Las albóndigas de mi suegra.

Las albóndigas de la suegra.

Sergio y Carmen llevan juntos ya tres años y medio, y en todo ese tiempo, Carmen ha visitado la casa de la madre de Sergio apenas cuatro veces. Siempre ha sido en fechas señaladas; una visita rápida de un par de horas y vuelta a Madrid, su ciudad.

Pero hoy Sergio parece tener otra actitud: su madre le ha llamado ya tres veces esta semana. Se queja de que los echa de menos, de que su padre, Juan Manuel, ha estado arreglando el tejado del trastero y se ha lesionado la espalda, de que el huerto está lleno de malas hierbas y ya no tiene fuerzas…

Sergio, hay que decirlo, es un hijo muy aplicado. Llama a su madre todos los domingos, sin falta, como si fuera una cita ineludible; asiente a todo lo que dice aunque, a veces, no esté de acuerdo con ella ni en lo más mínimo. Y ahora está sentado a la mesa, cenando espaguetis con salchichas, lanzando a su mujer una mirada suplicante.

Carmina dice apartando el plato, mamá ha vuelto a llamar. Dice que nos hemos olvidado hasta de cómo es su cara. ¿Por qué no vamos este finde? Solo tres días, te lo prometo. Venga, por favor…

Sergio, el sábado tengo cita en la peluquería intenta replicar Carmen, aunque hasta ella sabe que su excusa es débil.

Pues cambia la cita contesta Sergio con la naturalidad de quien lo ve fácil. Ya sabes que mi madre se lo toma muy a pecho. Además, ha prometido hacernos albóndigas y empanadas, que nos echa mucho de menos.

¿Y tu padre, cómo está? ¿Le ha pasado el dolor de espalda? pregunta Carmen más por educación, porque lo cierto es que con su suegro tiene una relación bastante insípida, ni buena ni mala.

Bah, está bien, qué le va a pasar. Siempre se queja de cualquier cosa. Así que nada, que ya lo he decidido: el viernes salimos para el pueblo, el domingo volvemos por la tarde. Se va a alegrar muchísimo.

Carmen suspira. No discute más: ha aprendido que pelear con su marido cuando ha decidido algo es tan inútil como regañar a un gato para que no se suba a la encimera.

El viernes por la tarde cargan el maletero con una bolsa de ropa y una bolsa de regalos. Sergio ha comprado a su madre una manta suave, y a su padre una botella de brandy. El trayecto hasta el pueblo, cerca de Ávila, son dos horas si no hay caravana.

Durante el viaje, Carmen mira por la ventanilla los robles y encinas que desfilan junto a la carretera, y los bares de carretera con nombres absurdos. Escucha a su marido desafinando una canción de Los Secretos en la radio y se obliga a pensar que la visita no durará tanto y que su suegra, en el fondo, es buena mujer.

Llegan ya bien entrada la noche. La casa está al final de la calle, iluminada por la luz anaranjada de una farola. Sergio mete el coche en el camino de grava, apaga el motor y, en ese instante, la luz del porche se enciende. La puerta se abre de golpe y de allí sale corriendo Doña Pilar Muñoz bajita, regordeta, con un delantal de flores y una sonrisa tan amplia que parece que no le cabe en la cara.

¡Sergiito! grita con voz aguda, corriendo a abrazar a su hijo que apenas baja del coche. ¡Ya pensaba que no veníais! Llevo desde la mañana cocinando, ni te lo imaginas. Carmencita, hija, entra, no te quedes ahí pasando frío.

Carmen sale del coche, se arregla la chaqueta, sonríe por educación y se deja abrazar. Doña Pilar huele a cebolla frita y a algo dulzón y empalagoso que le hace cosquillas en la nariz.

La casa huele a comida y hace calor, se escucha el chisporroteo de algo friéndose en la cocina. En el salón hay embutido cortado en un plato, pan, pepinillos en vinagre, una jarra de zumo de granada y media barra de pan candeal. Juan Manuel, el padre de Sergio, está viendo el Informativo. Se levanta y se acerca con paso lento. Es evidente que les esperaba, que tenía el runrún de si habría tráfico, de si le habría pasado algo.

