Un paso hasta el altar

Un paso hasta el altar

Recuerdo aquel atardecer en Madrid, cuando Alba se miraba absorta en el gran espejo de su habitación, bajo la luz dorada que se colaba por los visillos. Giraba lentamente de un lado a otro, recreándose en su reflejo, y una sonrisa ancha y luminosa inundaba su rostro. El vestido sí, ese vestido de novia por el que tanto había soñado caía con suavidad, y la falda vaporosa se agitaba con cada pequeño movimiento. Alba levantaba apenas el borde, lo dejaba caer, y en su mente se repetía la imagen de sí misma cruzando la nave de la iglesia, camino al altar.

Apareció entonces Leonor, su hermana mayor, recostada despreocupadamente en el quicio de la puerta, los brazos cruzados y una sonrisa cómplice jugueteando en sus labios.

Eres guapísima, de verdad fingió decir con tono serio, aguantándose la risa. Pero te digo una cosa: ese vestido es una maravilla, sí, pero necesitarás otro para la fiesta. ¿Te imaginas en el banquete, bailes, saludando a todos… y tú ahí atrapada en esa jaula de tul? Acabarás deseando meterte bajo la mesa.

El ceño de Alba se frunció mientras volvía a observar la amplitud de la falda. Por primera vez se planteó algo tan simple que no comprendía cómo no lo había pensado antes. El vestido era perfecto para la ceremonia y las fotos: elegante, majestuoso, la definición misma de un traje nupcial. Pero para la celebración con amigos y familia, tal vez no fuese lo más práctico. Quizá un vestido corto, blanco y sencillo, a la rodilla, con vuelo para moverse sin impedimentos, sería mucho más cómodo.

¿Y no crees que… tienes razón? dudó Alba, probando a levantar la falda y soltándola enseguida. Bueno, mañana me ayudas a buscar algo más, ¿no?

Por supuesto asintió Leonor con ese aplomo de hermana mayor. Si vas sola, acabarás probándote la tienda entera y cerrando Zara tú misma. Todavía alucino con que te decidieras por este vestido.

Alba bajó la voz, sonrojada:

Me lo hizo una modista. Con mis dibujos y todo. Tenía claro lo que quería; si llego a irme a recorrer boutiques me instalo allí. Hay tantos detalles, tantos estilos

Se alejó del espejo y se sentó en el borde de la cama, mirando a su hermana como quien pide una promesa.

¿Mañana tienes libre? Sin ti seguro que me lío con tanto vestido y no salgo.

Leonor cruzó la habitación y, con cariño, alisó una arruga invisible en la manga de Alba.

Por ti, cancelo lo que haga falta. No todos los días se casa mi hermana. Mañana vamos de caza hasta dar con el vestido perfecto para el baile.

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Tiempo después, aquel mismo sol ya se había escondido y el crepúsculo arropaba la casa. Alba estaba sentada en la mesa de la cocina, rodeada de invitaciones blanquísimas, apiladas en filas inmaculadas junto a bonitos sobres. Bajo la lámpara veía claro cada remolino de tinta, entre tanto que firmaba a mano, con caligrafía primorosa, el nombre de cada invitado. Le parecía impersonal mandar las tarjetas impresas, así que insistió en escribir cada una: cada invitación debía tener su propio alma.

Su madre y su hermana intentaron ayudarle al principio, pero Alba insistió con energía: ¡Es mi boda! Al menos esto quiero hacerlo yo sola.

Ya queda poco susurraba para sí, dando vuelta una nueva tarjeta. La mano le dolía ya, con los dedos entumecidos tras horas de escritura. Uf, cuánto tiempo sin escribir tanto, ya ni estoy acostumbrada.

Leonor apareció en la puerta, la observó en silencio y se acercó para sentarse enfrente, cruzando las piernas con indolencia y el rostro iluminado por una sonrisa cálida. Era inevitable ver en Alba a esa hermana pequeña, la chiquilla ahora hecha novia, tan entregada a su tarea.

¿Seguro que no quieres que te eche una mano? propuso Leonor inclinándose hacia delante Mira la pila que aún queda. Y a todo esto ¿por qué Ricardo no te ayuda? ¡La mitad de los invitados son de su familia!

Alba dejó el bolígrafo, descansando los dedos, agradecida por el respiro.

Ricardo anda a mil en la consulta, entre guardias y turnos Quiere dejarlo todo cerrado antes de la luna de miel, para luego olvidarse del hospital y poder desconectar al menos unos días. Ya sabes cómo es suspiró, repasando las invitaciones. Después de la boda nos vamos de viaje, a algún sitio cálido, lejos de las prisas. Quiero empezar la vida juntos en calma, donde todo sea nuevo.

