La rebelión tardía

– ¿Tú entiendes lo que estás haciendo? La voz de Lucía era serena, casi plana, pero esa tranquilidad resultaba más inquietante que cualquier grito. ¿Te das cuenta de lo que esto significa para todos nosotros?

Sofía estaba plantada junto a la ventana, mirando la calle. Afuera chispeaba una lluvia suave de otoño y la gente pasaba a toda prisa bajo sus paraguas, sin mirarse siquiera.

Entiendo lo que significa para mí respondió al fin.

Para ti Lucía repitió ese para ti sopesándolo en la mano, como si midiera su peso. Siempre igual: para ti. ¿Y nosotros?

Vosotros sois adultos.

Mamá, tienes sesenta y un años.

Sé cuántos años tengo.

Lucía se dejó caer en el sofá. Un sofá viejo, de la época del piso anterior, de la vida anterior. Sofía lo miró pensando en las veces que había pensado tirarlo pero nunca lo hizo. Por costumbre, quizá por pena, quizá porque sentía que deshacerse de ese sofá era como tirar algo vivo.

¿Has pensado en lo que va a decir la gente? preguntó su hija.

No contestó Sofía. No lo he pensado.

Y era verdad.

***

Todo empezó en marzo, cuando Sofía Martínez de la Mota, antes maestra de Lengua y Literatura, ahora jubilada con un extra ayudando en un taller infantil de la biblioteca, fue a pasar el fin de semana a casa de una amiga en Segovia.

Su amiga, Carmen Jiménez, llevaba allí ya ocho años. Se mudó tras enviudar, se compró una pequeña casa al borde del pueblo, plantó su huerto y, según ella, por fin había empezado a respirar. Sofía solía ir a verla una vez al año, casi siempre en verano, pero aquel año algo cambió, algo por dentro le dijo: ve ahora. No en verano. Ahora.

Marzo en Segovia era húmedo y silencioso. Todavía quedaba nieve en los rincones, pero la tierra ya asomaba en las laderas. Las torres de las iglesias brillaban bajo el cielo pálido. Sofía caminaba por una callejuela y pensó que hacía muchísimo que no sentía ese silencio. No vacío, sino precisamente silencio. Eso lo entendió allí.

Carmen la recibió en la puerta, enfundada en unas zapatillas y un abrigo viejo.

Ya era hora… dijo, tengo las croquetas al fuego.

Se sentaron en la cocina, con un té, y Carmen le habló de los vecinos, del huerto, de que estaba planteándose comprar una cabra.

¿Una cabra? Sofía la miró arqueando las cejas.

Claro. Así tengo leche y puedo hacer queso. He leído que no es difícil.

Carmen, nunca has visto una cabra de cerca.

Más curioso será conocerla contestó con una sonrisa mientras servía más té. Y tú, ¿cómo vas? Te noto gris, perdona que te lo diga.

Sofía miró sus propias manos. Manos normales, ya mayores, con venas marcadas.

Estoy bien.

Eso no dice nada. ¿Ha pasado algo?

No, no ha pasado nada. Todo como siempre.

Y ese es el problema suspiró Carmen. Cuando todo es siempre igual, ese es el verdadero problema.

Sofía se calló. Afuera ya caía la penumbra y, al final de la calle, se encendía el primer farol.

Al día siguiente, Carmen la llevó al mercado. No era ningún súper moderno, sino un mercado de los de siempre, donde las señoras venden repollo fermentado y calcetines de lana tejida a mano. Allí, frente a un puesto de setas secas, Sofía vio a Miguel.

No lo reconoció al instante. Habrían pasado, con seguridad, más de treinta y cinco años, y estaba cambiado. Pero algo en el porte, en la forma de encajar las manos en los bolsillos, era el mismo. Se paró.

Él también se paró.

¿Sofía? dijo, dudoso.

Miguel.

Y eso fue todo lo que se dijeron al principio. Luego Carmen, muy discreta, se fue a ver los calcetines y ellos se quedaron allí, de pie, oliendo a setas y a tierra húmeda.

¿Vives aquí? preguntó ella.

Desde hace dos años. ¿Y tú?

De visita, en casa de una amiga.

Ya…

Silencio. Pero no incómodo, sino de otro tipo. Como si ambos entendieran que no había prisa.

No has cambiado soltó él.

Ya quisieras.

Bueno, sólo un poco.

Sofía se rió. No esperaba reírse.

***

Miguel Herrera había sido compañero suyo de facultad. No amigos, ni novios, simplemente uno más del grupo de Filología cinco años. Luego separaron caminos, como todos; él a una ciudad, ella a otra, se casó, tuvo hijos. Tiempo después supo, por amigos comunes, que él también tenía una hija. Nada más.