Bueno, ya habéis llegado dice, estrechando la mano de su hijo y saludando a Carmen. Siéntate, hija. Vamos a cenar enseguida.

Os he hecho albóndigas anuncia orgullosa Pilar desde la cocina, moviendo platos, recolocando todo con nerviosismo. Con patatas, cebolla y salsa. ¿Sergiito, te gustan mis albóndigas, verdad?

Me encantan, mamá, ya lo sabes responde Sergio, quitándose la chaqueta y curioseando entre las ollas, gesto que llena a Pilar de felicidad maternal.

Carmen cuelga el abrigo en el perchero del recibidor y entra en la cocina, pequeña pero acogedora. O más bien, atiborrada de botes de especias, tarros de conservas caseras, paños de cocina, bolsas de arroz y cientos de pequeños cuencos.

Siéntate, Carmencita, mujer, le ofrece Pilar, arrastrando una silla y pasándole la mano por el respaldo para limpiarla. Estarás molida del viaje, yo te lo sirvo todo.

Pilar se mueve rápido, coge un plato, lo deja, abre el horno y sale un olor a carne asada que provoca un rugido en el estómago de Carmen. No han comido más que un café de termo en el viaje.

Y entonces Carmen lo ve.

Pilar está de pie, frente a la encimera donde hay un bol enorme de carne picada. Una montaña gris-rosada de la que ya ha hecho más de quince albóndigas, perfectamente redondas, reposando en filas sobre una tabla y espolvoreadas con pan rallado. La suegra toma otro puñado de masa, le da forma, y sin cambiar el ritmo mete la mano derecha, la misma que está usando en la carne cruda, bien profunda bajo su axila izquierda.

No es un simple rascarse desde fuera. Mete la mano entera, hurgando a conciencia durante varios segundos, y acto seguido, sin limpiarse ni lavarse, reanuda la tarea de bolear albóndigas.

A Carmen le sube una arcada.

No puede dejar de mirar esa mano de mujer mayor, uñas cortas, un anillo de oro apretado en el dedo, la piel arrugada, esa mano que seguidamente vuelve a la masa. Esa misma masa con la que les ha mandado docenas de albóndigas congeladas a Madrid, y que Carmen y Sergio han cocinado, alabado y agradecido mil veces. Incluso Carmen llegó a decirle por teléfono que sus albóndigas son mágicas. Y lo eran: sabían de maravilla

¿Mamá, tienes té? grita Sergio desde el salón. Venimos helados.

Ahora, ahora mismo contesta Pilar mientras termina la última tanda de albóndigas. Estoy terminando solo éstas; ya cenamos enseguida.

Toma otro puñado de carne, y Carmen observa cómo quedan unas manchas grisáceas en la tabla justo donde Pilar apoya la mano. O al menos eso le parece Parpadea y ve de nuevo la imagen habitual: tabla, carne, albóndigas, manos de suegra apretando y dando forma.

Señora Pilar dice Carmen en voz bajita, ¿por qué no le ayudo yo? Si quiere, hago yo las que quedan mientras usted pone el té.

¡No, qué va! ¿Cómo vas a ponerte a cocinar siendo la invitada? Pilar agita las manos y Carmen reprime un escalofrío. Siéntate, mujer, que ya termino.

Como para demostrarlo, Pilar da forma a la última albóndiga y, satisfecha, mira sus manos, las pasa por el grifo apenas tres segundos, sin jabón, se sacude y se las seca en el delantal.

Carmen lo ve todo y siente asco.

Intenta controlarse. Total, ¿qué más da? ¿Quién no se ha rascado alguna vez al cocinar? Si su abuela Gloria, en paz descanse, también se arreglaba el pelo mientras hacía rosquillas y jamás hubo intoxicación. A lo mejor, es que ella es demasiado escrupulosa…

Pero no puede quitarse la imagen: mano, axila, mano, carne.

Cenan en el comedor, sobre un hule floreado. Pilar trae una fuente de albóndigas humeantes y doradas, con una costra apetitosísima, que a cualquier otro le haría la boca agua, pero a Carmen, la boca se le llena de saliva por otra razón. Hay puré de patatas bañado en aceite de oliva, ensalada de tomates y pepinos aliñados, pan, encurtidos y compota.

