La Reina

Mamá, por favor, no te alarmes pero a partir de año nuevo podemos tener algunos problemas económicas. Bueno, tampoco creo que vayamos a pasar hambre.

Hija, no me tengas en ascuas, sabes bien que no me gustan los rodeos.

Lo sé, mamá. Mira, me he marchado del trabajo. Ya está, lo he dicho.

¿Cómo? ¿Te despidieron o fue decisión tuya?

Por voluntad propia. Me gusta siempre decidir yo.

Lo sé, igualita que tu padre. Me imagino lo que diría él si siguiera aquí.

Mamá, mira qué bonitos están los petirrojos en el olivo frente a la ventana Y papá, seguro, habría dicho que «no es el puesto el que ennoblece a la persona».

Estaba tan orgullosa de ti, hija. Te admiraba por ese trabajo, ese sueldo, esa posición: eras la responsable de toda la cultura de la ciudad. Te sacaban por la tele, todos te miraban como una reina, te obedecían, te respetaban. Y tienes ese porte, esa elegancia, siempre tan guapa y moderna.

Mamá, no llores. Mi belleza no se va a ir a ningún sitio, no te preocupes.

Al menos cuenta, ¿qué ha pasado para tomar esta decisión tan repentina? Aléjate de la ventana, que está entrando corriente, siéntate conmigo.

Mamá, es que tengo otra forma de ver la vida, muy diferente de la de mis jefes. Ellos sólo piensan en presentar informes a tiempo y sólo se acuerdan de la gente allá arriba, en los discursos. No quiero vivir así. Como dicen los jueces en los divorcios: incompatibilidad de caracteres.

Hija, eso pasa en todos los trabajos. Pero entonces ¿ya no irás a ninguno de tus festivales ni actos culturales de invierno?

Sí, claro que iré. Hemos trabajado todos juntos para prepararlo. Ahora iré como espectadora. Me hace hasta gracia.

¡Pues vaya gracia! ¡La directora de cultura de la ciudad, ahí plantada a los pies del árbol de Navidad! Llévame aunque sea para hacer bulto.

Mamá, pensaba que ya estarías harta de árboles de Navidad en la guardería: para cada grupo, para los hijos del personal, para el propio personal, para la delegación del cole

¡Y no te olvides de la función benéfica en la casa-cuna! Pues sí, hija, en el colegio también tenemos nuestros propios indicadores por supuesto, culturales pero me encantaría ver tu fiesta navideña familiar en el Parque Principal. Tú haciendo eventos para familias y tú sola ahora, además, en el paro. ¡Lola! ¡Casi cuarenta, hija! ¿Sigues suspirando por tu Pablo? ¡Pablo Primero! Que ni siquiera se fue de nuestra ciudad, por mucho que soñase con tocar en Viena ¡Menudo saxofonista de pacotilla!

Saxofonista, mamá, es saxofonista. Adolphe Sax, el belga, lo inventó hace casi dos siglos.

¿Y me lo dices a mí, que he sido profesora de música toda la vida? ¡Ay, Lola! Que nunca podré perdonar a tu saxofonista, te llenó la cabeza de pájaros y no dejas que nadie se acerque. Vas envejeciendo, mi reina. Mamá se seca una lágrima Una reina sin trono, hija mía. Una reina soltera y mayorcita. ¿Qué diría tu padre ahora?

Diría, mamá, que la mujer se parece al vino: cuanto más años, mejor. No llores, de verdad. Todo saldrá bien, ya lo verás.

Sí, tu padre sí que amaba la vida.

A ti más que nada. No soltó tu mano nunca, ni siquiera en el hospital

Sí, hija, siempre pienso que nunca le dije lo suficiente cuánto le quería. Daba todo por hecho.

Pero él lo sabía, porque sentía tu cariño siempre. Y cuando le cantabas, se le iluminaban los ojos.

Mamá canta bajito, quitándose las lágrimas:

La nieve cae, la nieve cae, y todo alrededor suspira… Bajo la nieve, con mi canción, quiero decir…

Mi persona favorita, mira la nieve conmigo. Es igual de pura que eso callo, eso que te quiero decir.

Mamá, esa canción me atraviesa Cada vez que la escucho, sueño que el día de mi cumpleaños, a finales de abril, nieve de repente y que alguien la cante para mí.

Hija, ¿y ahora, qué harás con tu trabajo? ¡Con el talento que tienes! ¿A dónde piensas ir?

Me voy a trabajar de revisora en el autobús, mamá.

No digas tonterías. ¿Por qué no hablas con Nines, la vecina del segundo? Tiene enchufes en todas partes: en la Junta, en Hacienda, en Justicia, en el ayuntamiento…

Hablo en serio. Me he decidido: revisora en el bus. ¿Tú que viajas de vez en cuando, qué opinas de los revisores?

