Tendría yo unos cinco o seis años, justo antes de empezar el colegio, a principios de los años noventa, cuando a nuestro pueblo llegaron desde la ciudad dos jubilados para vivir: la abuela Vera y el tío Alejo.

Debía de tener cinco o seis años, aún antes de empezar el colegio, a principios de los noventa, cuando llegaron a nuestro pueblo dos jubilados desde Madrid: la señora Carmen y el tío Antonio. Compraron la casita justo enfrente de la nuestra: baja, con sólo dos ventanucos mirando a la calle, pero con un huerto enorme al que, por edad, renunciaron a trabajar. Cada día salían a pasear, unas veces al pinar, otras a la ribera del río, y sólo de vez en cuando cogían el autobús hasta el pueblo grande para hacer la compra. Vivían tan discretamente, casi como si no estuvieran. Nunca venían a hacernos visita: solo dos veces a la semana venían a por leche. Nosotros, aunque teníamos una casa con bastantes animales, vivíamos de manera modesta, y la señora Carmen siempre se las apañaba para meterme de contrabando algún regalito: una tableta de chocolate, una libreta, o incluso unas cuantas pesetas. Ellos no tenían hijos.

Puede que pasaran tres años desde su llegada, y una noche fría de finales de invierno, recién apagada la tele, cuando ya íbamos a meternos en la cama, escuchamos unos golpecitos sutiles en la ventana. Era la señora Carmen, que entró y, en voz baja, dijo: Antonio se ha ido. Antonio ha muerto.

En todo lo posible, ayudamos con el funeral.

A la señora Carmen la pérdida de su marido la dejó desolada. Se fue apagando poco a poco; le costaba levantarse de la cama y apenas asomaba a la calle. Nosotros fuimos a visitarla casi a diario, y ella no se cansaba de contar cómo vivió aquellos 52 años junto al tío Antonio, toda una vida de trabajo duro en la fábrica, y cómo decidieron, al jubilarse, dejar el piso a una sobrina y marcharse al pueblo a respirar aire libre.

Llegó la primavera y la señora Carmen empezó a acostumbrarse a su soledad, parecía ir recuperando algo de ánimo. Un día me llamó a su casa y me mostró una caja; dentro, un perrito grisáceo gateaba, tiritando. Nunca me gustaron mucho los perros, pero al ver aquel cachorro sentí algo raro, un sobresalto, y de golpe me encariñé locamente.

Aún hoy recuerdo vívidamente cómo yo me sentaba en el suelo y acariciaba al pequeñín con un dedo, mientras la señora Carmen miraba alternando la mirada entre el cachorro y yo, con una media sonrisa desdentada asomando, la primera que le veía en mucho tiempo.

Nunca tuvimos ni gatos, ni perros, y tampoco pudimos tener hijos me confesó. Pero, mira, vivir sola se hace difícil. Este lo recogí hoy en el pueblo grande, detrás del mercado, junto a los contenedores. ¿Quién iba a dejarlo ahí? ¡Mira qué carita!

Permanecía con los ojos fijos en el cachorro, sin atreverme ni a respirar.

¿Y qué come? ¿Tendrá hambre, pobrecito? casi rompí a llorar.

Le he calentado leche, pero no sabe beber aún de cuenco. Necesita un biberón, pero no tengo. Mañana me acerco a comprar uno dijo la señora Carmen, avergonzada, casi susurrando.

Corrí a casa y le arranqué el chupete de la boca a mi hermana, que dormía plácida con apenas cinco meses. El perrito tenía días apenas de vida. Le metí el chupete en la boquita, y apretaba fuerte para que saliera la leche templada, temiendo que pudiera morir.

Durante más de una semana, entre la señora Carmen y yo, no lográbamos ponernos de acuerdo con el nombre del hallazgo. Ella se reía y quería llamarle Chato, por sus orejas rojizas, y yo protestaba y proponía llamarle Tranquilo, porque siempre estaba muy calladito; apenas se quejaba, y nosotros, siempre inclinados sobre él, vigilando en silencio como ratones. Así fue que, de tanto decirle Tranquilo, Tranquilito, el nombre le caló.

