Diario de Santiago Vidal
Madrid, 17 de noviembre de 2002
Hoy vuelvo a recordar aquello que ocurrió hace tantos años en el Mercado de Maravillas, en Madrid. Siempre he sentido que este recuerdo merece ser puesto por escrito, si no para otros, al menos para mí mismo.
En aquellos días, yo tenía ya mis años y vendía patatas cocidas con sal y un chorrito de aceite de oliva en una pequeña esquina del mercado. Vivía solo en un modesto piso de Lavapiés, lo justo para subsistir, pero nunca me faltó lo esencial.
Una mañana cualquiera, mientras colocaba la cesta de patatas, una de ellas rodó y cayó al suelo.
Se le ha caído una patata, señora.
Me giré y vi delante de mí a dos chavales, tan parecidos que alcanzaba con mirarlos para saber que eran hermanos. Estaban escuálidos, con los pómulos marcados y las chaquetas heredadas, enormes para sus pequeños cuerpos. Uno de ellos recogió la patata del suelo, la limpió con mimo en su pantalón gastado y me la devolvió. El otro clavó la vista en las patatas humeantes.
Gracias respondí con la voz más cálida que encontré. ¿Qué hacéis tan temprano por aquí? Os he visto un par de veces hoy.
El mayor se encogió de hombros, casi sin ganas.
Nada dando una vuelta.
No hacía falta investigar mucho; conocía ese dando una vuelta. Lo usaban los niños que no querían admitir que tenían hambre. Sentí un nudo en el estómago.
Sin mediar palabra, envolví dos patatas bien calientes en un papel de estraza y añadí un pepinillo. Se lo di todo y añadí:
Podéis venir mañana, si queréis. Me echáis una mano con unas cajas y mientras almorzamos.
Cogieron el paquete con una rapidez desarmante. Se marcharon sin dar las gracias, sólo un leve gesto de asentimiento.
Esa misma tarde volvieron. Yo trataba de arrastrar un bidón de agua cuando, sin pedirles nada, los muchachos lo elevaron y lo dejaron detrás del puesto.
El mayor rebuscó en el bolsillo y sacó dos monedas viejas de peseta.
Eran de nuestro padre dijo bajito. Tenía una panadería hasta que no pudo más.
Me tendió las monedas.
No podemos darlas pero puede mirarlas.
Lo supe al instante: aquellas monedas eran lo único que les quedaba.
Guardadlas bien le dije, sonriendo. Los panaderos siempre necesitan su pequeña dosis de suerte.
Desde entonces, volvieron todos los días.
Se llamaban Diego y Teo Serrano.
Yo les llevaba comida de casa: lentejas, pan, algún cachito de queso manchego. Ellos, a cambio, ayudaban en lo que podían. Siempre comían deprisa, en un silencio tenso, con la sensación de que alguien podía quitarles lo poco que tenían.
Un día, mientras recogíamos, pregunté:
¿Tenéis dónde dormir?
En un sótano cerca de la calle Bravo Murillo respondió Teo. Está seco, no se preocupe.
Claro que me preocupo le solté, más firme de lo que esperaba. Por eso os lo pregunto.
Diego levantó la cabeza, orgulloso.
No somos pordioseros me dijo. Cuando podamos, pondremos nuestra panadería. Como nuestro padre.
Por alguna razón, jamás volví a preguntarles nada.
Vi en ellos algo que no era habitual en niños de su edad: una dignidad callada, una disciplina que solo tienen quienes han pasado por todo.
Pero no todos en el mercado lo veían así.
El portero, Don Jesús Mateo, tenía una pequeña taberna junto a su mujer que apenas funcionaba. Frente a mi puesto, sin embargo, rara vez faltaba alguien pidiendo su porción de patatas. Cada vez que me cruzaba, murmuraba mordaz:
¿Ahora santa? Aquí dando de comer a los gitanillos
Mi reacción era siempre la misma: cerrar la boca y aparentar que no escuchaba.