Y ahora, ahí estaba, entre las setas, mirándola como antaño.

Quedaron en verse después, en una cafetería pequeña del centro. Carmen ni pestañeó.

Ve tranquila dijo. Yo tengo serie para rato. Mira que no organizo tramas ni nada, ¿eh?

Sé que no organizas nada, Carmen.

Sí que lo piensas sonrió. Venga, vete.

La cafetería estaba casi vacía, mesas de madera, lámparas de luz amarilla y fotos viejas de Segovia en las paredes. Tomaron té y una tarta de manzana y estuvieron horas hablando, repasando viejos conocidos, riendo por tonterías que entonces parecían todo un mundo.

Luego, Miguel confesó:

Mi mujer murió hace tres años.

Lo siento dijo Sofía.

Ya está… bueno, lo asumes, o eso dices. Simplemente, cambias de forma.

Te entiendo.

¿Y tú?

Sofía pensó qué decir. Su marido, Francisco, se había ido nueve años atrás con otra mujer. Casi sin explicación. Un día fue y lo soltó. Ella se pasó la vida buscando qué hizo mal, dónde falló, repasando los años como si fueran cuentas de un rosario. Al final se cansó de pensar y se puso a vivir. Los hijos, los nietos, el taller infantil, Carmen en Segovia una vez al año.

Hay de todo respondió.

Él asintió y no preguntó más. Eso, curiosamente, le gustó.

***

Volvió a casa, a Valladolid, pensando que no había sido más que un encuentro agradable. Dos antiguos compañeros, charla, recuerdos, cada uno a lo suyo.

Pero, una semana después, él le escribió por WhatsApp. Localizó su número por Carmen. Hola, ¿qué tal volviste?

Sofía le respondió. Y siguieron escribiéndose. Al principio poco, luego cada día. Era raro, porque Sofía no era de mirar el móvil, Lucía le regañaba porque nunca contestaba rápido, pero esa vez se sorprendía a sí misma esperando su respuesta.

Miguel escribía sin florituras. Contaba cosas de la vida en Segovia, que trabajaba de restaurador de arte, que pasaba el día entre retablos e imágenes. Preguntaba por el taller, por sus nietos. A veces enviaba fotos: una iglesia blanca bajo la nieve, una gata en el alféizar, un té sobre mesa antigua.

Lucía lo notó en un mes.

Mamá, últimamente no sueltas el teléfono.

Estoy leyendo.

Tú siempre decías que se fastidia la vista.

Pues me equivocaba.

Lucía la miró raro, pero no preguntó más.

En abril, Miguel propuso venir a Valladolid.

Tengo que pasar por un taller de restauración, allá. Si no te importa, podríamos vernos.

Si no te importa. Sofía sonrió al leerlo. Qué tipo tan serio, tan prudente.

Ven, claro contestó.

Quedaron en la plaza de la Catedral, allí donde el Pisuerga y el Esgueva se abrazan. Sopla aún ese aire de primavera que parece invierno, pero ya luce diferente la luz. Sofía llevó un abrigo bonito, gris, que no se ponía desde hacía dos años.

Él la esperaba junto al puente, mirando el río. Ella se acercó y él se volvió. Tenía el rostro un poco más curtido, manos en los bolsillos, como en el mercado.

Hola dijo él.

Hola.

Pasearon largo rato. Hablaron, como siempre, de todo. De restauración, del taller. Sofía le contó que un niño de ocho años escribió que los libros son ventanas pero al revés, porque en ellos miras hacia dentro, no fuera. Miguel se detuvo.

Qué exacto, dijo. ¿Ocho años?

Ocho. Mucho ingenio.

Se nota que trabajas bien con niños.

¿Por qué lo dices? Si tú no has visto nada.

Lo noto por cómo hablas de ellos. Como quien habla de algo que le importa.

Sofía le miró. Él miraba el río.

Luego tomaron café en un local de la zona. Ella pensó que hacía mucho no compartía así con alguien, sin prisa, sin tener que cumplir o justificar nada. Era una sensación placentera, casi olvidada.

Al despedirse, él dijo:

Me gustaría volver a venir. Si se puede.

Por supuesto contestó Sofía.

***

Lucía se enteró en mayo. No porque Sofía se lo contara, sino porque llamó a deshoras y Sofía estaba fuera, tardó en responder. Cuando llamó de vuelta, estaba despistada y Lucía intuyó algo.

¿Dónde estabas?

Paseando.

¿Sola?

Sofía titubeó. Un silencio mínimo, pero Lucía sabía bien detectar silencios.

No.

Ahí empezó toda la conversación. Al principio prudente, después, tensa.

¿Quién es ese? preguntó Lucía.

