Entre la verdad y el sueño
Verónica se recogía entre los pliegues de una manta cálida, dejando que el silencio y la paz de su hogar la envolvieran. Fuera, los copos de nieve caían lentamente sobre el alféizar de la ventana, danzando un vals silencioso bajo el invierno madrileño. Había vuelto hacía poco de la prueba de su vestido de novia, un acontecimiento que esperaba con ilusión y nerviosismo desde hacía meses. Aún sostenía entre las manos una bolsa llena de pequeños tesoros: unos pendientes finísimos, una tiara delicada y otros detalles que rematarían su look nupcial. No podía pensar en otra cosa que en la boda: repasaba mentalmente cómo luciría el vestido, cómo brillarían sus joyas, cómo todos los invitados posarían sobre ella miradas de admiración.
El timbre irrumpió de golpe en la calma. Verónica se asustó, apretando instintivamente el borde de la manta. Miró el reloj: faltaban diez minutos para las siete. ¿Quién vendría a estas horas? Pasaron por su mente mil escenarios: tal vez era el mensajero con un pedido olvidado, o quizás la vecina de enfrente con algún apuro.
Se aproximó sigilosamente a la puerta y miró por la mirilla. El hombre que había al otro lado era alto, pero no podía verle el rostro. No tenía ninguna prisa por abrir.
¿Quién es? preguntó, intentando controlar su voz.
Soy yo, Gonzalo respondió una voz conocida, un poco amortiguada por la puerta. Necesito hablar, es importante.
Verónica vaciló. No es que tuviera ganas de tratar con Gonzalo… pero ¿y si había pasado algo con Clara? Dudó solo un instante antes de girar el pestillo y entreabrir la puerta. Allí estaba él, con los hombros cubiertos de nieve semiderretida que le dejaba manchas oscuras en el abrigo. Tenía el rostro lívido y los ojos le ardían con una intensidad insana. Verónica pensó, inquieta, si no habría hecho mal en dejarle pasar.
Entra dijo, apartándose con cautela y disimulando su preocupación. Estás empapado.
Gonzalo atravesó el recibidor sin siquiera quitarse los zapatos. Pronto la nieve de sus suelas dejó manchas de suciedad sobre el parquet claro, aunque él ni se detenía a mirarlas. Parecía mirar a algún punto lejano, como si viera algo que a ella le estaba vedado.
Verónica comenzó, retorciendo los guantes entre las manos. No aguanto más. ¡Te quiero!
Ella se quedó paralizada, incapaz de creer lo que oía.
Gonzalo, tú… empezó, pero la voz se le quebró y la frase quedó flotando entre ambos.
Él no la dejó continuar. Dio un paso más hacia ella, como temeroso de perder su última oportunidad.
Sé que te casas, que parece una locura, pero no puedo seguir callando. Todos estos meses intenté olvidarte, seguir mi vida… no soy capaz. Debería habértelo dicho antes. Con Clara… Sólo empecé con ella por ti. Quería acercarme, verte más veces. Pero nunca la he querido. Nunca su voz era baja pero firme, como si cada palabra lo expulsase con esfuerzo.
Verónica sintió que algo dentro de ella se congelaba. ¿Había estado saliendo con su amiga solo para acercarse a ella? Pobre Clara, que de verdad estaba enamorada…
Soltó la manta del respaldo del sillón, como si ese simple gesto pudiera devolverle el control de la situación. El ambiente en la habitación se había vuelto denso, asfixiante.
Gonzalo… intentó de nuevo, midiendo cada palabra. ¿Te das cuenta de lo que dices? Yo tengo pareja, le quiero. Nos vamos a casar en dos semanas. Tenemos planes, una boda… Y además, Clara…
Él bajó la mirada pero su decisión ya estaba tomada. Parecía haberse quitado un peso de encima.
No puedo callar más. En unos días te habrás ido para siempre. Sabía que no era el momento, pero si no lo decía, me arrepentiría toda la vida. Sobre Clara… para mí no significa nada. Nadie más importa, ¿entiendes?
