La cocina reluciente
15 de octubre
Carmen. Ven aquí.
No hubo un por favor. Ni cuando termines. Solo ven aquí, como si llamaras al perro.
Dejé la fregona apoyada en la pared y entré en la cocina. Luis estaba sentado a la mesa, mirando el móvil. A su lado, en su sitio habitual junto a la ventana, estaba doña Felisa, su madre, bebiendo té. La habitación olía a col cocida y a algún medicamento que mi suegra ingería como quien se toma caramelos, todo el día.
Dice mamá que otra vez no has limpiado bien la cocina dijo Luis, sin despegar la vista del móvil.
La limpié ayer.
Pero mal.
Doña Felisa posó la taza sobre el platillo y el tintineo sonó suave.
En mi casa nunca hubo suciedad dijo, como si hablara del aire que respiras. Yo siempre llevé la casa sola y jamás se vio este desorden.
Yo, Carmen, tengo cincuenta y tres años. De pie, con los guantes de goma y las manos mojadas, escucho esto. Otra vez.
Señaladme dónde está sucio y lo repaso dije.
Eso, señala intervino Luis, ¿o acaso no lo ves tú sola? ¿Falta que te pongamos de rodillas para que lo veas?
Lo dijo en voz baja, casi con calma, pero la voz le salía con esa entonación que siempre da en el blanco.
Miro la cocina. Reluce. La fregué anoche tras la cena, media hora quitando grasa de los fuegos. Está limpia.
Y entonces, sucedió. No fue un estallido ni un llanto. Solo la miré, miré a Luis con su móvil, a doña Felisa con su taza, y dentro de mí todo se quedó en silencio. Ese silencio que intuyes antes de que algo, por fin, se rompa.
Me quité los guantes. Los dejé sobre la mesa.
Llevo veintiocho años oyendo esto dije. Ya basta.
Luis levantó la mirada. Doña Felisa se quedó quieta con la taza en la mano.
¿Qué dices? preguntó Luis.
Digo que basta.
Salí de la cocina. Fui al dormitorio. Del armario saqué una bolsa grande del supermercado y empecé a meter cosas. Un par de jerséis, los documentos, algo de ropa interior, el cargador del móvil. Las manos no me temblaban, curioso. Estaba en calma, como quien finalmente toma la decisión que llevaba años gestándose.
Desde la cocina llegaban voces. Primero bajas, luego más altas.
Luis, ¿no oyes? ¡Ve a pararla!
Ve tú si quieres.
Me abroché el abrigo, cogí la bolsa y salí al recibidor. Me calcé. Abrí la puerta.
¡Carmen! gritó doña Felisa. ¿Acaso sabes lo que haces? ¿A dónde vas? ¡No eres nadie sin él! ¡Nada!
Cerré la puerta detrás de mí, suave, sin portazo.
En la escalera olía a arenero de gato de los vecinos del tercero y a pintura fresca en el primer piso. Bajé y salí a la calle. Octubre, húmedo y frío, las hojas alfombrando el asfalto mojado. Paré junto al portal y saqué el móvil.
Sonia respondió al segundo tono.
Sonia dije, me he ido.
Pausa.
¿De dónde?
De casa de Luis. Para siempre. No tengo a dónde ir.
Tardó tres segundos en contestar.
¿Recuerdas mi dirección? Vente. Veinte minutos, y estoy en casa. Espera en el portal, te mando el código del portero.
***
Sonia vivía en un apartamento pequeño en la calle Lavapiés. Lo había comprado ella misma siete años atrás, trabajando de recepcionista en un hotel y ahorrando cada euro. La casa estaba llena de estanterías, plantas por todas partes, en la cocina una pizarra con imanes de muchas ciudades. Olía a café y a algo dulce, tal vez a canela.
Yo me senté en el sofá, sujetando una taza de té caliente. Sonia, sentada enfrente, con las piernas recogidas, me miraba, sin preguntas.
Cuéntame dijo Sonia.
No hay nada que contar contesté. Lo de siempre. La cocina sucia. El cocido insípido. El suelo mal fregado. Y esas miradas… como si fuera un objeto que no sirve.
Carmen, eso fue siempre igual. ¿Qué pasó hoy?
Lo pensé.
Hoy miré la cocina reluciente y supe que, si no me iba, no me iría nunca. Moriría allí. Un día me caeré y no me levantaré, y dirán que no me cuidé.