Un compañero de la uni. Te conté que lo vi en Segovia.

Dijiste que viste a un conocido.

Exacto.

Mamá, tú…

Ya sé la edad que tengo, Lucía.

Silencio.

¿Y qué es esto exactamente? ¿Solo paseáis?

Por ahora, sí. Solo paseamos.

Por ahora, repitió Lucía.

Sofía no le explicó. Hay cosas que, aunque quisieras, no sabrías expresar, porque lo que sale suena o demasiado serio o demasiado banal.

Su hijo Daniel reaccionó distinto. Vivía en Madrid con su familia y llamaba cada dos semanas. A él se lo soltó así, entre comentario y comentario:

He conocido a alguien.

Él calló y luego preguntó:

¿Es buena gente?

Sí, tranquilo.

Perfecto contestó Daniel.

Y nada más. Sofía se preguntó después qué prefería, esa respuesta o la de Lucía. No lo supo.

***

El verano transcurrió con otro ritmo. Miguel venía a Valladolid, ella iba a Segovia. Iban a mercados, museos, cafeterías. Un día él le enseñó el taller, una sala humilde con ventanales altos que olía a linaza y madera antigua. Los santos y vírgenes bordeaban las paredes, algunos tan oscuros que apenas se intuían, otros ya recuperando el color.

¿No te da miedo trabajar con cosas tan viejas? preguntó Sofía.

Nada. Al contrario. Da gusto, saber que esto estaba aquí antes que tú y estará después.

¿Tú eres creyente?

Lo pensó un momento.

No sé cómo llamarlo. Sólo siento que todo esto importa. No porque alguien lo diga.

Sofía miró la imagen a la que él daba vida. El rostro ya limpio, sereno.

Mi marido decía que lo del taller era una tontería, se le escapó de pronto. Que no valía la pena por lo poco que pagaban.

¿Y tú qué piensas?

Yo… no sé. Acabé creyendo que él tenía razón. Tardé casi hasta jubilarme.

Miguel no dijo nada. Sólo la miró, y eso bastaba.

Esa noche, en la cocina de Miguel, tomando un té, Sofía sintió una paz que hacía mucho no tenía. No era porque no hubiera problemas; los había. Lucía casi no le llamaba si sabía que Sofía andaba por Segovia. Una especie de silencio enfadado. E incluso su nieta Paula, de ocho años, le preguntó un día: ¿Abuela, vas a volver ya? Y algo en su voz le pinchó, como un regañito de culpa, de esa culpa vieja y conocida.

Pero allí, esa culpa, al menos, se hacía más llevadera.

¿Has pensado en mudarte? preguntó de pronto Miguel.

Sofía levantó la cabeza.

¿A dónde?

Aquí. A Segovia. O a otro sitio. Mudarte.

Hablaba bajito, mirando el vaso de té.

¿Me lo estás proponiendo…?

No te propongo nada en concreto. Te pregunto si lo has pensado. A secas.

Sofía pensó.

No, dijo. No lo he pensado. Alguna vez, hace mucho. Pero parecía… imposible.

¿Por?

Mis hijos. Mis nietos. El piso. El trabajo, aunque pequeño. Todo está aquí.

Los hijos ya son mayores.

Eso no quita nada.

Él asintió.

Tienes razón. Sólo preguntaba.

Solo preguntaba. Sofía supo que esa pregunta se le iba a quedar. Que los interrogantes así no se largan fácil.

***

En agosto, Lucía fue a verla. Sin excusas ni santos, cogió el tren del sábado, con maleta pequeña y labios apretados.

Tomaron un té en silencio. Luego Lucía preguntó:

¿Va en serio?

¿El qué?

Lo de él. Todo esto.

No lo sé contestó Sofía, sincera.

Mamá, ¿no te parece un poco raro? ¿A nuestra edad?

¿A tu edad o a la mía?

A la de la familia. Papá sigue vivo…

Papá lleva nueve años con otra mujer, Lucía.

Pero estuvisteis treinta años casados.

Y eso es precisamente lo que cambia todo.

Lucía apartó la taza.

¿Has pensado en lo que va a entender Paula? ¿Sabes lo que puede sentir?

Paula tiene solo ocho años.

Y a esa edad lo entienden todo.

Entenderá lo que sepamos explicarle.

¿Y qué le vas a explicar?

Sofía miró a su hija. Tenía el gesto recto de su padre, las cejas negras de su padre. De niña eso le hacía gracia; ahora veía en ese parecido otra cosa, algo indefinido.

Le explicaremos que la abuela ha conocido a una buena persona. Eso debe bastar.

¿Y después?

Pues luego, ya veremos.

Ya veremos, Lucía fue hasta la ventana. Siempre dices eso cuando no quieres hablar.

