El marido se negó a gastar su sueldo en comida y gastos del hogar

A pesar de que llevamos tiempo recortando gastos en todo, mi marido ha expresado ahora su deseo de ahorrar dinero para comprarle un piso a nuestro hijo. Ayer, tras recibir la última nómina, me dijo con firmeza: Empiezo desde ya a guardar dinero para comprarle una vivienda a nuestro niño. Pero esta declaración no me dejó tranquila. Os contaré por qué.

Hace más de diez años, mi marido llegó a Madrid desde una pequeña localidad castellana para ganarse la vida. Trabaja como albañil, una faena dura y nada reconocida. Antes de conocernos, prácticamente toda su nómina terminaba en las manos de su madre, quedándose él solo con unas pocas monedas para gastos mínimos. Sus compañeros le aconsejaron que ahorrase para poder tener una vivienda propia, pero él prefería entregarlo todo en casa de sus padres. No era hijo único; su madre tenía otros dos, pero ninguno aportaba tanto como él, que no reservaba ni un euro para sí mismo.

Cuando nos casamos, nos instalamos en el piso antiguo de mi madre y mi abuela, con paredes necesitadas hace años de una reparación. Al principio, él fue atento y cariñoso, aunque algo distante con mi familia. Creía yo que, con el tiempo, mejoraría. Pero, tras un año, las cosas cambiaron para peor: empezó a beber más, a comportarse de forma grosera conmigo y con mi madre, y a echarnos en cara la falta de comodidades. La salida más sensata habría sido separarse, pero insistió en que tuviéramos un hijo. Por ingenuidad y amor creí que con la llegada del niño todo mejoraría. Me quedé embarazada, tuvimos a nuestro hijo, y todo fue a peor.

El dinero empezó a no alcanzar para nada. Mi baja por maternidad apenas daba para pañales, y aunque compartíamos los ingresos, a menudo mi madre pagaba los recibos con su pequeña pensión. Ella también costeaba mis medicinas, ya que tengo una enfermedad crónica. El resto del dinero lo gastaba en comida y productos básicos de casa. Mi abuela reservó su pensión para gastos de entierro, pero todos sus ahorros terminaron entregados para nuestra boda.

Mi marido tenía la esperanza de que sus familiares contribuyeran para la boda, pero ninguno lo hizo. Celebramos una boda grande, porque así lo quiso él, financiada con los ahorros de mi abuela y su salario. Podríamos haber hecho algo más sencillo, pero insistió en hacerla por todo lo alto.

Durante los siete años de matrimonio, no ha dejado de enviar dinero a su madre. Gracias a él, la casa materna fue totalmente reformada y se llenó de electrodomésticos nuevos a su costa. Más de una vez, en momentos difíciles, descubrí escondites donde él reservaba dinero para seguir enviándolo a Castilla, a su madre. Tras varias discusiones me prometió parar, pero no fue así.

Cuando falleció su madre, él y su hermano mayor decidieron, según ellos, actuar por nobleza (aunque yo lo vi más bien de tontos): renunciaron ambos a la parte de la herencia para que el hermano pequeño se quedara con todo. Aunque el menor nunca cuidó de su madre, mi marido prefirió dejarlo todo y no hizo caso a mis ruegos de que reclamara lo que le pertenecía.

Después de nacer nuestro hijo, mi marido cambió por completo. Comenzó a tratarme mal, recortaba incluso en comida y artículos imprescindibles, reñía sin motivo con mi madre y cada vez bebía más. No puedo separarme de él ahora: el niño es pequeño, yo estoy enferma y temo perder mi trabajo al terminar la baja. No me veo capaz de afrontar todo sola.

Él aprovecha mis debilidades. No se cansa de repetir que nos mantiene a todas, mi madre y mi abuela incluidas, y de decir que está harto de pagar por todo, cuando sabe bien que vivimos del dinero de todos, no solo del suyo, sino del de mi madre, mi abuela y el mío.

He hablado muchas veces con él sobre el deseo de comprarle un piso al niño; es también mi sueño, pero lo veo lejano porque no llegamos a fin de mes. Ayer, sin embargo, insistió en que a partir de ahora destinaríamos un tercio de su sueldo a ese propósito. Según él, todos deberíamos apretarnos el cinturón y vivir con lo mínimo durante años indefinidos. Yo no lo veo razonable, pero él afirma que se hará lo que él diga.

Sospecho que su auténtica motivación no es el bienestar de nuestro hijo, sino asegurarse un colchón económico para él mismo, quizás pensando en marcharse y dejarnos sin nada después de tantos sacrificios.

Le planteé mis temores, y él me confesó que sueña que yo le eche de casa si algún día pido el divorcio. Harta de sus malos tratos, varias veces he pensado en hacerlo, pero no lo deseo de verdad. Si dejara de faltarle al respeto a mi madre y a mi abuela, yo jamás le pondría en la calle.

Sin embargo, no da muestras de querer cambiar. Siento que mi vida y la de mi familia se ha convertido en un infierno del que no sé cómo salir. Pero, si algo me enseña todo esto, es que la verdadera riqueza de una familia no se mide por los pisos ni por el dinero apartado, sino por el respeto, la generosidad y el apoyo mutuo. Sin eso, ni mil pisos devolverán la armonía al hogar.

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