Lo que vi tras la ventana de la cocina
Álvaro, ¿has doblado ya las camisas limpias? Vi que aún quedaban dos en la pila después de plancharlas.
Carmen, déjame a mí, no te preocupes tanto.
No me preocupo, solo pregunto. ¿Cuándo sales?
Después de comer, sobre las tres, supongo.
Carmen está de pie, junto a la vitrocerámica, removiendo la avena en la cazuela, aunque ya ni le apetece desayunar. Las manos siguen las rutinas automáticas mientras la cabeza va a otra parte. Por la ventana entreabierta entra un aire húmedo y frío de abril; desde el patio se escucha el golpeteo constante de las gotas cayendo de los tejados, plin-plin-plin. Hoy, ese sonido le enerva más de lo habitual.
¿Para cuántos días te vas?
Pues como siempre, cuatro o cinco. Quizá alguno más, si las reuniones se alargan.
Vale.
Sirve la avena en los cuencos, le pone a Álvaro su taza grande, le sirve café, leche, sin preguntar: ya sabe, desde hace siete años, cómo le gusta. Dos cucharadas de azúcar, mucha leche, el café temblando entre marrón claro y beige.
Álvaro está sentado a la mesa mirando el móvil, como casi siempre ahora por las mañanas. Antes, Carmen intentaba sacar conversación, incluso se molestaba, pero ya lo ha asumido: hay rituales que no se cambian, el café matutino con el móvil, y punto. No tiene remedio.
Oye, Álvaro dice sentándose enfrente. Ahora que otra vez te vas, quiero hablar contigo de una cosa.
¿Sí? Levanta la vista, pero no suelta el móvil.
He pedido una cita. Con la doctora María del Prado, la ginecóloga, te lo mencioné. Quiero volver a hablarlo, lo del bebé.
Álvaro deja el móvil, boca abajo sobre la mesa. Mala señal. Cuando no le gusta cómo va la conversación, siempre gira el móvil de ese modo.
Carmen, esto ya lo hemos hablado mil veces.
Ya, pero quiero hacerlo una vez más.
¿Qué una vez más? ¿Sabes la edad que tienes? Lo digo sin maldad, que estás estupenda, pero
Cincuenta y dos. No es ninguna sentencia.
Carmen Dice su nombre como se le habla a un niño a quien quieren frenar un capricho. Suave, pero concluyente.
Vale contesta ella. Vale.
Coge la cuchara, empieza a comer su avena, ya solo tibia, nada sabrosa, pero come. Fuera, las gotas siguen cayendo. Álvaro vuelve a su móvil.
Luego él termina, le da las gracias y se alza para comenzar a preparar la maleta. Carmen pone a remojo lo que hay en el fregadero y piensa que lleva, tal vez, veinte veces planteando el mismo tema en siete años. Y la respuesta de él siempre es la misma, envuelta en palabras distintas: esperemos un poco, a ver si nos asentamos; ahora no, el trabajo va complicado; ya tienes una edad, cuida la salud. Siete años. Se casó a los cuarenta y cinco, creyendo que aún tenían margen, que daría tiempo, que Álvaro tranquilo, fiable, bueno también querría. Solo hacía falta esperar.
Se seca las manos en un paño con bordados de gallos, colgado de la puerta del horno desde hace al menos tres años. Piensa que ya está gastadísimo, será hora de comprar uno nuevo.
Álvaro sale al recibidor con su bolsa de viaje pequeña.
Ya casi estoy listo. ¿Has visto mi jersey gris?
En el armario, segunda balda, a la derecha.
¡Ah, claro! Vuelve, abre la puerta del armario con estruendo. ¡Encontrado!
Después se viste, se abrocha la chaqueta. Ella, como siempre, le ayuda a arreglarse el cuello. Él le da un beso suave en la mejilla.
Bueno, hasta luego. Te llamo esta noche.
Vale. Conduce con cuidado.
Siempre.
Se va. Carmen se queda de pie en el vestíbulo, sola. Oye el zumbido del ascensor, la puerta del portal que se cierra abajo. Y luego el silencio.
Regresa a la cocina, se echa un poco más de café y se asoma a la ventana. No da al patio, sino a la callejuela lateral: varios coches aparcados junto a la acera, el utilitario gris del vecino del tercero, un Seat destartalado, algún otro. El abril madrileño está encapotado, el cielo cubierto de nubes blancas, la luz plana, sin sombras.
