¡Estoy harto de todo! ¡Me marcho! ¡Hasta aquí hemos llegado! El niño, su cansancio eterno, ese constante ayúdame, ayúdame ¡Quiero que sea como antes! ¡Quiero sexo! ¡Quiero volver a casa y encontrarme con mi mujer, no con una madre agotada y despeinada! ¡Primero me quedaré en casa de un amigo y luego, ya encontraré dónde instalarme y conoceré a otra! sentado al volante, Alejandro fumaba nerviosamente, mientras pensaba que, hoy, sí, hoy se marcaba el punto final de su historia con su esposa.
Su historia era tan antigua como la vida misma. Se conocieron, se enamoraron perdidamente, pasión desbordada, se olvidaron hasta de cuidarse, y a los pocos meses, ella mostró un test de embarazo con dos rayas.
Por supuesto, adelante, lo sacaremos adelante, dijo Alejandro con una convicción que contagió hasta a los abuelos, que asentían sonriendo: Te ayudaremos, hija, sólo tráelo al mundo. Después, el parto, lágrimas de felicidad: ¡un hijo! Y ya.
La vida alegre y despreocupada se esfumó: su mujer se había transformado en una madre eternamente soñolienta, sin peinar y vestida con la primera bata que encontraba. El hogar era puro llanto de bebé, pañales, y hasta de noche ella susurraba: ayúdame, ayúdame. ¿Dónde había quedado su chica? Y la familia, poco a poco, fue desapareciendo; ambos quedaron solos con su paternidad.
¡No puedo más! dijo Alejandro aquella tarde, cerrando la puerta de un portazo.
***
Frente al coche, de pronto, apareció una figura encorvada, oscura. Frenazo. Un chillido de neumáticos.
¿¡Acaso quieres morirte!? saltó Alejandro del coche y corrió hacia la figura.
Un anciano con gabardina, enderezándose, le miró con ojos tristes y arrugados, susurrando:
Sí.
Aquella respuesta descolocó a Alejandro.
Padre, ¿necesita ayuda?
Ya no quiero seguir viviendo.
Vamos, hombre, no diga esas cosas. Permítame llevarle a casa, me cuenta su historia y, quizá, pueda ayudarle, Alejandro cogió del brazo al anciano y le acomodó suavemente en el coche.
Cuénteme, a ver, insistió, encendiendo un cigarro.
Es largo de contar, hijo.
No tengo prisa, respondió Alejandro, mirando de reojo la foto colgada del retrovisor.
Hace cincuenta años conocí a una mujer, nos enamoramos. Todo fue rápido, sin darnos cuenta ya teníamos un hijo, un heredero Parecía que la felicidad era eso. Pero yo quería que todo siguiera igual: pasión, amor. Qué tonto e inmaduro era Pero mi esposa, cansada, el niño pequeño, la casa, el trabajo Trabajaba, sí, pero nunca la ayudaba. Traía dinero a casa y creía que eso bastaba. Y en el trabajo, tuve un lío con otra. Mi mujer lo descubrió divorcio al canto. Con la otra nada funcionó, pero ni me importó; encontré a otra y sentí que por fin era libre. Mi ex rehízo su vida, brillaba de nuevo, mi hijo llamó papá a otro y a mí, me dio igual.
¿Y luego? preguntó, inquieto, Alejandro.
¿Luego? Así viví: ni familia, ni mujer, ni hijo. Libre. Hoy mi hijo cumple cincuenta, fui a felicitarle, y ni abrió la puerta. El anciano se echó a llorar Tienes lo que mereces, me dijo. No eres mi padre, pasa página.
Padre, ¿a dónde le llevo? Alejandro tamborileaba en el volante.
Vivo aquí cerca. No se preocupe, siga con su vida, el anciano descendió del coche, dirigiéndose a un bloque de pisos, encorvado y arrastrando los pies.
Alejandro vio cómo entraba al portal, esperó un instante y arrancó, dando la vuelta. Paró en un supermercado, compró flores.
Perdóname, perdóname, mi amor, Alejandro abrazó a su mujer, que lloraba en silencio.
Tomó en brazos a su hijo y se fue a otra habitación, balanceándolo, y empezó a tararear con voz ronca: Duérmete niño, duérmete ya….
El pequeño, sorprendido, se durmió rápidamente, su manita apoyada confiada en el pecho palpitante de su padre. Alejandro lo contempló enternecido: Quiero ver cómo crece mi hijo, quiero oírle llamarme papá.
***
¿Otra vez rescatando náufragos? bromeó la abuela, sonriendo mientras abría la puerta al anciano. Él colgó la gabardina.
Sí, tocó. Hay que sacar a los jóvenes del embrollo antes de que cometan los mismos errores.
¿Y cómo sabes quién necesita ser salvado?
No lo sé Bueno, quizá sea la intuición. También yo la necesité a su edad
Ven, cenemos ya, salvador. Por cierto, mañana el niño cumple años, así que nada de náufragos por la noche, dijo la abuela, mirándole con cariño.
¿Cómo iba a olvidarlo? respondió, rodeándola con el brazo, camino de la cocinaMientras la abuela se reía por lo bajo en la cocina, el viejo se asomó al pasillo y observó las fotografías alineadas sobre la cómoda: bodas, nietos, abrazos, manos enlazadas a lo largo de los años. Con dedos temblorosos tocó una imagen: él y ella, jóvenes, celebrando el primer cumpleaños de su hijo muchos años atrás.
Suspiró y, por un momento, pensó en Alejandro, en la batalla que había librado aquella tarde, en el futuro familia al que tal vez acababa de salvar de los mismos errores que a él lo condenaron a una soledad tan silenciosa.
En la otra casa, Alejandro, agotado pero aliviado, acariciaba el cabello revuelto de su hijo mientras su mujer apoyaba la cabeza en su hombro. Sintió que, por primera vez en mucho tiempo, respiraba a pleno pulmón el aire de su hogar, y que las paredes, con todas sus noches insomnes, aún estaban llenas de promesas.
Aquel día ninguno pensó en huir, ni del pasado ni del presente. Afuera llovía suavemente, pero dentro, entre risas, llantos y el murmullo de una canción de cuna, la vida seguía abriéndose paso, terca y hermosa, como la esperanza.