Empezad, que se enfrían, dice Pilar acercando la fuente hacia Carmen. Mira, éstas para ti, Carmencita, son las más bonitas. Las he hecho para vosotros.

Carmen mira las albóndigas. Tienen aspecto normal. Bonitas, doradas, huelen genial. Sergio se sirve dos, se pone un montón de puré, coge pepino, y se mete el primer bocado con placer.

Mmm mamá, están de muerte, como siempre.

Gracias a Dios Pilar sonríe feliz, se sienta frente a Carmen y coge pan y albóndigas. Temía que estuvieran sosas o poco hechas

Tranquila, mamá dice Sergio, engullendo la segunda albóndiga. Cocinas mejor que nadie.

Juan Manuel come en silencio, asintiendo de vez en cuando, que siempre ha sido su forma de apoyar. Es un hombre de pocas palabras: el día más hablador fue cuando explicó a Sergio cómo cambiar el aceite del coche.

Carmencita, ¿qué te pasa, no comes? pregunta Pilar preocupada viendo el plato intacto de Carmen. ¿No te gustan? ¿Están saladas?

No, no, están buenísimas responde rápido Carmen, sabiendo que, si no prueba bocado, se va a sentir rechazada la suegra. Solo que vengo rara del viaje, el estómago… Ya sabéis. Enseguida empiezo, no os preocupéis.

Coge el tenedor y pellizca la parte más crujiente y pequeña de una albóndiga, la más tostada. El olor es espectacular, pero la sola imagen de esa mano amoldando la carne justo después de rascarse la axila hace que el trocito se le quede clavado en la garganta. De milagro logra tragarlo.

Buenísimo murmura apartando el plato. Pilar, ¿puedo coger solo puré y un poco de ensalada? La albóndiga está buenísima pero no me cabe más.

Ay, pobreta se compadece la suegra, claro que sí. Yo os freiré más para que os las llevéis, pensaba que vendríais hambrientos.

Sergio lanza a su mujer una mirada como diciendo no exageres, y sigue comiendo, feliz y despreocupado, como quien nunca se ha planteado tales cuestiones de higiene culinaria.

Carmen mastica puré y pepino mientras se repite que todo esto no es para tanto, que millones han comido albóndigas así toda la vida y han llegado a los noventa años. Pero la imagen de la mano vuelve una y otra vez.

Después de cenar, Pilar recoge; Sergio sale con su padre al garaje, y Carmen se queda sola con su suegra, que pone té en una gran tetera con el pitorro astillado.

No te enfades conmigo, Carmencita, por insistir tanto dice Pilar vertiendo el agua. Es que, hija, saber de vosotros me tranquiliza. Sé que en la ciudad estáis liados con el trabajo, pero yo solo quiero veros, saber que estáis bien.

Todo va bien, Pilar responde Carmen, cogiendo la taza. El trabajo, la casa lo de siempre.

Me alegro mucho, hija. Y sé que os encantan mis albóndigas. Sergio siempre me pide que le prepare para llevar. En Madrid no hay nada igual: sólo químicos, dice él. Aquí la carne es mía, del pueblo, picada por mí, que la de carnicería no me fío.

Carmen da un minúsculo sorbo y nota el estómago revuelto de nuevo. El té sabe normal, pero pensar en las manos que han manipulado ese vaso, esos cacharros deja la taza sobre la mesa, incapaz de seguir.

Pilar, ¿me disculpa si me voy ya a la habitación? Creo que me ha dado un dolor de cabeza…

Ve, ve, hija, se apresura a decir la suegra, Sergio sabe dónde están las sábanas limpias, descansa. Si necesitas algo, llámame.

Carmen va a la pequeña habitación de invitados, cierra la puerta y cae sentada en la cama, a punto de vomitar. Llega al baño a tiempo y se queda un rato allí, respirando despacio.

Sergio la encuentra en la habitación más tarde, sentada, con el gesto de quien no quiere pensar en su propio cuerpo.

¿Qué te pasa? ¿Estás mal?

Sergio susurra Carmen mirándole asustada, te tengo que contar algo, y prométeme que no te vas a reír ni a chillar.

¿Qué ha pasado?

