He puesto a mi marido ante una decisión difícil.

Mira, te tengo que contar lo que me pasó el otro día porque aún estoy dándole vueltas.

Estábamos en el coche, de camino al barrio de Vallecas, a casa de la madre de Alejandro. Era sábado, primera hora de la tarde, y hacía ese sol de primavera en Madrid que dan ganas de escaparse al Retiro, sentarse en una terracita y tomarse una caña, en vez de meterse en un ascensor que nunca funciona, cargando con regalos y compromisos sociales. Pero bueno.

Mamá, ¿por qué tenemos que ir a casa de la abuela Carmen? Es súper aburrido.

Giré por el retrovisor para mirarla. Paula, con sus seis años recién cumplidos, pegada al iPad rosa y medio sin mirarme. Y yo pensando: madre mía, si parece que nos hace el favor por venir. La infancia hoy en día…

Porque es el cumpleaños de tu primo Dani. ¿Te acuerdas de Dani?

Sí, es muy pesado.

¡Paula! me giré, pero Alejandro, que iba conduciendo, me puso la mano en el brazo.

Por favor, no empieces, hoy no.

Le miré a él. Traje azul marino, camisa blanca, todo perfectamente planchado. Media hora me costó esa camisa, porque ya sé cómo es su madre: le echa un ojo a todo y luego lo disfraza con su sonrisita, pero sus miradas hablan por sí solas. Lo de siempre.

No empiezo, solo le explico a la niña dónde vamos.

Lo explicas con ese tono que ya parece que vamos a un funeral en vez de un cumpleaños.

¿Y es mentira? le respondí bajito.

Alejandro ni respondió. Paró el coche en un semáforo, se quedó mirando al frente. Paula seguía jugando a su juego del iPad, esas dichosas monedas virtuales sonando sin parar.

A ver suspiró Alejandro. ¿Por qué no hacemos un trato? Vamos, felicitamos al niño, una horita, dos como mucho, saludamos y nos vamos. Sin dramas, sin reproches, sin sacar nada del pasado. Que sea una tarde tranquila, ¿vale?

Me mordí la lengua. Quería decirle que eso lo prometíamos siempre y acababa yo en la cocina de Carmen escuchando por enésima vez cómo cría a sus hijos la gente de verdad, que si trabajo demasiado, que si no sé ni hacer unas croquetas como Dios manda y que si mi madre, en paz descanse, me habría enseñado algo más útil que ir a la universidad. Pero callé y miré por la ventana. El Madrid de mayo, las acacias en flor, los niños con helados, la gente paseando. Ese día en el que lo que apetece es perderse por la ciudad, no tragarte otro compromiso familiar.

Mamá, ¿a Dani le van a regalar muchas cosas? preguntó Paula de pronto.

Supongo le contesté. Es su cumpleaños.

¿Y a mí me regalarán algo?

Ahí me giré ya dándole el discurso. Si esta niña sale regalona, es culpa mía y lo sé, porque en cada fiesta, en cada visita, siempre caía algo para ella. Y claro, ahora lo espera como ley natural.

Paula, hoy no es tu cumple. Cuando sea tu día, te caerán regalos. Hoy vamos a darle uno a Dani, ya sabes, el Lego que compramos ayer ¿recuerdas?

Sí, pero ¡yo también quiero uno!

Tienes una habitación entera llena de juguetes saltó Alejandro ya. ¿De verdad no puedes esperar un día?

Se enfurruñó, volvió al iPad. Alejandro apretó el volante y yo notaba la tensión: Ya verás si la niña monta el numerito, ya verás lo que dirá mi madre, lo que cotilleará después mi hermana Lucía. Sabía perfectamente ese pensamiento, lo llevaba viendo años.

El resto del camino, silencio. Veinte minutos solo con los sonidos de coches y de las monedas del iPad. Miraba por la ventanilla, pensando que, hace tres años, juré no volver a casa de su madre. Fue después de una bronca monumental, en la que Carmen me soltó a la cara que no sabía ser ni esposa ni madre. Aquel día cerré la puerta de golpe, Alejandro detrás, pidiéndome que volviese, que me disculpase. No lo hice. Me fui con él a casa y todo el trayecto en silencio, pensando si aquello era el final.

