La vida vacía de Eugenia
La escarcha ya no quemaba las plantas desnudas de mis pieshabía dejado de sentirlas. Solo el viento, arremolinado y cruel, me cortaba la cara, los brazos y el cuello, calando hasta el fondo del pecho cubierto solo por una raída camisola de dormir. El cabello canoso, endurecido y helado, se cubría de nieve como si fueran estalactitas. La ventisca bramaba y me golpeaba sin piedad, y yo ya no sabía adónde iba, perdido en mi propio corral en el pueblecito de Soria. Apoyado contra la valla helada del jardín, crucé los brazos sobre el pecho y murmuraba en voz baja:
¡Ojalá me lleves ya, Señor! ¡Llévame de una vez…!
Dicen por aquí que habría muerto aquella noche, congelado antes de que saliera el sol, de no ser por mi vecina Teresa, que salió para acudir a ver si la vaca iba a parir. Vio la puerta de mi casa abierta y la luz asomando por la rendija.
¡Eugenia! ¿Qué haces anda, trasteando en la oscuridad?
Pero yo solo estaba allí, en una esquina del jardín, oculta entre el viento y los árboles, repitiendo y repitiendo como un estribillo: “morir, morir…”
Teresa echó a correr, cruzó la verja y entró gritando:
¡Eugenia, que dónde anda, mujer! ¡Por Dios! ¡Eugenia!
Aunque hubiese querido, no podía contestar. Caí al suelo resbalando contra la valla y, balbuceando cosas ininteligibles, agaché la cabeza sobre las rodillas. El llanto surcaba mis mejillas hundidas y grises. Solo sentí cuando alguien me sujetó y procuró arrastrarme, pero el cuerpo se me había quedado tieso.
¡Ay, vieja loca! ¡Ahora vuelvo! Teresa salió pitando en busca de su marido, y entre los dos me llevaron adentro.
Desde entonces, postrado en la cama. A la mañana siguiente vino la joven enfermera, Macarena, sorprendida de que a mis noventa y un años ni siquiera tuviera catarro, sólo los pies dañados por el hielo. Inclinándose hacia mí, me dijo:
Abuela, mejor la llevo al hospital. ¿Llamo a una ambulancia?
Yo la miré a esos ojos oscuros y mejillas sonrosadas por el frío, y negué con la cabeza.
No, hija mía. Mejor me quedo aquí. No hace falta que pierdas tu tiempo con una vieja como yo. Anda, vete en paz.
Así pasaron dos semanas, pegado al colchón. ¿Y por qué había salido esa noche al patio, descalzo y en camisón? Todos pensaban que fue por torpeza de vieja, pero yo sentía que había algo más, algo inexplicable, un designio. Aquella tarde, me senté en la cama con la luz amarilla de la bombilla y desmadejaba unos calcetines que tejía a ciegas. Pero mis dedos trabajaban en automático, mi mente lejos del hilo. Miraba fijo un punto de la pared, sonriendo a recuerdos lejanos.
Nada bueno me había pasado en la vida. Todo trabajo, penurias y nada más; solo una ráfaga breve de amor puso luz en tanta oscuridad.
Se llamaba Ernesto.
Ernesto… Ernestillo… balbuceé entre los labios y sonreí aún más, perdida en mis recuerdos.
Quizá soñaba despierta, así lo sentía en ese anochecer: que iba camino abajo entre los chopos amarillos de la ribera del Duero, al límites del cortijo de la señora marquesa. Me protegía los ojos del sol, esperándole, esperando siempre, sintiendo ese pálpito de miedo y esperanza, ese ardor en el pecho. Y veía entre los trigales la silueta de un hombre. Corría hacia él, dichosa. “¡Ernesto! ¡Ernesto!”
Me dormí con esa ilusión. Pero a mitad de la noche me desvelé inquieto en la cama; un vistazo a la ventana y afuera, una tormenta de nieve, el ventanal vibrando. Me destapé enseguida, las manos por delante palpando en la oscuridad hasta llegar a la puerta.