Carmen le cuenta todo: la mano, la axila, la carne, la arcada. Habla bajito, para no ser oída.

Sergio la observa con una mezcla difícil de interpretar, indeciso entre incredulidad, molestia o esa sensación de no sé cómo procesar esto.

Mira responde al fin, mamá no lo ha hecho a propósito. Yo qué sé, se ha rascado. ¿Tú sabes cómo cocinaban las abuelas en el pueblo? Muchísimo peor, y aquí estoy, sano como un roble. Es comida casera.

Pero Sergio, es que no se lavó las manos la voz de Carmen tiembla. ¡Siguió con la carne! Y ni jabón usa, solo las pasó por agua y el delantal. Y luego pienso en todas esas albóndigas congeladas…

¿Y qué quieres que hagamos? ¿Le decía que cocina con las manos sucias? Se muere de pena. Lo hace por nosotros, ¿entiendes? ¡Por nosotros!

No le pienso decir nada Carmen se cubre la cara, solo que no puedo volver a comer nada que ella cocine. No puedo ni mirarlo.

Sergio se levanta, se pasa la mano por el pelo, su típico gesto de frustración.

Cariño, dramatizas por una tontería. Todos se rascan o tocan el pelo en la cocina. Esto no es un quirófano, es una casa vieja, una cocina como las de toda la vida. Si te pones así, acabas perdiendo la cabeza.

Pero yo me lavo las manos murmura Carmen. Siempre me las lavo antes de cocinar. Eso es lo normal.

Pues muy bien por ti y por el tono se nota que Sergio no la apoya. Pero mamá siempre ha hecho así las cosas. Yo me he criado con esas albóndigas y nunca me ha pasado nada. Hasta tú decías que eran mágicas.

Pero no lo sabía, Carmen lo mira angustiada. Ahora ya lo sé y no lo puedo olvidar.

Pues ni caso Sergio zanja el tema. En los restaurantes si vieras la de tonterías que se hacen Hasta pelos encuentras en la ensalada. No hay que dramatizar.

Por favor, Sergio Carmen contiene las lágrimas, no me compares. No es lo mismo.

Vale Sergio se sienta, la rodea con el brazo. Haz lo que quieras, no comas si no quieres. Yo le digo a mamá que te has puesto mala, que es del estómago. Pero no le digas nada. Te lo ruego, que se hunde.

Descuida, Carmen apoya la cabeza en su hombro. Yo solo quiero volver a casa.

Mañana mismo nos vamos le promete Sergio. Le diré que tienes fiebre y nos volvemos a Madrid.

De acuerdo susurra Carmen, aunque no se siente nada tranquila.

Se acuestan. Sergio apaga la luz. En la casa resuena el televisor de fondo, Juan Manuel tose en su cuarto, y Pilar recoge la cocina.

Carmen mira el techo y piensa en esos tres años y medio comiendo sin saber lo que realmente tenía delante. Recuerda haber pedido la receta ilusionada, haber elogiado el sabor. Ahora solo se pregunta si ese ingrediente secreto era, en realidad, esto.

A la mañana siguiente, Carmen despierta hecha polvo. Sergio ya está con sus padres en la cocina, conversando, desayunando. Tras lavarse la cara con agua fría, se anima a salir.

¡Carmencita! Pilar le da los buenos días con una voz amable. Sergio me ha dicho que te has pasado mala noche, ¿fiebre? Te voy a preparar té con mermelada de mi madre, que es mano de santo.

Gracias, Pilar se sienta, evitando mirar la bandeja con las albóndigas frías cubiertas por una tela. Me encuentro algo mejor. Será alguna tontería que pillé en el viaje.

Esos bares de carretera sentencia Pilar, siempre lo digo: mejor comer en casa. Así os pasa luego

Mamá interviene Sergio, si solo tomamos café en el coche.

Bueno, sería otra cosa insiste Pilar sin rendirse. Lo importante es que la mermelada lo cura todo.

Carmen bebe un sorbo minúsculo, notando el cosquilleo en el estómago. Piensa: ¿se habría lavado las manos Pilar antes de preparar este té? Se da cuenta de que si entra en ese pensamiento… va a enloquecer. Mejor dejarlo correr.