Pero sabía que Jesús podía buscarme un lío. Si era así, Diego y Teo serían los primeros en pagar el precio.
Desde entonces, tuve que ayudarles con discreción. Les daba la comida en bolsas, como encargos. O les hacía señas para que pasasen por detrás del puesto. Ellos notaron el cambio, pero siguieron viniendo. Nunca preguntaron.
Una tarde helada, casi con el mercado vacío, Diego me miró y dijo en voz baja:
Es por Don Jesús, ¿verdad?
Dudé un segundo, pero finalmente asentí.
Hay gente que no entiende que uno ayude, por eso prefiero tener cuidado.
Teo se echó al hombro el saco.
Si se complica demasiado dejaremos de venir.
Lo dijo sin dramatismos. Sentí un apretón en el pecho. Sabía lo que eso significaba: hambre, noches al raso. Lo que yo les daba era poco, pero sus días serían aún más duros sin ello.
Ese invierno, el frío se dejó sentir antes de lo habitual. El mercado se fue vaciando, apenas hacía caja. Y los chicos venían cada vez menos. Alguna mañana sólo uno de ellos, con las manos amoratadas. Otros días, ninguno.
Hasta que un día dejaron de venir.
Ni al siguiente.
Ni al otro.
Al cabo de una semana, me acerqué a la calle Bravo Murillo. Un vecino me dijo que habían cerrado el sótano por denuncia. Los chicos se habían largado esa noche. Nadie supo adónde.
Me senté en un banco y estuve largo rato mirando al suelo, un peso en el alma.
A la vida, en el fondo, nada la detiene.
Pasaron los años.
El mercado de Maravillas cerró y yo me retiré. Seguí en mi piso, pelando patatas solo para mí. Muchas veces pensaba en Diego y Teo. Si estarían vivos. Si habrían logrado seguir juntos. Si aquel sueño de la panadería les había salvado.
Nunca hablé de ellos, pero nunca los olvidé.
Mucho tiempo después, una mañana de otoño, escuché un barullo bajo mi ventana.
Dos Mercedes relucientes aparcados en la calle.
Torciendo el gesto, me asomé y pensé que se trataría de algún equívoco.
Instantes después, el timbre.
Abrí la puerta con cautela.
Delante de mí, dos hombres altos, bien vestidos, casi igual de parecidos que aquellos niños de antaño.
¿Es usted don Santiago Vidal? preguntó uno.
Sí, soy yo.
El otro sonrió con ternura:
Somos Diego y Teo.
Durante un segundo, me costó reaccionar. No les reconocí por sus caras, sino por la mirada seria y digna.
Le hemos buscado años dijo Teo. No sabíamos si aún viviría aquí.
Sentí que me flaqueaban las piernas y tuve que asirme al marco de la puerta.
Abrimos una panadería prosiguió Diego, luego otra y otra más.
Entraron en mi piso. Teo sacó una barra de pan recién salido del horno y la dejó sobre la mesa. El aroma llenó el pequeño salón. Por un instante, volví veinte años atrás en el tiempo.
Yo sólo os di unas patatas susurré.
No, don Santiago dijo Diego negando despacio. Nos dio dignidad.
Teo añadió:
Nos trató como personas cuando nadie más lo hacía. Sin eso, no habríamos llegado jamás.
Hablamos durante horas. Rememoramos los días duros, los trabajos mal pagados, las noches en almacenes. Me contaron cómo un panadero mayor les dio su primera oportunidad… y cómo nunca olvidaron su juramento de niños: si alguna vez salían adelante, buscarían al hombre que les alimentó cuando no tenían nada.
Al despedirse, permanecí largo rato bajo el marco de la puerta, apretando la barra de pan contra el pecho.
Hoy lo comprendo mejor que nunca: aquellos humildes gestos en el mercado, esas simples patatas, cambiaron el destino de dos vidas. Y también el mío.
A veces, lo que parece insignificante es, para alguien, todo lo que necesita para seguir adelante.