No lo fue. No me fui. Seguí, por él, por Paula, porque no sé rendirme. Pero tardamos casi un año en ver a su familia. Para la Navidad pasé. Para Semana Santa, también. Solo cuando Carmen acabó en el hospital con un susto del corazón, me animé a ir. Paula y yo, con un ramo de flores, y ella (la suegra) hacía como si nada hubiese pasado. No hubo una palabra sobre la bronca, ni de disculpas, ni nada. Como si fuésemos robots capaces de hacer “reset”.

Pero cuando ayer Alejandro me dijo que estábamos invitados al cumple de Dani, sentí como si la espina volviera a clavarse. No había olvidado nada. Y sospechaba que el ambiente sería igual de hostil.

Ya hemos llegado dijo Alejandro sacándome de mis pensamientos.

Delante de esa vieja finca de nueve plantas, esa de las afueras de Vallecas, donde él se crió, y donde yo siempre me sentí extranjera.

Paula, apaga la tablet. Vamos intenté sonar tranquila.

Salimos del coche. Alejandro sacó la caja del Lego, en una bolsa llamativa. Ayer estuvimos una hora decidiendo el regalo: yo diciendo que con algo sencillo valía, él empeñado en que había que hacer buena figura.

¿Pero qué importa lo que valga? le dije. Es un regalo para un crío, no para presumir.

Ya, pero mi madre se fija. Y Lucía también.

Así que el caprichito costó sesenta euros, un disparate en mi opinión, pero es lo que hay: en su familia todo es una competición encubierta.

Subimos al cuarto, el ascensor averiado (como siempre). Paula protestando que estaba cansada, yo tirando de ella. Alejandro delante con el regalo, todo tenso. Al llegar, se giró.

¿Estás preparada?

No. Hubiese dado lo que fuera por bajar corriendo. Pero asentí y forzé una sonrisa.

Tocamos el timbre y se oían ya voces de niños y música desde dentro. Lucía abrió la puerta, pelo corto teñido de rojo, mirada de quien te juzga antes de decir hola.

¡Por fin llegáis! hizo el paripé, dejando pasar a su hermano y luego a mí con dos besos fríos. Ya hemos empezado. Pasa, pasa. Mamá está en la cocina, Dani con los chavales.

A Paula la saludó exagerando el tono, intentando hacerle gracia, pero la niña no la recordaba y se me pegó a la pierna. Saluda, anda, le susurré, y ella un hola bajito.

Lucía nos indicó a mí y a la niña que pasáramos a la cocina, donde estaba Carmen, charlando con una vecina desconocida. La cocina, como siempre, llena de geranios, cortinas y trapos de encaje. La típica casa de madre española, vaya.

Cuando Carmen me vio, se levantó y me recibió con una sonrisa forzada. Había envejecido, sí, pero esa forma de mirar de arriba abajo, valorando todo de un vistazo seguía allí.

¡Olga! Qué alegría verte me abrazó apenas rozándome. ¿Y esta preciosidad es Paula? ¡Pero si es clavadita a la abuela!

Paula, escondida tras mi pierna, se negó a saludar. Carmen disimuló el chasco.

Bueno, los niños son así, tímidos pero el tono encubría desaprobación.

Nos sentamos. La amiga se presentó, de nombre Silvia, muy maja. Carmen empezó con el interrogatorio clásico: el trabajo, la niña, si tenía niñera, si estaba demasiado delgada. Que comiera más, que a los hombres les gustan las mujeres hermosas. Y yo ahí tragando, acostumbrada ya, todo con ese toque maternal que en realidad es puro juicio.

Paula, aburrida, pidió ir con los demás. Ve, pero pórtate bien, le dije. Carmen la observó irse, luego empezó con comparaciones: que si Dani era más obediente, que si Lucía lo tiene como un reloj, que qué bien educado el niño (y lo dice delante de una amiga para dejar claro que la mía no lo es).

En fin. Cuando no aguantaba más, pregunté si podía ir a felicitar a Dani. Por supuesto, ahora salimos todos que vamos a por la tarta.

En el salón, Dani el niño perfecto rodeado de primos, adultos, montones de regalos. Paula, en una esquina con el ceño fruncido. Fui a decirle que dejara el iPad y socializara. Se puso chula, y la gente miraba. Me sentí examinada, otra vez.

