El Duende del Hogar: Leyendas y Misterios del Guardián de las Casas en la Tradición Española

16 de octubre

Hoy al llegar a casa, aún estaba con el ruido de los cascos y la pantalla donde unos monstruos pixelados se daban de golpes cuando, de pronto, noté la mano de mi madre, Carmen, en el hombro.

¿Gabriel, has sido tú el que ha recogido el patio? preguntó con esa voz suya tan serena.

Me sobresalté y me quité los auriculares. Los monstruos seguían luchando, pero a mí ya no me interesaban.

¿Qué pasa, mamá?

¿Has llegado hace mucho del instituto?

Justo ahora.

Entonces, ¿quién ha ordenado el patio?

Ni idea ¿Quizás Lucía?

Mamá sonrió. Mi hermana es un terremoto, pero con tres años no le da para hazañas tan grandes.

¡Vaya cosas tienes! le hizo gracia mi ocurrencia.

Pues será cosa del duende de la casa bromeé.

¡Seguro! Anda, habla menos y ve a buscar a Lucía a casa de la abuela. Se ha quedado jugando y se hace tarde. Yo voy preparando la cena. ¿Tienes hambre?

¡Claro! Comí una napolitana en la cafetería con los chicos, pero fue a media mañana. Mamá, ¿cuándo pondrán ya el horario continuo en el instituto?

No lo sé, hijo. No han dicho nada. Hay demasiados alumnos.

Bueno, así al menos duermo más por las mañanas intenté verle siempre la parte positiva, como me enseñó papá.

Mamá me besó la coronilla, me revolvió el pelo, aunque intento siempre esquivarla, y se fue a la cocina.

Adolescencia Tengo trece años y ya quiero ser mayor, pero mis gestos y esa sensación rara cuando me muestra cariño, dejan claro que no lo soy tanto.

Siempre decimos que Lucía y yo somos muy diferentes. Yo, alto, moreno y de ojos azules como nuestro padre, Javier; y con ese carácter testarudo pero noble. Siempre intento ayudar: aunque no haya sido yo quien recogió el patio, sí había fregado los platos y el suelo aún brillaba tras mi limpieza. Me gusta sentirme útil en casa, que mamá lo tenga un poquito más fácil.

Lucía es nuestro milagro. Tantos años esperando, después de complicaciones que casi le impiden a mamá ser madre otra vez y aquí está, tan risueña como una margarita, rubita y con los ojos azules, siempre achuchándose a mamá o a mí, regalando sonrisas que iluminan la habitación. Tiene la sonrisa de papá. Esa sonrisa que, ahora que él no está, tanto consuela y tanto duele a la vez.

Papá, Javier, era bombero. Salvaba a gente en incendios. Una vez salvó a una familia entera: un matrimonio y tres niños Regresó a por la abuela, que no quería irse sin sus animales. No salieron a tiempo. El fuego lo atrapó.

Mamá supo que algo iba mal antes de que llamaran. Notó un vacío, se me pasó por la mente aquel grito: ¡Mamá, coge a Lucía, que tengo que llamar! Salió corriendo hacia la base del parque de bomberos en Segovia, con la camiseta empapada de leche, las manos temblorosas.

¿Cómo no perdió la cabeza? Nosotros fuimos quienes la mantuvimos en pie. Me negué a separarme de ella ni un segundo. La abuela Mercedes abuela paterna casi no se tenía en pie, pero nos cuidó, la obligó a comer, a dar el pecho a Lucía, aunque mamá se quedaba sin fuerzas para nada.

Recuerdo poco de esos días. Apenas flashes: recoger ropa, llevar juguetes, mamá murmurando no puedo quedarme más aquí, siento que Javier va a abrir la puerta en cualquier momento y gritar: ¡Ya he vuelto! La abuela nos convenció para irnos al pueblo, a la vieja casa familiar en la sierra de Guadarrama.

Allí no nos recibió el calor, sino el silencio de años. Había que limpiar y ventilar, pero estábamos juntos. Mercedes estaba cerca, no podíamos con todo solas. Lo agradecimos.

No nos quedamos solas ni una tarde: al poco, llegó mi tía Laura, la mejor amiga de mamá desde el cole. Siempre ha sido como una hermana mayor, la que te aguanta las tonterías y te tira de las orejas cuando hace falta.

Y entonces, nos pusimos manos a la obra. Limpiar, ordenar, sacar brillo a la memoria de esa casa; recordar los veranos de infancia, cuando los abuelos estaban bien, cuando corrían juntas por el campo, se zambullían en el río y robaban dulces recién horneados antes de salir disparadas hacia el río. Qué rápido pasa el tiempo.