Sonia asintió. No respondió. Solo me sirvió más té.
Esa noche dormí en el sofá de Sonia, arropada por una manta suave, escuchando el silencio. El de verdad. Sin tele en la otra habitación. Sin la tos de doña Felisa tras la pared. Sin la urgencia de saltar a hacer algo.
No dormí hasta las tres, no por nervios, sino porque no conocía la sensación de estar tumbada sin deber nada a nadie.
Al final, dormí.
***
El móvil estuvo mudo dos días. Al tercer día, Luis me escribió: “¿Cuándo vuelves?” Ni “perdona”, ni “tenemos que hablar”. Solo “cuándo vuelves”, como si yo hubiera salido de viaje.
Leí el mensaje y guardé el móvil en el bolsillo.
Así está bien dijo Sonia, que veía todo. No contestes. Que piense él.
No tiene nada que pensar dije yo. Cree que lo recapacitaré y volveré. Siempre lo ha creído. Que nunca me iría.
¿Y volverás?
Miré por la ventana. Afuera, el patio gris de octubre, coches mojados, árboles pelados.
No volveré. Pero tampoco sé dónde iré.
Las primeras semanas fueron raras. No sabía qué hacer con el tiempo. Toda mi vida había madrugado, preparado desayunos, limpiado, lavado, bajado a la farmacia por los medicamentos de doña Felisa, pasado por el supermercado, cocinado de nuevo. Y cada día, “mal” e “insuficiente”.
Ahora, despertaba y el día estaba vacío. No había que hacer nada. Era casi insoportable.
Sonia le dije una mañana, mientras preparaba su bolso para ir al trabajo, tengo que ocuparme en algo. Me voy a volver loca.
Busca trabajo.
¿De qué? He pasado veintiocho años en casa.
Tú eres pintora.
Me reí, sin alegría.
Era. Después de la facultad trabajé dos años en una editorial y luego me casé; Luis me dijo que para qué, que él mantenía la casa. Su madre añadió que una mujer decente cuida la casa, no anda por oficinas.
Y aceptaste.
Sí. Tenía veinticinco años, pensé que eso era amor. Que te cuiden es amor.
Sonia se quedó callada, vistiéndose el abrigo.
Carmen, en mi armario hay acuarelas de mi sobrina. Y papel de acuarela, bloque gordo. Pruébalas.
¿Para qué?
Tus manos recuerdan cómo hacerlo.
***
Encontré las acuarelas envueltas en papel de periódico en el cajón de abajo. Infantiles, baratas, en un estuche de plástico con una ardilla de dibujo. El papel, grueso, iniciado. Lo llevé todo a la mesa de la cocina, observé largo el blanco del folio.
Luego cogí el pincel.
No salía nada. El color manchaba raro, la mano temblaba, las proporciones se torcían. Rompí tres folios. Después me calmé y solo pinté, sin pensar, sin plan. Solo color y forma.
A la hora tenía delante un pequeño papel de acuarela: el patio de otoño que veía desde la ventana de Sonia. Los árboles mojados, el cielo gris con una mancha rosada en el horizonte.
Lo contemplé pensando: esto lo he hecho yo.
No era cocido. Ni cocina reluciente. Era mío.
Al volver Sonia del trabajo y ver el dibujo en la mesa, se paró.
¿Lo has pintado tú, Carmen?
Sí.
Está bien. De verdad.
No está bien, está torcido todo.
Pero está vivo dijo ella. He visto muchos patios, pero este parece de verdad. Lo sientes.
No contesté. No tiré el dibujo.
***
Mientras, en el piso de la calle Mayor, Luis Paredes experimentaba algo inesperado.
Los tres primeros días esperó que yo volviera. Parecía lógico: ¿a dónde iría? No sabe hacer nada, sin dinero, sin trabajo, sin un techo. Regresará, pensaba.
Pero no volví.
Al cuarto día, abrió la nevera y estaba vacía, salvo un cartón de leche. Fue al trabajo sin desayunar.
Esa noche, su madre le miraba desde la mesa, con aire de quien lleva años sabiendo pero calla por cortesía.
¿Has comido?
No.
Yo tampoco. ¿Has traído algo de la tienda?
No me ha dado tiempo.
O sea, ni has comido ni has traído dijo doña Felisa. En setenta y ocho años nunca pensé ver la casa sin pan.
Mamá, ves tú a la tienda.