Allí sigue el coche gris de Álvaro, aparcado frente al portal contiguo.
Carmen parpadea. Mira de nuevo. No está confundida: reconoce perfectamente la matrícula, la sabe de memoria. Es su coche, seguro. Pero él acaba de salir; se va de viaje, ¿qué hace aún allí?
¿Quizá fue a despedirse de alguien? ¿De quién? No son especialmente amigos de los otros vecinos, apenas algún saludo en el ascensor.
Deja la taza en la encimera, sigue mirando.
Pasan unos diez minutos y el coche no se mueve.
Después, del portal vecino sale una mujer joven, treinta y cinco años a lo sumo, chaqueta azul, pelo oscuro recogido en coleta. Lleva a un niño pequeño en brazos, no más de tres años, tal vez menos, vestido de rojo con gorro de pompón. La mujer le susurra algo, lo besa con ternura. El niño le toca la cara, se le agarra.
Carmen mira sin entender. Solo observa.
Entonces se abre la puerta del conductor del coche gris. Álvaro sale.
Va hacia la mujer, le coge el niño de los brazos, lo alza alto y el pequeño se ríe. Ella no oye la risa tras el cristal, pero ve perfectamente la cabecita echada hacia atrás. Álvaro lo abraza, frota su propia mejilla contra la del niño, lo devuelve después a tierra. Dice algo a la mujer. Ella responde. Él le coge la mano y se la besa.
Le besa la mano.
Carmen sigue de pie en la ventana. Siente cómo algo se va descolgando dentro de ella, muy despacio, sin romperse, pero cayendo. Como si en su pecho hubiese una estantería y, uno a uno, todos los objetos cuidadosamente alineados empezaran a deslizarse hacia abajo. En silencio, sin estrépito.
No se aparta del cristal. Ve cómo Álvaro abraza de nuevo al niño, cómo la mujer le ajusta el gorro. Se despiden. Él se mete en el coche y parte.
La mujer y el niño se quedan unos instantes más, contemplando el coche que se aleja. Luego el pequeño tira de ella y se marchan.
Carmen por fin se aparta de la ventana. Se sienta en el taburete. Mira sus manos sobre las rodillas: manos normales, algo cansadas, con la alianza dorada en el anular.
Piensa que su café ya se ha enfriado del todo.
Después se levanta, tira el café por el fregadero y abre el grifo de agua caliente.
Necesita pensar. Aunque, antes de eso, necesita hacer algo con esa sensación de estantería derrumbándose. Porque sabe que si ahora se suelta, si se sienta a llorar, o grita, o marca su número, hará todo mal. No porque llorar esté prohibido. Es porque aún no lo sabe todo. Ha visto algo. Pero no todo.
Aunque, por ser sincera consigo misma, ya lo sabe. Lo sabe todo.
Se pone el abrigo azul que lleva años colgado en el perchero, coge las llaves y el bolso, sale del piso. Necesita aire. Necesita caminar, sin rumbo, solo caminar mientras las piernas aguanten.
Fuera sigue húmedo. El asfalto brilla por la lluvia reciente, los charcos reflejan el cielo lechoso de Madrid. Carmen avanza por la acera, rumbo incierto, dejando atrás el supermercado, la peluquería, la farmacia. Frente a la farmacia, una anciana da de comer a su perrito, muy pequeñito, desde la palma de la mano. El animalito coge los pedacitos con suma delicadeza, como si agradeciese cada uno.
Siete años.
Eso repite Carmen en su cabeza mientras anda. Siete años de convivencia y no lo supo. O no quiso saberlo. Se obliga a recordar: ¿hubo señales? ¿Algún detalle que intuyó, y rechazó?
Viajes de trabajo, frecuentes, casi cada mes. Siempre creyó que realmente iba por negocios. Álvaro trabajaba en logística, negociaciones, viajes. Nunca dudó. Ni una vez.
El móvil siempre consigo. Pensó que era costumbre.
Las conversaciones sobre hijos, que él siempre esquivaba con cortesía, pero con firmeza. Piensa en tu edad, en la salud, en el futuro. Ella aceptaba, esperando, intentando comprender.
Pero él ya tenía un hijo.
Un niño pequeño, de tres años. Eso significa que la otra vida comenzó unos cuatro años atrás. Llevaban entonces casados tres. Solo tres.
Carmen se detiene ante un banco en la pequeña plaza de los tilos, aún sin hojas, apenas con brotes hinchados. Se sienta, saca el móvil del bolso, lo sostiene y lo vuelve a guardar.