Leonor la miró pensativa. Ella misma, pese a la felicidad de Alba, no podía librarse de ciertas dudas respecto a Ricardo. Había algo en su forma de actuar como si observara todo desde fuera, tan correcto, pero distante. Incluso cuando parecía volcado en la organización, a Leonor le costaba verlo auténticamente entusiasmado.

Y paradójicamente fue él quien, tan solo tres meses después de conocerse, pidió matrimonio, proponiendo una gran celebración, con orquesta y centenares de invitados.

Quiero que recuerdes este día para siempre le había dicho Ricardo a Alba, mientras desplegaba folletos de decoraciones, flores y menús con devoción. Mira este estilo: pasteles, linos bordados, centros de margaritas y azahar Será inolvidable.

Eligió él el restaurante, insistió en invitar a todo el clan, defendiendo que nadie podía quedarse fuera de un evento tan señalado.

Alba lo miraba deslumbrada, soñando despierta ese gran día, y pasaba por alto cuando Ricardo, a ratos, se perdía en su mundo, callado, los ojos en otra parte. Para ella, la felicidad no tenía fisuras, pero a Leonor no se le escapaban los gestos, las dudas, el miedo, quizá, de su futuro cuñado.

¿No será mi manía de sobreprotegerla? se defendía Leonor mientras la observaba. Al final, quizá solo es mucho nervio y cada uno lo lleva a su manera.

Aun así, la inquietud seguía, como una sombra fina detrás de todo.

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Nadie podía negar cuánto se implicó Ricardo en la preparación de la boda: reservó un espectacular salón junto al Retiro, eligió al mejor fotógrafo y organizó el viaje a Mallorca, con todo lujo de detalles. Alba solo tuvo que ocuparse de sí misma: el vestido, el peinado, el maquillaje, la música.

En aquellos días, mientras compartían un té con pastas sentadas en la cocina, Leonor, no aguantando más, hizo la gran pregunta:

¿No temes ir demasiado deprisa? Apenas os conocéis de nada Cómo sabréis si os vais a llevar bien día tras día. ¿Por qué no convivir antes unos meses, y dentro de un año, quizá, os casáis más seguros?

Alba ni se molestó en sentirse herida. Conocía bien la preocupación y el cariño tras las palabras. Sonrió dulcemente, los ojos llenos de esa alegría tan suya.

No te preocupes, Leo. Va a ser maravilloso suspiró soñadora. Cocino bien, sé mil recetas, y mantengo la casa impecable Si Ricardo no puede ayudar por trabajo, tampoco me voy a ahogar: siempre podré buscar ayuda. Pero lo importante es que le quiero. Nunca sentí nada semejante, jamás. Esta vez no pienso dejar pasar la oportunidad.

Leonor la escuchaba, procurando no traslucir su escepticismo. El rostro de Alba se iluminaba al nombrar a Ricardo, la voz se le llenaba de esperanza. Quizás así es el verdadero amor, pensó: todo problema resulta ridículo, el futuro se pinta sencillo.

¿Y de verdad crees que del todo lo conoces? insistió Leonor.

Claro que sí. Nos entendemos, compartimos sueños y valores. Ambos queremos construir algo sólido afirmó Alba, convencida.

Resignada, Leonor asintió y tomó su mano.

Lo importante es que seas feliz.

Alba apretó la suya en señal de agradecimiento.

Gracias, Leo. De verdad. Ahora sí, estoy convencida de que esto es solo el principio de algo increíble.

Y era cierto que Ricardo sabía cautivar. Cualquier detalle, por mínimo que fuera, lo convertía en una pequeña fiesta romántica: flores frescas un martes, una nota manuscrita en la bolsa del pan, o ese libro antiguo que Alba mencionó de pasada. Incluso le mandaba su café favorito, con una notita: Para la más bonita del universo, cada mañana a las nueve, directamente desde la cafetería de la esquina. Cada mañana, la recepcionista con media sonrisa murmuraba Otro detalle de tu galán

No faltaba a la cita para llevarla al trabajo, y la recogía puntual, sujetando la puerta del coche, haciendo que todas las compañeras de Alba la mirasen con una mezcla de ternura y envidia.

¿De dónde lo has sacado, hija?, le preguntaban entre risas, y Alba solo enrojecía, incrédula de su propia suerte.

Por más atenciones que recibía, Leonor seguía desconfiando, incapaz de acallar ese sexto sentido familiar suyo, como si intuyera que tras la fachada perfecta acechaba alguna grieta.

Uno de aquellos anocheceres, mientras tomaban té y galletas de mantequilla, Leonor se atrevió a hablar en voz alta:

Alba, todo eso de las flores y los cafés… muy bonito, sí. Pero, ¿le has visto reaccionar cuando surgen complicaciones de verdad? ¿Le has visto perder los nervios, enfrentarse a algo que sale mal?