Verónica sintió que el corazón le daba un vuelco. Habló con un tono distante, como si su voz perteneciera a otra persona:
¿Cómo puedes decir eso? Debe de ser alguna broma…
¡Te digo la verdad! insistió Gonzalo. Clara fue solo la excusa para poder estar cerca de ti. Pensaba que algún día te darías cuenta de que soy atento, generoso, el hombre adecuado. Que verías que tenemos que estar juntos. Ahora sé que nada tiene sentido sin ti.
Entonces se arrodilló, sacando de su bolsillo un pequeño anillo plateado, con un motivo delicado y una piedra diminuta que centelleó bajo la lámpara.
Déjalo. Déjale a él y quédate conmigo. Te haré feliz, te lo juro.
Verónica le miró en silencio. Recordó a Gonzalo sosteniendo la mano de Clara en una fiesta, riendo juntos, con esa dulzura de quien cree haber encontrado por fin el amor. ¿Todo había sido mentira? El pasado entero se había desmoronado y solo quedaban fragmentos inconexos.
Levántate susurró. Por favor.
Gonzalo se puso en pie despacio, aún esperanzado.
¿No me crees? musitó, con la voz rota.
Sí lo creo respondió ella con calma, pero firmeza. Pero eso no cambia nada. Somos amigos, Gonzalo, pero yo amo a otro hombre. Me voy a casar porque estoy segura de lo que quiero. No necesito nada más.
Él bajó la cabeza.
¿Y si te lo hubiera dicho antes… antes de conocerle?
Verónica titubeó, pero fue honesta:
Te habría dicho lo mismo. Lo siento, simplemente no te veo como algo más.
Gonzalo dio un paso más, desesperado.
¿Por qué? Sé que sentiste algo, he visto cómo me mirabas. Sé que hay algo entre nosotros.
Verónica retrocedió sin querer, encaminándose hacia la salida. Aquella mirada le inquietaba; su mente calculaba formas de huir si Gonzalo perdía el control. Si conseguía empujarle al sofá, tendría la oportunidad de salir corriendo…
No hay nada respondió, esforzándose por sonar serena. Lo tuyo no es amor, Gonzalo. Es obsesión. Te has montado una historia en la que yo escojo ser tu ideal, y los demás no importan. Terminémonos esto, por favor.
Gonzalo apretó los puños, impotente.
Te equivocas. Nunca he sentido nada semejante. No es una invención mía, te quiero.
Ella ventiló suavemente.
¿Y Clara? ¿Te das cuenta del daño que le haces? Has jugado con sus sentimientos sólo por acercarte a mí.
Sé que soy responsable dijo, bajando la voz. Lo sé. Pero actuaría igual si pudiera volver atrás.
No se puede construir la felicidad sobre las ruinas de otro. Y no puedes amar a alguien que no conoces de verdad. Te has enamorado de una imagen.
Verónica aguardó a que él asimilara esto, antes de continuar:
Debes hablar con Clara y decirle la verdad. Pedirle perdón.
Gonzalo se quedó quieto, temblando ligeramente.
¿Para qué? No la amo. Me molesta… tú eres diferente.
El dolor brilló en sus ojos y Verónica sintió lástima. Pero dejarse llevar por la compasión era un error.
Contigo no hay ninguna posibilidad. Ni con ella ni conmigo. ¿De verdad crees que me iré callando lo que ha pasado?
Gonzalo la miró fijamente, hasta que por fin dijo:
Me voy. Pero seguiré esperándote.
No lo hagas negó Verónica, adivinando un matiz amenazante en su frase. Vive tu vida, busca a quien puedas amar de verdad, no un espejismo. Ahora vete, por favor.
Gonzalo salió despacio. Cada paso parecía costarle la vida; al llegar a la puerta se volvió una vez más.
Gracias por tu sinceridad dijo, sin dramatismos. Pero no me despido.
Y cerró suavemente tras de sí. Verónica se quedó inmóvil, contemplando la puerta, hasta sentir cómo la tensión iba aflojando. Se acercó a la ventana: la calle, cubierta de nieve, creaba un paisaje resplandeciente bajo las farolas. Vio a Gonzalo caminar encogido, ensimismado, hasta perderse en el ángulo de la esquina.