Es un momento solo, vuelvo enseguida…
Salí empujando la puerta con el pie, descalzo, fuera de mí, ciego ante la ventisca blanca. Extendí los brazos, suplicando:
¡Ernesto!…
El frío me calaba hasta los huesos, congelándome por dentro. Bajé por las escalerillas de piedra, mirando solo hacia adelante, al otro lado de la verja, luchando con la tormenta.
Ernesto, estoy aquí, Ernesto…
Llegué a la cerca, busqué por todo el patio, volviendo a la verja, y allí Sentí cómo los pies se me quedaban dormidos, cómo ya apenas podía caminar. Corrí, o traté, por el corral, aun sonriendo. “Un momento más, solo miraré desde este lado…”. Pero ya no encontré la puerta. Me perdí, me desorienté entre el huerto, la valla, los árboles. Así me encontró Teresa.
Y después vinieron a cuidarme: Teresa me traía de comer, charlaba, encendía la chimenea. Macarena, la enfermera, curaba mis heridas y me untaba los pies con pomada y me pedía que midiera la fiebre. Cumplía lo que me pedían, pero en cuanto quedaba solo, me quedaba mirando el techo, absorto. Escuchaba los ruidos de la calle: el ladrido de los perros, los gritos de los críos volviendo del colegio, el chirriar de una carreta.
Pasaba la mayor parte del tiempo medio dormido. A veces despertaba sin saber si era de día o de noche. El fuego crujía en la chimenea. De vez en cuando, me despertaba y me preguntaba: “Dios, ¿cuándo me llevarás ya…? Que me quiero morir…”.
Desde pequeño entendí una verdad cruda: mi vida era una pendiente resbaladiza de barro y malas hierbas, bajando sin freno, magullándome el cuerpo y el alma. Nadie me ofrecía la mano. Así vivíamos todos, sin esperar otra cosa. Aprendí que vivir consistía en aguantar sin quejarse, mordiéndose la lengua para no chillar.
Aquel año, la primavera llegó tarde y cabreada a Castilla. No trajo ni calor ni flores, sino más frío, viento y lluvias, tan fuertes que convertían los caminos en un lodazal. No cesó la nieve hasta mayo y, cuando lo hizo, la tierra apareció marchita, empapada, igual que una piel gastada. Los frutales seguían pelados y negros, el jardín parecía quemado. Yo, con el pañuelo mojado apretado en la cabeza, iba paso a paso por la calle embarrada, arrastrando el cántaro de barro con agua helada que se me esparcía por los pies rajados. Frente a la tapia torcida, un grupo de hombres fumaba, encorvados, murmurando mientras me miraban; yo las evitaba la mirada y seguía mi camino, otra sombra más en aquel desangelado pueblo.
¡Eugenia! La voz de la señora Honoria, la criada del cortijo, tronó desde la puerta. ¡Corre a la tienda! Dile a Pascual que dé la mejor tela para la niña. ¡Y nada de remolonear! Que esta noche vienen de la capital, y hay que poner buena mesa. ¡Y coge también flores, muchas flores!
Dejé el cántaro en el poyo, con mucho cuidado para no tirar el agua, y me limpié las manos en el delantal mugriento antes de irme. Tenía veintidós años, pero ya sentía que la vida había pasado de largo, ni siquiera para rozarme. Tras morir mis padres, la viuda de un hidalgo me acogió “a cambio del sustento”, y siendo flaca y asustada, aprendí de todo, menos a soñar. Crecí en una mujer fuerte al trabajo, siempre con la cabeza baja, las manos gruesas y sin brillo en los ojos.