La pausa fue larga.
Tengo setenta y ocho años, rodillas malas y tensión alta. Camino con bastón. ¿Y tú me mandas a la tienda?
Es que llegué tarde del trabajo, mamá.
¿Y Carmen no trabajaba? Ella se mataba desde la mañana y tú la echaste.
Luis se irguió.
¿Yo la eché? ¡Fue ella quien se fue!
¡Porque la trataste mal! su madre alzó la voz. Ya te avisé: ten mano izquierda con la gente. Pero tú todo lo sabes mejor.
¡Tú le dabas la lata igual! La cocina sucia, el cocido mal, el suelo mal fregado.
Eran mis observaciones. Mi derecho en mi casa.
¡Mi casa, mamá! Es mi piso.
Se quedaron mirándose, enfrentados sin el amortiguador que era yo, que antes recogía los golpes y les evitaba enfrentarse.
Luis se puso el abrigo y salió de un portazo.
Doña Felisa se quedó sola. Afuera era ya de noche. Encendió la luz, abrió la nevera, vio el cartón de leche. Cerró la puerta. Volvió a sentarse.
El silencio era tal que parecía no haber existido nunca mientras yo vivía allí.
***
Noviembre trajo frío y la primera nevada. Yo llevaba tres semanas en casa de Sonia y comenzaba a recuperarme, como quien sale de una habitación cerrada. Al principio encandila la luz, luego te acostumbras.
Pintaba todos los días. Compré acuarelas decentes. Sonia encontró online un anuncio: alquilaban un pequeño estudio en la calle Paseo del Prado, cerca del Retiro. Una sala de veinte metros, ventana grande al norte, suelos de madera. Barato porque estaba sin reformar, paredes desconchadas.
Fui a verlo y supe que era para mí.
¿Lo alquilas? preguntó la dueña, una mujer mayor con gorro de lana.
Sí.
Quedaba poco dinero. Vendí los pendientes de oro que me regalaron mis padres por la boda. Me costó; era un recuerdo. Pero luego pensé: ¿recuerdo de qué?
El estudio fue mi refugio. Iba temprano, abría la ventana; entraba el aire frío con olor a nieve y río. A pintura, linaza, madera. Colocaba los botes, abría el papel o el lienzo y me ponía a trabajar durante horas. A veces olvidaba comer.
Pintaba de todo: paisajes, patios, bodegones improvisados (una taza, una manzana, un zapato viejo). Cada vez salía mejor. Las manos, sí, recordaban, solo necesitaban tiempo para desperezarse tras veintiocho años en silencio.
Un día, en diciembre, Sonia llamó directamente al estudio:
Carmen, en mi hotel van a hacer una exposición de artistas locales. Pequeña, en el hall. Les he hablado de ti. ¿Dejas unas obras?
Pero, Sonia, yo no soy ninguna artista profesional…
Claro que lo eres. He visto tus cuadros.
Son amateur.
Carmen, llevas treinta años diciéndote que eres solo esto o apenas aquello. Basta ya. ¿Las prestas?
Silencio.
Vale.
***
Fue allí donde conocí a Álvaro Vidal.
Vino el día de la inauguración casi por casualidad: se hospedaba en el hotel y bajó al vestíbulo a esa hora. Alto, camisa de cuadros y pelo ya canoso, mirada tranquila. Se quedó mirando uno de mis cuadros: un parque en invierno, un banco y huellas en la nieve, de ida y vuelta.
Me acerqué para colocar bien el marco y le oí murmurar:
Así ocurre. Se vino, se sentó y se fue.
¿Por las huellas? pregunté.
Se volvió hacia mí, sin crearse apuro por hablar solo ante el cuadro.
Sí. Lo veo y pienso: vinieron dos. Se sentaron. Se marcharon cada cuál por su lado. ¿Hablaron bien o discutieron? Quién sabe.
Yo pensaba que era uno solo dije. Vino, se sentó, volvió a casa.
Uno solo no camina en zigzag replicó serio. ¿Ves? Las huellas serpentean. Son dos.
Miré el cuadro con otros ojos.
Quizá tengas razón.
Charlamos veinte minutos. Resultó que venía de una ciudad cercana para ayudar a su hermano mayor con una reforma. Álvaro era manitas: carpintería, electricidad, fontanería. Viudo, dos hijos adultos. Hablaba poco, escuchaba mucho. Eso fue lo que noté: jamás interrumpía, no miraba su móvil, me atendía de verdad.