Mi abuela materna, Antonia, era una mujer fuerte. Se quedó con mamá, su primera nieta, cuando su hija (mi madre) murió en el parto y el padre, destrozado, se fue a Madrid y rehizo su vida. Abuela Antonia cuidó de mamá, se la llevó cuando papá tuvo otro hijo, pero no lograron quedarse en Madrid. Regresaron juntas al pueblo. Cuando abuela falleció, mamá tenía 18 años y recién empezaba a salir con papá. Me imagino el dolor, la culpa por no haber estado más atenta.

Antes de irse, abuela Antonia dejó todo bien atado. Llamó a la madre de Javier y le pidió frente a mamá que nos cuidase cuando ya no estuviera. Mercedes lo hizo. Mamá empezó a llamarla mamá incluso antes de casarse. Entre ellas, nunca hubo un mal gesto; Mercedes fue siempre su amiga y su soporte, nunca una suegra al uso.

La experiencia de la familia propia fue dura para mamá. Cuando murió la abuela, vinieron de Madrid con aires de herederos: el padre, la madrastra y su madre. Quisieron vender la casa. Les contestó Mercedes, con papeles legales en mano. Se fueron, y el padre sólo volvió en la boda de mamá, para darle unas llaves, pedirle perdón y desearle felicidad.

Mamá estaba muy agradecida con Mercedes por todo. Cuando nació Lucía, agradecimos que nos empujara a volver a estudiar: terminó la carrera en la Universidad Autónoma, con Mercedes cuidándonos, y después trabajó de maestra.

El primer verano que pudimos, ahorramos y fuimos todos a la costa de Valencia. Era nuestra primera escapada. Nadábamos, paseábamos. Mercedes y papá llevaban a Lucía a las atracciones mientras mamá y yo caminábamos por el paseo marítimo. Un día, al ver a una pareja discutiendo, Mercedes me aconsejó: No pierdas el tiempo en peleas: el tiempo juntos es lo poco que la vida nos da. Aprende, cariño.

Ahora valoro más aquel consejo. Después de todo, sólo tuvimos unos pocos años juntos. No hubo ni discusiones ni reproches; lo nuestro fue puro amor.

Hoy, al volver a la cocina para el té, vi una sombra por la ventana. Se me heló el corazón: no era Gabriel ni Mercedes. Un hombre merodeaba por el patio. Pensé en encerrar la puerta y gritar, pero los niños iban a llegar pronto.

Cogí el viejo cazo de hierro y, armándome de valor, salí al porche.

¿Quién anda ahí?

El corral estaba oscuro, olvidé el interruptor.

¡Salga o grito!

La silueta se acercó con cautela.

No grites, Carmen soy yo, Andrés.

Aliviada, dejé caer el cazo que me había puesto en modo defensivo, y apenas sentí la quemadura en el pie.

¿Qué haces aquí, rondando en mi patio como un duende? ¿Por qué no entraste por la puerta?

Andrés, vecino de toda la vida y apicultor del pueblo, agachó la cabeza.

Tu puerta del cobertizo está descolgada. Quería arreglarla antes de marcharme mañana de viaje. No sabía si iba a poder hacerlo después.

Y entonces todo encajó: el patio limpio, la valla y los tablones del pozo reparados No éramos Gabriel ni yo, era él. Mi duende particular, cuidando sin decir nada.

¡Pero qué duende más apañado tengo! No pude evitar sonreírle. Eso sí, no tomas leche de los platillos y mi hijo dice que necesitas un gato, que los duendes solos se aburren. ¿Verdad?

La luz de la cocina dejaba ver cómo se ruborizaba Andrés.

Perdona, tenía que habértelo dicho.

Gracias, Andrés. Pero ¿por qué?

No contestó, se encogió de hombros y saltó la verja del patio justo cuando Mercedes llegaba con los niños.

¡Así que apareció el duende! Mercedes me entregó una botella de leche fresca. Ya puedes meter esto en la nevera.

¿Así que lo sabías, mamá?

Todo el pueblo lo sabe, Carmen. Andrés te mira como te miraba Javier, desde que erais niños.

No me lo había imaginado

¿Seguro? dudó Mercedes.

De verdad.

Venga, ahora déjame ayudarte a acostar a los críos, que esta noche la charla va para rato.