Pilar, muchas gracias por todo, pero creo que lo mejor es que volvamos hoy a Madrid. Sergio tiene razón, en casa estaré mejor.

¿Hoy? protesta la suegra. ¡Con lo que me ha costado que vengáis! Quería haceros empanada, un cocido que tanto le gusta a Sergio

Mamá, la semana que viene vengo yo solo y te ayudo con lo que necesites. Sergio la besa en la mejilla. Hoy Carmen necesita su cama y un poco de calma. Pero volveré en cuanto pueda, te lo prometo.

Pilar lanza una mirada que Carmen difícilmente olvida, una mirada tan resignada que le da la sensación de que, efectivamente, lo ha entendido todo. Todo. Desde las albóndigas hasta la axila, pasando por el repentino malestar de su nuera tras la cena.

Como quieras dice seca. Os pongo un tupper con albóndigas en el congelador y algo de mermelada. Tenéis para la semana.

Carmen siente un escalofrío pero logra sonreír:

Muchas gracias, Pilar. Es usted muy generosa.

Recogen a toda prisa. Sergio mete las bolsas en el coche, Carmen se despide de su suegro, que le estrecha la mano diciendo: Que te mejores, hija. Volved cuando estés bien. Pilar le entrega una bolsa a Sergio:

Aquí van las albóndigas y un poco de mi tocino, os encanta. Que aproveche.

Gracias, mamá Sergio la besa. Carmen nota que Pilar no sonríe: solo asiente, dándose la vuelta y desapareciendo en casa.

El viaje de vuelta es en silencio. La bolsa de albóndigas en el maletero es tan real y presente que Carmen casi puede sentir su peso. Sergio tampoco dice nada; se nota que está molesto, y lo transmite en su forma de conducir, dura, rítmica, callada.

Puedes comértelas tú si quieres dice Carmen en voz baja al llegar a la ciudad. Yo no pienso hacerlo.

Carmen suspira Sergio, agotado, ¿sabes que mi madre lo ha entendido todo?

¿El qué?

Pues todo. No comiste albóndigas, luego te pusiste mala y nos marchamos de repente. Sabe que algo va mal. Se ha ofendido y lo entiendo.

¿Y a mí? pregunta Carmen.

Él no contesta.

En casa, Carmen entra directa a la cocina. Ve todo tan limpio, tan en orden los tarros brillantes, las tablas siempre relucientes, y siente una paz extraña. Aquí manda ella, aquí todo está pulcro. Aquí, las manos se lavan antes de cocinar. Aquí no hay albóndigas especiales.

Sergio mete la bolsa en el congelador y cierra la puerta.

¿No las vas a probar? pregunta Carmen.

Claro que sí responde él, con un deje de desafío. Son las albóndigas de mi madre, he comido toda la vida de ellas.

Se mete al baño. Carmen se queda sola. Se lava las manos largo rato bajo el grifo, con jabón, hasta los codos, como si pudiera limpiar lo que ha visto. Se seca con una toalla limpia y se pregunta: ¿todo esto tiene sentido? ¿Se puede quitar de encima uno ese recuerdo?

No lo sabe. Pero sí sabe que no volverá a comer nunca más una sola albóndiga hecha por las manos de Pilar. Por mucho que le insistan, por muchas lágrimas o excusas, jamás volverá a hacerlo.

A los tres días, Sergio fríe cuatro albóndigas para cenar, acompaña con puré y pepinillos, y se sienta a comer.

¿Quieres? le pregunta a Carmen, ofreciéndole medio tenedor de albóndiga.

No, gracias responde ella.

Se marcha al salón, se sienta en el sillón y sube el volumen de la tele para no oír cómo mastica su marido.

Carmen siente que aquel viaje ha cambiado algo entre ellos, algo que quizá ya no tenga arreglo. Y todo por una mano. Una mano de mujer que se rascó donde le picaba.

Cierra los ojos y decide no pensar más. Quizá, si no piensa, pueda seguir adelante. Cocinar su propia comida. Y nunca, nunca más llevarse a la boca nada hecho por otras manos.

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Las albóndigas de mi suegra.
He vuelto a vivir con mi madre a los 38 años.