitando la casa de Olga y Alejandro, y Lisi siempre huía de él.

Cuidado con ese buenazoinsistía Lisi. Que no me fío ni un pelo.

Olga no lo entendía. Maximiliano era bromista, amable, siempre disponible. Hasta se llevaba bien con Marisa, la suegra, a la que regalaba elogios sobre Olga.

Al cabo de dos años, llegó una sorpresa: Olga estaba embarazada, justo cuando iban a hacer un tratamiento de fertilidad. El médico había dicho que era imposible al natural, pero milagro.

¡Es un milagro, Álex!lloraba Olga sin cortarse al decírselo a Marisa, que justo venía por el cumpleaños de Alejandro.

El mejor regalola abrazaba Álex, pero Marisa torcía el gesto.

¿Qué pasa, mamá?

No sé, hijo, ha sido todo muy de golpe.

¿Insinúas algo?

Marisa, seria como una esfinge, le miró.

¿Confías en tu mujer?

¡Mamá!

Te lo pregunto de verdad.

Confío ciegamente y no quiero oír más insinuacionescortó Alejandro, apartando un bache de la carretera.

Yo me alegro, hijo, claro que me alegro Ahora sí.

Nació Javier y Olga se sumió de lleno en la maternidad. Marisa nunca se metió, pero siempre ayudaba cuando Olga la necesitaba.

¡Oye!Elisa agitó la mano delante de Olga, que había quedado mirando el café en las nubes. Que te has ido

Perdona, estaba pensandosuspiró Olga, sacudiendo la cabeza. Cambió el tema preguntando por los ligues de Elisa, que siempre eran tema de tertulia.

Miró de reojo el móvil: hacían dos horas desde que salió y Marisa no había llamado para preguntar cuándo iba a volver. Igual sí que era una joya de suegra, después de todo. De hecho, fue idea suya que Olga quedara con sus amigas.

Sal, ve a desconectar un rato. Yo me quedo con Javierle había dicho Marisa.

GraciasOlga nunca sabía qué más decir. Era cordial con Marisa, pero había una piedrecilla invisible entre ellas. Una pequeña, como esos guijarros que parece que no molestan hasta que haces una herida.

Mientras Elisa narraba sus historias románticas (un tanto de novela de Almodóvar), Olga sentía un pellizco en el estómago. ¿Por qué esa inquietud si todo iba bien?

El móvil sonó abruptamente, y Olga casi tiró el vino.

Olgala voz de Marisa, casi irreconocible, sonó apagada.

De lo que pasó después, Olga sólo recuerda destellos: Elisa y Sonia cacheteándole para que reaccionara, un taxi, Sonia dándole agua helada y, al llegar a casa, Marisa con el rostro envejecido pidiendo a Elisa:

¿Te quedas tú con Javier? A mí me da miedo conducir sola

Alejandro había muerto en un accidente: un socavón, el coche giró de golpe y acabó chocando de frente con un camión.

Olga quedó sumida en un dolor espeso, ocupando el tiempo entre lágrimas y limpiar compulsivamente. Invitó a Marisa a quedarse en casa, pero ella se negó.

No puedo. Están sus cosas, su cuarto A veces me parece que va a salir y pedirme tortitas.

A mí nunca me pidió

Algo propio deberíamos tener cada una, ¿no?dijo Marisa con tristeza. A mí me dejaba freír tortitas, que decía que mejor las tuyas.

El pequeño Javier andaba entre madre y abuela, abrumado, preguntando por su padre.

Con el paso del tiempo, Marisa fue cogiéndole gusto a cuidar del niño, y Olga sentía que así estaban todos mejor.

A medida que llegaba la Navidad, el dolor crecía: iba a ser el primer fin de año que, en vez de ir a Sierra Nevada, pasaría sin su marido.

Voy a conquistar las pistas de esquídecía Alejandro. Tú te quedas haciendo muñecos de nieve con Javier.