No, replicó Sofía. Digo ya veremos cuando de verdad no sé qué vendrá. Es lo más honesto.

Lucía permaneció callada largo rato. Luego, muy bajo, casi sin acusar:

Temo que te arrepientas.

También se puede arrepentir una de lo que no hace.

Se giró Lucía.

Eso es filosofía. Pero yo no tengo consuelo con la filosofía.

A mí tampoco me resulta fácil concluyó Sofía. Pero es lo que hay.

Lucía cogió el tren de vuelta. Se abrazaron fuerte. Y Sofía notó que en ese abrazo había un calor tenso, como si ambas dudaran en soltar.

***

Septiembre llegó frío y seco. Hacía seis años ya que Sofía se había jubilado, pero el taller de la biblioteca le mantenía cierta rutina. Los niños iban martes y viernes, recitaban, hacían dibujos de los libros, representaban piezas. Era una sala pequeña, con estanterías bajas y cojines revueltos en el suelo.

La jefa de la biblioteca, Teresa Fuentes, de sesenta y cinco, se olía lo de Miguel. No porque Sofía lo hubiera contado, sino porque veía que Sofía estaba cambiada. Más centrada en sí misma. No de forma egoísta, sino, simplemente… consciente de lo suyo.

Algo te pasa dictaminó Teresa un día. Sin formar pregunta.

Sí reconoció Sofía.

¿Bueno?

No lo sé aún.

Da igual sentenció Teresa. Lo importante es que pase algo. Si no, somos como esos ríos que no saben adónde van.

Sofía rió.

En septiembre, Miguel propuso ir juntos unos días a Salamanca. Había una exposición de manuscritos antiguos, quería ir a verla. Sofía aceptó. Pillaron habitaciones separadas en una pequeña pensión, pasaron los días entre museos y paseos. Una noche, cenando junto al Tormes, Miguel dijo:

Quiero que sepas algo.

¿El qué?

No estoy presionando. No te agobio. Si sientes presión, no llega de mí.

Sofía lo miró.

Lo sé.

Quiero que lo entiendas, pero de verdad, no como una fórmula de cortesía. Tengo sesenta y tres años, no soy un chaval esperando algo concreto. Estoy… contento de que estés.

No contestó Sofía. Afuera, las luces del puente reflejaban en el río oscuro.

Es difícil de aceptar dijo al fin.

¿Por?

Porque siempre he pensado que las palabras escondían condiciones. Algún compromiso, una expectativa.

Aquí no.

Lo entiendo. Pero es que estoy acostumbrada a lo contrario.

Él asintió. Apuraron el vino y salieron a caminar. Sofía subió el cuello del abrigo; él no la cogió del brazo, solo caminó al lado, y eso era justo lo que hacía falta.

***

En octubre llegó la charla que Sofía temía y esperaba.

Le llamó ella. Apenas saludó, soltó:

Quiero decirte algo. Miguel me ha propuesto mudarme a Segovia. Vivir juntos. Y me lo estoy pensando.

Silencio largo.

¿Vas en serio?

Sí.

Apenas os conocéis desde hace siete meses.

Ocho.

¡Mamá! ¡Ocho meses! ¿Sabes lo que haces?

Sí. Sé que son ocho meses.

¡Eso no es nada! No sabes quién es él realmente.

Sé suficiente.

¿Qué sabes? la voz de Lucía se rompía ¿Que te cae bien? ¿Que se está a gusto? ¡La gente cambia, mamá! ¡Todo cambia!

Lucía.

¿Qué?

Tu padre también cambió. Y estuvimos treinta años casados.

Silencio.

Eso no vale murmuró Lucía.

No quiero ni engañarte ni engañarme.

Después habló con Daniel. Llamó él, seguramente tras hablar con Lucía.

Mamá, ¿de verdad quieres irte?

Me lo estoy pensando.

¿Está bien allí el sitio? ¿Él es formal?

Sí, Daniel. Tiene casa pequeña pero apañada. Es ordenado.

¿Y el piso?

Lo alquilaré.

¿Y si quieres volver?

Daniel…

¿Qué?

Si hace falta, vuelvo. Pero de momento no quiero pensar en si acaso. Déjame probar.

Pausa.

Vale concedió él. Pero llama más.

Lo haré.

Sofía se sentó junto a la ventana largo rato después, escuchando la lluvia. Pensó que, con sesenta y un años, por primera vez estaba tomando una decisión que era suya. Completamente suya. No porque la forzaran las circunstancias, sino porque quería.

Era una sensación extraña. Intensa, casi desconocida.

Abrió el chat con Miguel y escribió: Estoy pensando. Dame un poco más de tiempo.

Él contestó rápido: Tómate el que haga falta.