La inquietud la impulsó a actuar. ¿Qué le diría ahora a Clara? Gonzalo podía manipularla, aprovechar su desconcierto… Sin pensarlo más, tomó el móvil y buscó su nombre.
Clara, ¿puedes hablar? Es importante.
¿Ha pasado algo? Te noto nerviosa. ¿Estás bien?
Gonzalo ha estado aquí empezó Verónica, eligiendo cada palabra para herir lo mínimo posible. Me ha confesado que sólo empezó contigo por mí, que nunca te ha querido.
Silencio. Verónica imaginaba a su amiga en la cocina, estrujando el teléfono, intentando comprender.
¿Y eso qué significa? logró preguntar Clara, la voz temblorosa. ¿De verdad?
No quiero que vivas engañada Verónica sentía su propia ansiedad. Ha dicho que sólo me quiere a mí, que quiere que deje a Alejandro. Me ha dado miedo estar a solas con él.
Clara respiró hondo.
Entiendo… ¿y ahora?
No sé. Supongo que irá a buscarte. ¿Estás sola en casa? Su comportamiento me ha preocupado mucho.
No te preocupes. Gracias por decírmelo.
Perdona que lo sepas así musitó Verónica.
Mejor una verdad dolorosa que una mentira cómoda.
Colgaron. En la habitación reinaba de nuevo el silencio. Verónica se apoyó en el cristal helado y contempló la danza de los copos en la noche madrileña. Por la ciudad, dos personas intentaban recomponer sus sentimientos, y ella sólo podía esperar que todo se calmara y cada uno encontrase su rumbo.
El pensamiento de Clara la inquietaba, le dolía pensar cuánto sufriría su amiga, pero lo más difícil era siempre mirar a los ojos a la verdad.
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Clara seguía en la cocina. Las palabras de Verónica zumbaban aún en su mente. Recordaba el primer día con Gonzalo, lo atento que fue, los pequeños gestos. Pensó en sus te quiero, en su manera de mirarla. Nunca la había querido. Sintió cómo algo se quebraba dentro de síno un dolor agudo, sino la punzada seca de una decepción sin remedio.
El ruido del timbre la sacó de su ensimismamiento. Caminó lentamente hasta la puerta y miró por la mirilla. Allí estaba él, Gonzalo, bañado en las mismas manchas de nieve, los ojos enrojecidos.
Clara dijo, antes de que ella lo invitara a pasar. Debo explicártelo…
Ya me lo ha contado Verónica le cortó, intentando sonar firme. No puedes decirme nada que no sepa.
Gonzalo se quedó mudo, la cabeza gacha, manos temblorosas.
Así que te ha llamado primero… Quería contártelo yo en persona. Al menos eso.
Clara cruzó los brazos, en guardia.
¿A qué has venido? ¿A humillarme otra vez? ¿A oírte decir que sólo fui un escalón hacia Verónica?
No dio un paso adelante, pero ella se apartó. Solo quiero pedirte perdón. Por mentirte, por usarte. No tengo excusas.
Sacó con torpeza del bolsillo la cajita del anillo.
Toma, quédate con él, por si algún día sirve de algo.
Clara miró el anillo. Era sencillo, discreto, con una pequeña piedra que casi no brillaba. ¿Humillación? No, sólo vacío.
Guárdalo, no quiero nada tuyo respondió con una calma glacial.
Gonzalo apretó la caja.
Clara, por favor… Quiero arreglarlo.
Ella se permitió una sonrisa amarga.
¿Cómo? ¿Casándote conmigo por compasión? ¿Esperas que te perdone sólo porque ahora te sientes mal?
Él se mantuvo en silencio, encajando cada palabra.
Quiero empezar de cero, sin mentiras.
Eso no es posible. Empiezas de cero con alguien en quien confías, pero yo ya no te creo. Me has dejado sin nada. Ahora solo quiero distancia.
Gonzalo entendió el mensaje, guardando el anillo sin rechistar.
Lo siento.
Antes de irse miró una vez más a Clara, como si esperase una señal de perdón. Ella fue a decir algo, pero sonó de nuevo el timbre. Se asomó: era Alejandro, el prometido de Verónica. Alto, serio, con el porte recto que a veces imponían los ejecutivos madrileños. Entró sin saludar, con el semblante frío y cerrado.