Pues la verdad ni bien ni mal. Ahí van, con mil capas de ropa, y gritando en el bus: ¡Pasen el viaje! ¡Hacia el fondo! y otra vez: ¡Pasen el viaje! ¡Vaya trabajo artístico!

Te sale muy bien la imitación: ¡Pasen el viaje! ¡Lo clavas! ¿Te acuerdas cuando papá vino una vez contentillo y nos contó un chiste de autobuses? Él no era de beber, pero aquel día celebraban la entrega de pisos nuevos Vinieron los compañeros a dejarlo en casa, tan feliz. Nunca le vi tan divertido.

¡Pues no lo recuerdo, Lola! ¿Qué chiste era ese?

Que sube un hombre muy borracho al bus, se queda en la parte trasera, tambaleándose, y se le acerca la revisora, severa: Señor, ¡el billete! El hombre, haciendo con los dedos forma de copa, dice solemne: ¡Por el billete!

Ay, Lola, si pudiera ahora emborrachar a tu padre y escucharle los chistes una vez más Qué vida.

Mamá, él sigue con nosotras. Oigo constantemente su voz: Chicas, todo está en la cabeza. Cambia la sintonía y la vida te pondrá lo que quieras: una serenata, una copla, un rock, o lo que se te ocurra.

Pero, Lola, ¿y ese Pablo tuyo? Siempre lo mismo: que si tú eres reina y él sólo un músico Igual que el Gorka en aquella película de Madrid, lágrimas no valen. Pero bueno, ahora no toca hablar de él. Hija, vamos a lo serio: ¿dónde piensas trabajar?

De revisora en el bus, mamá. Empiezo después de Reyes.

No, Lola, esto ya no Siempre fuiste algo distinta, un poco loca como tu padre, pero esto es demasiado. ¡Revisora! Si te conoce media ciudad, si salías en la tele ¡y ahora a cobrar billetes! ¿Qué pensaría tu padre?

Justo lo que él siempre me repetía: nadie puede decidir por ti, tienes que tomar tu vida en tus propias manos. Si no, pasarás la vida en otras casas siendo una invitada en la tuya.

¿Y vas a desafiar a la sociedad ahí subida en el bus?

Es un reto conmigo misma, mamá. Cuando me fui, mi jefe dijo que me bajase del trono, que estaba demasiado en las nubes y muy lejos de la gente, que no montaba nunca en transporte público. Olvidó que la última semana, por la baja del chófer, tuve que ir en buses y trenes por toda la ciudad antes de Navidad. Vi de todo.

¡Madre mía! ¿Y tú quieres educar a los pasajeros del autobús en cultura?

Mamá se recuesta agotada en el sofá, frotándose las sienes.

Pues sí, hija. Me dejas KO con tu notición navideño. De un golpe maestro.

Oye, mamá, dicen los sabios que si Dios no nos tumbara de vez en cuando, no miraríamos nunca al cielo. Asómate, está asomando el sol entre nubes, los niños han colgado un comedero y los petirrojos y carboneros se pelean por las migajas. Y mira, está empezando a nevar

Lola canta bajito: La nieve cae, la nieve cae, todo a su alrededor espera

¡Ay, nuestra Lola! ¡La revisora va a ganar cinco veces menos que tú antes! Así vas a hacer que acepte dinero de ese Don Vicente del primero.

Mamá, que tampoco es mal tipo. Retirado del ejército, viudo, formal, responsable, muy generoso Sé que nadie podrá igualar a papá, pero tampoco compares. Papá está siempre con nosotras, pero ya casi diez años que se fue

¡Olga! Esto va de ti. Te vas a aburrir mucho ahí sentada todo el día. Nada creativo Aunque tu padre decía que hasta de barrendera sacarías algo especial ¿Y si te vas a Mallorca una semanita, usando el finiquito? Ahí piensas y decides.

Mamá, mejor nos vamos juntas a la Costa del Sol con mi liquidación, ¿no?

Suena el móvil de Lola. La madre se incorpora para escuchar.

La hija da las gracias, cuelga y dice: Mamá, no vamos ni a Mallorca ni a Málaga. El cuatro de enero empiezo ruta.

*******

El autobús número 7 termina su primer viaje del día, atravesando toda la ciudad hasta el barrio de la Puerta de Hierro. Es una línea popular, siempre llena de gente. Última parada.

Don Demetrio, ¿puedo usar el micrófono? Como si fuera guía turística.

¡Ya estamos! Has colgado guirnaldas y bolas por todo el autobús, has puesto anuncios coloridos y hasta citas célebres a la vista de todos ¿Cuál toca hoy?

¡Es mejor ir por el camino que eliges tú mismo!