***

Carmen llamaba cada semana y se mantenía neutral. Ni ¡vente ya!, ni ¡cuidado!. Solo preguntaba qué tal, contaba cosas de la cabra que al final compró.

¿Cómo la llamaste? preguntó Sofía.

Pascuala.

¿En serio?

Es que tiene mucha presencia. Le pega.

Eres impredecible, Carmen.

¿Eso es bueno o malo?

Bueno. Muy bueno.

Mira dijo Carmen tras una pausa , si tuvieras treinta años, ¿te lo pensarías tanto?

¿Qué tendrá que ver la edad?

No sé. O sí. Cuanto más mayores somos, más pensamos. A veces es sabiduría, a veces puro miedo disfrazado.

Mira que te pareces a Teresa últimamente.

¿Eso es cumplido?

Es dato.

Sofía colgó pensando que, seguramente, Carmen tenía razón. Miedo. El miedo agazapado bajo el traje de la experiencia. Porque antes temía tomar decisiones por miedo a errar. Luego empezó a temer no tomarlas, cuando vio que no decidir es también elegir.

Pero ese miedo no era por Miguel. Era por sí misma.

Llevaba toda la vida siendo mujer de, madre de, profesora de. Y, al perder esas etiquetas, no sabía bien quién era sin ellas.

El taller de la biblioteca era lo primero que había hecho por sí misma en mucho tiempo.

Y ahora, esto.

***

A finales de octubre, la llamó su ex suegra, madre de Francisco, doña Manuela. Tenía ochenta y dos años y vivía sola en Valladolid. Sofía la visitaba por costumbre y por cariño.

Me lo contó Lucía soltó doña Manuela.

¿El qué?

Lo del novio. Y que tal vez te mudes.

Sofía calló.

¿Y usted qué piensa?

Que te lo mereces dictaminó la anciana. Mi hijo no te valoró. Lo vi entonces y no lo dije. Ahora sí.

Doña Manuela…

No me interrumpas. Esta edad hay que aprovechar para decir las cosas como son. Vete si te apetece. Los nietos están bien con sus padres. Lucía se enfada porque teme perderte, pero no puedes quedarte donde no te ven.

Sí que me ven.

Como abuela. Como madre. Como la que está siempre. Pero, ¿como persona?

Sofía no supo seguir.

Pues eso. Vete. Y llámame de vez en cuando.

Después, pegada a la ventana de la cocina, Sofía miró el patio vacío. Los árboles ya pelados. Ya era paisaje de invierno y calma.

Pensó que todo el mundo la veía de una manera: Lucía, como la madre siempre ahí; Daniel, como alguien que necesitaba estabilidad. Teresa, como colega instintiva. Doña Manuela, curiosamente, como persona.

¿Y Miguel? ¿Qué veía él?

No lo sabía a ciencia cierta, pero intuía que a ella, simplemente. No roles ni funciones, sino ella. Porque le conoció en Segovia, sin previo, sin historia. Solo una mujer que lo reconoció entre las setas.

***

Noviembre trajo la primera nevada y una llamada inesperada de Paula.

La nieta la llamó sola, cosa rara, porque normalmente la madre le pasaba el móvil sólo al final.

Abuela, soy yo.

¿Desde dónde llamas?

Del iPad de mamá. Abuela, ¿te vas a ir?

Sofía se sentó.

¿Has escuchado las conversaciones de los mayores?

Un poco. Mamá hablaba con el tío Daniel. ¿Vas a irte?

No lo sé aún, Paula.

¿Si te vas, vendrás a vernos?

Por supuesto.

¿De verdad?

Te lo prometo.

Silencio. Paula añadió:

Abuela, ¿es bonito allí?

¿Dónde?

Allí, donde piensas irte.

Mucho. Hay iglesias blancas y nieve en invierno. Y un río.

¿Como aquí?

Un poco más chico.

Vale. Otra pausa. Abuela, mamá tiene miedo de que enfermes o que estés mal y no lleguemos.

Sofía sintió un pellizco.

Dile a mamá que estoy bien y pienso seguir así.

Ella lo sabe, solo que le da miedo.

Lo sé, cariño. Yo también tengo miedo.

¿De qué?

Sofía se lo pensó.

De muchas cosas. Pero es normal; todos tenemos miedo.

Tú siempre dices que los valientes también tienen miedo, pero aún así hacen las cosas.

Lo digo, sí.

Yo me acuerdo de todo presumió Paula. Bueno, me voy, que mamá se da cuenta.

Paula.

¿Sí?

Te quiero.

Y yo a ti. Chao.

***

A mediados de noviembre, Sofía fue una semana entera a Segovia, no solo el finde. Llevó ropa para días, avisó a Teresa, pidió a una vecina que echara un ojo al buzón.