Tanta atención me resultó tan extraña que no supe cómo actuar.
Al irse, preguntó:
¿Tienes tarjeta?
No. Jamás hice una.
¿Te puedo pedir el teléfono?
Se lo di. Luego lo pensé: querrá comprar un cuadro, tal vez.
Tres días después escribió: Buenas tardes. Soy Álvaro, el de las huellas en la nieve. Quiero comprar ese cuadro si no lo has vendido.
No lo había vendido. Vino a por él, lo envolvió cuidadosamente en papel y preguntó si podía ver otros cuadros.
Acudimos al estudio. Miró durante largo rato. Compró otros dos pequeños paisajes.
Pintas bien dijo.
Estuve muchos años sin hacerlo.
¿Por qué?
Me encogí de hombros. No lo expliqué. No entonces.
La vida.
Asintió. No preguntó más.
***
Luis llamó en enero. Llevaba meses viviendo a ratos con Sonia, a ratos en el estudio. Oficialmente seguíamos casados, no pedí el divorcio aún.
Me llamó una tarde mientras terminaba un bodegón invernal: ramas de pino en un jarrón de cristal, piñas, una vela.
Carmen dijo.
Sí.
Bueno ¿cómo estás?
Bien.
Silencio.
Mamá está enferma.
Lo siento.
¿Podrías venir alguna vez? Una vez a la semana, ayudar un poco en casa
Dejé el pincel.
Luis, me fui. Vivo aparte. No voy a volver a llevar tu casa.
Sigues siendo mi esposa.
Por poco tiempo.
Carmen, no seas así. Mejor vuelve, hablamos.
Nunca hablamos, Luis. Veintiocho años. Hablabas tú y tu madre. Yo escuchaba y obedecía.
Exageras.
Puede que sí concedí, serena. Pero no volveré.
Colgué el teléfono. Las manos firmes. Me sorprendió mi calma.
Pensé: desde fuera parecerá tan simple: mujer deja marido. Pero por dentro, no fue nada simple. Aprender a caminar de nuevo. Cada día.
***
Los temas del dinero los resolvía poco a poco. Vendía cuadros, no muchos ni caros. A veces me encargaban tarjetas, pequeños paisajes para regalar. Sonia me ayudó a abrir una cuenta en internet; empecé a publicar trabajos, llegaron pequeñas oportunidades.
No era mucho, pero bastaba. El alquiler del estudio, comida, algo de ropa. Sin lujos, pero suficiente.
Jamás pensé que esa sensación sería riqueza. Ese era mi nuevo tesoro.
Álvaro venía cada dos o tres semanas, por asuntos de su hermano, y siempre nos veíamos. Tomábamos café en una cafetería pequeña junto al parque o paseábamos por las calles nevadas. Me hablaba de su trabajo, de los hijos: uno ya casado y esperando nieto. Yo le contaba de mis cuadros, de las ganas de probar óleo.
Nunca tenía prisa. Jamás empujaba. Un día descubrí que esperaba sus visitas. Que, si no venía, la casa estaba un poco más callada.
Sonia le dije una vez, Álvaro No sé.
¿El qué?
Es muy bueno. Me asusta.
¿Por qué lo bueno asustaría?
Porque estoy acostumbrada, tras lo bueno, a que venga lo malo.
Sonia me miró detenidamente.
Carmen, quizá no todos esconden algo.
Pensé mucho en eso.
Luego fui yo quien le escribió a Álvaro: ¿Quieres venir el sábado? Estoy con una obra nueva y quería enseñártela.
Vino. Miró la obra, le gustó. De nuevo fuimos a la cafetería y me dijo:
¿Te gustaría hacer una excursión? Hay un monasterio a una hora de aquí. Es precioso en invierno, dicen.
Le respondí: quiero.
***
Del piso de la calle Mayor, donde vivían Luis y doña Felisa, sabía lo justo. A veces llamaba la vecina, doña Herminia, del cuarto, con quien charlaba antes en la escalera.
¿Carmen, cómo estás? Te lo digo, allí es un drama. Se les oye discutir, se recriminan todo. Tu suegra le echa en cara a Luis cada día que haya permitido que te vayas. Él le responde. El otro día chillaban tanto que pensaba llamar a la policía.
Escuchaba y sentía una tristeza lejana, nada de rabia o satisfacción. Solo: así pasa.
