Este suceso ocurrió en la lejana España de 1995. Por entonces yo estudiaba en la Academia General Militar y, en pleno horario lectivo, me apartaron de clase y me ordenaron presentarme ante el director de la academia.

Este suceso tuvo lugar en la lejana primavera de 1995. Entonces yo cursaba mis días en la Academia General Militar de Zaragoza, cuando, a mitad de una mañana rutinaria de estudio, me llamaron con urgencia y me ordenaron presentarme ante el director del centro. El despacho del general estaba impregnado de un silencio grave. Allí me esperaba una mujer, cuya expresión abatida quedaría grabada en mi memoria para siempre. Lágrimas surcaban sus mejillas y ella, con un pequeño pañuelo de encaje, trataba en vano de ocultar su dolor.

Al frente de nuestra academia se encontraba don Ricardo Montesinos, un general de porte imponente y corazón justo, curtido en los rigores del conflicto en Bosnia. Era un hombre estricto, y le respetábamos tanto como le temíamos. Yo jamás le había visto tan demudado. Caminó hasta mí y, con un gesto resignado, me habló:

Muchacho, hoy no te hablo como superior, sino como camarada. Necesito tu ayuda.

A sus órdenes, mi general. respondí, sin dudar un instante. ¿En qué puedo servirle?

Mi sobrino está muy enfermo prosiguió, tratando de mantener la compostura. El año pasado terminó aquí mismo sus estudios, seguro que lo recuerdas. Prosiguió en la Facultad de Medicina Militar en Madrid y, desde entonces, todo se torció. Nuestra última esperanza es tu abuelo. ¿Puedes ayudarnos? Tal vez acepte verle y descifrar qué ocurre.

No hice preguntas innecesarias. Desde el despacho llamaron a mi abuelo y, en apenas quince minutos, cruzábamos la ciudad en el SEAT negro del general, en dirección al piso de mi abuelo, don Alfonso García, uno de los médicos más célebres del país, gran especialista del sistema nervioso y de la psiquiatría de aquel tiempo. Por dicha del general, justo aquel día comenzaba sus días de permiso y lo encontramos antes de que marchase a la casa de campo en las afueras de Segovia.

El joven, el supuesto paciente, viajaba con nosotros. Aunque yo le conocía, fui incapaz de reconocerle: los ojos vacíos, la mirada perdida, como si su mente flotara en otro mundo. Se respiraba una atmósfera extraña; confieso que sentí escalofríos.

Llegamos rápido al portal. Al subir, mi abuelo nos esperó con la calma y prestó atención entre la historia sollozante de la señora.

La desgracia se había desatado siete meses atrás, nada más comenzar el muchacho la facultad. De repente, en una clase, sufrió un extraño colapso. Lo llevaron al hospital militar, le hicieron toda clase de pruebas sin hallar causa alguna. Apenas recibía el alta, volvía a ocurrirle, una y otra vez Nadie encontraba razón, y la desesperanza crecía. La familia había depositado su fe en mi abuelo, último recurso para su hijo.

Así empezó lo curioso. Don Alfonso llevó al joven a una habitación. Tras apenas quince minutos, regresó solo.

Ya está dijo a la madre y al general, con absoluto aplomo. Podéis iros tranquilos a casa.

Pero, ¿y mi hijo? ¿Y el tratamiento? la mujer, al borde del llanto, se estremeció.

Id en paz insistió el abuelo. Yo me lo llevo al campo. Me viene de perlas, ya que tengo que cortar leña, y este mozo es bien fuerte.

Así fue: el propio abuelo casi nos empujó fuera, y partió con el muchacho dispuesto hacia la finca de las montañas segovianas.

Un mes después, me llamó de nuevo el general a su despacho. Allí encontré, irreconocible, a la misma mujer radiante de alegría, y junto a ella el joven, ahora completamente recuperado, apretando mi mano con energía y gratitud. Sonreía como si nunca hubiera habido sombra en su ánimo. También el general, emocionado, me agradeció sin palabras la ayuda. El joven, que para todos era un caso perdido, se había restablecido por completo en menos de un mes. Ellos hablaban de milagro. Yo, que conocía a mi abuelo, sabía que no era el primero al que devolvía las ganas de vivir.

Tiempo después sentí curiosidad y pregunté por el tratamiento. Supe que, tras soportar excesiva presión en el estudio la exigente y absorbente escuela de medicina militar el muchacho había sufrido un colapso mental: su cerebro, saturado e incapaz de procesar más información, simplemente se negó a funcionar. Mi abuelo lo adivinó al momento: nada de medicamentos; le aplicó sangría, como era tradición en viejos tiempos, y lo llevó consigo al campo. Allí le impuso estricta disciplina: despertar a las ocho, baño helado, desayuno y, tras esto, horas enteras partiéndose la espalda cortando leña. Así, los días transcurrían en agotador trabajo físico, sin más tarea intelectual ni preocupación. Por la noche, caía rendido y dormía profundamente hasta el amanecer. Poco a poco, la mente descansó y se fue dando restauración. Volvió sano, más fuerte que nunca.

Durante todo el mes de cura, mi abuelo no le dio una sola pastilla. Solo le ofreció el remedio del viejo campo: aire puro y labor dura. Y así, entre recuerdos de aquellos días, siempre admiré la sabiduría de los mayores, que no necesitan milagros, solo entender a las personas de verdad.

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Este suceso ocurrió en la lejana España de 1995. Por entonces yo estudiaba en la Academia General Militar y, en pleno horario lectivo, me apartaron de clase y me ordenaron presentarme ante el director de la academia.
No es la típica Yulka