¿Qué hará cuando Álvaro regrese? Volverá en cuatro o cinco días, con algún regalo, una historia de reuniones, una expresión cansada. Se sentará en el sofá, encenderá la tele. Dirá: ¿Qué tal por aquí?
Por aquí.
Carmen contempla las ramas desnudas de los tilos. Los brotes están vivos, llenos, a punto de estallar. Una semana y todo estará verde.
Y piensa, sorprendentemente, no en la traición de su marido, ni en la otra mujer, ni en el niño del mono rojo. Piensa en sí misma. En la Carmen que ha esperado siete años. Que ha postergado, soportado, ahorrado, creyendo que el amor es paciente, que no debe forzarse nada, solo tener esperanza.
Y ella esperó.
Ahora hace frío. Se ajusta el abrigo y regresa.
En casa está todo más silencioso que nunca. Sin Álvaro, el piso se vuelve más mudo, aunque él nunca fue ruidoso. Solo por estar, llenaba el aire de algún rumor cálido, vital. Ahora no.
Carmen atraviesa el salón. Mira a su alrededor: la estantería con sus libros, los pocos de él. Sus zapatillas junto al sillón. La manta de cuadros, azul y verde, que ella le regaló en su último cumpleaños.
La sostiene entre sus manos, suave, pura lana de calidad. Vuelve a dejarla en su sitio.
Se dirige al trastero. En la estantería de arriba están las cajas que nunca abrieron tras la mudanza de hace tres años. Sube la escalera de mano, baja una caja. Dentro, recuerdos: libros viejos, carpetas de documentos, una caja de fotos.
Saca las fotografías y se sienta en el suelo.
Ahí está ella, con treinta años, delgada, riéndose, mirando fuera de plano. Amigos de entonces, ya ni sabe. Su madre y su padre en la playa, ambos jóvenes, felices, el mar de fondo. Una amiga, Lucía, abrazadas en el Retiro, risueñas. Ahora Lucía tiene cincuenta y seis.
Debo llamar a Lucía. Otro día. No ahora.
Devuelve las fotos y cierra la caja. Se lava la cara en el baño, se mira ante el espejo. Ojos cansados, la piel buena siempre le dijeron que tenía buena piel, arrugas primeras junto a los ojos y labios. Pelo oscuro con canas, a la altura de los hombros. Una mujer normal de cincuenta y dos años.
La traición de un marido no deja marca inmediata. Primero miras tu reflejo y te preguntas: ¿quién eres? La esposa engañada siete años. La mujer que soñaba con un hijo mientras su marido ya lo tenía con otra.
Se seca y sale a hacer la comida. Hay que dejar de pensar.
Los siguientes cuatro días son una mezcla extraña. Hace lo de siempre: cocina, limpia, va al mercado, habla por teléfono con su madre. Álvaro llama cada noche, como prometió. Habla tranquilo, cuenta cualquier cosa del trabajo, pregunta cómo está. Ella contesta todo bien, he comprado toallas nuevas para la cocina, se ríen ambos, y ese simple reírse la asusta: lo fácil que le resulta reír.
Pero por dentro vive otra vida.
Piensa mucho. Repasa, ordena, reconstruye. Recuerda las tardes en que regresaba Álavaro de viaje diferente: a veces más dulce, a veces distraído. Siempre pensó: estará cansado. Ahora sabe que venía de allá.
Recuerda a la mujer. Joven, guapa, figura esbelta, gestos seguros. Alguien que sabe estar junto a él.
¿Sería su hijo? ¿O una niña? No lo vio claro. Solo que era pequeño, en mono rojo. Álvaro jamás mostró especial interés por los niños. Confesaba: No se me dan bien los críos pequeños. Ella lo creyó.
Al tercer día llama a Lucía.
¿Tienes un rato para venir?
Claro, ¿qué te pasa? Te noto la voz rara
Solo ven. Te preparo un café.
Lucía llega tras una hora, vive a un par de manzanas. Fueron compañeras de trabajo hace veinte años, la amistad resistió mudanzas, matrimonios, desencantos. Siempre juntas, siempre un café.
Nada más entrar, Lucía la mira.
Carmen, ¿qué te pasa?
Ven a la cocina.
Se lo cuenta todo. Sin florituras. Lucía escucha, le aprieta la mano en silencio un instante. Cuando Carmen calla, Lucía sólo suspira:
Madre mía madre mía
Sí.