Curioso tenerte de revisora, Lola. Mi compañero Salvador aún no se acostumbra. Dice que le intimidas, sobre todo cuando le regalaste la carpeta con el escudo nacional y le ofreciste nuestras nóminas metidas en papeles nuevos. Ahora hasta se ha comprado camisetas con la bandera y dice que aunque vamos en un Pegaso viejísimo, llevamos españoles, paisanos nuestros. De verdad, eres distinta en este gremio. Hasta la ropa Salvador dice que te vio antes en otro sitio. Yo le digo que pareces artista. Pero lo que más le sorprendió fue ver nuestras propias frases junto a nuestros nombres sobre la puerta. ¡Menuda imaginación!

***

Don Demetrio, ¡sois nuestros Aristóteles de la carretera! ¡No sabéis lo bien que filosofáis sin querer!

Lola, con elegancia, lee dos carteles colgados:

Por teléfono, habla bajito o cuenta algo bueno. Demetrio, conductor del autobús municipal n.º 1.

Si no cedes el asiento a la señora, lo haré yo. Salvador, conductor de la línea.

Filosofía para la eternidad, concluye Lola.

Pero te citamos a ti: ¿cómo decías? Todo está en la cabeza. Cambia la sintonía y la vida te pone una canción nueva.

Eso lo decía mi padre, Don Demetrio.

¿Por qué hablas en pasado? ¿Murió?

Tuvo un accidente trabajando. Era ingeniero, construía colegios y hospitales. Murió en brazos de mamá.

Lo siento, hija. Así es la vida. ¿Y tu madre?

Vive, sigue en la guardería, enseña música. Por eso, Don Demetrio, me gustaría que en el bus sonase música. Aviso un par de cosas por micro y pongo música alegre.

No es mala idea, pero los pasajeros son muy suyos: a unos les molesta, otros la odian

Ya he consultado la normativa; no hay nada que lo prohíba: sólo que no debe molestar. Y Aristóteles ya demostró que la música puede alegrar o tranquilizar. Seleccionaré algo que guste y, además, haré avisos importantes, siempre con respeto y sin agobiar. ¿Puedo intentarlo?

El bus arranca. Nuevos pasajeros suben, validan sus billetes y ocupan sus sitios mientras el autobús se dirige del extrarradio al centro Lola, al lado del conductor, toma el micro y, con voz cálida, anuncia:

Señores pasajeros, están ustedes en la línea más larga y popular de Madrid, que comenzó en la calle de los Olivos. En Olivos tenemos el aire más puro, por eso muchos se acercan aquí a pasear. El centro lo verán tras quince paradas: la siguiente es Calle de la Luz, la más luminosa del invierno, con sus luces blancas y mercados navideños. Les animo a visitar con sus hijos el teatro de títeres, y si quieren conocer nuestro museo de arquitectura tradicional, deben bajarse en Calle del Pinar. Pero sobre todo, ¡visiten nuestra fiesta familiar en el Parque Central, en la calle Jardín! No se arrepentirán. Les deseo una feliz y cultural Navidad.

Lola devuelve el micro y escucha a un pasajero joven diciendo: ¿Y qué hay hoy en el cine Mirador? Ella responde ágil: Para llegar al cine Mirador hay que cambiar al bus 1 en el centro y bajar diez paradas después. Hoy ponen la comedia Navidades Locas. Pero en el cine Estrella, justo en nuestro recorrido, tienen tres películas: la misma comedia, una fábula heroica y un drama romántico, El Paquete Navideño.

Don Demetrio, el conductor, susurra: Mi mujer y yo sí que iremos a tu fiesta en el parque, dicen que hay una tómbola y vino caliente a la española Lola asiente. Él sonríe: Sospecho que no pararás, algo nuevo inventarás. Y Lola sueña: Ojalá un cuarteto folklórico cante estas fiestas en pleno bus. Y, en el cumpleaños de Sabina, invito al guitarrista Joan. Y para Carnaval, traigo un acordeonista Luego llama a su madre: Mamá, perdona pero estas navidades no vendré. Trabajo doble turno. Id al parque con Don Vicente, de verdad. Os hará ilusión. Hasta luego, mamá, que salimos de ruta.

Durante las vueltas, Lola toma el micro y narra datos sobre monumentos y actividades culturales de la ciudad, siempre amable y convincente. Al mes, los pasajeros habituales ya no se sorprenden e incluso corren las habladurías sobre la revisora artista.

***
Tres meses después, la fama de la línea 7 y de la reina del bus llega a oídos de todos, incluido el jefe.

Doña Lola García, dice el director Andrés Serrano con voz severa, la he llamado porque aquí no corresponde una persona como usted. Su labor es controlar billetes, no entretener ni dar conciertos y guías turísticas. Pronto nos lloverán quejas.