Tú aprende a no caerte y luego conquistas lo que quierasle chinchaba Olga. Que lo mío fue más difícil, ¡y mira!

El dolor no cedía y, cuando quiso devolver los billetes del viaje, Marisa la frenó.

¿Y si lo aprovechamos? Vente tú, Javier y yo. Desconectamos todos, y así el niño tendrá recuerdos bonitos.

Lo pensó, y fue.

Málaga les recibió con lluvia y una semana gris. Solo un día fueron a la playa a ver el mar embravecido.

Qué tristeza de díamurmuró Olga, acomodando el gorro de Javier mientras este celebraba cada ola.

Da miedo, pero así es la vida, fuerza y golpesdijo Marisa, abrazada a sí misma. Olga la rodeó por los hombros, sorprendida de sí misma por tal gesto de cariño.

Marisa se apoyó contra ella.

Menos mal que os tengo

¿Tenías?

Sí, Olga. Tenía miedo de perderos también.

¿El qué?

Maximilianoescupió el nombre Marisa, y Olga sintió un escalofrío.

¿Qué pasa con él?

Vino una semana después a hablar conmigo.

¿A ayudar?

No, hija. A contarme que Javier no es hijo de Alejandro. Me insinuó que el padre podría ser él.

Olga sintió el mundo hundirse.

¿Y usted le creyó?

¿Tú qué crees?Marisa la agarró por los brazos. ¿Crees que estaría aquí si le hubiese dado crédito a ese desgraciado? Lo eché de mi vida. Lo importante es que Alejandro SIEMPRE confió en ti, sin dudar un segundo.

Se fundieron en un abrazo.

No entiendo qué gana élrezongó Olga, todavía perpleja.

Hay personas que solo quieren hacer daño, por venganza, por rabia, porque no soportan ver felicidad ajena. Maximiliano siempre fue la sombra de Alejandro, hasta que llegaste tú. Tal vez sea solo eso.

Olga estuvo a punto de contarle que Maximiliano había ido a verla días después, pero que Lisi le montó un escándalo y lo echó de casa al grito de ¡Tú no eres ni amigo ni enemigo, eres peor!. Entonces lo entendió todo.

El resto del viaje fue un bálsamo, aprovechando cada momento con Javier y Marisa, hablando de pasado, futuro y de Alejandro. De vuelta en Madrid, Olga guardó el dolor en una caja junto con los tacones olvidados, hasta que medio año después, en la boda de Lisi, se los puso otra vez, maldiciendo:

¡Esto es tortura de la China!

Sufre, que para estar guapa hay que penarrió Marisa, ayudándola con el vestido.

¿Y en bailarinas no puedo estar mona?

Te arrastras en el vestido, mujerdijo Marisa, y luego agarrando a Javier y el ramo de novia. Venga, que nos vamos, no llegues tarde.

¡Como me oiga Lisi, me mata!gimió Olga.

La boda fue un locurón. Sonia, con su barriga bien visible, se quejaba del estrés del pastel.

A esto no se puede delegar nada, todo lo tengo que hacer yofarfulló.

Lisi se relamía:

Yo me he zampado un trocito. Riquísimo, por cierto.

¡Sin vergüenza!protestó Sonia.

Me criticas luego, ahora me toca bailarsaltó Lisi huyendo.

Sonia suspiró.

¿Y tus dos?señaló al pequeño Javier y a Marisa.

Bailando.

¿Y tú, Olga, cómo lo llevas?

Bien, de verdad.

¿Ya la llamas mamá?

Me da corte.

¡Boba! Si yo tuviera esa suegra

Olga se quedó pensando, mirando a Marisa y a Javier bailar. Tal vez Sonia tenía razón. Y esa palabra, cargada de tanto, encajaba con Marisa como anillo al dedo.

Mamámurmuró, y al oírse, sonrió. Y esta vez, lo dijo fuerte, muy segura. ¡Mamá!

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