Miguel la recogió en la estación. Fueron a su casa mientras él le contaba algo de una bóveda restaurada, y Sofía miraba los campos helados tras el cristal. Recordó el viaje de marzo, cómo todo se cerraba en círculo.

Probaron una semana juntos, en la casita vieja con suelos de madera y ventanas que vibran con el viento. Sofía cocinó un par de veces, Miguel limpiaba. Por la mañana, café en la mesa de la cocina, mirando la nieve caer oblicua.

Una noche ella preguntó:

¿No te agobia vivir juntos, después de tanto tiempo solo?

¿Por qué lo dices?

Has vivido solo ocho años.

Él lo pensó.

Me agobié cuando vivía contra mi voluntad. Esto es distinto.

¿Cómo vivías entonces?

De obra en obra. Era la vida que tocaba, pero cambié de rumbo. Empecé a restaurar ya con más de cuarenta. Me decían que era una locura.

¿Y tú?

Pues aprendí. Y sonrió. Mi mujer me animó. Siempre apoyaba.

Háblame de ella pidió Sofía.

Un rato de silencio.

Ana. Era muy tranquila, no callada; solo… daba tranquilidad. Cuando entraba en la habitación, se sentía la calma.

La echas de menos.

Sí, reconoció él.

Pero eso no te impide seguir.

Eso es. ¿Tú también?

Sofía pensó en Francisco. Recordó cómo con él solía sentir inquietud más que calma. Que echaba de menos un ideal probablemente inventado.

Distinto, admitió. Pero sí, entiendo.

Se quedaron en paz. Una paz buena.

***

El jueves, a mitad de semana, llamó Lucía.

Sofía salió al porche. La nieve ya había parado, el cielo estaba límpido y azul oscuro.

¿Sigues allí? preguntó Lucía.

Sí.

¿Mucho tiempo?

Hasta el domingo.

Silencio.

Mamá, ¿puedo preguntarte algo? Pero de verdad.

Por supuesto.

¿Lo haces porque quieres demostrar algo? ¿A ti, a nosotros?

Sofía miró las estrellas.

No. No tengo que demostrar nada.

¿Entonces?

Solo… vivir. De otra manera.

¿Antes vivías mal?

No. Pero no exactamente como quería.

¿Qué te faltaba?

Sofía reflexionó. Siempre había tenido casa, hijos, trabajo que amaba, amigas. Ninguna gran desgracia.

Pero había otra cosa. Como si viviera un poco al margen de su propia vida. Como si todo fuera un plan ordenado y correcto, que iba siguiendo, pero ella estuviera un poco fuera.

Me faltaba a mí misma dijo por fin.

¿A ti misma? ¿Eso qué significa?

Significa exactamente eso.

Largo silencio.

¿Vas a ser feliz? preguntó Lucía, sin burla.

No lo sé, contestó Sofía. Pero quiero intentarlo.

Vale dijo solo Lucía.

No era asentimiento, pero tampoco lucha.

***

El domingo, ya con la maleta en la mano, Miguel le preguntó:

¿Lo tienes decidido?

Casi.

¿Eso es bueno o malo?

Significa que me falta un poco. Solo un poco.

Él asintió.

¿Miedo a equivocarte?

Sí.

¿Puedo decirte algo?

Dímelo.

Hay errores de los que aprendes y sabes que no era por ahí. Duele, pero aprendes. Y hay errores de no hacer, y nunca sabes qué habría pasado. Esos me pesan más.

Sofía le miró.

¿Lo dices adrede? ¿Dices justo lo que me ronda y no me permito decir?

Él rió; la risa le sentaba bien.

Simplemente sale.

Esa noche volvió a Valladolid. El piso la recibió con su silencio conocido, su olor particular, la luz habitual desde la ventana de enfrente. Sacó la ropa, puso agua para un té, se sentó.

Sobre la mesa, el libro que leía antes de irse. Marcador a la mitad. Lo abrió y leyó una frase sobre cómo uno lleva su propia soledad consigo, pero eso no es condena, solo un hecho con el que cabe convivir de mil maneras.

Cerró el libro y escribió a Miguel: En enero voy. Por tiempo. Ya veremos.

Él contestó: Te espero.

***

Diciembre pasó con una extraña paz. Sofía siguió con el taller, visitó a doña Manuela, todo igual que siempre, sólo que algo dentro era diferente. Algo se aclaraba, algo quedaba por decidirse.

Lucía llamó a primeros de mes.

¿No has cambiado de idea?

No.

¿Alquilarás el piso?

Sí, ya lo mira una agencia.

Vale. Pausa Mamá, ¿puedo preguntarte algo?

Claro.