Don Andrés, le agradezco la ocasión de hablar de la calidad en el transporte. Tengo la suerte de trabajar con conductores experimentados y merecen premios y reconocimientos. Gracias por dejarme no solo vender billetes sino también acercar cultura a nuestros vecinos. Considere mis mini-guías y conciertos un proyecto piloto de innovación.

El jefe resopla, se seca el sudor, bebe agua, se levanta, se sienta y al final suelta:

Los ingresos no bajan, suben incluso. Pero hay gente a la que le molesta la música y el show. No está regulado.

Pero tampoco prohibido, Don Andrés. En sus propias normas pone que los revisores deben facilitar la comodidad y seguridad de los viajeros.

El confort está bien, pero ya hay compañeros que se quejan.

Si apenas conozco a nadie, trabajo siempre en doble turno. Y los expertos que subieron conmigo se ofendieron porque sólo pido el billete por micro, sin ir pidiendo dinero por el pasillo. Dicen que me siento como una reina, que aburro, que hago excursiones.

Lola tararea: Antes de que sea tarde, haz una parada, revisor, pisa el freno Mira al jefe, apiadada pero firme.

Don Andrés, con todo el respeto, según el manual, el revisor no puede exigir el billete; solo venderlo cuando lo piden. Es el pasajero quien debe pagarlo enseguida. ¿Reina? Aquí todos entran por delante, donde yo reino, y salen por atrás. Si van pocos, pagan al instante. Si hay mucha gente, pasan el dinero o la tarjeta de mano en mano. Por micro tranquilizo diciendo que no teman, porque, supuestamente, hay cámaras de vigilancia, y si alguien hace algo indebido, se verá.

¡Pero no hay cámaras! ¿También miente en público, señora reina?

Fantaseo, sueño, para que todo se haga como debe. ¡Pero debería implantarse, como en todos lados!

Andrés, pensativo, musita:

¿De verdad nunca pasea por el bus?

Sí, alguna vez, si tengo que ayudar a alguien, o arreglar cualquier pequeñez. Pero normalmente, la montaña viene a Mahoma. Los que se intentan colar, acaban curiosos con la reina y, entre charla y canción, acaban pagando. Don Andrés, ¿quiere a esta ciudad? Apenas hay nada suyo en redes

Acabo de volver tras divorciarme. Todo ha cambiado, ya no reconozco ni el barrio.

Pues por eso hay que contarle a la gente lo bueno que hay, para que no se lo pierda. Yo no soy guía, sólo oriento. Y a usted le recomendaría la comedia El divorcio de Paco, en nuestro teatro principal.

Lola, discúlpame, tengo que irme. Pero si alguna vez me invita al teatro no me niego.

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El proyecto Revisora Reina sigue en febrero y marzo. Lola incluso recibe una gratificación en marzo, y ella regala a Don Andrés entradas para el teatro el Día del Padre. En la empresa todos conocen la historia, aunque muchos creen que está un poco loca para tanto esfuerzo con ese sueldo. Circulan rumores de que tiene decenas de patrocinadores cuando, en realidad, sólo la ayuda el coronel retirado Don Vicente, del primero, que admira a Lola y quiere a su madre, Rosalía.

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28 de abril. Sábado. Cumpleaños de Lola. Su madre le insiste en tomarse libre el día, pero prefiere trabajar en su ruta, donde le esperan sus pasajeros habituales. Sale temprano y decide llegar andando al depósito, aunque hace un frío inusual. Mientras camina, piensa en lo que disfrutan las melodías y ritmos que resuenan en su cabeza desde que dejó el puesto de directora. De repente, ve caer copos de nieve, justo el sueño de su infancia: nieve en abril. Observa cómo se posan y se deshacen sobre la tierra, sintiendo la magia y el misterio del instante.

Lola entra radiante al autobús, decorado con copos blancos por los conductores. Salvador, que le toca ese día, le regala una caja de bombones y un micrófono nuevo: Las reinas lo tienen todo bonito. Ella regala a su vez un licor español y un libro sobre España.

Ese sábado, el autobús va casi vacío, hasta llegar al centro, donde suben más pasajeros. Entre ellos, aparece un hombre que hace temblar a Lola: su Pablo, el único hombre de su vida. Lleva el estuche de su saxofón y, al no poder pagar el billete, Lola (renunciando a su habitual tranquilidad) grita al bus: ¡Pasen el billete! ¡Hay cámara! y empuja hacia el fondo. Queriendo huir de sus emociones, empieza a avanzar y, de repente, suena música en vivo: Pablo toca con sentimiento el tema La nieve cae, la nieve cae, llenando el bus y el corazón de la reina de melodía.

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