Vino el reparto de regalos: cada uno mejor que el anterior, y Paula mirando con envidia. Cuando por fin Alejandro dio nuestro regalo y Dani se le lanzó a los brazos, Lucía aprovechó para decir en alto lo caro y lo bueno que era el Lego. Carmen daba su aprobado con un asentimiento.

Y entonces: la bomba. Paula, celosa, fue a Dani y le soltó:

Dani, ¿me das un regalo? Tienes muchos.

Todo el salón en silencio. Dani, atónito. Yo, roja.

Paula, ven aquí ahora corrí a por ella. No es apropiado pedir regalos.

La niña rompió a llorar a gritos, tirada en el suelo. ¡Quiero un regalo! ¡Quiero el robot! ¡Quiero el Lego!. Un escándalo. Todos mirando. Carmen, con sonrisa triunfal: yo ya lo decía.

Intenté sacar a Paula, pero Carmen se interpuso: No te pongas así, Olga, tranquiliza a la niña. No pude más. Tres años guardándome cosas.

¿Sabe qué pasa, Carmen? Que si no hubiésemos hecho del regalo un símbolo de estatus en esta familia, a lo mejor la niña no pensaría que esto va de competir.

Se quedó helada.

¿Perdona?

Lo que oye. Siempre con lo que cuesta cada cosa, quién trae qué, quién es mejor madre Y luego nos escandalizamos si los niños solo ven eso.

Se armó el lío. Empezaron a decirme que estaba fuera de lugar, que Lucía siempre educó mejor, que Dani era un sol. Y Alejandro en medio, pidiéndome que me calmase.

Pero no podía. Solté todo lo que tenía dentro: que siempre me he sentido la extraña, la que hay que evaluar cada vez que cruza la puerta. Que estaba harta de las pullas, de los juicios, de fingir que todo estaba bien.

Dije que ya estaba bien, que me iba. Y ahí, delante de todos, le dije a Alejandro:

Tienes que elegir. O ellos, o nosotras.

Toda la sala en silencio. Nos fuimos. Bajé las escaleras con Paula llorando, pedí un Cabify y volví a casa.

Alejandro tardó dos horas en aparecer. Entró sin mirarme casi.

Cené con Paula medio adormilada, dándole vueltas. Sé que no lo hice perfecto, sé que consiento demasiado a la niña, y a veces no sé dónde está el límite. Lo hago, supongo, porque yo no lo tuve y no quiero que le falte a ella.

Luego, cuando Paula se quedó dormida, hablé con Alejandro en la cocina. Se desahogó, dijo que mamá está destrozada, Lucía también, que yo había montado el circo. Que si era consciente de lo que había dicho y exigido.

Sí, lo soy. He dicho lo que necesito.

Se quedó callado.

¿Y ahora qué, Olga?

Ahora decides. Porque yo estoy harta de estar en medio, de no sentirme bienvenida. Quiero que me apoyes, no que siempre digas no pasa nada.

Fue un momento muy duro. Me preguntó si realmente quería cortar con su familia. Yo no lo sé. No quiero un drama; quiero respeto, quiero una mínima igualdad, quiero que mi hija no sea de segunda categoría.

Si vamos, le dije, tiene que ser porque tú pones límites, porque ahora somos familia tú, Paula y yo.

Él lo entendió. Me abrazó y al día siguiente, después del desayuno y de hablarlo los dos, fuimos los dos solos a ver a su madre. Paula se quedó con mi hermana.

La conversación fue tensa, sí. Carmen defendió lo suyo, yo puse mis límites y le conté cómo me sentía. Al final, las dos entendimos que si queremos que las niñas estén bien, hay que hacer esfuerzo de los dos lados. No somos iguales, pero podemos intentar convivir.

Cuando volvimos a casa, Paula había dibujado a la familia: todos juntos, cogidos de la mano, también la abuela. Miré el dibujo, la abracé.

Y al final pensé que, aunque nada es perfecto y quedan muchas cosas que hablar y sanar, hay una esperanza real de que pueda funcionar. Solo hace falta que todos pongamos un poquito de nuestra parte.

¿Sabes? La vida no es de color de rosa, pero con paciencia, se pueden encontrar los equilibrios. Y con amor, todo lo demás, aunque cueste, puede construirse poquito a poco.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

20 − 5 =

He puesto a mi marido ante una decisión difícil.
La Hechicera