Efectivamente, hablamos hasta el amanecer. Mercedes me contó cómo, un año atrás, Andrés había ido a pedirle permiso para pretenderme. Decía que sólo yo y ella éramos su familia. Y Mercedes, lejos de tomarlo a mal, me animó a seguir viviendo; todavía era joven, la vida no se detiene y merecía una segunda oportunidad.

Tuviste una gran historia de amor con mi hijo, y nadie te la podrá quitar me dice siempre, pero también puedes tener ahora calma y calor en casa. Eso vale su peso en oro. Y a Gabriel, le vendrá bien tener una figura adulta en casa que le apoye.

Un año después, Andrés y yo nos casamos. Y, con el tiempo, llegó nuestro pequeñín: Tomás.

Mira, mamá, ¡qué pelusa tiene! reí mientras le quitaba el gorrito y alisaba sus rizos rubios.

Tiene cara de duendecillo bromeó Mercedes, cambiando al bebé y acunándolo. Ven, Tomás, que la abuela te cuide. Ya tienes quien te proteja.

El gran gato naranja regalado a Gabriel por su padrastro se asomó, curioseó a través de la ventana y se tumbó junto al capazo, vigilando con sus grandes ojos verdes. Y el silencio de la casa se sentó con él, disfrutando de la paz.

De la cocina llegaba el tintineo de la cucharilla y la risa de Lucía. Y el silencio se deslizó del alféizar, dándole una caricia al gato, que se estremeció y empezó a lavarse. Aquí, en esta familia, ya sobran los duendes para protegernos.

La felicidad es frágil, hecha de pequeños gestos, de recuerdos y de mucha ternura. Aquí, en esta vieja casa junto a la sierra, procuraremos cuidarla siempre.

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El Duende del Hogar: Leyendas y Misterios del Guardián de las Casas en la Tradición Española
Tengo 70 años y fui madre antes siquiera de aprender a pensar en mí misma. Me casé joven y, desde el primer embarazo, mi vida giró en torno a los demás. No trabajé fuera de casa, no porque no quisiera, sino porque no había elección: alguien debía quedarse. Mi marido salía temprano y regresaba tarde. El hogar era mi responsabilidad. Los hijos eran míos. El cansancio también. Recuerdo noches sin dormir: un hijo con fiebre, otro vomitando, otro llorando. Yo, sola. Nadie me preguntaba si estaba bien. Al día siguiente me levantaba, hacía el desayuno y seguía. Nunca dije “no puedo”. Jamás pedí ayuda. Creía que así debía ser una buena madre. Cuando mis hijos crecieron, quise estudiar algo, aunque fuera un curso corto. Mi marido me dijo: “¿Para qué? Tu trabajo ya está hecho.” Le creí. Seguí apoyando desde la sombra. Si uno de los niños suspendía el semestre, era yo quien hablaba con mi marido para tranquilizarle. Cuando una hija se quedó embarazada joven, la acompañé a los médicos y cuidé de su bebé “mientras se organizaba”. Siempre fui quien recogía los trozos cuando algo se rompía. Luego llegaron los nietos y la casa volvió a llenarse. Mochilas, juguetes, llantos, risas. Durante años fui guardería, comedor, cuidadora. Nunca pedí nada a cambio; jamás me quejé. Cuando estaba agotada, me decían: “Mamá, solo tú sabes cómo cuidarlos bien.” Eso me sostenía. Después mi marido enfermó. Lo cuidé hasta el final. Desde entonces empezaron las excusas: “Esta semana no puedo”, “ya nos veremos”, “te llamo luego”. Hoy pasan semanas sin que vea a nadie. No exagero: semanas. He tenido cumpleaños en los que solo recibo un WhatsApp. A veces pongo dos platos en la mesa sin darme cuenta y caigo en la realidad cuando la comida está lista, pero no hay a quién llamar. Una vez me caí en el baño. No fue grave, pero me asusté. Esperé que alguien respondiera al teléfono. Nadie lo hizo. Me levanté sola. Y luego no lo conté para no preocuparles. He aprendido a callar. Mis hijos me dicen que me quieren, lo sé. Pero el amor sin presencia también duele. Hablan conmigo deprisa, siempre con prisa. Si empiezo a contar algo, escucho: “Venga, mamá, hablamos luego.” Ese “luego” nunca llega. Lo más difícil no es la soledad. Lo más duro es sentir que, de ser imprescindible, he pasado a ser una carga. Fui el pilar de todo y ahora soy una cita incómoda en sus agendas. Nadie me trata mal. Simplemente, ya no me necesitan. ¿Qué me aconsejarían?