Trabajaba de sol a sol, hasta que me zumbaban los oídos y me zumbaban las piernas. Cortaba leña bajo la lluvia, ordeñaba cabras, preparaba el horno de barro, lavaba en el lavadero helado hasta quedarse los dedos entumecidos, arrancaba malas hierbas bajo el sol mientras las grosellas y las frambuesas me tentaban con su olor agrio, pero la dueña contaba cada fruta y por una faltante era capaz de azotarme con ortiga: ¡Esto no es para ti, holgazana!. Aprendí a no mirar, desgarrando las hierbas entre dientes apretados, haciendo esfuerzos por ser buena, para que a veces me dejara respirar.
A última hora, solía avivar la lumbre de la chimenea; acarreaba los grandes calderos de agua una y otra vez, cubría a la señora después de lavarla, la ayudaba a vestirse y la guiaba de vuelta al dormitorio. Acababa agotado. La señora gruñía, reía a veces y hasta, en un momento de buen humor, me apretaba la mejilla y me decía eres más burra que una mula. Pero todo aquello me daba igual. No soñaba con otra vida. Me era igual la ropa, las chanzas de las otras chicas o los pellizcos de los mozos; ni siquiera se me pasaba por la cabeza rebelarme.
Una vez, mientras limpiaba el espejo del pasillo subida en el banco, la marquesa me preguntó en tono distraído:
Oye, Eugenia, ¿quieres que te case? ¿O te quedas para vestir santos?
Bajé, escurrí el trapo y respondí sin ganas:
Lo que usted diga, señora.
Eso, mucho mejor para ti quedarte soltera. Si tuvieras hijos, serían solo gritos y líos. Con el cuerpo que tienes, tendrías una docena, jajaja. Mucho mejor así, ¡anda, que tenemos suerte contigo!
Lo decía medio en broma, medio en serio. Quería deshacerse de mí y a la vez no podía perder una sirvienta tan eficiente. Pero ese comentario no me tocó alma alguna. Yo era grande y sana, pero vivía tras un muro invisible, siendo casi ajena a todo.
Los hombres terminaron por acostumbrarse a mi presencia robusta y discreta; el viejo gañán, Marcelo, decía que mi belleza no era para ningún hombre: De esas que han nacido para Dios, no para persona. Y así seguían las cosas, hasta que un día la vida me empujó tras esa pared invisible y atisbé, tan solo por un instante, el mundo de los vivos.
Fue a principios de junio, cuando por fin llegó el buen tiempo y los campos se cubrieron de verde. La joven señorita esperaba a un pretendiente de la capital y se exigía lo mejor. Me mandaron al campo a coger margaritas para adornar el salón. Bajando por la ladera, descalzo, sentí que me cortaban la senda: un mozo forastero me obstruía el paso. Traía un chaleco de feria encima de la camisa bordada, botas negras relucientes incluso en ese día gris. Sus ojos risueños y su melena engrasada lo delataban: era Ernesto, el mozo de cuadras del vecino, llegado con el nuevo caballero pretendiente. Me desnudó con la mirada, posándose en mis brazos fuertes y el pecho alto bajo la camisa gastada.
¿Qué tal, guapa? se burló, mirándome de arriba abajo.
Ni le miré. Quise pasar y él, otra vez, me cortaba el camino.
¿Y tú cómo te llamas?
El que lo supo, ya lo sabe, no es asunto tuyo le respondí, apartándolo como si fuera un poste.
Pero no cejó. Empezó a venir cada semana; sentí su mirada pegajosa mientras limpiaba ajos o restregaba cacharros. Él no paraba de soltar chanzas, de intentar pellizcarme, y yo siempre me zafaba en silencio. Un día, entrando a por harina, me asaltó de golpe y me sojuzgó contra los sacos; no grité, pero de pronto supe defenderme. Lo aparté con tal ímpetu que cayó de espaldas al suelo. Ni me inmuté.
Vaya, qué fortuna la tuya… le dije, tranquilamente, mientras me arreglaba el pañuelo y salía.