Sé lo que ha pasado le dijo a Gonzalo, sin mirarle a los ojos. Y sé lo que has hecho con ambas.
Gonzalo intentó justificarse, pero Alejandro lo cortó.
No digas nada. Verónica me lo ha contado todo. Hay cosas que sólo se entienden por las malas.
Dio un paso que empujó a Gonzalo contra la pared. Clara quiso intervenir.
Alejandro, por favor… No es necesario.
Él la ignoró.
Basta. No es asunto tuyo ahora.
Con movimientos secos y contundentes, le cruzó el rostro a Gonzalo de un solo puñetazo. Gonzalo cayó, la mano apretando los labios sangrantes.
Si vuelves a acercarte a Verónica o a Clara, lo lamentarás mucho más. ¿Me entiendes?
Sin más, Gonzalo se levantó, humillado, y se retiró. Alejandro se volvió a Clara, el gesto aún tenso pero más humano.
Perdónalo. Sé que la violencia no es la solución, pero a veces es la única manera de que algunos lo entiendan.
Clara asintió, reconociendo la sinceridad en sus palabras.
Gracias por protegernos, aunque no fuera tu obligación.
Verónica está preocupadísima por ti. Quiso venir, pero yo insistí en hacerlo.
Es la mejor amiga que una puede tener susurró Clara, agradecida.
La calma volvió poco a poco, el murmullo de Madrid tras la persiana, el frío azul del cielo, la nieve amortiguando los ruidos de la ciudad. Por un instante, se permitió sentir paz una paz nueva, aunque sospechara que quedaba mucho por reconstruir.
Cuando Alejandro se despidió, Clara cerró la puerta y se dejó caer en el sofá. Todo ha terminado, pensó. Era un pensamiento nítido, casi liberador. El dolor continuaba, pero sabía que era sólo el principio de algo diferente, quizás mejor.
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Mientras tanto, Gonzalo caminaba sin rumbo fijo por la Gran Vía nevada. La boca le dolía, pero mucho más lo hacían el orgullo herido y la pérdida. No sólo había perdido a Clara para siempre, sino que sus fantasías en torno a Verónica se le antojaban ahora absurdas y lejanas.
Al día siguiente se presentó en la oficina con la cara marcada. Aguantó los comentarios de sus compañeros sin replicar. Una semana después, solicitó el traslado a Valencia. El jefe, acostumbrado a la seriedad de su empleado, no hizo preguntas. Gonzalo necesitaba alejarse; cada rincón de Madrid le recordaba lo que había perdido.
Antes de irse, devolvió el anillo a la joyería y transfirió el dinero a la cuenta de Clara, con una nota simple: Perdón. Es tuyo por derecho.
Esperando el taxi que lo llevaría a Atocha, Gonzalo sintió que la nieve cubría toda huella de su paso por la ciudad, como un manto piadoso sobre su historia rota.
Yo lo eché todo a perder murmuró, admitiendo para sí mismo que nada volvería a ser igual. El coche arrancó, llevándose lejos un capítulo que ya solo podía pertenecer al pasado.
Mientras tanto, Clara compartía mesa en una cafetería con Verónica y Alejandro. El recinto olía a café y chocolate caliente. Entre ellos el tono era sereno, incluso optimista. Verónica hablaba de los preparativos de la boda, Alejandro asentía mientras Clara escuchaba, sonriendo de vez en cuando.
¿Sabes? dijo contemplando la nevada por la ventana. Ya no estoy enfadada con Gonzalo. Solo siento lástima de que sucediera así.
Verónica le cogió la mano, transmitiéndole cariño.
No tienes de qué avergonzarte, Clara respondió con firmeza. Tú sí mereces una historia de verdad, sin engaños.
Clara le devolvió la mirada, convencida.
La encontraré afirmó, y supo que decía la verdad. Había aprendido a dejar el pasado atrás.
La nieve seguía cayendo sobre Madrid, cubriendo cada herida con un manto blanco. Una página se cerraba y otras nuevas aguardaban. Allí, alrededor de una mesa, la vida continuaba, y eso era lo que de verdad importaba.







