— Yura, estos gatos llevan viviendo aquí desde mucho antes de que tú y yo nos conociéramos. ¿Por qué razón debería ahora desprenderme de ellos? — preguntó Anya con voz fría. — Lo que tú propones se llama traición…

¡Mira, Javier, estas gatas llevan aquí desde mucho antes de que tú y yo nos conociéramos! ¿Por qué demonios debería yo echarlas? inquirió Lucía con esa voz gélida que deja claro que el tema está zanjado. Lo que tú propones se llama traición…

Lucía vivía en un pueblo pequeño, lleno de esos árboles que sueltan hojas por doquier y dan sombra hasta a las farolas. En verano, las calles parecían un bosque y los parterres competían a ver quién sacaba más flores desde marzo hasta noviembre, llenando todo de aromas dulces. En plenos efluvios florales era fácil preguntarse por la vida, la felicidad y más aún, por lo realmente importante…

A la madre de Lucía se la había llevado el tiempo hacía mucho. Quedó ella chiquitita confiada en manos de la tía segunda, doña Carmen Díaz. La pobre Carmen, cojeando siempre y tan sencilla, nunca tuvo suerte con los hombres; a ninguno le dio por quererla bien. Pero todo el cariño que guardó se lo volcó a la sobrina. Lucía la quería más que a nada y la llamaba simplemente mami Carmen.

¡Mami! ¡Ya he vuelto! gritaba Lucía desde la entrada, después del colegio, las excursiones o, ya mayor, tras regresar del instituto.

¡Cariño, mi niña! ¿Qué tal el día?

Aprendió a leer antes que a perder el miedo al dentista, porque su mami leía con ella todas las noches, libros de gatos, aves, bichos varios… Así nació una tradición: las veladas con cuentos y mantas.

Cuando Lucía tenía doce, apareció una tarde con un minino entre los brazos.

Mami Carmen, da mucha pena… Es tan chiquitín y nadie le quiere, le temblaba la voz.

Lucía, pues nos quedamos con él, y doña Carmen la abrazó.

Así llegó Pancha a la casa. Unos años más tarde fue la propia doña Carmen la que metió a otra gata en casa.

Ni te imaginas, Lucía, que hoy han dejado una caja de gatitos en la puerta de la oficina. ¿Ésto a quién se le ocurre? Al final, las chicas y yo nos quedamos uno cada una, relató extenuada.

¡Mami Carmen, tenemos dos gatitas! ¡Qué ilusión!

Lucía celebró la llegada de la nueva familia. Pancha, al principio indiferente, se acercó, la olisqueó, la cogió por el pellejo y saltó con ella al sofá. Allí la acicaló como si fuera de la familia de toda la vida.

Los años corrieron. Lucía cuidaba cada vez más de su tía: se encargó de las compras, la comida, la limpieza. Sabía qué medicinas necesitaba mami Carmen, conocía a todos los médicos, y la acompañaba al ambulatorio. Las dos disfrutaban leyendo, criticando películas y obras de teatro, y hablando sin parar.

Cuando en la vida de Lucía apareció Javier, tras una exposición de arte, no ocultó nada. Mami Carmen, al conocer al chico, sintió un pellizco: percibió que le faltaba un poco de sinceridad. Luego se convenció de que era solo nerviosismo y celillos.

Nada era más importante que la felicidad de Lucía, así que la dejó saltar al mundo de los adultos. Lucía y Javier alquilaron un piso juntos y se estrenaron en la vida en pareja.

Lucía iba a ver a mami Carmen dos veces por semana: los martes y los sábados. Invitaba siempre a Javier, pero él lograba escaquearse.

Lucía, entiéndeme… esas gatas… el pelo, el olor, los comederos. ¿Cómo sobreviviste tanto tiempo ahí?

Javier torcía el gesto y fruncía los labios, mientras Lucía recurría al humor para que no se pusiera muy intenso.

Javier, si supieras la alegría que dan…

Sí, una alegría tremenda.

¡Claro que sí! ¡Son graciosísimas! Se esponjan peleando, ronronean a todo volumen, persiguen calcetines, fingen cazar ratones y cintas. ¿Y cuando se tumban en el pecho? ¡Si parece que tienes una lavadora encima!

Lucía, yo no les tengo cariño. No te enfades, contestaba a la defensiva. Además, estáis siempre con vuestras cosas… limpiar, charlar… Yo me quedo mejor en casa. Hazme algo rico y te echo de menos…

Con el tiempo, mami Carmen empezó a decaer. Lucía pasaba por casa casi todos los días tras el trabajo. Le propuso a Javier mudarse a casa de la tía, pero él ni de broma: así que Lucía iba de arriba abajo, entre el piso y la familia.

Aumentaron las tareas: colada cada día, suelos con lejía, y el olor a vejez y enfermedad apoderándose del ambiente. Lucía, resignada, sabía que el final estaba cerca…

Mami Carmen se fue una madrugada, en silencio, como una brisa que apaga una vela. Aquella noche Lucía se quedó a dormir con ella. Hablaron en susurros, luego le leyó en voz alta un libro. Dejó la lamparita encendida y se tumbó a dormir.

La despertaron los gorriones en la ventana. Se aseó como un rayo y fue a la habitación.

Mami Carmen… ay, mamá…

Cogió el móvil.

Javier, que mami Carmen ya no está… entre sollozos, logró avisarle.

Tras el funeral, Lucía sentía un vacío colosal. La única familia de verdad que tenía ya no estaba. Aquella mañana, mientras la encontraba sin latido, halló junto a la cama un sobre: testamento y carta.