Ernesto se me quedó mirando mucho tiempo, comprendiendo que yo no era como las otras mozas. No sé si sentía algo por él; su presencia no me incomodaba, pero tampoco me embargaba de ilusión. Era solo un hervor nuevo en el pecho, un despertar.
A partir de entonces, empecé a sonreír más seguido. Me levantaba temprano para ver la neblina sobre la vega, ordeñaba las vacas y me quedaba parada mirando cómo salía el sol tras la sierra. Me daban ganas de tumbarme en la hierba y reírme simplemente por estar viva. Pero enseguida volvía al trabajo.
Ernesto no logró conquistarme, por mucho empeño que puso, más allá de un beso forzado en la bodega que acabó con un sonoro bofetón por mi parte. Sin embargo, su insistencia sembró algo. Un día, al volcar el cubo de agua mientras él, con sonrisa, quiso ayudarme, le sonreí levemente desde abajo. Otro día, me pilló mirándole largo rato desde la ventana. Nada importante, pero él no cejaba.
Hasta que el idilio, si así se podía llamar, acabó abruptamente. Un día Ernesto salió en defensa de un niño pillado robando en los latifundios. La señora ordenó al capataz que lo castigase. Al verlo, me acerqué, toda temblor, a punto de recibir el latigazo por el crío; el capataz me apartó de un empellón. Agarré entonces un leño y me abalancé sobre él. La gente enmudeció. Ernesto le quitó el látigo de la mano y gritó:
¡Largo de aquí! Yo se lo cuento a la señora. ¡Fuera!
Las mujeres acudieron al niño, preguntándole su nombre y consuelo. “Mi madre se murió ayer”, sollozó. Aquello me rompió por dentro, como un mazazo. Me vi niña otra vez, sola y apabullada. Me fui a mi alcoba, arranqué el cordel con la cruz de cobre de mi pecho y me tumbé, llorando a mares, temblando, mordiéndome las manos y la almohada, llorando de rabia, de pena, de impotencia.
Ernesto me halló así. No dijo nada, solo me rodeó con el brazo. Por primera vez, no lo rechacé. Me aferré a él, sintiendo el calor de su cuerpo joven, y, llorando, pregunté bajito:
¿Y qué hay más allá del monte? ¿Qué hay más allá?
Está la ciudad respondió, algo asombrado. Con sus palacios, sus templos, sus mercados…
¿Y más allá?
Más lejos hay otra ciudad, y después… el mar, dicen.
Nunca había visto el mar. Me asustaban los ríos grandes, pero de pronto me entró el deseo de verlo. Quería huir de allí, de ese lugar donde solo era sirvienta, donde apenas tenía nombre, donde me mataban a trabajar y solo era la bestia de carga. Quería ser persona. Miré a Ernesto cara a cara y, cogiéndole el rostro con las manos agrietadas, pregunté:
¿Te casarías conmigo? ¿Me llevarías contigo?
Él tartamudeó, dudando. Me habló de paciencia, de dificultades y de que necesitaba dinero. Pero yo ya había decidido: me lancé a sus labios, loca de ansias. Esa noche se me rompió el cordón de la cruz vieja y decidí no buscarla. Así tenía que ser, musité.
Ernesto vino dos veces más. Nuestras citas siempre secretas, en el pajar, junto al río, entre arbustos, fueron una luz breve. Empecé a caminar con la cabeza erguida, la mirada viva y un rubor en las mejillas. Hasta empecé a sonreír.
Todo acabó de golpe: la boda de la señorita y la mudanza de los nuevos señores a la capital. Ernesto se fue con ellos. Nadie me avisó. Me enteré por la cocinera: Vete despidiéndote, Eugenia, tu enamorado se marchó.