Estuvimos con él todo el tiempo hasta bien entrado el verano, dándole leche caliente, preparándole comida especial. Cuando empezó el buen tiempo, lo soltábamos en el huerto. El pobre, por haber sido abandonado tan pequeño, sin madre que le lamiera ni cuidara, era débil y enfermizo. Pero entre los dos le cuidábamos como podíamos. Yo, al salir del colegio, me iba directo a casa de la señora Carmen, comprobaba cómo estaba Tranquilito, luego hacía los deberes, ayudaba con los animales en mi casa, y después volvía otra vez, a menudo hasta la noche. Jugaba con él como si fuera un gatito mientras la señora Carmen, sentada en el sofá, nos observaba feliz.

Llegó el verano y Tranquilito creció, aunque era de una raza pequeña, no levantaba más de treinta centímetros del suelo. Por las mañanas, íbamos a pescar al río, o a ayudar a llevar las vacas al prado; si yo estaba ocupado, se quedaba en la casa con la señora Carmen. Su compañía la transformó: volvió a sonreír, recobró fuerzas. Lo trataba como a un hijo: le cocinaba aparte, lo peinaba cada día, y se empapó de libros sobre perros y sus cuidados.

Pasaron los años: uno, dos, tres, cinco. Durante todo ese tiempo, Tranquilito vivió en casa de la señora Carmen, pero por las mañanas venía a esperarme al portal, recorría junto a mí los tres kilómetros hasta la escuela, y por la tarde, cuando salía, volvía a buscarme y juntos regresábamos a casa. Llueva o haga sol, por barro o hielo, siempre iba conmigo. Así, durante nueve años.

Al acabar el ciclo básico en la escuela del pueblo vecino, llegó el momento en que, si quería seguir estudiando, debía mudarme a la capital de la provincia o quedarme en el internado del instituto de la villa. Mi familia decidió enviarme a Madrid.

Cuando llegó la mañana del viaje, pasé un buen rato sentado en el portal de la señora Carmen, abrazado a Tranquilito, llorando a mares.

Llévatelo contigo, si no quieres separarte lloró también la señora.

¿Y cómo hago? Si Tranquilito es tuyo. Cuídate mucho. Mamá vendrá cada día y yo te llamaré siempre.

Cuando el autobús salía de la estación, yo sollozaba en la ventanilla. Y Tranquilito, con la lengua fuera, corría de un lado a otro del andén, mirándome como sin entender por qué le dejaba atrás.

La vida en el instituto agrícola me absorbió por completo. Leía todo el día libros de veterinaria y economía rural. Apenas entablé amistad con otros; salía a hablar con un compañero con quien había estado en el pueblo, que vivía en el bloque de al lado.

Poco antes de Navidad, ya con las bolsas hechas para regresar a casa, me llamó mi madre. Carmen estaba gravísima, llevaba más de una semana sin poder levantarse, y Tranquilito no se separaba de ella ni un instante, ni siquiera para ir al comedero; le habían tenido que poner el bol junto a la cama.

Regresé antes de lo previsto. Al llegar, allí estaba Tranquilito, subido en una silla junto a la cama de la señora Carmen, los ojos tristes, mojados, mirándola sin cesar, gimoteando bajo. Ella, con la mano débil y desgastada, le acariciaba la cabeza y le tocaba la nariz. Los dos, delgados, consumidos. Una escena desgarradora: la anciana, ya cercana al final, y el perro, su último consuelo en una vida sin hijos.

Cuando después de Reyes volví a la ciudad, supe que ya no la vería viva. Tranquilito me acompañó solo hasta la puerta; no podía dejarla sola ni un segundo. Sentía el dolor en lo más hondo, viendo cómo ese perrito cumplía el papel de hijo que nunca tuvo.

En febrero, la señora Carmen falleció.