Mi querida Lucía:

Sé bien cómo duele. Nadie te va a abrazar ni a besar como yo. Tu madre se fue cuando eras chiquita, tu padre nunca te hizo caso. Solo me tuviste a mí.

Mi niña, te he querido muchísimo. Que nunca lo olvides. En cada alegría y cada llanto, yo sigo cerca.

El piso es tuyo. Siempre fue para ti, pero ahora de verdad es tuyo. Una chica ha de tener su rincón, aunque esté deslucido. Uno propio.

Lucía, solo te pido una cosa: cuida de mis viejecitas. Pancha y Loli. Ahora solo te tienen a ti.

¡Y sé feliz! Te quiero.
Tu mami Carmen

Lucía lloró y releyó el papel una y mil veces. Abrazó a las gatas, les murmuraba palabras blanditas. Eran su familia, igual que mami Carmen.

Decidió mudarse al piso de su tía. Había que poner todo en orden, redecorar, cuidar de las gatas y, sobre todo, rehacer la vida.

Javier se negó en redondo.

Lucía, mejor cada uno a su bola. Lo siento, no puedo con las gatas. Y, además, ese tufillo a abuela… sus ojos azules de pronto parecían aguas profundas.

Lucía sintió dolor, pero el duelo la anestesiaba.

Con el tiempo fue saliendo del pozo. Jugaba con las gatas, devoraba sus libros favoritos, cambiaba cortinas, desinfectaba las alfombras. Con Javier, cada vez menos contacto. Y poco a poco, comenzó a respirar.

Un día llamaron a la puerta.

¿Javier? ¡Hombre, pasa! le saludó ella, sonriente.

¡Lucía, qué ganas de verte! la abrazó fuerte. ¡Qué acogedora tu casa! Y ya no huele raro. ¡Por fin te deshiciste de ellas, ¿verdad?!

Lucía se apartó en seco.

¿Cómo que me deshice?

Bueno, las gatas de tu tía… Olían fatal, había pelos, boles por todas partes…

Javier entró al salón.

¿Pero todavía siguen aquí?

Pancha jugaba distraída al ratón falso y Loli se lavaba la pata con parsimonia.

Javier, estas gatas estaban aquí mucho antes que tú. ¿Por qué he de echarlas? preguntó Lucía, cada vez más fría.

Lucía, por favor. El piso es genial. Hazle una reforma, pon muebles nuevos, cambia el baño. Pero lo primero, ¡sin gatas!

Se le plantó delante, intensito.

Lo que pides es traición, Javier.

No es traición, es sensatez. No digo que las abandones: buscamos una protectora, yo incluso pongo euros para su gasto. Pero fuera.

¿Que tú incluso pones dinero? Ya te vale… No entiendes nada. Yo no puedo darlas. Las necesito tanto como ellas a mí. ¡Son mi familia!

Lucía, de verdad, debes mirar hacia adelante. Carretera, boda, niños. ¡El reloj biológico no espera!

Piénsalo bien. Yo no convivo con gatos. Así que tú decides: familia conmigo, o me largo.

Javier creía tener la sartén por el mango. Su lógica, en su cabeza, era infalible. Pero el silencio de Lucía le empezaba a incomodar. Ella no parecía ni emocionada ni dudosa. Solo cansada. Lejana.

La miraba perplejo: para él, solo eran gatas, viejas, que nada aportan más que líos. Nunca entendió que, para Lucía, eran la conexión viva con mami Carmen, pasado, hogar y corazón.

De repente, Lucía vio con claridad: no podía vivir con esa presión, con esa frialdad disfrazada de sentido común. El amor verdadero, supo, no admite chantajes.

¿Cómo plantearse hijos con alguien que quiere quitarte a quienes rescataste y criaste junto a tu madre?

Javier, hazme el favor y vete. Necesito recomponerme. ¡Ni siquiera he superado lo de mami Carmen y tú ya imponiendo condiciones! Fuera.

Pues me voy. Pero ya te digo, no correré detrás de ti. ¡No eres para tanto de cara! espetó, dando un portazo tan brutal que tintineó la vajilla de recuerdo. Las gatas pegaron un salto y, en su interior, Lucía sintió algo romperse. Y algo liberarse.

Sentía pesar, sí. Pero también una extraña ligereza. Se sentó en el sofá, abrazó a sus viejas peludas y les hundió la cara en el lomo.

Mis pequeñas, mis tesoros. No os doy, no os cambio por nada. ¡Sois mi familia! ¿Lo oyes, mami Carmen? ¡No las suelto jamás!

Días después, al volver de trabajar, Lucía vio a Javier merodeando por la plaza, mirando a las ventanas del piso de las gatas, con cara de querer ver otro futuro.

Al cruzarse, intentó acercarse, pero Lucía levantó una mano, cortante:

No, Javier, no. ¡Me quedo con las gatas! y se metió en el portal.

La puerta se cerró poniendo el punto y final a la historia de una buena chica y un chico incapaz de comprender lo esencial.

Las gatas vivieron su tiempo. Cada paso, cada ronroneo, cada bigotazo le recordaban a Lucía a mami Carmen, a la infancia luminosa, a la juventud tierna.

Porque la familia no son solo apellidos ni herencias, sino quienes te cuidan y te entienden sin condiciones ni trueques.

Donde hay verdadera lealtad no cabe traición. Y sólo ahí se puede querer de verdad.

Y es que donde no se ensucia, se vive mejor. Donde la gente te arropa, da igual cuántas reformas haga el resto. Y si tienes al lado un pequeño reactor peludo de amor y calor, el hogar nunca se enfría.

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