Alba la miró sorprendida.

No exageres, Leo. Déjame disfrutar. Yo soy feliz. ¿De verdad crees que van a aparecer problemas de la nada?

Leonor dudó, pero forzó una sonrisa.

Bueno… tiempo al tiempo murmuró.

Esa inquietud no la dejó en paz. Y no se equivocaba: la tormenta estaba cerca, aunque nadie pudiera imaginar cómo llegaría.

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Alba llegó a casa de Ricardo una tarde con un fajo de papeles bajo el brazo: notas sobre invitados, la música, los últimos detalles de la boda. Soñaba con una velada compartiendo ideas, risas y, tal vez, una pizza frente a la tele.

Pero algo en el ambiente era diferente. Ricardo la recibió serio, sin sonreír, sin besarla en la mejilla como de costumbre. No levantó la vista mientras colgaba su chaqueta. Su tono era gélido.

¿Que no habrá boda? susurró Alba, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies. Apenas tenía voz. ¿Pero por qué? ¿He hecho algo mal? Dímelo, Ricardo.

Él apenas la miró. Su expresión era amarga, y una sombra cruzó sus ojos.

¿Que qué has hecho? soltó con desgana. Nada. Solo nacer mujer. Todas iguales, vais detrás del dinero. Aparece uno mejor, con más futuro, y cambiáis de rumbo en un segundo. Las odio.

Alba se quedó inmóvil. ¿Acaso no se había volcado en él por completo, dejando a un lado amigas, planes y hasta aplazando las vacaciones para estar a la altura de cada detalle del gran día? Pero ese Ricardo no era el hombre atento, el de los macchiatos en la oficina y los paseos por el parque; sino otro, un desconocido, envenenado por antiguos reproches.

No dejo de amarte, no busco a nadie más logró balbucear.

Él soltó una risa fría.

Eso decís todas. Pero yo ya he pasado por esto. Hace años, preparé una boda, me lo jugué todo y me dejaron plantado en el altar, delante de doscientas personas. Ni te imaginas lo que duele.

Alba escuchaba petrificada, sin palabras ni fuerzas.

No quiero el mismo ridículo añadió él, bajando la voz. Es mejor así. Márchate. Ya está.

Alba, sin poder responder, salió como una autómata, cruzó la puerta y la dejó cerrada a espaldas de aquel dolor.

Ricardo, solo entre las sombras, hundió la cara entre las manos.

Necesito ayuda, profesional se dijo con un suspiro.

Porque Alba realmente le importaba. Pero entre más creía en su futuro juntos, más le asaltaba la sombra de Lucía, la otra, la que lo dejó. Imaginaba que, también Alba, acabaría hiriéndolo, y no podía soportar la idea.

Buscó el teléfono, eligió un número.

Hola dijo con voz rota. Necesito ayuda. Tengo miedo. No quiero repetir el pasado.

Es bueno que hayas llamado. Concertemos una cita.

Ricardo miró la última luz del atardecer caer sobre Madrid. Mañana mismo…

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Un año más tarde, las campanas repicaban sobre Salamanca y el sol se colaba a raudales por los vitrales de una iglesia rebosante de alegría. Alba avanzaba hacia el altar con aquel mismo vestido blanco de ensueño, y los repiques de palmas la rodeaban.

Al compás de una habanera, Alba tomó la mano de Ricardo y juntos se lanzaron al primer baile como marido y mujer.

¿Qué tal, marido? preguntó con dulzura Alba, mirándole a los ojos.

Extraño, pero distinto confesó Ricardo, con una sonrisa sincera.

Porque ahora es de verdad susurró Alba. Sin miedos, ni y si.

Flotaban aún ecos de aquel día en que, destrozada, salió de su casa en Madrid. Pero no se rindió. Regresó, exigiendo hablar, enfrentando el miedo juntos.

No me iré sin que lo intentemos dijo Alba, valiente. Hay que cerrar el pasado y pelear por el futuro.

Ricardo, al fin, aceptó compartir su herida, y juntos fueron de la mano al psicólogo. Alba nunca lo dejó solo, comprendió sus temores, y él aprendió a confiar sin reservas.

Hoy bailan juntos, rodeados de familia y amigos, sin recelos ni fantasmas. El pasado queda atrás, y el presente se abre ante ellos como Castilla en verano, luminoso y sereno.

Gracias por no rendirte aquel día musitó Ricardo.

Y gracias a ti respondió Alba, fundida en su abrazo. Ahora sé que nuestro amor puede con todo.

La música se desvanecía poco a poco, pero ellos siguieron danzando, despacio. Porque hay momentos y personas que, al encontrarse de verdad, no se sueltan nunca.

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