¿Seguro que era él? ¿Lo viste bien?
Lucía, vi el coche, lo vi a él, lo he visto cada día durante siete años.
¿Y ahora qué harás?
Estoy pensando.
¿Y si hablas con él?
Lo haré. Cuando vuelva.
Eres muy valiente, Carmen. Pero no te quedes sola con esto, ¿me oyes? No hace falta estar sola.
Lucía la interrumpe, saldré adelante. No quiero lástima. Solo quiero saber que estás aquí conmigo. Nada más.
Y Lucía la abraza, fuerte, a la antigua amistad, callada y sólida.
Siempre estoy dice, cuando quieras, como quieras. Llámame de madrugada si hace falta.
Lo haré.
Lucía se marcha al caer la noche. Carmen friega las tazas, apaga la luz, se tumba en la cama sin desvestirse, mira el techo.
Piensa en todo lo que pensó que era real durante siete años: hogar compartido, rutinas, café y gachas por la mañana. Creyó que eso era la base: no la pasión que se apaga, sino lo cotidiano, el estar juntos.
Pero mientras ella construía ese juntos, él construía otro, a cinco minutos.
Cinco minutos.
Cierra los ojos. Fuera llueve, una lluvia ligera, de primavera, no triste.
Él vuelve el quinto día, por la tarde. Llama al timbre, pese a tener llave. Carmen abre.
Ya estoy dice él, sonríe, parece cansado pero hogareño. Deja la bolsa, va a abrazarla.
Espera dice ella.
Algo en su voz lo detiene. Se queda quieto.
¿Qué pasa?
Pasa al salón, por favor. Tenemos que hablar.
Se sientan. Él en el sofá, ella en la butaca, separadas por la mesita y un jarroncito de tulipanes de papel que ella misma hizo años atrás.
Álvaro dice. El día que te fuiste, te vi desde la ventana. Estabas frente al portal de al lado. Vi a una mujer con un niño pequeño en brazos. Cogiste al niño.
Él la mira. Calla. No es el silencio de quien va a justificarse. Es otro tipo de silencio.
Álvaro.
Carmen
No quiero escenas le corta ella. Ni gritos ni lloros ni pedirte explicaciones. Solo quiero saber una cosa. ¿Es tu hijo?
Pausa.
Sí dice él.
Ella asiente. Ya lo sabía, pero ahora lo sabe de verdad.
¿Cuántos años tiene?
Tres.
¿Lleváis juntos mucho tiempo?
Carmen, por favor
Solo contesta.
Baja la cabeza.
Cinco años.
Cinco. Dos antes del niño. Cuando llevaban casados solo dos. Muy al principio.
Lo entiendo dice Carmen. Entiendo.
Carmen, no quería hacerte daño, no fue premeditado, simplemente
Simplemente ocurrió repite ella, sin ironía, solo repite. Durante cinco años, simplemente.
Sé lo que pensarás.
No lo sabes.
Carmen, yo
Álvaro se levanta. No hace falta. De verdad, no. No necesito más explicaciones. He visto suficiente. He visto cómo lo abrazabas, cómo la mirabas a ella.
Mientras lo dice, se da cuenta de que no llora. No le sale. No quiere. Hay otra cosa adentro: pesado pero nítido, como el aire tras una tormenta.
Voy a recoger mis cosas dice. Lo principal. Ya vendré otro día a por el resto, cuando lo hablemos.
¿Dónde vas a ir?
A casa de mi madre. Luego ya veré.
Carmen, espera, podemos hablarlo. Puedo explicarte todo.
Ya lo has hecho.
Va al dormitorio, saca la maleta más pequeña, la de cabina. Mete algo de ropa, documentos, neceser, ropa interior, un jersey cálido por si acaso, el libro de la mesilla, la foto de sus padres en el marco de madera que le gusta, su perfume favorito, el cargador del móvil.
Él se queda en la puerta, mirándola.
Carmen, por favor, no te vayas así, deberías decir algo más.
¿Así cómo?
En silencio. Recoger tus cosas y marcharte.
¿Y cómo tendría que ser?
No responde.
Carmen cierra la maleta, pasa junto a él hasta el recibidor, se pone el abrigo azul, las botas cómodas, coge la maleta.
Antes de salir, vuelve al salón, se acerca a la mesa de los tulipanes de papel. Se quita la alianza y la deja junto al jarrón. Con cuidado.