Yo seguía esperando. Cada tarde iba al camino, mirando hacia la carretera que salía del pueblo. Me quedaba de pie, rezando para verle venir hasta bien entrada la noche, mientras brillaban las primeras estrellas. Ya ni comía ni dormía. Los ojos hundidos y encendidos, los labios secos y una sonrisa boba de pura fe. Nadie podía convencerme de que no volvería. Estaba segura, lo sentía en los huesos.
Llegó el verano, luego el otoño con su lluvia y su barro. Me consolaba mirando la raya azul del monte que tocaba el cielo, pensando que si tenía paciencia, Ernesto volvería. No preguntaba por él; cuando alguien me ponía al día, ni siquiera entendía, solo sonreía.
Un día de octubre, mientras escarbaba en mi huerto, alcé la cabeza y distinguí en la linde del bosque la figura de un hombre. Temblando, grité:
¡Ernesto, espera!
Pero no se volvió. Corrí hasta la ribera hinchada por la lluvia y busqué el modo de cruzar; el hombre desaparecía ya entre la niebla. Me quedé de puntillas, los ojos muy abiertos para distinguirlo más. Pero al final, el hombre se deshizo en la distancia. Solo quedó el verde campo.
Una vecina, Pilar, me encontró y preguntó: ¿Qué haces ahí, mujer?
Era Ernesto dije, sin girarme.
¿Cuál Ernesto?
El mozo de cuadras del otro cortijo, el que venía antes…
Pero si ese lleva años casado, mujer. ¡Tiene media docena de críos! Ahora está cojo, vive con penurias. Si aún vive… ¿De qué te ríes?
Solté una carcajada salvaje, despeinada y con las rodillas sucias bajo el sol.
¡Vaya, está loca! farfulló Pilar, santiguándose. Si te oyera tu madre…
Es joven, guapo, fuerte. ¿Y sabes quién soy yo? Su mujer. No tuvimos hijos porque aún no los busqué.
Qué dices, si debe andar ya por los cincuenta… Venga, vamos pa casa.
Yo reía y la miraba con ojos extraviados:
¿Por qué me mientes así?
“Esta está tocada, pobre mujer”, pensó la vecina retirándose. Desde ese día, todos en el pueblo asumieron que estaba como una cabra. No volví a llorar ni a esperar en el mismo sentido desesperado. Trabajaba lo poco que podía en mi pequeño huerto con más furia y silencio que nunca, tratando de acallar ese dolor instalado en el pecho. Cuando encontraba un rato, me sentaba en el poyete y miraba al monte, convencido de que detrás estaba el mar.
A veces, me arreglaba lo mejor posible, peinaba mis largos cabellos, me ponía la camisa de fiesta y salía al campo a mirar ese horizonte azul donde los árboles tocan el cielo. Quedaba tan quieto, tan firme y viejo, como si hubiera echado raíces en esa tierra esperando no años, sino siglos. Si alguien, por lástima, me preguntaba a quién esperaba, respondía con una sonrisa tierna:
A mi felicidad. Está allí, tras el monte. Ernesto prometió regresar hoy.
“¡Qué alma desventurada!”, decían. Solo el viento movía los chopos, el Duero seguía su curso lento, y allí atrás, detrás de los pueblos, seguía el mar inalcanzable cuyo nombre tanto anhelé.
La puerta de mi casa crujió una vez más. Teresa entró a encender la lumbre. La miré con la mirada vacía, descolorida.
¿Cómo tienes los pies, Eugenia? preguntó ella.
Mascullé algo ininteligible. Se acercó más.
¿Cómo dices?
…que ya solo me queda morir, mujer… Ya no vuelve. Solo me queda esperar la muerte…
Hoy, escribiendo estas líneas en mi cuaderno, rodeado de silencio y ausencia, descubro que esperar toda una vida por algo que jamás llega es la carga más dura. He aprendido, aunque ya tarde, que el olvido es tan inevitable y frío como la escarcha que un día me consumió. Todo lo demás, hasta el amor, acaba siendo solo un eco.