¿Quién espera que un chico de dieciséis años lleve luto por una anciana y su perro? No es fácil entender el dolor de quien ha perdido a la única persona cercana y ha entregado su cariño a un fiel animal, que con seguridad vivirá tu ausencia con una pena enorme.

Pude volver a casa solo al acabar los exámenes, en mayo. Nadie sabía dónde había ido Tranquilito. Mi madre me contó que, en el entierro, corría alrededor de la tumba e intentaba saltar dentro, de modo que los operarios lo apartaban como podían. Luego lo llevaron a nuestra casa, mi padre le construyó una caseta forrada para el frío, pero nada le convencía, y siguió vagando alrededor de la casa de Carmen hasta bien entrada la primavera. Un día desapareció. No esperó a que yo regresara.

Pasé medio verano recorriendo aldeas, preguntando por él, enseñando fotografías, indagando por todos los rincones del municipio. Nadie sabía nada. Pensaba que, tras ver enterrar a Carmen, creyó que volvería y, al no hacerlo, salió a buscarla. Tal vez sigue buscándola decía yo, quién sabe dónde, quizá perdido y triste.

Llegó agosto.

Un día, la familia decidió ir al cementerio de la Dehesa de San Juan, a cincuenta kilómetros del pueblo. Nunca se me ocurrió que podría encontrar a Tranquilito tan lejos de casa.

Apenas bajamos del coche, lo vi: corría como un rayo, las orejas hacia atrás y la lengua colgando. Era mi Tranquilito.

Me arrodillé y rompí a llorar.

¡Tranquilito, mi niño, mi pequeño! Te he estado buscando todo el verano, ¡y aquí estabas!

Abrazado a él, Tranquilito se puso de pie y me lamía la cara con ansia, y era evidente: él también lloraba.

Al levantarme, saltaba a mi altura, revoloteando, el rabo como un látigo. Estaba sucio, demacrado. Rápidamente saqué todas las viandas del maletero: bocadillos, croquetas, empanada. Comía sin apartar la vista de mí.

Aún con lágrimas, escuché que una mujer de la iglesia nos preguntaba:

¿Es suyo ese perrito?

Es Tranquilito, sí respondió mi madre, con voz entrecortada y el pañuelo en la cara.

Trabajo aquí. Desde finales de primavera lo vi por aquí. Vive junto a una tumba, la que tiene el suelo todo removido. Cava y cava con tanta insistencia que da miedo que se caiga la cruz. A veces la tapo y él vuelve a excavar.

Todos supimos enseguida: era la tumba de la señora Carmen y el tío Antonio.

Fuimos a visitar las tumbas familiares. Tranquilito no se separaba de mí ni un paso. Todo el montículo de Carmen y Antonio estaba removido por sus patitas, sobre todo del lado donde estaba ella. Mi padre enderezó la cruz, mi madre arregló las flores, y yo, en cuclillas, abrazaba a Tranquilito, que con las orejas alzadas me miraba y se volvía a la tumba, lamiéndome la cara de vez en cuando.

No le obligues a venir con nosotros. Quizá quiera quedarse. Que lo decida él dijo mi padre sentándose a mi lado.

No quiero dejarlo aquí. Llegará el otoño y después el invierno, morirá solo. Ya no es joven, tiene casi diez años dije yo, aunque por dentro sabía que, si quería, recorrería esos cincuenta kilómetros para volver aquí.

Al marcharnos, Tranquilito dudó. Se debatía entre acompañarnos o quedarse junto a la tumba. Solo cuando subimos al coche, se quedó un rato mirándonos y, de pronto, corrió y saltó encima de mis piernas.

Tranquilito, mi vida, nunca más te dejaré solo le prometí, abrazándolo entre lágrimas.

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Tendría yo unos cinco o seis años, justo antes de empezar el colegio, a principios de los años noventa, cuando a nuestro pueblo llegaron desde la ciudad dos jubilados para vivir: la abuela Vera y el tío Alejo.
No me separé de mi marido porque me fuera infiel.