Luego regresa al recibidor, desmonta la llave del piso de su llavero y la deja en la consola.
Carmen dice él.
Álvaro responde. Te deseo lo mejor. De verdad.
Y sale.
En el ascensor mira su reflejo borroso en la puerta metálica. El ascensor zumba. Planta baja, se abren las puertas.
Hace fresco. Con la maleta al lado, espera un par de segundos para acomodarse. Luego camina hacia la parada de autobús. El hogar de su madre está en otro barrio, cuarenta minutos en bus.
Sin escándalos. Sin gritos. Solo darse la vuelta y salir. No sabe aún que, muchos meses después, lo que más recordará, con cierto orgullo extraño, es haberlo hecho así: irse sin estruendo. No por resignación, no por perdón, sino porque esa salida fue suya, decisión propia, un acto de dignidad consigo misma.
En la parada sopla el viento. Se abrocha el abrigo.
***
Un año después.
El pequeño pueblo, tan cerca de Madrid que la ciudad asoma en el horizonte, sigue igual. Los mismos tilos en la calle Mayor, ahora ya frondosos y verdes, las mismas tiendas de barrio, la farmacia en la esquina. La misma anciana pasea a su perrita de vez en cuando. La vida aquí avanza despacio. Carmen se da cuenta, tras un año, de que eso no es malo.
Vive sola, en un piso pequeño al otro extremo del municipio. Dos habitaciones, tercer piso, con vistas a un jardín interior que cuida la casera, una señora mayor del segundo, que cultiva fresas y margaritas olorosas. Carmen se ha acostumbrado a abrir la ventana al amanecer para inhalar ese aroma.
Tiene un pequeño taller. No en los primeros meses, cuando todo era confusión, lágrimas, conversaciones con su madre y Lucía, trámites del divorcio con un abogado. Ya en octubre, cuando el dolor se fue calmando, recordó sus tulipanes de papel.
Siempre fue habilidosa con las manos: tejía, cosía, moldeaba barro, hasta fue a clases de mimbre. Siempre por afición, nunca en serio. Pero, en otoño, se planteó: ¿y por qué no?
Llamó a Lucía.
Quiero abrir un taller.
¿De qué?
Manualidades, decoraciones para el hogar, bisutería. Ya sabes. Empezar pequeño: solo yo, una sala
Pero ¿eres consciente del dinero, de la inversión, alquiler, materiales?
Sí. Tengo ahorros y puedo empezar en plan modesto. Solo una habitación, ningún empleado.
¿Vas en serio?
Sí.
Lucía lo entiende enseguida.
No cuesta encontrar local: en la zona céntrica, planta baja, barato. Carmen pinta las paredes de blanco, cuelga estanterías, pone una mesa amplia, buena luz. Lo llama Taller de Carmen. Sin más vueltas.
Al principio van amigas, vecinas, conocidas de su madre. Compran coronas de flores secas, cuadros de lana, velas artesanas, portamacetas de ganchillo. Alguien lo recomienda en el grupo de WhatsApp; poco a poco llegan pedidos, suficientes para cubrir el alquiler y no pasar apuros.
Lo importante es otro.
Ahora se despierta cada mañana con la certeza de que el día le pertenece a ella. Decide qué hacer, cuándo abrir, qué crear. No puede explicarlo a quien no lo ha vivido, pero sí: el café, el horario, la rutina son solo suyos.
De Álvaro apenas se acuerda. La silueta de un abrigo masculino, un olor familiar de tabaco, le cruzan fugazmente la memoria. Deja que la emoción pase, breve y sin rencor. No hay rabia. Queda melancolía, casi apacible, por lo que no fue: el hijo que no tuvo, los años que gastó esperando. Pero es una tristeza con la que se vive.
A finales de abril, justo un año después, vuelve de su taller al atardecer. El aire es templado, huele a chopo y tierra mojada. Lleva una bolsa con materiales y piensa en un nuevo encargo: una joven ha pedido un móvil de madera y pompones de lana para la habitación de su bebé. Carmen ya lo visualiza: madera clara, tonos suaves, colgando frente a una cuna.
En la puerta de una cafetería se cruza con un hombre algo mayor que ella, pelo canoso, cazadora elegante. La mira.
¿Carmen? ¿Eres tú?
Se detiene, lo observa.
¿Ramón?
¡No me lo creo! ríe. Veinte años sin vernos, ¿no? O más.