¿No crees que, a veces, lo nuevo parece mejor solo porque lo es, pero luego…?

Lucía.

¿Qué?

Tengo sesenta y un años. No dieciocho. He vivido mucho. Si tengo alguna ilusión, es bastante razonable.

Eso no quita engaños.

No, pero reduce el riesgo.

¿Y si resulta que no era así?

Siempre hay y si. Siempre. Cuando te casaste no sabías nada seguro.

Yo tenía veintisiete.

¿Y eso?

Silencio.

Vale, concedió Lucía. Te ayudo con las cosas cuando prepares la mudanza.

Pausa larga.

Te ayudo, mamá. Claro.

***

Nochevieja, Sofía la pasó en casa de Lucía, con Paula y su yerno, Álvaro. Daniel fue desde Madrid con su mujer y niños. Mucha bulla, niños en carrera, los mayores todos hablando juntos.

Paula se acomodó a su lado, contándole en voz baja quién preparó cada plato.

Esta ensaladilla la hizo mamá. Y esta la compró, pero dice que la hizo ella.

Qué cotilla eres.

No cotilleo, solo informo.

Antes de las uvas, con los pequeños ya cabeceando, Lucía anunció:

Mamá se va a Segovia en enero.

Sonó neutro, como información.

Álvaro asintió. Daniel la miró:

¿Por cuánto tiempo?

Ya veremos, dijo Sofía.

Daniel sonrió levemente.

Paula, medio dormida:

¿Te vas, abuela?

Sí, Paula.

Dijiste que vendrías a vernos.

Lo dije y lo mantengo.

Vale murmuró y volvió a dormirse.

Sofía pensó: así es la vida. Una nieta dormida, los hijos brindando, el sofá viejo que sigue ahí. Y, en otro pueblo, alguien que le ha escrito te espero.

***

El quince de enero, Sofía llamó a Teresa.

Teresa, dejo el taller.

Silencio.

¿Cuándo?

En febrero. Para dar tiempo a buscar relevo.

¿Te vas?

Sí.

¿Adónde? si no es secreto.

A Segovia.

Ah. Pausa. ¿Con él?

Con él. Y conmigo.

Buena frase admitió Teresa. Ya buscaremos sustituto. Costará, pero se hará.

Gracias.

Suerte, Sofía. De la buena.

El último día, los niños le pintaron una carta enorme, con dibujos de todo tipo. El niño de los libros-ventana dibujó una ventana con cortinas y el texto: Para mirar hacia dentro.

Sofía la dobló y guardó en el bolso.

***

El veintitrés de enero llegó a Segovia. Miguel subió su maleta. La dejó en un cuarto pequeño, preparado para ella. En el alféizar, un tiesto con geranio.

¿De dónde? preguntó Sofía.

Lo compré. Me pareció que hacía falta una planta.

Gran idea.

Se asomó a la ventana. El jardín blanco de nieve. La valla, el huerto del vecino, los tejados.

¿Qué tal? preguntó él.

Aún no sé. Pregúntame en un mes.

Eso haré.

Miguel.

Dime.

Gracias por no meter prisa.

Gracias por venir.

***

Pasaron tres meses. Sofía se iba acomodando poco a poco. Segovia era pequeña, y eso era bueno y malo. Porque había silencio, pero todos se conocían y ella era la nueva, todos la miraban con cierta curiosidad.

Carmen la presentó a varias mujeres; una, Ángeles, le habló de participar en el club de lectura del centro cultural. Un grupo majo, una decena, y libros para debatir.

No sé si valgo dudó Sofía.

Tú ven y prueba restó importancia Ángeles. Si te gusta, te quedas. Si no, no pasa nada.

Fui, y me gustó.

Con Lucía hablaba una vez por semana, a veces más. Lucía empezó a preguntar por el club, por Miguel, por lo que estaba leyendo. Era un acostumbrarse poco a poco. Como cuando tus ojos se adaptan a la luz cambiada.

Paula le escribió una carta en papel, con sello. Dibujó dos iglesias y un río, y puso: Abuela, iré a verte en Semana Santa. Mamá me ha dicho que sí. P.D.: ¿Pascuala es una cabra? Carmen me contó.

Sofía respondió, también por carta.

***

Un día de abril, Lucía vino sola a visitarla. Un solo día.

Entró, miró el suelo de madera, el geranio, la mesa estrecha junto a la ventana.

Miguel les puso un té y se fue a su taller.

Se sentaron.

Está bien dijo Lucía, más sorprendida que convencida.

Sí.

Es pequeñito.

Pero tranquilo.

¿No echas de menos Valladolid?

Claro. Y a vosotros, a Teresa, la ribera…

¿Y aun así?

Y aun así.