No les va mal por extrañarme, sino porque ya no tienen a quien golpear de intermediaria. Toda la vida disparando en una dirección y, al irme, han empezado a chocarse entre ellos.
En febrero doña Herminia contó que doña Felisa acabó en el hospital, tensión alta, corazón. Luis solo en el hospital, con cara de funeral.
Puse agua para el té y pensé en llamarles. Por los veintiocho años. Pero al final decidí no hacerlo. Ya era hora de dejar de hacer lo que daba o tocaba. Que ellos se resuelvan. Yo ya cumplí.
***
Marzo trajo el deshielo y el olor a tierra mojada. Cruzaba el mercado un sábado, buscando algo para el desayuno con una talega de tela. Me paré junto a una frutería con tomates y pensé en pintar ese mercado de primavera: colores, bullicio, vida.
Entonces vi a Luis.
Caminaba con una bolsa, mirando el móvil, sin verme. Estaba envejecido. O quizá nunca lo observé tanto como desde fuera. Hombros caídos, el abrigo embarrado, la cara pálida.
Esperé por si sentía algo: ¿miedo, rabia, ganas de huir?
Nada de eso.
Luis levantó la vista, me vio. Se detuvo.
Nos miramos a través de tres puestos.
Carmen dijo.
La voz de siempre, baja. Pero había algo que no conocía, ¿desconcierto?
Luis dije yo.
Se acercó. La vendedora fingió estar muy ocupada.
¿Cómo estás?
Bien.
Estás más delgada.
Puede.
Mamá está en el hospital. El corazón.
Me han contado. Lo siento.
Se quedó callado. Cambió de mano la bolsa.
¿De verdad no vas a volver?
Le miré. Sin odio. Sin compasión. Simplemente, le miré.
No, Luis. No vuelvo.
Tenemos que vivir
Tú tienes que vivir. Yo ya vivo.
No supo qué decir. Pagué mis tomates y seguí.
El corazón latía tranquilo. Ahí estaba mi victoria: no en irme, ni en no volver, sino en plantarme frente a él y no tener miedo. No encogerme. No decirme sé educada, no seas borde, quizá tiene razón”. Simplemente traté con un extraño. Casi un extraño.
Escogí más verduras, compré pan y fui “a casa”. Es decir, al estudio, mi hogar real.
***
En abril pedí el divorcio. Lo gestioné yo sola, sin abogado; fui, rellené el papeleo. Luis no puso objeciones. Nos vimos una vez en la notaría, firmamos, él se marchó.
No tenía piso. Luis se quedó con el suyo. No peleé herencia; Sonia decía que extrañaba. Pero no me hacía falta. Quería seguir viviendo.
El dinero decía Sonia.
Llegará el dinero. Otros. Míos propios.
Para el verano, Álvaro y yo nos veíamos cada semana. A veces iba a su ciudad, a veces él venía. Su casa era pequeña, con jardín de groselleros y un manzano viejo. La primera vez que fui, me quedé mirando el manzano en flor.
Es precioso comenté.
Lo plantó mi mujer dijo, sin tristeza. Ya van ocho años sin ella. Pero el manzano florece.
Nos quedamos en silencio.
Álvaro, ¿no tienes miedo? De volver a
¿A qué?
A estar cerca de alguien.
Se lo pensó.
Claro que da miedo respondió. Pero me gustas. Y creo que el miedo no es argumento para dejar de vivir.
Me reí, imprudentemente.
Muy sabio.
Yo solo sé clavar clavos recto, sin vueltas.
***
En otoño, justo un año después de coger la bolsa y salir del piso de la calle Mayor, estábamos en la cocina de Álvaro. Él arreglaba un cajón atascado, yo, con una taza, hacía esbozos en el cuaderno.
Calor, olor a madera y café.
Carmen me dijo sin mirarme, ¿te vienes a vivir?
Levanté la cabeza.
¿A tu casa?
A esta. Aquí.
Me quedé pensando. Él también, trasteando con el destornillador.
Tengo el estudio allí.
Aquí hay una sala grande, ventana al este. Mucho sol por la mañana. ¿Te lo conté?
Me lo contaste.
¿Y?
Miré el bloc. El dibujo era él con el destornillador, yo con la taza, la ventana y el jardín al fondo.
Tengo que pensarlo.
Piensa.
¿No presionas?
No.
¿Por qué?