Ramón Díez. Coincidieron en otro trabajo, hace una vida. Entonces él era divertido, lleno de ideas. Sus caminos se separaron.
Veinte años, sí dice ella. ¿Y tú, qué tal?
Sobrevivo. Volví aquí hace tres años, me cansé de la ciudad grande. ¿Y tú cuánto llevas aquí?
Si nunca me fui…
Claro, tú eres de aquí. ¿Tienes prisa? Me venía bien un café, ¿te apetece?
Duda un momento. La bolsa de materiales pesa, tiene pendientes, la casera estará regando abajo.
¿Por qué no? acepta.
Se sientan junto a la ventana. Ella pide un cappuccino, él solo café. Ramón relata su vida: vivió fuera, se casó, se divorció, volvió a casarse, de nuevo la soledad. Lo cuenta sin pesadumbre.
¿Y tú?, ¿no estabas casada?
Sí, ya no responde. Nos hemos separado.
¿Desde hace mucho?
Un año.
¿Lo llevas bien?
Sostiene la taza todavía tibia, decorada con hojas verdes.
Fue duro dice honestamente, pero sabes, a veces hay cosas que, aunque duelan, te hacen darte cuenta de que mejor así. No porque antes fuera malo. Sino porque ahora es mejor.
¿Sientes que has cambiado?
No creo. Bueno, ahora soy… más yo misma que nunca.
Ramón la mira, sonríe.
¿Y en qué trabajas ahora?
Un taller. Manualidades, decoración. Todo muy mío. Sin jefes.
¿En serio? Si siempre te veía haciendo cosas tú misma, ¿te acuerdas?
¿De verdad?
¡Claro! Aquella botellita de perfume convertida en jarrón… con pinturas de vitral.
¡Eso era! Todos preguntaban de dónde la habías sacado…
Guardan silencio un instante, cómodo.
¿Eres feliz? pregunta él sin rodeos.
Carmen mira fuera. Ya es de noche, la luz de las farolas amarillea la acera. Hay gente: bolsas, cochecitos, paseantes.
No sabría decir feliz. Feliz es como si el guiso te saliera bien o si los zapatos quedan cómodos. Lo mío es distinto. Me levanto, voy a mi taller, a veces hago pedido, a veces creo para mí. Y ahí, sentada, montando piezas, siento que con mis manos sale algo de la nada. Que es solo mío. Nadie más lo decide ni me lo puede quitar. Eso, creo, es vivir.
Ramón la escucha sonriendo.
Sí concluye, me parece que es eso.
Fuera las farolas arrojan una luz serena. Suena en el fondo alguna canción antigua. Queda poco café, casi frío, en la taza.
Ramón, me voy yendo. Es tarde, y mañana madrugo.
Por supuesto él se levanta, le alcanza la bolsa. Me alegro de haberte visto.
Yo también.
¿El taller cómo se llama?
Taller de Carmen.
Directo al grano ríe.
Yo soy así.
No te creas
Se despiden en la puerta. Cada uno toma un rumbo distinto. Ella no mira atrás.
En casa reina la calma. Las margaritas de la casera han cerrado ya. Abre la ventana de todas formas: el aire de abril es frío, limpio, húmedo.
Pone a hervir agua. Mientras espera, coloca sobre la mesa la lana rosa pálida, beige y verde menta; las varillas de madera de distintos tamaños para el móvil infantil. Todo dispuesto para empezar a crear pompones mullidos, que bailen con la brisa de la mañana.
El agua hierve.
Carmen se sirve un té, se acerca a la ventana. Afuera, el jardín se ve oscuro, las siluetas de los árboles quietos; alguna ventana iluminada en el edificio de enfrente. Le llega el rumor de un coche distante.
Piensa que la vida tras el divorcio no ha sido una derrota, ni una caída. Lo piensa sin victimismo, como una constatación. Cincuenta y dos años, una vida nueva a partir de ahí, su taller, su pequeño piso, su pueblo querido. Puede parecer poco. Pero es suyo.
Cada taza de café de la mañana es suya. Cada elección. Cada conversación. Cada pompón de lana color menta.
El viento mueve apenas los brotes en los árboles. En algún lugar empieza a llover.
Carmen sostiene su taza caliente entre las manos, mira la noche, y piensa que mañana debe comprar más lana beige. Ya le queda poca, y los pedidos siguen llegando.
Debe comprar lana beige. Y quizá, por fin, una toalla nueva para la cocina. La otra está tan gastada…