Lucía giró la taza.

¿Es buena persona? preguntó, sin ese tono duro del principio.

Sí.

¿Eres feliz?

Sofía pensó.

No sé si feliz, es una palabra grande. Pero estoy bien. Muy bien.

Lucía asintió.

Vale.

¿Y eso qué quiere decir?

Que vale. Levantó la cabeza. Me da miedo por ti, igual que siempre tuve miedo cuando era pequeña.

Lo sé.

Pero… intento entenderte.

Eso basta.

Charlaron de Paula, del trabajo, de los planes de Álvaro para cambiar de coche. Charla corriente, sin subtexto.

Luego, antes de marchar, Sofía la acompañó.

Afuera olía a tierra húmeda, los árboles con las primeras hojas, delicadas.

Mamá, dijo Lucía ante la verja.

Sí.

No entiendo del todo esto. Probablemente nunca lo entenderé.

Lo sé.

Pero quiero que sepas algo.

¿Qué?

Lucía dudó, levantó la vista esos mismos ojos de su padre y dijo:

Toda la vida has estado ahí. Siempre. Me he acostumbrado a que siempre respondes.

Siempre contesto.

Es un simple cambio de distancia. Tendré que acostumbrarme.

Te acostumbrarás.

¿Tú crees?

Sofía miró a su hija. Ese rostro primero, desde la maternidad.

Lo creo dijo. Eres fuerte.

No tanto como tú.

Igual.

Lucía sonrió. Se abrazaron. Se quedaron así, calladas.

Lucía cogió la bolsa.

Llamo cuando llegue.

Te espero.

Se alejó calle abajo. Sofía la miró. Espalda recta, paso ágil. De su padre, también eso.

Lucía giró.

¡Mamá!

¿Qué?

Ese geranio tuyo está precioso. Lo he visto.

Está sí confirmó Sofía.

Pues eso.

Y siguió su camino.

***

Sofía volvió dentro. Miguel calentaba la sopa en la cocina. Se asomó a la ventana. Lucía ya se había perdido de vista. Una vecina mayor cruzaba despacio con el carro de la compra.

El geranio en la ventana, flores menudas.

¿Todo bien? preguntó Miguel, sin girarse.

Todo bien contestó Sofía.

Es buena persona añadió tras un rato. Sólo tiene miedo.

Es lógico. Para ella también es nuevo.

Sí.

Sofía puso la mesa. Todo habitual ya, en tres meses.

Miguel dijo.

Dime.

¿Crees que he hecho lo correcto?

Él la miró.

¿Tú qué piensas?

Sofía pensó.

Creo que es mío. Por primera vez, del todo mío.

Pues ya está dijo él. Pregunta contestada.

Se sentaron a comer. Afuera, la Segovia de abril en el último resto de nieve, tentada ya de verde.

Sofía lo miró pensando: esto es. No la felicidad en mayúsculas, ni la solución perfecta. Sólo una comida, una ventana, este hombre delante.

¿Será suficiente? No lo sabía.

Pero la sopa estaba caliente, el geranio florecía y, en la bolsa, la tarjeta del niño que había dibujado una ventana para mirar hacia dentro.

***

Por la tarde, Paula llamó.

Abuela, dice mamá que estuvo contigo.

Sí, estuvo.

¿Todo bien?

Charlamos.

¿No lloró?

No. ¿Por qué lo preguntas?

A veces llora y cree que no me entero. Es por ti.

Sofía cerró los ojos.

Ay, Paula.

¿Qué?

Dile que iré en breve. Muy pronto.

Vale. Abuela…

Sí.

¿Ya es primavera allí?

Casi. Queda algo de nieve, pero poco.

Aquí hace calor. Es raro, ¿eh? Mismo país, distinto clima.

Es lo más normal.

Abuela, ¿nos echas de menos?

Sofía miró al exterior. Empezaba a anochecer. Las primeras estrellas.

Muchísimo contestó. Siempre.

Bueno, suspiró aliviada. Eso está bien. Echar de menos es querer.

Sofía se quedó sin frase.

Chao, abuela.

Chao, Paula.

Colgó el teléfono. En la cocina, Miguel fregaba, tarareando algo suave. El geranio se veía oscuro en la penumbra, una vecina bajó la persiana. En un corral sonaba un perro, y ya era un sonido familiar, parte de la nueva paz.

Sofía pensó que Paula tenía razón. Echar de menos es amar. Y, seguramente, al revés también. Si amas, echas de menos. Porque tienes a quién.

Y eso, tal vez, es la vida. Ni perfecta ni de manual. Una vida con distancias y cercanías, con decisiones correctas o no, pero asumidas. Propias.

Se levantó y fue a ayudar con la vajilla.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

3 × five =