Cerró el cajón y lo probó. Funcionaba.
Porque tengo tiempo. Y presionar a un adulto es absurdo.
Volví al dibujo.
Vale.
¿Vale piensas o vale te vienes?
Vale, me vengo.
Asintió, se sentó al lado, cogió su infusión. El silencio era agradable.
***
Pasó medio año más.
Vivía en casa de Álvaro, pero mantenía el estudio del Prado. Iba tres días a la semana a pintar. La sala con la ventana al este de su casa era mi segundo taller, hacía bocetos al amanecer, cuando Álvaro ya se iba.
Vendía cuadros algo más. No era famosa, pero ya tenía mi gente, encargos. Era discreto pero era mío.
De Luis apenas sabía, salvo por doña Herminia. Doña Felisa casi no salía de la habitación después del hospital. Luis contrató a una señora para ayudarles. Trabajaba y volvía solo a cenar.
Yo escuchaba esas historias y pensaba lo increíble que era ese pasado: ese hombre fue mi clima, su humor era mi tiempo. Y ahora, simplemente, estaba lejos.
Una mañana de diciembre, fui temprano al estudio. Encendí la luz, preparé el té. Afuera, la nieve, lenta y densa.
Sonó el móvil. Sonia.
¡Carmen, cómo estás?
Bien, trabajando.
Te traigo noticia. Una galería del centro busca pintores para una exposición en primavera. Vieron tus obras en internet y quieren hablarte. Te paso el teléfono.
Lo anoté.
Sonia dije, seguro quieren a gente importante, con nombre. Yo no tengo currículum, ni exposiciones.
Carmen, llevabas cinco años sin pintar. Ahora tienes más de cien obras. ¿Eso no es bastante?
Bueno
Llama. Habla. Ya veremos.
Vale.
Colgué. Miré el número, luego la ventana: la nieve caía como papel limpio.
Me serví el té, tomé el pincel y empecé. Llamaría después. Primero quería atrapar esa nieve.
***
Por la tarde, Álvaro vino al estudio. Llamó, entró, me vio pintando.
¿Lista?
Cinco minutos más.
Se sentó en un taburete, sin prisas, observando cómo pintaba. Ese tipo de mirada tranquila, profunda, que sólo alguien que te quiere sabe tener.
Al cabo, guardé pinceles, cerré las acuarelas.
Listo dije.
Ha quedado bien señaló el lienzo.
No sé. Pintar nieve es difícil. No es blanca, es azul, gris, rosa menos blanca.
Curioso dijo serio. Nunca lo habría pensado.
Eso es, parece sencillo, pero hay que saberlo mirar.
Salimos. Fuera hacía frío y se respiraba hondo.
Álvaro le dije mientras caminábamos bajo el cielo oscuro, me han llamado de una galería para exponer.
¿Vas a ir?
Me lo pensé.
Quiero pero tengo miedo.
¿A qué?
A oír: no es suficiente, no es profesional. A que no soy de verdad pintora.
Él caminaba callado.
Carmen, ¿sabes una cosa? Ya lo peor ha pasado.
¿A qué te refieres?
Viviste veintiocho años con alguien que cada día te decía que eras nada. Te fuiste solo con una bolsa. ¿No era eso lo difícil? Que la galería te diga que no, pues bueno.
Me detuve.
Vaya manera de clavar clavos, Álvaro.
Se hace lo que se puede.
Me eché a reír. Sonrió también, con esa tímida luz del farol.
Vamos, que hace frío.
Seguimos andando. La nieve crujía. Las luces se reflejaban en los charcos helados. Más adelante, el hogar nos esperaba con sus ventanas cálidas.
Álvaro
¿Sí?
Gracias.
¿Por qué?
Por no decirme nunca debes ni tienes que.
Una persona adulta ya sabe lo que tiene que hacer responde. Yo solo recuerdo de vez en cuando, si hace falta.
Entramos en casa. Huele a madera y un poco a manzanas guardadas en la bodega.
Me quité los zapatos y fui a la cocina, encendí la luz.
Todo era familiar: la mesa de madera, dos sillas, la ventana al jardín. Sobre el alféizar, mi cuaderno de bocetos.
Lo abrí y miré el dibujo de ayer: la cocina, el hombre con el destornillador, la mujer con la taza, la ventana, el jardín.
Me faltaba pintar la nieve.
Cogí el lápiz.






